jueves, 22 de junio de 2017

Los Perros Del Boogie. Adiós y buena suerte.



Los Perros Del Boogie bajan la persiana. Así, sin anestesia. En la primera frase. Para no dar pie a ninguna equivocación. En el Día Internacional de la Música. Manda cojones. Eso si que es hacerlo a lo grande, joder. Que vale, que el día este es un invento de los franceses, pero también lo son los croissants y nadie dice nada. Así que chitón. Para unos tíos que han conseguido vertebrar el país entero a través de su música, no hay manera más bonita y romántica que decir adiós en tal día. Sí, vertebrar. Está más que dicho en estas páginas, pero lo repito. Estos chicos, en su formación inicial, consiguieron que gentes de todas partes de España crearan un vínculo común y un comboi para verse las narices de manera real con ellos como banda sonora, por obra y gracias de Iván Guillén donde ahora pace, con éxito, Rock FM en lo que antes era aquella romántica y rockera emisora llamada Rock&Gol.

Algo se barruntaba en la escena rockera de Valencia y alrededores cuando las cosas no fluían de la mejor de las maneras. Quizá la ausencia de la banda como tal en el Montgorock podría ser una pista. Estarán con los arreglos finales del disco, que lo he visto en redes que andan grabando, pensarían algunos. Ingenuos todos. Hasta yo.

La historia de este juntaletras con la banda está de sobra documentada en las distintas entradas de este blog. Desde el principio hasta aquí, en el supuesto final. Y el roce hace el cariño. Se podría decir que se ha cuajado una camaradería sana, con abrazos, ligeras licencias y alguna confesión que no pasará más allá de la barra y los licores que la regaban. Soy de vieja escuela y estas cosas de las confidencias son eso. Compartir momentos, que es lo que decía Monty en su 'Mantel y tacón' acerca de los sueldos del rock a estos niveles.

Imagino anoche a muchos de los asistentes al concierto de The Beach Boys comentando la noticia entre trago y trago. Supongo que con pena por ver desencajarse a una banda que ha teloneado a AC/DC, que ha salido en televisión varias veces, y que ha construido himnos que se cantaban con el alma en la garganta. Y, por lo que a mí respecta, la satisfacción personal de tenerlos como banda sonora de una parte importante de mi vida. La más dura. Esa en la que te haces mayor y aprendes, de verdad, a caminar solo por aquello de los viajes de Caronte. Viajar, abrazar, conocer y amar platónicamente esta perra vida.

Pero es el precio que tenemos que pagar en esta Valencia plagada de talento. Me recuerda a aquellas lecturas que narraban la efervescencia de bandas en Los Angeles en los 80. Bandas que nacen, que mueren, que se transforman, pero que no dejan de sonar. No permiten el silencio. Que se rockea como si la noche del domingo no existiese. Que se pelea por dignificar el ser músico sin reventar cachés. Que sí, que hay un nivel local y que puede que no haga falta más para compartir unas cervezas, cuatro risas y algún canuto, si todavía se usan esas cosas.

Pero eso tan simple hace feliz. Y duele más cualquier separación de estas que el divorcio de tu primo de Cuenca. Porque Los Perros del Boogie te han hecho feliz. Como lo hicieron otros. Busca tú los nombres, que seguro que los tienes en tu imaginario. Y las copas después de estos conciertos saben mejor. Y si estás lejos de casa, mejor aún. Y sí, hay talento. Pero nadie apuesta por el rocanrol a las bravas. Y la selección natural es así de cabrona. Pocos llegan a vivir de ello. Pero pasa igual en el fútbol y en el pop, así que no nos rasguemos las vestiduras. Es solo felicidad. Instantes. Sentirse vivo. Que no es poco.

En su presentación al mundo con su primer disco se presentaban como los hijos bastardos de una antigua melodía de blues y que estaban solos ante el rocanrol. Ahora, con la disolución, o paro indefinido, de la marca LPDB, a pesar de repetirnos hasta la saciedad que son buenos tiempos para el rocanrol en esa maravilla que dejan como último legado llamada 'Salvaje', dudaremos un poquito de ello, mientras ausentes de talento lucen palmito probablemente apadrinados por alguna cuna o vete tú a saber que mierdas.

