viernes, 24 de mayo de 2019

Veinte años no es nada.

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Volver
con la frente marchita
las nieves del tiempo
platearon mi sien.

Sentir
que es un soplo la vida
que veinte años no es nada
que febril la mirada
errante en las sombras
te busca y te nombra.

Vivir
con el alma aferrada
a un dulce recuerdo
que lloro otra vez.

Hace 20 años y un mes, aproximadamente, Sevilla y el estadio La Cartuja esperaba a un Valencia CF embalado después de romper por el camino hasta la final de Copa a los dos grandes de España. Sin dudas, además. Marcando goles realmente increíbles inmortalizados en canciones. Éramos más jóvenes de lo que lo somos ahora. Los móviles asomaban la patita por nuestras vidas sin ser todavía ese apéndice para todo que es ahora, con llamadas o SMS que valían una pasta. Whatsapp todavía estaba en un garaje y redes sociales era un concepto por inventar. Comparábamos La Giralda o la Torre del Oro con El Micalet, citándonos a los pies de cualquiera de los dos monumentos para probar la gastronomía local y una Cruzcampo, como debe ser por aquellas tierras.

La Estación del Norte era Mestalla con trenes. Colorido, cánticos, saludos y despedidas en los andenes de tren, con las mochilas llenas de todo más varios capazos de ilusión. Íbamos a una isla en Sevilla. Algún avispado había mirado donde era esa isla en mitad de Sevilla. "Donde la Expo 92", era el comentario más común, con más o menos acierto en cuestiones de historia y geografía. Pero daba igual. Tan solo había que seguir el mapa con las indicaciones que te daban cuando retirabas tu pack de finalista. Entrada, información, camiseta y bufanda. Puede que hubiese alguna bandera. Quizá todavía ande por casa. Sevilla era como aquel cementerio para Brad Pitt en 'Entrevista con el vampiro' tras convertirse en un no-muerto. Todo nuevo. Todo sensaciones estrenadas. Incluso nos juntamos con los del Atleti, hasta que cantaron aquello del hijo de Mijatovic.

Templar los nervios entre bares y fan zones, donde andaba por allí otro joven, Pepe Lobo, que quizá nos sirvió algo sin habernos conocido. Y en mitad de la casi nada, el campo. Casi sin acabar. O sin el casi. Lo que pasó en el verde, ya saben. 0-2 al descanso, el Probe Miguel y todo lo demás. Mendieta y Camarasa levantando la copa. Servidor llamó a casa con el móvil de Vicente el Peluquero para hablar con papá. Y llorar porque habíamos ganado. Servidor, no papá. Seamos serios. Y la vuelta, alegría. La primera vuelta con algún motivo para celebrar, después de la del agua en empate y no viajar para los diez minutos. Y en casa, la fiesta del barrio, Sant Pere. Mal dormidos en el tren, llegar a casa, ver el partido grabado, ducha y al barrio a seguir con la alegría. Fuimos felices aquel junio del 99.

Entre hoy y mañana muchos harán lo mismo. O parecido. Las mismas caras con canas, kilos de más y descendencia. Aquella final se revive con el hijo o la hija. Jose y Cristina estarán, pero siendo Jose y Ximo, padre e hijo, mientras ella cumple con el deber como ciudadana en elecciones. Espero que les advierta de no perder ninguna mochila en el taxi, aunque luego por emisora logró recuperarla. Pero se alegrará cuando el peque de uno setenta y largos le cuente lo que hizo Guedes y lo bonita que es esa ciudad, en la que lugareños se ponen a la sombra para indicarte lugares, con toda la razón del mundo. O Lucía, que irá con una persona que hace veinte años era un perfecto desconocido y ahora es su marido, que se llevará nuestras gargantas en su corazón. U orgullosos padres de familia, que pensarán en sus herederos para que los apretones del corazón sean menos. Incluso Paco Gisbert, que va a finales de veinte en veinte años, nuestro Casale sin morir, espero. Y Lahuerta, que estará estando o sin estar, pariendo sensaciones para centenares de cuentos del Centenario. Cerrando círculos. Germinando más valencianismo para siempre.

Porque como dice mi apreciado Miguel Miró, que también volverá con sus hijos, «De eso se trata. Vivir con ellos una experiencia valencianista. Llorar en la victoria como en el 99, o en la derrota como en el 95. Pero que tengan claro que no somos del Valencia para ganar títulos. Eso es demasiado fácil...».

Pues eso, no es fácil. Por eso se disfruta más. Veinte años no es nada para volver a cantar el Probe Miguel. O reguetón, si hace falta.

viernes, 17 de mayo de 2019

Suena, más bien habla, Michel.

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Llevo toda la semana con una sonrisa en la boca. No me enfado, me muestro diligente, amable e incluso ayudo a señoras a llevar la compra. Hasta doy más propina de lo normal. Puede que lo hayan adivinado. Soy de esos que piensa que con buenos actos, la suerte sonreirá a mi equipo. También creo en los gafes, los contragafes y en rutinas. Nah, no es cierto nada de eso. La única rutina que he seguido en los partidos de fútbol era, cuando el Valencia CF era novato de la Champions, preparar unos bocatas con toda clase de fiambres untando el pan con tomate y aceite de oliva de los que dábamos buena cuenta mi hermano y servidor. A imagen y semejanza de aquellos míticos de El Horno de los Borrachos. Algo bueno dejó en mí aquellas largas noches, por buscar la vertiente positiva.

Este que les escribe es más normal que un martes de febrero. Por eso, el revuelo que se ha montado por unas declaraciones normales de Michel Herrero, de Burjassot y canterano del Valencia CF que ahora juega en el Real Valladolid, me despierta dudas sobre las voluntariedades. Evidentemente, la conjugación del verbo clamar viene del centro. Getafe, a ausencia del Atleti y cor el Floperteam haciendo risa allá donde va en este final de campaña, se ha convertido en la Galia futbolera de las redacciones hooligans y barco de batalla del clicbait. Lo normal es que un canterano de un equipo que es aficionado de ese equipo quiera que las cosas le vayan bien. Como supongo que le pasará a cualquier canterano del Barcelona, del Sevilla o del Manchester United. Y también les digo que espero que Jaume y Gayà hayan intercambiado mensajes con el centrocampista pucelano para decirle, medio en broma medio en serio, que no meta el pie, que se puede joder las vacaciones playeras y que a ver cuando vienes a comerte una paella con nosotros en L'Alter o Casa Carmela, por decir dos lugares de los buenos.

Lo bien cierto es que a estas alturas de carrera no debería sorprender lo más mínimo estas maniobras orquestales en las oscuridad (¡hola Rafa Rodríguez!) de la prensa de allá. El Valencia CF estaba más muerto que vivo y esto de tener muchas opciones de ser el año que viene equipo Champions les fastidia los titulares empapados de los tres equipos de Madrid en la máxima competición continental. No hay más ni menos. Y poca culpa tienen los jugadores azulones y su entrenador. Ellos hacen su trabajo y muy bien, por cierto. El señor que los preside y los que le bailan, interesadamente, el agua ya es otro cantar. Pero ese no juega. 

Juegan los de Marcelino, dependiendo de ellos mismos. Noranta minuti que, sin levantar trofeo, es una final. Por lo que significa económicamente. Porque la planificación deportiva del año próximo está congelada dependiendo del resultado del sábado. Si se juega por Europa en jueves, la cosa cambiará. Si el fútbol nos hace del martes o miércoles un sábado hay que seguir arriba. Creo, sinceramente, que la valentía de Alemany en su día con la toma de decisiones merece que se vuelva a trabajar para seguir en la élite europea. Y, de paso, ustedes y yo nos llevamos una jarana al cuerpo. Hagan rituales si creen en ellos, pónganse su amuleto futbolero, si tienen. Y desde la grada del Zorrilla, desde la peña o desde sus casas, ya saben. AMUNT!

viernes, 10 de mayo de 2019

La vida sigue igual.

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Y, sin querer, Europa mira a Inglaterra. Todos los equipos de "La mejor liga del mundo" van a ver las finales por televisión. Incluso el Valencia CF, mal que pese. No hace falta que les recuerde lo que pasó ayer. Tienen la prensa en papel o digital para comentar, exponer y aportar sus diferentes puntos de vista sobre el partido. Y pueden leer a este que les escribe en Café Mestalla donde, en las duras y las maduras y junto a otros apasionados, sin más ataduras ni bandera que esa que nos han enseñado a querer en casa, vomitamos varias letras que, en definitiva, es más barato que ir al bar o a cualquier diván.

