jueves, 1 de septiembre de 2022

La sonrisa de Soler

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Tropezando con la misma piedra. Otra vez. Cada vez menos, eso sí. La edad o el hastío de esto que es más producto y menos otras cosas. La memoria, que a veces es tan sabia como selectiva, cuando llega esto del mercado, asoma la patita para que en mi cabeza retumbe aquello que decía un aficionado argentino de un equipo grande. Puede que fuese River o Racing. Que más da. El aficionado en cuestión hablaba que no hay que encariñarse de los pibes porque, en nada, saltan para Europa. Argentina, país exportador por excelencia. Como casi toda Sudamérica. Y es algo que repito en el espejo en estos días, mirándome al espejo que me devuelve la imagen del niño que fui.


Se acabaron las portadas del Carlos niño, con sus mofletes, riendo al celebrar un gol. Con su colega Lato, con el escudo al pecho, publicidad de Unibet y camiseta Kappa. No pienso entrar en los motivos porque sería redundar en lo obvio. Todas estas cosas son consecuencias de plantar árboles torcidos. Semillas para un buen jardín había. Y lo sigue habiendo. Pero el jardinero ha de ser más cuidadoso y aplicar lo que tenga que aplicar para que todo sea verde y frondoso. No hablo de firmar jugadores a tarifa plan de 18 millones y sí a equilibrar balances contables con los sentimentales. Derrochar no es bueno. Escatimar, tampoco. La virtud en el término medio. Pero en este fútbol donde los valores de los jugadores van por portales web y sus cualidades van por videojuegos, hay que poner más de parte del que gestiona. Flaco favor le haremos a la historia si comparamos salidas como la de Soler por permanencias de leyendas. Eran otros tiempos. Era otro club. Y la afición, a pesar de todo, sigue rugiendo en la grada y discrepando entre nosotros por las pantallas. Las modernidades que carga el diablo. Que son tan bonitas como para que un recién llegado como Cavani sienta el calor antes de vestirse de murciélago y tan cochambrosas como para atacar al entorno de Soler por marcharse del equipo de su vida. O para llegar al insulto y la amenaza entre dos tipos que seguro llorarían abrazados si el Valencia CF tocase el más grande de los metales.

Nosotros, que nunca llegaremos a ser jugadores de élite por nuestra torpeza con los pies pero que somos balones de oro del sentimiento, queremos que ellos, los profesionales, lo sean también del corazón. Como nosotros. Pero ellos son eso, profesionales. Pocos quedan ya. Totti, Puyol, Xabi Prieto o, esperemos, Gayà , por nombrar a quien nos toca cerca y que ha de agarrar con fuerza esa bandera del que es aficionado y futbolista. Ver el fútbol es caro en nuestro país. Y ahora, con la marcha de Soler a Francia, se convierte en menos atractivo para nosotros. Tocará buscar otros alicientes. Y se encontrarán porque ser del Valencia CF es esto. Buscar optimismo ante lo más mínimo. Somos así. Y así ha de ser. A pesar de todo. Reinventarnos y volver a latir apresuradamente cuando haya un penalti porque ya no está Soler, que era casi infalible. Como Mendieta, otra marcha precipitada. Ciclos. Vida. Fútbol. La historia. Y encima, se vuelve a clase ya. Todo oscuro. Y para nuestros corazones blanquinegros, estaría bien que desde los despachos no se hiciera un ejercicio fallero en cada temporada, quemando todo lo anterior y comenzando de nuevo. O que, por lo menos, explicaran con cariño y claridad porqué, cada final de agosto, resuena por las oficinas del club algo parecido a 'Senyor, pirotècnic, pot començar la mascletà'.