¿Motivos? Que más da, no importan. Al menos para mí. Lo que si importa es que el hueco se llenará rápido, sabiendo lo inquietos que son todos los que compusieron la última formación. Porque esto es una maldita adicción. Y que seguiremos buscando noches cualquieras, de dos calaveras, para no contárselas a nuestras chicas. Y nos vendremos arriba con todo lo que se pueda quemar, porque nos creemos ser Johnny Cadillac o una leyenda jugándonos hasta la camisa porque nos pierde una canción, nos pierde el rocanrol. Y nos decimos a nosotros mismos que no queremos vivir sin miedo.

Adiós y buena suerte, Perros.

jueves, 18 de mayo de 2017

Solo nos queda Eddie.


Siempre han vivido en el filo. Lo que para nosotros era alcohol y algo de sexo furtivo, para ellos era un camino salvaje por el lado de la vida. Nosotros éramos estrellas del rock a tiempo parcial, fichando nuestra entrada en viernes hasta el domingo. Ellos, toda la semana. Y cuando nos hemos hecho a un lado de la carretera para formar familia, tener un trabajo más o menos decente y que nuestros suegros no nos miren (tan) mal, ellos han seguido haciendo de las suyas. Quemando camerinos, bebiendo y formando familias para que las cuiden otras personas.

Son parte de nuestra juventud, con nuestros estilismos y decoraciones de entonces que son los recuerdos de ahora. Pantalones cortos, camisas de franela y gorras con la visera detrás. Pelos largos y, a veces, sucios. Sí, lo sé. Una guarrada. Pero éramos jóvenes, insolentes y nos gustaba que nos miraran alerta los guardias de seguridad de los aeropuertos. Era nuestro pequeño triunfo. Sí, éramos un poco gilipollas. Pero de eso se trata un poco cuando eres joven. Crees que todo te queda bien. Las resacas no existen más allá que el ligero dolor de cabeza y una pota sanadora si el estómago no soportaba esa mañana el cóctel de bebidas en forma de chupito de la noche anterior.
Lucíamos las camisetas con orgullo mucho antes que las grandes marcas de moda las adoptasen como suyas para nuestros sobrinos mayores o para las profesoras de infancia de nuestros hijos. Nosotros sí sabemos que es Nirvana. O Ramones. Hasta AC/DC, fíjate tú. Llevar esas camisetas era una forma de vida. De vida juvenil, se entiende. Lo de estrellas del rock de fin de semana. Ahora es una parte más del engranaje. Una postura en Instagram. Un vídeo de YouTube. Un recuerdo efímero en Snapchat.

Kurt se pegó un tiro. Con una escopeta. A lo bruto. Sin posibilidad del error. Jugando con el éxito. O saturado de él, se marcó un Hemingway, con dos cojones. Layne se dejó llevar por el opio en vena -heroína y coca, un speedball de manual-, que vale igual para reventarse la tapa de los sesos. Los dos fueron antes de que Internet cambiase el mundo para siempre. Chris, dicen, ha sido de repente. Nos faltan datos, que vendrán. Muertes de repente en el mundo del rock no hay. Ni en el del pop, maldita sea. Facturas de la vida, supongo. Nosotros, nativos digitales de verdad, que queremos contrastar las noticias que nos importan antes de rebotarlas sin mirar, esta mañana, al primer clic del inmenso mundo que está ahí fuera a golpe de ratón, hemos querido que sea un bulo. Hoax, se llama ahora a la vulgar mentira de antes, creada solo por el placer de crear y ver hasta dónde llega. Como el estúpido juego de machitos de ver quien mea más lejos.

Lo bien cierto es que los chicos de Seattle, los que llevaron la bandera del grunge, junto con Sonic Youth o Sub Pop se están convirtiendo en eternos en sentido real. De los cantantes de las cuatro bandas punteras, Nirvana, Alice In Chains, Soundgarden y Pearl Jam, solo nos queda Eddie. Y ya no queremos más despertares amargos. Porque cuando ellos, los de los posters en nuestra habitación, los que cantaban cuando besamos por primera vez a la madre de nuestros hijos en el asiento de atrás del primer coche que tuvimos, se mueren, somos menos jóvenes. Aunque los cuarenta estén pasados o nos amenacen a la vuelta de la esquina.

Kurt, Layne y Chris ya se han largado de este mundo. Solo nos queda Eddie. Y nuestras viejas cintas de cassette.