Verán, lo de ayer, en esencia, no cambia nada. Con 4-0 o 2-4 el domingo tocaba ganar al Alavés. Los estados de ánimo pueden servir para el que está en la grada, en casa o camino de las Baleares. Conforme funciona el deporte profesional, después del partido de ayer el jugador desearía que hoy mismo hubiese revancha para matar a los fantasmas de la derrota. Una victoria, con un sobreesfuerzo propio de una remontada, podría hacer caer al colectivo en una complacencia, en un subconsciente latente en el cual para lograr el objetivo Champions solo hacen falta noventa minutos a cara o cruz. Y ahora hacen falta 180 sin mácula y esperar a que, por ejemplo, el Barcelona sea un elefante y el Getafe una cacharrería, por aquello del dicho. Sigue siendo pronto para hacer análisis global, aunque con alta probabilidad las notas dependerán mucho de conseguir el objetivo económico. Ya saben, jugar en Europa martes y miércoles.

Pero si conviene ir tomando apuntes. Valorar las idoneidades globales. Buscar como mejorar aspectos puntuales para seguir creciendo. Parece que se ha dejado muy atrás las patochadas directivas, con contrataciones extrañas para dirigir el equipo y ahora conviene saber si se quiere, o se puede, dar un paso más. La construcción de este edificio deportivo llamado Valencia CF va, por mucho que algunos opinen lo contrario, por buen camino. Se apostó en su día por una continuidad cuando había argumentos de sobra para poder decantar la balanza y romper por el eslabón más débil. Y hoy se está peleando hasta el final, remontando un pésimo inicio de campaña. Todos quieren ser Klopp y el Liverpool hoy, pero para serlo hay que actuar como hicieron los reds en años anteriores. Aunque cierto es que el Valencia CF no se puede gastar 75 kilos en un central, el modelo podría ser ese, readaptándolo a la realidad económica, social y deportiva del valencianismo. Aunque claro, también pueden ustedes pensar que el camino hasta llegar donde anoche, o Sevilla, no ha sido complicado en exceso. La complicación no está en los nombres de los rivales sino en la batalla que presentan. Si por nombres fuera, sería un paseo en barca para los de siempre, por aquello de la alcurnia histórica. Y ya ven que no. Miren al Barcelona, derrochando a manos llenas el talento de Messi al que van a llorar mucho cuando no esté. Es igual de valioso ganar en Krasnodar en el alargue que al Ebro, porque esos pasos, esos golpes de talento y suerte son los que, al final, te llevan a la meta que te corresponde. Lo demás, milongas.

La vida sigue igual, cantaba aquel. Ganar, ganar y disfrutar son los verbos a conjugar en los tres partidos que quedan. No quedará en nuestros corazones esta semifinal porque solo nos duró 15 minutos. En eso, hemos tenido suerte de ser esta semana del Valencia CF. Ser valencianista es una suerte, pero esta semana, más, si cabe. Peor sería ser del Barcelona tropezando otra vez con la misma piedra. Y muchísimo peor ser del Ajax. Por el dolor. Eso si rompe corazones y marca de por vida.

viernes, 3 de mayo de 2019

Recuperaciones con resaca a toda prisa.

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Desde la última vez que se asomaron por aquí, han pasado cosas. Elecciones, 1 de Mayo, Fiesta de San Vicente y dos derrotas del Valencia CF. Con goles en los minutos del alargue. El cazador cazado. O la varianza, esa cosa que se habla tanto en el mundo de las apuestas. Ahora, como en toda la temporada, solo queda remar. Y lanzar conjeturas al aire, como un despechado enamorado empapado en alcohol. ¿Y sí hubiera entrado esa de Guedes? ¿Y sí con el 0-1 se hubiese vuelto automáticamente a la controladísima defensa de cuatro y salir a la contra? ¿Y sí Coquelin hubiese visto el final del partido contra el Villarreal en el banquillo? Evidentemente, de la última copa solo nos acordamos cuando estamos de plena resaca.

Y la resaca de hoy es morrocotuda. Eligió Marcelino un mal día para dejar de fumar, siendo lo del fumeque un eufemismo referente al cambio de sistema. Eso lo sabemos hoy. Pero ayer, a los diez minutos de partido, le hubiéramos encomendado defender a nuestros hijos, padres y a todos los vivos de Juego de Tronos. Anoche, entre las nueve y las nueve y cuarto, estábamos onfire, guiñando los ojos a las camareras con la mejor de nuestras miradas canallas, siguiendo con fingida desgana el ritmo de la música que atronaba en la discoteca virtual de la Europa League. Y nuestro cuento de la lechera nos veía desnudando las miserias de Emery, al que todavía vemos como aquel entrenador fallón que creció en València. Ahora solo queda una recuperación exprés, pedir prestados unos buenos apuntes y dar candela al modafinil, bebidas energéticas y varias moka rebosantes de café para poder sacar el pasaporte a pasear y vivir dos finales en un año. Primera generación en cien años de historia, ojo ahí.

Dice Enrique Ballester de vez en cuando que Detalles es un gran jugador. Siempre se deciden cosas por detalles. Lástima no haber puesto a Detalles en el centro del campo o haberlo sacado para refrescar la zona de atrás y tapar agujeros. Quizá así Neto hubiera temporizado más en el gol del empate, por resaltar algo sorprendente en lo negativo. Han de ser conscientes los jugadores y el cuerpo técnico que poco les queda para estar juntos y que el beneficio colectivo será determinante en el futuro individual. 19 de mayo. Esa es la fecha. Lo que venga después de ese día es un regalo. Y si por uno de esos regalos consigues lo que parece ser una condición indispensable para la supervivencia en la élite futbolística, pues mejor que mejor. No es lo mismo que cualquier equipo fiche a un campeón europeo que a un semifinalista continental. Como no es lo mismo fichar para un campeón que para un semifinalista.

Sigamos estudiando. Aunque sea con apuntes prestados y dopados legalmente. Ya vendrá el verano. Ahora, a hincar codos, pardiez.

viernes, 26 de abril de 2019

Jornada de reflexión valencianista.

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Siete partidos, en el mejor de los casos. O, si quieren hacer las cuentas de manera diferente, cuatro más dos y una final. Ese es el camino que le queda a los jugadores del Valencia CF para lograr su objetivo deportivo máximo, con el premio añadido de ser la única plantilla en los cien años de historia en jugar dos finales el mismo año. Sacamos de la ecuación la final de la Copa del Rey porque el premio de campeonar no implica jugar la Champions la temporada que viene. Pero lo más cercano y rápido es lograr los doce puntos en disputa en Liga para ser cuartos. Sabremos que camino tomará el equipo justo la noche en que comienza la campaña electoral para las municipales. Ese jueves, 9 de mayo, marcará la línea de trabajo de la próxima temporada. Aunque ustedes podrán sacar su calendario y rebatir que todavía quedan dos partidos de liga después de esa fecha. Cierto. Pero antes de ese día se ha de conseguir un pleno de victorias para mantener la enésima vida en este videojuego denominado 'Champions Road'.

Y me viene a la cabeza, perdón, Rafa Benítez y su frase de los dos meses de aguante. A Marcelino y a la plantilla les queda un mes de aguantarse. La temporada ha sido muy exigente. La consolidación del proyecto deportivo tras una temporada anterior con un acortamiento de plazos espectacular y la remotada en la actual estoy seguro que ha producido un desgaste en ambos lados de la plantilla. Y aunque se apele a la profesionalidad, las relaciones personales entre los miembros del colectivo pueden no hacer mella directamente pero sí están latentes. La pelota, esa cosita redonda que no chista por muchas patadas que le den, tapa muchas cosas. O las dilata. Pero se notan esos tics. Expulsiones absurdas, cruce de declaraciones entre jugadores y periodistas y alguna cosa más que seguro que se nos escapa a la mayoría de los mortales. Quiero pensar que todo es producto de la presión. Queremos que los jugadores sean Dorian Gray, que nada les afecte y que sonrían siempre rodeados de unicornios y nubes de algodón. Pero, queridos amigos, eso no es así. Tiempo habrá, cuando la temporada llegue a su fin, y lloremos de pena o alegría, para valorar los aspectos que han situado a la plantilla del centenario dondequiera que esté al final del mes de las flores.

Ahora, poco más que confiar en el poso que esta dejando en la plantilla el trabajo táctico. Recuperar, otra vez, esa solidez defensiva. Saborear nuevamente, porque no, un gol a favor decisivo en el alargue y que el carro de la ilusión se llene nuevamente con el alcance de la cuarta plaza. Para que todo lo demás sea una fiesta, una demostración de valencianismo, de comboi por entradas, de debut como espectadores en finales de nuestros hijos o sobrinos, de seguir inyectando este veneno del bueno.