Se va la sonrisa de Soler. La volveremos a ver, sin duda. Pero será extraña que no tenga un fondo blanco y un murciélago en el pecho. Ojalá sea solo un hasta luego.

miércoles, 29 de septiembre de 2021

Casi se me olvida a lo que venía al Montgorock

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Cuando uno tira de carretera y manta calculando como un piloto de carreras, es mal asunto. No por la velocidad, Ayrton Senna que estás en los cielos. Por los neumáticos y las posibles cuestiones que ocasiona llegar al destino y no saber si vas a tener lluvia en los zapatos. Con esa borrasca de conocimiento, sesenta minutos de carretera para llegar a El Dorado. Que no está en el lejano oeste peliculero. Ni siquiera en Almería. El Dorado es el Montgorock donde, un año y cinco meses después, volvió a sonar la música. Agradable sorpresa ver que ni lluvia ni barro. Josan y su equipo manejan el tiempo como si fuese dioses del Olimpo. A su antojo, con huevos en ofrenda y dedos cruzados, como mínimo. Y funcionó. Estamos casi listos para recibir tres golpes de gancho en forma de conciertos. Esos tres que tienes marcados. Pero que sabes que no estás seguro que sean solo tres. Siempre se escapa algún uppercut inesperado. Pero nada. Sonreímos en el momento pusimos la nariz en La Fontana, nos ponemos la pulsera y arrancamos escuchando a The Niftys y Carmen Boza con el primer refresco que nos llevamos al gaznate y preparar nuestros cuerpos para The Backseats, el Dream Team del hard rock y heavy metal del terreno.

 
The Backseats es uno de los innumerables proyectos que lleva entre manos Monty Peiró, a la que imagino con un gran mural en casa lleno de hilos, como si de una sesuda investigación se tratase, para cuadrar todas sus agendas, sus proyectos, sus gatos y sus cervezas con limón portuguesas. Y con esto, se planta en escena bien de poder, de lipstick y eyeliner para cantarnos versiones de Judas Priest, Iron Maiden, Runaways y lía a colegas como Pau Monteagudo, voz de Uzzuhaïa y Corazones Eléctricos, para meternos una congoja de nostalgia con The Cult. Son la tempestad que precede a la tormenta final con los dos platos fuertes de la noche de viernes.

En el intervalo de bajada y subida, es menester comer. No se descubre la pólvora. Es clave para subsistir a este tipo de eventos, en los que la edad puede comenzar a dar señales. Y es importante poder elegir que comer. Quizá no al nivel de que ver y escuchar, pero sí a un nivel importante. Y, de paso, te permite observar desde una perspectiva más perimetral todo. Como por ejemplo el montaje, con una profesionalidad envidiable. De esas que evolucionan ante las necesidades de última hora. Una buena muestra que el sector serio merece más cariño del que, en principio, las circunstancias y decisiones ponen encima de la mesa. El comer, decía. Para eso varias opciones, con grasa, sin ella, con picante, sin picante, con carne, sin carne. Las foodtrucks nos permiten respirar y darle algo sólido a nuestros cuerpos que comienzan a tener dificultades para disimular el cansancio que parece que vendrá. Con los últimos bocados, Depedro arrancan y presentan un concierto maravilloso, con la calidez que aporta Jairo Zavala, con una audiencia totalmente entregada y el regalo de una maravillosa versión de Días de fiesta, de Serrat. De refilón, vemos a unas chicas que antes nos habían dicho que no, pero que sí son de Depedro. Y nos pareció bien, claro. Porque Depedro mola y hace latir.
El hasta luego del viernes fue cosa de Sexy Zebras, veteranos del festival. Primer gancho directo al mentón. La energía que desprenden el trío es brutal. Se generan problemas a los gritos del jaleo, jaleo, con el personal de control haciendo horas extras para mantenernos a todos con el culo pegado en la silla. Algunas veces lo consiguen. Otras también, con un poco más de insistencia. El montgorocker es gente de bien que sabe que lo mejor es hacer caso y que bailar sentados es bailar. Ya llegará el día en que el roce, el pogo y todo aquello vuelva. Incluso las ronchas de sudor del que ve el agua de lejos y no piensa intimar con ella en breve. El respiro final, con varios moratones en el alma, tuvo el abrazo sincero con Pol y el recuerdo del Kraken, tal como éramos. En otras terrazas, en otros bares pero con la guitarra de Fer y su sonrisa amenizando. Muriendo matando, embriagados de amistad, cerramos para cargar y ser héroes del sábado.