Al final, si lo piensan, la vida es lo que le pasa al Valencia CF entre unas elecciones y otras.

viernes, 12 de abril de 2019

Fiebre en las gradas.

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Con este Valencia CF es muy difícil no animar. Al final, la cabra siempre tira al monte y el sufrimiento unido a los goles en el alargue hacen casi imposible no gritar, aunque sea de manera gutural. Gritos guturales hay en todos los campos y a todas horas. Incluso en todas las categorías, consolidando una fea costumbre de gritos despectivos que se instalan para siempre en las gradas. El último ejemplo estuvo en el campo del Rayo donde algunos aficionados, especialmente dos, se cebaron en aspectos personales de Marcelino con deseos de mal gusto. Supongo que aquello vendría dado por algún recuerdo del pasado con daños colaterales. O quizá no. Quizá sea una manera como otra de entender el fútbol. Es generoso el fútbol, porque admite por igual a Viggo Mortensen, Quique González, Andrés Calamaro o Albert Camus y a los eslabones perdidos de la evolución de la especie humana. El fútbol permite a Panenka y Líbero pero también al Marca que dirigió Inda o las patochadas de Roncero en AS. 

Puestos a elegir, si desestabilizar es la motivación, prefiero el ingenio. La retranca y la ironía también están permitidas en esto de los cánticos. Recuerdo que, siendo entrenador, uno de mis jugadores llamó 'casi feo' a un contrario. Y me pareció maravilloso por el requiebro y por la posible interpretación que podría obtener del receptor, dándole por los dos flancos de la vanidad y la lástima. Pero, salvo contadas excepciones, poco oasis en el desierto. Llamar RiBer a River Plate para recordar su descenso a la B me parece un ejemplo magnífico de como hurgar en la herida y hacer que no se cierre nunca. Pero el parroquiano de bar, de arena mojada y de peligro al filo de una palabra no entiende de retórica. Se lanza a la palabra burda y sucia. Hijo de tal y cagarse en la familia como grandes éxitos. O desear la muerte de allegados. Daría para estudio sencillo. El individuo abrigado por la masa se siente impune. O peor aún, puede llegar a entender que la entrada y su precio le dan derecho a una bacanal de insultos en barra libre hasta llegar al éxtasis vocal, con venas hinchadas, cuerdas vocales forzadas y cinco minutos de fama por obra y gracia de los medios.

Ahora tocaría decir que no toda la afición del Rayo es así. Que seguro. Y es fútbol, no ópera. Pero claro, luego llega Martín Presa, como presidente del Rayo y poco más que les da cuatro cachetes a los pillados y te planteas tus principios. Y si, con ese corporativismo madrileño tan castizo que tienen, dice que "yo prefiero que entre el Getafe en la Liga de Campeones, que consiga ese cuarto puesto", pues solo deseas que el Villarreal se salve de la quema en la que está metido y que el Levante no se meta, a partir de la próxima semana, claro.

Quiza no habría esa malentendida fiebre en las gradas si se hubieran zampado el libro de Nick Hornby. Hay incluso película. U otro cualquiera. Si no se ven duchos en la materia, que arranquen con poco. Con este artículo, por ejemplo. Un poco presuntuoso en el título, pero con buen fondo.

viernes, 5 de abril de 2019

Balada triste de trompeta.

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Rocoso. Duro. Excelente a nivel defensivo. Y con diecisiete partidos seguidos sin perder. Estarán hartos, en el buen sentido, de escuchar adjetivar así al Valencia. Perdón, al puto Valencia. La última vez que se asomaron ustedes a estas páginas, esperaba, con cien cañones por banda, el Sevilla. Y allá a su frente, el Madrid. Los dos hincaron la rodilla. El segundo con más facilidad que el primero. Y ambas victorias han dado un subidón de los buenos al entorno. Ahora comienzan a ser rentables los empates. Tacita a tacita. 

Y ahora, evidentemente, sacan pecho los abogados de la continuidad de Marcelino. Incluso con esa violencia tan de ahora llamada 'tener la verdad absoluta en Twitter'. Como ejemplo gráfico, el tuiteado por @Lobovcf «El Valencia mantuvo al entrenador y ha conseguido reconducir la temporada e ir hacia arriba. El Athletic cambió de entrenador y ha conseguido reconducir la temporada e ir hacia arriba. Al final ninguna receta es la buena porque sí, lo que vale es acertar». Y con toda la razón. Algo no funcionaba allá dentro y lastraba. Puede que fuese Batshuayi y un supuesto proteccionismo inmerecido, los conceptos, la cabeza de los jugadores. Y a los de fuera nos desesperaba la redundancia en las respuestas. Hacemos lo mismo que el año pasado, repetía Marcelino. Nada ha cambiado, más allá del acierto cara al gol, insistía de nuevo. Y miren ahora. Cierto es que el acierto cara al gol no es que sea excelso, pero si se ha conseguido una solidez defensiva que permite ver los partidos con cierta comodidad donde antes había nervios. Venga va, seamos puristas. Con cierta comodidad, salvo los últimos cinco minutos del Pizjuán, por aquello de los fantasmas del pasado. Pero el miércoles, nada. Ante el Floperteam, todo tranquilo. Con un 36% de posesión de pelota por el 64% del rival, ojo. A pesar del ambiente enrarecido en Mestalla, con la polémica de las entradas de la final de la Copa. A ver, servidor en el tema de la Curva y las entradas lo ve como aquel jugador que quiere un aumento de sueldo y se declara en rebeldía para conseguirlo. Y lo de no animar es como negarse a jugar, cosa que no acabo de entender. Aunque luego parece que si lo hicieron. Pero oye, allá ellos con sus negociaciones y presiones.  Pues, a pesar de todo, el miércoles pasado fue un partido tranquilo. Que no viene nada mal. Vallecas no será igual. Un equipo que se juega la vida con la ventaja para el Valencia que los conceptos que se supone ha de trasladar Paco Jémez son difíciles de asimilar con la soga al cuello.

Mientras tanto, vivamos el presente. El fútbol es un estado de ánimo y, en estos momentos, el Valencia va como un cohete. Función es del entrenador el seguir con este ritmo liguero antes de la Europa League, por lo de controlar y dividir esfuerzos. Pero disfrutemos de los impagables momentos, como el sainete del trompetista valencianista en El Chiringuito. Sainete no por el músico. Por las caras de los Duro, Aguirre, Congo y demás al escuchar las notas del Amunt Valencia. O son buenos actores o lo sufren en silencio. Aunque quizá es más la tercera vía: para seguir cobrando se han creado un personaje y lo han de llevar hasta las últimas consecuencias. Si no, Pedrerol cambia de títeres en el excelente programa que tiene. Excelente por rentable. El consumo ya es opcional. Benditas redes que nos permiten estos momentos a los que no ponemos el programa.

En noches como la del miércoles es mejor sintonizar Real Madrid TV. Aquello si era una balada triste de trompeta. 

viernes, 29 de marzo de 2019

Centenario, una vez más.

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Probablemente, estas líneas sean las penúltimas del Centenario. Marzo de 2019 ya está en nuestras mentes y cerebros para siempre hasta que alguno de los dos diga basta. Parece que las palabras de Claudio Javier López no vayan a tener fin "Es el comienzo de un amor eterno que va a durar. Esto lo vamos a seguir festejando toda la vida", dijo el Piojo después de volver a cabalgar por Mestalla con su, ahora, pelo plateado. Usted y yo sabemos que eso no es verdad. Que el parón de selecciones ha servido para que el valencianismo viva en ese oasis de fiesta futbolera que no permite la aridez desértica de la competición. Prolongando las Fallas un poco más. Por aquello de festejar más, si cabe. Seamos típicos y tópicos, venga: para un valencianista fallero, el 18 de marzo de 2019 será un recuerdo la mar de bonito. Desfilar en la Ofrena y que te esté viendo Kempes es de erección sentimental. Quizá poco o nada tenga que ver el valencianismo con el fallerío, pero el que la lleva y la siente, la entiende. Y el que no, ella o él se lo pierde.

Y el partido de Leyendas. Ese que nos volvió a convertir en niños, jóvenes o adultos bisoños, según edades y recuerdos. Hasta por el más torpe de los tipos que han vestido la casaca con el murciélago en el pecho, y no es por Batman, nos hubiéramos cambiado. Pongan ustedes nombres. Sabin, Serban o Carleto, por poner tres fáciles. Por cualquiera, sin duda. Adultescentes de valencianismo, millennials blanquinegres, siempre jóvenes. Por eso es bonito. Porque más allá de lo inculcado, el poso queda. Por eso las miradas al tendido, mezcla de nostalgia y pena por saber que aquellos tiempos no volverán. Piojo con sus palabras, Ranieri con su sonrisa eterna a pesar de la búsqueda de colegio italiano para su hija, Cañizares con sus lágrimas. ¿Cómo no va a llorar Cañizares en Mestalla si en Milán sus lagrimas fueron las de todo el valencianismo? Presumir sin que te hundan el pecho por una vez en la vida fue bueno. 

Mención aparte la de Giner. Me consta que es un buen tipo. Tendrá sus cosas, como todos, pero es buen tipo. Y como usted, yo o la vecina ruidosa del tercero izquierda, tiene virtudes y defectos. Como cuando jugaba. Lo que hacía Arias no lo podía hacer Giner y viceversa. Por eso, la gestión de un líder es saber elegir a su equipo según virtudes. No puedes poner a un escultor a pintar paredes. Lo hará, pero perderá motivación. Y Giner ha conseguido maximizar su fortaleza. La de la gestión de agenda. La de tratar como le gustaría a él ser tratado. Mucho mejor su aportación al club desde el lugar que ahora ostenta que no desde aquel de directivo que tuvo en su día. Sí, he dicho club. Porque el club, aunque físicamente sean cuatro paredes y los empleados que allí están, es mucho más allá. El Valencia CF es de todos, aunque el dueño sea uno. La mayoría de presidentes van y vienen y solo unos pocos se quedan para siempre. El Centenario son las acciones individuales, los especiales de los medios, los libros, las fotos de recuerdo, las entradas guardadas en un cajón, las camisetas. Son sus recuerdos, sus acciones hechas sin esperar recibir nada a cambio. Como lo que hizo el Chufa. Y le salió. Con sufrimiento, como un gol en el noventa. Pero, ¿qué es ser del Valencia sino un continuo y casi perpetuo sufrimiento?

Pero bueno, el simulacro de paz y amor del Centenario ha finalizado. Pueden volver a rajar de canciones según gustos particulares, de ausencias de murciélagos, de promesas asiáticas con pocas oportunidades y de objetivos deportivos. Marzo acaba cambiando la hora. Y, sin siesta, tendremos mandanga, con cien años y unos días, en Sevilla.  A sufrir otros cien años más, xiquets.

viernes, 22 de marzo de 2019

Y nos dieron las cien.

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En la ciudad del silencio después del fuego final, donde se vive la vida y un día es un sueño más, hubo Fallas. Con tres ofrendas, las dos de siempre y una de cien años. Ya ven, un 18 de marzo. Locos estos valencianistas. No sé podía haber fundado el club en una época más tranquila. Quizá junio, con los pies al fresco de la Malvarrosa, por ejemplo. Pues no. Los bisabuelos decidieron que marzo, mes bullanguero por excelencia, iba a ser el del nacimiento de un equipo deportivo que hoy es la sociedad más importante de la Comunitat Valenciana.

Y la marcha cívica del día C fue un éxito. A pesar de las verbenas falleras y los excesos. Temor había a que no lo fuese. Recuerdo a mi admirado Rafa Lahuerta prosar modernamente, aka tuitear, mostrando sus miedos a que no fuese un río de gente. Y vaya sí lo fue. A pesar del olor a aceite refrito de las paradas de comida, excepto la de Dennys Canuto, claro. También hubo alguna voz que decía que los actuales futbolistas no iban a estar en los actos por no sé que milonga de viajes contratados previamente. Y allí estaban. En primera fila. O casi. Y ya ven, la leyenda entre las leyendas, el que fue Presidente de Honor y después dejó de serlo, portó la bandera y recibió el calor de la gente. Como Claramunt, Claudio, Sánchez, Saura ¡Saura! y todos aquellos que fueron a mezclarse entre la masa valencianí. Y espero que alguien haya tenido la feliz idea de arrullar a los actuales y hacerles ver que esto es lo que les va a quedar para toda la vida. Los dineros, que decía mi abuela, van y vienen. Pero la experiencia de sentirse querido cuando las piernas ya no vayan solo se consigue dejándose la piel y haciendo feliz a la gente con honradez y sacrificio. Y recordar con cariño a los que no están, como Magriñán, Peral, Puchades y los demás.
Los cien años. Cifra simbólica. Y meritoria. Este club, incluidos aficionados, es la viva imagen del Duelo a garrotazos de Goya. No hay día que no se tenga drama. La última, la de las canciones nacidas al calor del Centenario. Como antes fueron el Club de Fútbol o el Football Club. O el pantalón blanco o el negro. Y oigan, que este club es generoso. Parafraseando a Menotti hablando de Bilardo. El Flaco dijo en su día que el fútbol es tan generoso que evitó que Bilardo se dedicara a la medicina. Pues eso mismo. Navajazos vestidos de culturalidad sin arma blanca.

No hagan caso. O háganlo, si les apetece. La vehemencia en afirmaciones no lleva a nada bueno. Mejor las risas, los troleos blancos y el cachondeo puro y duro. Lo otro, hacer sangre negra sin sentido, al juego de intereses partidistas. Que luego les pasa lo que a aquel, que soltó las burradas en antena, pasando facturas a los que no fueron a bailarle el agua solo por ser, o trabajar, donde lo hace y se ha llevado cachete. Y mientras, Ranieri, de entrenador de las leyendas del Valencia. 

Es fácil, en el Valencia, como en la vida, hay que ir donde uno se sienta cómodo y querido. Todo lo demás milongas y excusas de mal pagador.

Brinden, otra vez, por el Centenario.

viernes, 15 de marzo de 2019

La belleza del Jardín Botánico de Marcelino.

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Sei bella come un gol al 90'. Eres bella como un gol en el noventa. Y este Valencia vive instalado en la belleza absoluta. Si la memoria no falla, son cuatro goles en el noventa o más allá que resultaron determinantes. Huesca, Getafe, Betis y Girona sufrieron esa mezcla de empuje y suerte que proporciona el gol en el alargue. También contra el Athletic se marcó en el ocaso, pero era el segundo. Determinante, sin duda, pero con menos carga de adrenalina.

¿Qué fue primero, el huevo o la gallina? ¿Es exceso de suerte o fortaleza mental? Pues depende quien lo narre. Siempre se ha dicho que los partidos duran 90 minutos. O 93. En otros lugares los goles en el alargue se han vestido como genética ganadora. Y en esta tierra, donde la mayoría de las veces se infravalora lo propio, da que pensar.

Porque lo que pasó sobre las 8.45 de anoche se podría catalogar de rédito deportivo a un gasto económico de 56 millones de euros. Los cuarenta del portugués y los dieciséis largos del francés. La calma del que, llegando a la línea de fondo en el alargue, es capaz de levantar la cabeza y rasear el pase. La pausa del que, con temple, quiebra con la cintura al defensa llegando con todo y buscando el lugar para que, tots a una veu, se grite la palabra más bonita del fútbol. 

No sé ustedes, pero yo prefiero vivir acunado entre los pases de la muerte de Gameiro y la cintura de Guedes. Ejemplos en la historia del fútbol hay muchos. El United remontando en dos minutos un 0-1 contra el Bayern en Barcelona, las ligas del Barça en Tenerife, el penalti de Djukic y González, aquel gol de Bakero en Alemania antes de la Copa de Europa de Wembley, Ramos y el buen uso de la parte de fuera de su cabeza contra el Atleti o Iniesta en Stamford Bridge son solo algunos ejemplos. Y jugarse la liga en Sarriá y perder y, a pesar de eso, campeonar, lo más de lo más en los ejemplos de fútbol con flor.

Si somos puristas, la lectura táctica nos arroja que el equipo no demostró mordiente, ni juego colectivo, entendiéndose este como la concatenación de pases para dominar la posesión y, por tanto, el tempo del partido. Pero este equipo no se ha construido para poseer. Es más vertical que horizontal. Y sin Parejo, más todavía. Kondogbia y Soler, llamados a suplir las ausencias del madrileño, no están frescos de mente para ejecutar con los pies. Pero, al final, como en todos los ejemplos del párrafo de arriba, quedará para los libros si se ganó o no trofeo. Aquel mágico 6-0 en semis contra el Madrid no tendría el encanto que tiene si en La Cartuja Mendieta y Camarasa no hubiesen levantado la copa.