Si todo eran nubarrones de dudas, el sábado se desperezó con una buena dosis de sol de otoño. La gastronomía local, con el pulpo a la brasa como invitado estrella, nos preparó para la segunda jornada del festival, que arrancó con Hermano Salvaje, sonando el tridente de Ontinyent muy calurosos y con un surco que dejó huella para siempre a los que regatearon a la siesta buscando clandestinidad de héroes. Al igual que Rufus T. Firefly, que nos mecen con su estilo, estrenando nuevos temas que hacían las delicias de la gente que les presenciaba en las mesas habilitadas para comer y beber, más concurridas que el viernes pero igual de repletas de ese buen rollo que desprende el aire del Montgó. Comento con los chicos de la simpática caravana de pizzas que en breve vibraremos con Los Zigarros. Tienen ganas, se han perdido la prueba de sonido pero los esperan con voracidad, comentamos mientras cambio mi elección de diavola por barbacoa. La pizza, claro.

Niña Coyote eta Chico Tornado fue el segundo gancho de los tres que esperamos nos arreen en el festival. Con una actitud muy punk, con ese rosado de uniforme con el que se presentan en el escenario, los donostiarras, que nos recuerdan a aquellos The White Stripes pero con más txacolí, hicieron temblar los cimientos del escenario xabienc, acojonando a los pocos nubarrones rebeldes que, con el doping de algún trueno lejano, osaban a intentar fastidiar el broche final. Para nada. Una actitud y una muesca para siempre, de esas que te hace buscar, cuando vuelves a casa, donde volver a verlos y morder otra vez a golpe seco de guitarra y batería.

Haciendo una pausa, mención especial para Ángel Vera, el quinto Zigarro, que junto con Pol Kraken, en sesiones de DJ, han amenizado los momentos de cambios de escenario del festival con clases de armónica. Ángel consiguió hacer soplar a la gente hacía afuera más que el servicio de barra hacia adentro. Y eso es meritorio, a la vez que divertido. Lo de la armónica. En su última aparición, Pau Monteagudo se puso a la vera de Vera, perdón, para vestirse de bluesman y rematar las nociones básicas del sople mientras Ariel Rot calentaba gargantas y dedos para hacernos vibrar con todos sus clásicos de su etapa en solitario. Es preciso ver a artistas con este bagaje, que lo hacen casi sin pestañear. Incluso peleando contra la humedad. Y el bueno de Ariel nos regaló la sorpresa perfecta llamando a Ovidi Tormo, de Los Zigarros, para saltarse todas las tradiciones de las capillas de los músicos y cantar y tocar Me estás atrapando otra vez y Mucho mejor. Que bien pensado lo hacía. El incendio estaba a punto de llegar. Y unos niños jugaban al fútbol a la luz de la luna con una botella como balón, ajenos a lo que venía.

No quiero ni imaginar lo que significa tocar en casa. Sabiendo que los tuyos están ahí abajo. O esperándote en camerinos. Después de noches de hoteles sin alma más allá de las que dan las cervezas frías y las conversaciones de madrugada. Tocando la cama propia. Revolverte en ella, combatiendo a la adrenalina después de bajar del escenario. Eso deben sentir Los Zigarros al tocar en Xàbia. Tercer gancho. Donde tienen todo el calor. Donde incluso reconocen a los que están en las primeras filas. Donde hablar, hablar y hablar para no decir nada tiene menos sentido que nunca porque quieres decirlo todo. Donde esas mismas palabras son coreadas hasta la afonía. Buscando a aquellos chicos malos que bebían sin parar, que corrían sin parar. Y la entrega de arriba, se trasladó abajo, a la platea perfectamente organizada que fue forzada a cada bofetón de Adri a los parches, a cada pulgada de Natxo y a cada paseo de dedos de Álvaro y Ovidi para que, por momentos, se forzasen al máximo las costuras de la zona de conciertos. Incluso con advertencias del propio Ovidi a mantener el orden que se ha de mantener. Las costuras resistieron, respondiendo a lo que hacemos aquí, en el Montgorock. La cosa es que nos queremos pasear como pavos por todo el escenario. Y si hace falta, bajar en chandal a pasear. Ha sido un año jodido. Y la gente del Montgorock nos ha dicho, ven conmigo. Y es mucho más fácil. Sin duda.