La suerte, como dice el refrán, para los ladrones y los toreros malos. Marcelino no es ninguna de las cosas. Debe, estoy seguro que lo hará, analizar pormenorizadamente las cifras del partido y buscar que esa suerte venga acompañada de más contundencia. Por nuestros corazones y las taquicardias, por lo menos.

Mientras tanto, a disfrutar. Viva nuestro Jardín Botánico futbolero.  

viernes, 8 de marzo de 2019

Almohadillas y celulares.

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Para quien no lo sepa, celular es la manera con la que denominan al otro lado del charco al teléfono móvil. Servidor la conoce por los argentinos, con ese seseo tan relindo de ellos. Selular. Y parece que ha venido al fútbol para quedarse. Por lo menos en los partidos de noche que se precien. Como el del pasado domingo contra el Athletic. Ya no se lanzan almohadillas con las que jugarte el cierre del campo. Las almohadillas eran una especie de cojines de fina espuma que servían para cuidar las posaderas ante los duros asientos del Luis Casanova. Esas almohadillas se alquilaban por el partido a fondo perdido, sin reembolso al devolver, tenían publicidad con la que el club arramblaba unos cuartos y se lanzaban por el placer de verlas planear o por enfado. Y si el árbitro anotaba en el acta la lluvia de estos cojines futboleros al acabar el partido, se corría el riesgo de clausura del estadio y jugar como local en Albacete, por ejemplo. Y si pasaba con el partido en marcha, peor todavía. Todo esto es conveniente explicarlo porque igual ustedes son insultantemente jóvenes. Ya puestos en situación tras este viaje al pasado, estoy seguro que, de seguir existiendo, Marcelino y los suyos este mismo año hubieran recibido alguna que otra lluvia de almohadillas en desacuerdo con el juego mostrado. 
Siguiendo con el folclore, también se aireaban pañuelos. Podría ser por dos cosas. Por la maravilla de una acción individual, como algún golazo de Fernando, o como despedida antes de ser cambiado el futbolista de turno tras una muy buena actuación. Aunque también podría airearse el pañuelo en desacuerdo con el juego, el entrenador o la directiva. Pañoladas equidistantes, oiga.

Pero ahora no hay nada de eso. Ahora tenemos los móviles. Los celulares que nos sirven para hacer Stories de nuestro camino a Mestalla. Panorámicas del ambiente desde la grada. Gritos enfurecidos por el mal juego del equipo lanzados a los cuatro vientos de Twitter. Y ahora, encendemos la linterna para dar calor y ¿romanticismo? a una noche buena de fútbol. Supongo que si en estos días suena "November Rain" en cualquier concierto, nadie encenderá su mechero y sí su linterna del móvil. Incluso se ha traspasado la cuarta pared, si es que hubo alguna, con la celebración de goles a través del móvil. Balotelli rizando el rizo o siendo un adelantado a su tiempo, convirtió el sombrero de Finidi en una cosa prehistórica.

La primera final donde el móvil era protagonista fue Sevilla 99. La de La Cartuja. La de quedar a los pies de la Torre del Oro y llamar para buscar al colega. En el 95 era verte por cualquier lugar referente de por allí, más o menos, y esperar que no sea tardona la persona. Como toda la vida. Ahora las quedadas son cadenas de Whatsapp, las vendas antes de las heridas por el reparto de entradas para Sevilla 19 se harán sentir desde la palma de la mano. Incluso puede que la marcha cívica del Centenari se haga desde el sofá o, en el mejor de los casos, desde la cama impregnada de resaca fallera. Pero con etiqueta. Hashtag. Tráfico virtual. Incluso las extorsiones se hacen desde los cacharritos y no agarrando por la pechera.

En cualquier caso, espero contarles el domingo por la tarde mi alegría por la victoria en Girona, con una etiqueta bien chula en Twitter, un Stories desde mi Instagram (@soyperis) y compartirlo por Facebook. Todo ello, por supuesto, sin moverme del sofá. 

De momento, tomen nota de #los100delCentenariVCF como etiqueta a seguir. Proyecto bonito donde los haya, personalísimo, con todo corazón. En este caso si no puedes con celular como supuesto enemigo, únete a él.

viernes, 1 de marzo de 2019

Ranieri, Benítez, la paciencia y la Copa de los niños.

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Esta mañana, mientras me lavaba los dientes, pensaba en que escribirles hoy aquí. Es la suerte de ser editor de tu blog, que puedes publicar cinco minutos antes de salir al aire. Cuando colaboraba en Plaza Deportiva, con Vicente Fuster y Héctor Gómez, (¡que bonito es llorar cuando es de alegría!) estas letras tenían que estar en el buzón antes de las 9 de la tarde, 8 como mucho si Vicente tenía pachanga. Ahora, en noches como las de ayer, uno puede trasnochar, abrir otra botella de vino, enviar mensajes a amigos para que comiencen las gestiones para la compra de entradas o recibir felicitaciones de la Sevilla que no es verdiblanca, mientras toma nota y recibe sensaciones con las que plasmar después algo decente hilvanando palabras. Pues con todo, me acordé de Ranieri.

A Ranieri lo han despedido esta semana del Fulham, que anda como pollo sin cabeza por esa Premier millonaria que puede, dicen, pagar 15 kilos por un jugador de Segunda española que tiene hechuras pero no certezas. Ranieri, decía, que hizo campeón al Leicester, obrando el milagro y que, en su primera etapa en Valencia, logró la Copa del 99 y la clasificación para Champions, como todos saben. Ese Ranieri que parecía más fuera que dentro en aquel partido de Anoeta, sin celebrar el gol de Mendieta que fue un punto de inflexión para evitar su cese y subir como la espuma, previo paso por el mercado de invierno y cambiar a Romário por un rumano llamado Ilie. Aquella reacción fue el germen de lo que vino después, con la Intertoto, la Copa de la Cartuja y todo lo posterior que ustedes saben de memoria. Ya ven, salvando pelota de partido. Como Benitez en su día. O como le ha pasado a Marcelino.

Anoche se coreaba a Marcelino. Como a otros muchos. A Parejo, tirado tantas y tantas veces a los caballos porque al valencianismo le gusta el trabajo y no la especulación, también. Y, probablemente, ambos lloraron. Como otros muchos en la intimidad de sus casas. Pero hubo paciencia por parte de Mateu Alemany. Y la jugada salió bien. Como casi siempre en estos casos. Tanto que se ha abogado por implantar modelo británico y plenipotenciario con un manager que controle todo pensando en el largo plazo y, por poco, se va todo al garete. Por las prisas, por la extraordinaria temporada anterior y por no decir las verdades del barquero desde la dirección del club. Y, a pesar de todo, prepárense para que los que querían la continuidad saquen pecho. Da igual. A toro pasado es fácil sacar pecho ahora. Lo bien cierto es que las dudas eran más que razonables. Y muchos, en esto de la opinión, se sitúan en el lado contrario solo al ver quien está delante.

Ya se tiene la final. Para los hijos de F., el que está detrás de @Lobovcf. Y para todos los que querían que hubiese una final que minimizara el impacto que tiene entre la chavalada el Madrid, Ronaldo, el Barça y Messi. Que se hacen de esos equipos porque ganan. Que es casi el mismo motivo por el que quieren la final de Copa. Por ganarla. Lícito. Pero intenten menos conexiones con medios nacionales. Provoquen el consumir medios de comunicación locales. Llévenlos a la radio a ver a Paco Lloret, Gustavo Clemente, Roberto Ferriol o Héctor Gómez. O al periódico a ver a Cayetano Ros, Vicent Chilet, Carlos Bosch o Lourdes Martí. O a las teles, con Mª José Berbegall, Vicent Sempere, Nacho Cotino y todos aquellos que narran y cuentan sobre esta aldea poblada por irreductibles galos que quiere resistir, ahora y siempre, al invasor. Aunque a veces vuelen los cuchillos.

Ya está. Acabó febrero, que era temido por todo. Punto y aparte. A ganar partidos y estar lo más cerca posible de la cuarta plaza. Es lo que se quiere ahora. Lo que se necesita. Marcelino ya lo sabe. Y los jugadores saben que todos juntos pueden. Que no lo olviden. Que esa camiseta que llevan cumple cien años y porta millones de ilusiones. Si a la plantilla les puso los pelos de punta lo de anoche, con más resultados, sentirán siempre el calor de la afición hasta el final de sus días. Que se fijen en el espejo de Waldo. Va por usted, Negro.

viernes, 22 de febrero de 2019

Pedja Mijatovic y el Centenario.

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Supongo que todos ustedes se acuerdan de él. De hecho, cada vez que desde la Castellana blanca se asocia algún jugador del Valencia con el posible fichaje por el Floper Team, sale a relucir el montenegrino. Pónganse en situación: segunda mitad de los noventa, un Valencia CF fuerte, puñetero ante los grandes, que había llegado a una final de Copa el año anterior, perdiéndola en diez minutos, con un entrenador, Luis, que se las sabía todas y una plantilla que rozaba con los dedos la opción de ser campeona de liga. El sueño de Paco Roig de 'Per un Valencia campeó' muy cerca. Y las generaciones adolescentes del valencianismo, que vieron el descenso, sentían en primera persona aquello que les contaban los que vivieron la década de los 70. Como estilete de ese equipo, forjado a base de rapidez y oficio, un yugoslavo que llegó como un desconocido delgado y hortera, como lo éramos todos en aquellos años. Venía de la mano del mito Pasieguito, cuya hoja de servicios era más que impoluta como jugador, entrenador y que, hasta aquel momento, tenía el hito de haber traído a un rosarino a Valencia que después fue Campeón del Mundo con Argentina y de casi todo en Valencia. El yugoslavo se llamaba Predrag Mijatovic y nadie sabía quien era, más allá de Bernardino.

Predrag pasó a llamarse Pedja para su nueva familia valencianista y llevaba detrás un pequeño gran drama con un hijo, valenciano, nacido con una grave enfermedad. El clima mediterráneo era más que recomendable para que Andrea pudiese remontar y mejorar en calidad de vida, por lo que parecía que se tenía Mijatovic para rato. Lazos familiares y la gestación de un equipo realmente competitivo podrían satisfacer ese gen ganador que poseen todos los balcánicos. Y Pedja, montenegrino ya, parecía feliz.

Pero Lorenzo Sanz, Capello y la revolución en el Madrid después de quedarse fuera de competiciones europeas provocó el cisma, el fichaje por cláusula de la estrella valencianista y una gestión de los momentos equivocada y asumida como tal por el protagonista. Pero siempre estamos en las mismas. Ustedes y yo puede que hayan crecido con el valencianismo corriendo por sus venas, pero un tío de Titogrado lo que quiere es ganar, ganar y ganar. Y si puede ser con buen jornal, mejor que mejor. Por mucho que su ídolo de la infancia sea Kempes. En aquel entonces, Judas, mentiroso y desear la muerte de su hijo fueron las lindezas que se lanzaron, como neandertales novios despechados. Entendibles las dos primeras cosas, injustificable la tercera. La masa, esa corriente peligrosa azuzada que zarandea coches o cosas peores. Pero bueno, lo dicho, con la perspectiva del tiempo, la gestión de los momentos, lo único mejorable por parte de Pedja. La juventud, supongo.

Dicho todo esto, resulta curioso que la vara de medir sea la mentira. Jugadores del doblete, que ahora están en púlpitos, se negaron a jugar por recibir ofertas, o sondeos, de aquel mismo lado donde las recibió Mijatovic, recibiendo a cambio renovaciones bien jugosas. O negándose a renovar por conseguir el último gran contrato. Y sigue siendo igual de lícito que lo de Pedja. Ejemplos hay, pueden hacer lista. Lo importante para medir estos aspectos es que todos, absolutamente todos, en mayor o menor medida, han contribuido para llegar a los cien años. Hasta Sabin Illie, bien citado por esa maravilla personal llamada #los100delCentenariVCF de Sergi Calvo (@violaderoda) en Twitter, tiene su cuota de protagonismo en el Centenario, de obligada visita y seguimiento.

Mijatovic fue uno de los mejores jugadores que han pasado por Mestalla en los últimos tiempos. Con su marcha, una generación creció de golpe y se dio de bruces con la realidad mercantilista de este deporte. Pero, si lo piensan, con su marcha podemos hilar el principio de todo: con el dinero de Pedja llegaron Romario, Karpin y Valdano para marcharse después y ser sustituidos por Adrian Illie, Piojo y Ranieri. Y el resto ya saben como acaba.

Por lo tanto, digo sí a Mijatovic en el Centenario. Y a que haya una foto con Mario Alberto Kempes. Para que Pasieguito agarre del cuello a Puchades y, junto con Tuzón y Paco Real, saquen pecho allá arriba y digan aquello de "...en Mestalla hem vist cavalcar els més grans...".

viernes, 15 de febrero de 2019

Vicente Peris Lozar.

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Si de algo estoy convencido es que el Centenario retoma personajes, momentos y aspectos de la vida del Valencia CF para muchos olvidados o pasados a categoría de secundarios. La inmediatez, el momento, la tiranía del resultado, todo son eufemismos para vivir el día a día con coartada. Nada importa, una temporada fantástica, con récord de puntos, si fue la anterior. En la presente, la exigencia ha de ser la misma o mayor. Sin tiempo al resuello. Nada. Voraz. Y también estoy convencido que el verdadero Centenario, más allá de la mercadotecnia oficial, muchas veces de dudoso gusto, lo conforman todos y cada uno de los aficionados que, con sus vivencias, recuerdos o enfados, crean un mosaico de diversidad alrededor del escudo valencianista. Y las redes cumplen su blanca función, exponer contenidos y compartirlos. Esas mismas redes en las que prima la inmediatez, donde lo viejo hace dos minutos era última novedad. Será eso que llaman comportamiento millenial. No lo sé. No me importa.

Hace ya tiempo que no espero mucho de los canales oficiales en Twitter con esto del Centenario. De hecho, me llegan más ecos por terceros que directamente. Por militancia, y cabezonería, es la cuenta en valenciano del club la que sigo, pero estoy al tanto de las estupideces que teclean desde la cuenta en inglés y las lagunas que desde la cuenta en castellano surgen a raíz de efemérides de la historia del club. Línea editorial se llama. Maravillosas piezas, como el recuerdo a Mundo en la promoción del partido de Leyendas, se contrarrestan con la ausencia al no recordar que un 13 de febrero fallecía Vicente Peris Lozar. Poca culpa tiene Maduro, Hedwiges, de haber nacido el mismo día, pero al holandés se le recuerda y al gran gerente, no. Cosas de jóvenes, feedbacks y métricas de esas, supongo. Y ausencia de sensibilidad por conocer la historia del club al que estás a sueldo. Que es, básicamente, no estar preparado para el trabajo a desempeñar. No por los gestores de las diferentes comunidades virtuales, pobrets, sino por los que están por encima de ellos.

Las dos cosas que más hinchan de orgullo a cualquier valencianista son el pundonor de los jugadores y el recuerdo respetuoso del pasado. Y supongo que si sustituyen valencianista por sportinguista, levantinista, sevillista o cualquier otro -ista de afición, valdrá igual. Y, oigan, sin saberlo, quien les escribe cada viernes por este lugar le debe bastante más de lo que en un principio creía a Vicente Peris. Aparte de compartir apellido, sin consanguinidad aparente, servidor recuerda los programas que se repartían antes del partido. Y la música del pasodoble 'Valencia' por megafonía al salir los jugadores. Y aquellas oficinas en la Avenida Aragón presididas por ese escudo que, nada más verlo, te vuelca el corazón. Todo eso fue cosa de Vicente Peris. Como crear el Mestalla. Todos aquellos que han hablado o escrito sobre la figura de Peris Lozar destacan su visión de futuro. Y nunca sabremos que sería del club hoy en día si aquel muchacho que empezó como botones hubiese llegado a los 65 años sirviendo al Valencia CF. Quizá hubiera vuelto a ser FC. Quizá podría seguir siendo un club con capital y sensibilidad local. Quizá seríamos el club español más inglés, por su admiración a aquel fútbol que tenía. La narración de la luctuosa jornada por parte de Jaime Hernández Perpiñá, según el testimonio de Salvador Dasí, en La Gran Historia del Valencia CF que realizó en su día Levante-EMV sigue sobrecogiendo. Muerto en plaza. Ordenando el secreto de la situación. Tapado con una bandera del Valencia en la capillita del estadio. En un partido contra el Atlético de Madrid. Precisamente el club que más fuerza hizo, en la persona de Vicente Calderón, en ficharlo, sin éxito.

No son necesarios los 280 caracteres de Twitter para recordar a Vicente Peris Lozar. Tenemos Ultimes Vesprades a Mestalla, los podcast del Centenario, las fotos de Finezas y muchas cosas más. Y, al final de todo, este rinconcito de la blogosfera que aporta su granito de arena para que si por casualidad, alguien se asoma a esta ventana sin conocer la figura de Vicente Peris Lozar, despierte su curiosidad y sepa que, entre los muchos que han querido y han servido al Valencia CF, Peris Lozar es uno de los One-Club-Man más importantes de estos cien años.

viernes, 8 de febrero de 2019

Gameiro, la madurez y un tipo de Getafe.

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Siento comenzar hablando del vil metal, pero si los jugadores cotizaran en bolsa, las acciones de Gameiro serían alcistas a más no poder. Siguiendo el símil, todo aquel que, en su momento más bajo, no se hubiera desecho de sus papelitos, hoy nadaría en la ambulancia, que diría Pazos en «Airbag». Como Marcelino, por ejemplo. Porque el bueno de Kevin está consiguiendo la redención a base de goles y partirse la cara por la camiseta blanca centenaria. Incluso ya tiene imagen icónica, tapándose el ojo a la funerala y señalando al infinito. Como somos tan dados al exceso por estos lares, para bien y para mal, exigimos desde ya posters de gran tamaño, chapas, camisetas e ilustraciones de Lawerta para abrazar al nuevo guía. Marcar en el Nou Camp y en el alargue de una semifinal copera dan para eso y mucho más. Ese gol de anoche se cantó por algún rincón de Sevilla como si a la hija la hubieran nombrado fallera mayor. De hecho, de las diecinueve mascletaes que se preparan en Fallas, una la debería de anunciar el francés. Junto con Mina y Rodrigo, por aquello de la custodia compartida en el noble arte de repartir alegría a base de goles.

Decía José María García en antena que el tiempo es ese poderoso juez que pone a cada uno en su lugar. Supongo que ahora lo dirá igual, pero jugando al chinchón en su retiro o recuperando un guiso que se antojaba soso al primer golpe de cocción. Y ese tiempo nos ha tapado la boca a todos. A unos más que otros. Con Marcelino, con Gameiro, con Parejo y con todos y cada uno de la plantilla del Valencia CF. Salvo con Cheryshev. Todos ustedes saben que el excelente estado de forma y acierto de Denis es por aquel artículo de la exigencia al ruso como unidad de medida. Puedo exigir ilustración de Lawerta en cualquier momento. Por los servicios prestados.

Es ciertamente evidente que las cosas han cambiado en el vestuario. Se puede personalizar en la salida de Batshuayi como piedra filosofal del mal, pero sería catalogar de floja la mentalidad del grupo. Personalmente, sin datos que lo contrasten, abogo por una catarsis grupal, con autocrítica por parte de todos y un aviso a navegantes por parte de Mateu. Sí, lo sé. Puede ser inverosímil. Pero déjenme soñar. Es lo que servidor haría si tuviese mando en plaza. Porque que este equipo, más muerto que vivo hace apenas un mes, se muestra más incisivo, es más ligero, tiene hechuras de difícil de ganar y va minando, poco a poco, cualquier resquicio de moral de los rivales. Jugando sin resuello hasta el noventaylargo. Y eso cala.

Madurez. La palabra de la semana. Todo el valencianismo, de repente, ha madurado. Por no pedir cabezas cuando venían mal dadas. Por no entrar a trapos en ruedas de prensa. De fuera de Valencia y de dentro. Que los hay. Busquen la rueda de prensa y escuchen, de todos los medios valencianos, quien le mete los dedos en la boca a Marcelino. Y con que elegancia sale de la situación el asturiano. Madurez, decía. Incluso la de Parejo. Que es otro. Que manda, que grita, que juega al primer toque con todo lo positivo que eso conlleva para el juego del equipo. Incluso se ha vuelto más pícaro, moviendo sprays y todo.

Y Getafe, como club. Y su presidente. Exponiendo su punto de vista de todo aquello. Faltón y desconsiderado. Abrazando su momento de gloria ante un micrófono verde. El de De La Morena. Machito. Cobarde. Como un mono de feria. El medio quería espectáculo y Ángel Torres estuvo al nivel. Y luego, sabedor que Valencia y su cantera es un más que apetecible lugar para pescar cesiones o traspasos de bajo coste, como buen presidente embrague, metió la pata y cambió. No le conviene, a futuro, estar mal. Listo. Perro viejo. Cobarde. Otra vez. Pero este circo funciona así. No conviene sulfurarse.

viernes, 1 de febrero de 2019

Hacer del martes otro sábado.

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Vaya noche la del martes, ¿eh? Seguro que alguno de ustedes todavía se pone los diez últimos minutos con la narración de Miguel Ángel Román para regocijo valencianí. O los cortes de radio de su emisora favorita para tener el nudo en la garganta como lo tenía Héctor Gómez, por poner un ejemplo. Y tirando de memoria, comparando remontadas y goles en el alargue con las de Osasuna o Madrid. Y esa misma noche, sin poder dormir, mirando Twitter, escuchando la radio o comentando con cualquiera de los enfermos de valencianismo. Hay de aquel que tuvo una epifanía a ritmo de Hendrix y todo. És això el que ens fa grans, supongo.

Este que les escribe hizo prácticamente todo lo del primer párrafo. Era martes, pero el cuerpo pedía viernes. Debía serlo porque el personal estaba muy arriba. Como bien dijo Rafa Lahuerta, era un día de los que resume cien años de historia. «Te pegas un tiro en el pie en el minuto 1 y luego regalas a tu gente 2 minutos finales de locura que ya no podremos olvidar jamás. Mestalla en estado puro», apostillaba acertadamente el autor de "La balada del Bar Torino". Pero la euforia debe guardarse en el cajón. Por una espalda. El espacio entre el éxito y el fracaso es una espalda. Por hacer el trazo gordo. Pero bendito espacio que hizo mal dormir al valencianismo esa noche desde la emoción y la alegría. La suerte también juega. Y el martes era blanquinegra.

Ojalá esta victoria haya embrujado para siempre a muchos nanos que quieran ser para siempre del Valencia. Y recuerden como su primera gran noche la clasificación copera ante el Getafe. Que así, sobre el papel, parece un equipo menor. Y tal vez lo sea, si los comparas con otros más mediáticos. Pero como dijo alguien «En el fútbol no hay enemigo pequeño». Y estos de azul son duros de pelar. Las marcas de arañazos que llevan en su camiseta son todo un simbolismo. Pelean y luchan. Los equipos buenos suelen ser el reflejo del entrenador. Y Bordalás con el Getafe lo ha conseguido. Gustará más o menos, pero estoy seguro que al sur de la Comunidad de Madrid llevan con orgullo todo lo que les está pasando. Los aficionados de a pie, digo. Los que han vivido al Geta desde la Segunda B. Como el Peri. Que en Melilla, durante la mili, allá por 1993, andaba con cánticos de la grada, que decían que tenían un hijo tonto del pueblo de al lado. Mucho, mucho antes de ser equipo de Primera.

De las actitudes de la prensa de allá, poca cosa. Algunos no son más que bufones de la corte. Entretenimiento puro y Duro que no conviene tomar en serio y si reírte, que es el motivo de todo esto. Su escenario soñado era que en semis hubieran dos equipos de allí. Para torpedear al archienemigo, que anda fuerte como un toro. Y el amor al Geta se diluirá cuando juegue contra el que ustedes saben. Y su fútbol orgulloso será marrullero, sucio y de los que merecen deportación. Y Damián será Caín en lugar de Abel. El localismo de boina es lo que tiene. ¿Qué esperan de las cloacas de una ciudad que no era más que un corral de gallinas?

PD: Por cierto, Cheryshev lleva dos partidos a nivel. Ya saben, la medida de la exigencia.

viernes, 25 de enero de 2019

Cheryshev como medida de la exigencia.

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Era en el pasado mes de junio. Finales, concretamente. En las fiestas del barrio, esas en las que alrededor de una mesa con partidas de cartas antes y después de la paella, mientras la brisa te arrulla y se pone de tu parte en la guerra contra los primeros calores, la pausa para ver el partido del Mundial era obligatoria. La Rusia de Cheryshev, en estado de gracia, no parecía excesivo rival por muy anfitrión que fuese y el hijo de Dmitri estuviese haciendo el campeonato de su vida. Ya saben ustedes que pasó después, con los penaltis y todo aquello. 
Por sorpresa, en ese verano, llegó la cesión de Denis desde el Villarreal de mi querido Héctor Molina. Buen complemento. Buenos recuerdos del Mundial y de su primer paso por Mestalla cedido, esta vez, por el Madrit, donde fue un soplo de aire fresco en aquella convulsa temporada 2015-16. Hasta que se lesionó, iba como un tiro. De ahí que su llegada era, por sus antecedentes mundialistas y valencianistas, a priori, una buena jugada.

Pero no. A pesar que con Marcelino hizo buenos números de groguet. Haciendo un símil rumano, vimos en el Mundial a Adrian y llegó a Valencia Sabin. Y no tiene visos de mejorar. Desespera al aficionado. Y la insistencia del entrenador a ponerlo por delante de Ferran, Kang In o cualquier otro, más desespera. En el principio de la temporada, había unanimidad con respecto al salto cualitativo de la plantilla. O muy residual el porcentaje de voces discordantes. Pero la reflexión ahora no es esa. Bien por la dejadez de los propios componentes o por la carencia en activar los resortes por parte del equipo técnico. Y se puede personificar esta decepción con el ruso. O con Batshuayi, en la rampa de salida.

¿Cómo es posible que un jugador cambie tanto de un lugar a otro? Es más, ¿cómo un jugador que con el mismo entrenador rindió a buen nivel, y ese mismo entrenador, en otro lugar, no sea capaz de exprimir su potencial? Probablemente la clave de esta temporada sea esa misma. El entrenador no ha podido, o no ha sabido, sacar los potenciales rendimientos individuales para el beneficio del colectivo. El año pasado, uno de los grandes éxitos de Marcelino era que estaban todos los jugadores enchufados. Si Mina fallaba, Zaza estaba con el colmillo afilado. Los centrales podían rotar sin problemas que apenas se notaba. Murillo, por momentos, parecía un patrón de los de verdad, con un cierto aire a aquel Otamendi de Nuno. Incluso Pereira tuvo su parte de cuota decisiva en algún tramo de la temporada.

Pero este año, todo por el sumidero. Quien sabe si es la preparación específica montada de diferente manera. O que le han pillado el truqui al mister. Pero lo bien cierto es que la exigencia no llega. Ni la competencia. Y el equipo se resiente. La mejora del equipo será en consonancia a los rendimientos que pueda ofrecer la denominada segunda unidad. Lo que antes era el fondo de armario o más antes, los suplentes.

Cheryshev como unidad de medida de la exigencia del entrenador respecto al grupo. No desperdiciar el talento, por mínimo que parezca que sea. Que no lo es.

viernes, 18 de enero de 2019

La copa rota del Valencia CF.

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Hay una canción de Los Rodríguez que se llama 'Copa rota'. Realmente la versión es de Benito de Jesús, pero servidor escuchó primero la versión del grupo de Ariel y compañía. En ella, con la voz desgarrada, Calamaro canta el drama de un corazón roto que solo quiere beber, a pesar de sangrar por la boca al la copa de vino rota de un bocado por la rabia. La versión original es un bolero, pero Los Rodríguez le dan un toque cercano a música fronteriza de la zona donde Trump quiere poner un muro.

Pues oigan, esta canción me recuerda bastante al momento en el que está el Valencia CF. Desasosiego y algún momento de tristeza en las declaraciones de Marcelino. Y ahora puede introducir al libreto de canciones el fado portugués y la ranchera mexicana, vistos los movimientos que se presumen en la ventana de fichajes de enero y las nacionalidades de los implicados. Que bonito concepto, 'ventana de fichajes'. Mucho más bonito que 'mercado de invierno', donde va a parar.

También, por esas analogías de la mente, el titulo evoca a la competición del pasado martes. La Copa del Rey es, para este Valencia que sigue buscando su brújula deportiva, como ser protagonista de un bolero o una copla. Sí te quiero, pero no te quiero. O, como diría Sabina, este Valencia CF daría la vida entera por la Copa, engañándola un rato cada día, es decir, no queriéndola con la boca pequeña.

No quiero decir que el Valencia tenga que mirarse en el espejo de la Juventus, cuyo entrenador dijo en la previa de la Supercopa italiana que el equipo ha de salir a ganar todas las competiciones por ser quien es. Pero tampoco se debe verbalizar públicamente si se infravalora tal o cual competición. No creo que sea necesario tirar de nostalgia, pero supongo que las copas del 79 y del 99 fueron una gozada para el valencianismo. Y esas declaraciones, entendibles por el estado deportivo y tratando, de alguna manera, de liberar presión al equipo y sus técnicos, no han sido de las más acertadas. Ojo, no se trata de pasarse al lado de los ofendidos. Usted, yo, mi tío o su vecino de pase queremos que el Valencia CF lo gane todo en todos los partidos que juega. Hasta el Trofeo Carranza. Pero nuestra pasión a veces choca con la realidad y la gestión de esfuerzos y recursos, donde se precisa tomar más distancia y minimizar riesgos. En breve puede que encuentren encuestas que les pregunten si prefieren ganar la copa o ser cuartos en liga, solo por el mero hecho del beneficio económico que esto último conlleva. Porque el fútbol moderno está montado así. 

Aquellos tiempos ya no volverán. Las eliminatorias de copa donde un miércoles era día de fiesta porque ibas al Luis Casanova. Con el bocata debajo del brazo y el lujo de tomar refresco entre semana. Con los mayores del sector 3 y 4, donde ahora está la Curva Nord, repartiendo pasteles y café hecho en casa. Y esa botellita para refrescarlo, que no tenías ni idea de que era pero que permitía al tío Juan sacar un do de pecho en pleno mes de enero con tres botones de la camisa desabrochados ante el enésimo fallo de, digamos, Jon García, por decir uno. Y te acostabas tarde. Y te levantabas somnoliento porque habías dormido poco. pero te daba igual, porque aquel Valencia tuyo, de tu padre, de tu hermano o de tu tío, con muchísimo menos oropel que el de ahora, había pasado la eliminatoria contra, digamos, el Zaragoza. Y cada pequeña victoria, te sacaba un cachito de orgullo hacía afuera.

viernes, 11 de enero de 2019

Mateu Alemany y el fútbol moderno.

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Pues Mateu Alemany habló. E hizo lo que todos pensábamos que iba a hacer. O, por lo menos, lo que servidor pensaba. Es entendible que la mayoría quiera sangre vistos los antedentes en este mismo año de United y Real Madrid, por mirarse en un espejo o de Villarreal, Real Sociedad y Athletic, por mirarse en otro más próximo a la realidad. Y el mensaje fue claro, Marcelino sigue. Bueno, claro, claro, si quieren tampoco, porque un poco más de contundencia no hubiese estado mal. Pero confio que esa contundencia esté más que clara de puertas para adentro.

Es evidente que el fútbol ha cambiado en todas sus plazas. La inmediatez de los resultados impera en el mundo de este deporte. Ese reducto que era Inglaterra, con Fergurson y Wegner como inquilinos casi perpetuos de los banquillos de United y Arsenal, ha terminado. Probablemente por la entrada de capital de fuera de las islas en los propios clubes y una nueva manera de ver este juego que es más negocio que deporte. No sé a ustedes, pero a mí me sorprendió el cese de Ranieri al año de haber ganado la liga con el Leicester, que no se entiende de otra forma si no es por una impaciencia impropia del británico y por pensar, erróneamente, que todos los días son fiesta. Curiosamente, como muchos piensan del Valencia, cuando la historia dice justo lo contrario. De ahí que los festejos molen más cuando se toca chapa.

Quero pensar que el Director General entiende el fútbol de esa otra manera. La de la pausa, la del tiempo y, sobre todo, la de economizar y amortizar los gastos. Los más viejos del lugar recordarán las bandadas de Gil y Gil triturando entrenadores en sus principios y, cuando le llegó la calma, vete tú a saber si asesorado por alguno de sus hijos, rascó doblete. La fuerza del club reside en la continuidad, la confianza y el mirarse a los ojitos cuando vengan mal dadas. Yo lo entiendo igual, por eso en todas las encuestas que se han hecho en estos días, por medios de comunicación y particulares, he votado por el NO con respecto a la pregunta del cese de Marcelino y su equipo.

Espero que Mateu Alemany se haya sentado con el asturiano y le haya dicho que tiene el respaldo, cosa obvia, pero que hay preocupación. Que en verano se entró a todas sus peticiones y, a pesar de todo, el equipo no avanza. Que no se quieren más excusas de campos helados, lesiones de pilares ni gaitas. Que vuelva a trabajar como el año pasado, o diferente, y saque el máximo rendimiento al grupo. Que reconduzca el vestuario sin distinciones para estar entre los seis primeros de la clasificación. Y si no lo consigue o no se ve capaz, que se mire en el espejo del Pitu Abelardo, cuando entrenando al Sporting se marchó por no verse capaz de salvarlo sin cobrar ninguna clase de finiquito. Lo otro, sería propio de mal estudiante vacilando a sus padres por sus malas notas.