martes, 11 de julio de 2017

Ya no somos los que olemos a Teen Spirit.



Movemos agua y limpiamos estantes. Lo que hoy era molón ahora es cool. O peor. Ahora mola caño. Somos víctimas de nuestra adultez mal entendida y de nuestra mentirosa patología del síndrome de Peter Pan. Creemos que por ir a conciertos o abrazar barras para mover el culo y pedir gintonics una y otra vez, nos vamos a convertir en eternos adolescentes como aquel hit de Nirvana. Sí niña, Nirvana fue un grupo antes que las marcas mainstream lo convirtieran en un print de camiseta. Como Ramones. O Kiss. O AC/DC. O muchos más que no me vienen al caso ni a la cabeza. Ni putas ganas.

«Porque ahora es ahora. El presente es lo que cuenta. Vivimos en la época del ya y del todo es ahora. Y mañana ya vendrá. Nos da igual abrazarnos al calor de los brindis un jueves por la tarde que un domingo por la mañana. Por el mero hecho de ser lo que somos. Los que queremos cambiar el mundo. Los que no somos burgueses, ni notarios, ni funcionarios. Queremos ver mundo, besar a todos y a todas. Con y sin lengua. Comer dulce y salado. Y picante. Hasta el extremo. Nos da igual. Deseamos vivir intensamente. Con la misma fuerza de quien muerde una sandia en una tarde de agosto. Y eso somos. Sin más. Sin tiempo para leer cosas de más de siete páginas. Porque somos cultura del chasquido. De lo inmediato. Lo queremos todo ya, menos el orgasmo. Menos eso, todo. Y lo de antes, varias veces, si puede ser. Porque no queremos otra cosa que no sea eso. Hedonismo puro y duro. Aquello que queríais vosotros y que pocos pudisteis conseguir. Cuatro estrellas del rock que hoy están llenas de arrugas y poco más. Y que ahora lloráis, porque la arena se os escapa de entre los dedos. Y vuestros ídolos de botella vienen destilados por los nuestros. Porque el alcohol y los bajos fondos siempre atraen a las almas, sean buenas o malas. También a mí. También a los míos.»

Eso piensan ellos cuando coincidimos por los bares. Cuando invitamos a chupitos al más alto o a la más dotada, con oscuros intereses. Por aquello de maquillar el que dirán. Por aquello de seguir siendo un poco Peter Pan. Aunque las arrugas nos delaten. Aunque la arena se escape de entre los dedos.

jueves, 22 de junio de 2017

Los Perros Del Boogie. Adiós y buena suerte.



Los Perros Del Boogie bajan la persiana. Así, sin anestesia. En la primera frase. Para no dar pie a ninguna equivocación. En el Día Internacional de la Música. Manda cojones. Eso si que es hacerlo a lo grande, joder. Que vale, que el día este es un invento de los franceses, pero también lo son los croissants y nadie dice nada. Así que chitón. Para unos tíos que han conseguido vertebrar el país entero a través de su música, no hay manera más bonita y romántica que decir adiós en tal día. Sí, vertebrar. Está más que dicho en estas páginas, pero lo repito. Estos chicos, en su formación inicial, consiguieron que gentes de todas partes de España crearan un vínculo común y un comboi para verse las narices de manera real con ellos como banda sonora, por obra y gracias de Iván Guillén donde ahora pace, con éxito, Rock FM en lo que antes era aquella romántica y rockera emisora llamada Rock&Gol.

Algo se barruntaba en la escena rockera de Valencia y alrededores cuando las cosas no fluían de la mejor de las maneras. Quizá la ausencia de la banda como tal en el Montgorock podría ser una pista. Estarán con los arreglos finales del disco, que lo he visto en redes que andan grabando, pensarían algunos. Ingenuos todos. Hasta yo.

La historia de este juntaletras con la banda está de sobra documentada en las distintas entradas de este blog. Desde el principio hasta aquí, en el supuesto final. Y el roce hace el cariño. Se podría decir que se ha cuajado una camaradería sana, con abrazos, ligeras licencias y alguna confesión que no pasará más allá de la barra y los licores que la regaban. Soy de vieja escuela y estas cosas de las confidencias son eso. Compartir momentos, que es lo que decía Monty en su 'Mantel y tacón' acerca de los sueldos del rock a estos niveles.

Imagino anoche a muchos de los asistentes al concierto de The Beach Boys comentando la noticia entre trago y trago. Supongo que con pena por ver desencajarse a una banda que ha teloneado a AC/DC, que ha salido en televisión varias veces, y que ha construido himnos que se cantaban con el alma en la garganta. Y, por lo que a mí respecta, la satisfacción personal de tenerlos como banda sonora de una parte importante de mi vida. La más dura. Esa en la que te haces mayor y aprendes, de verdad, a caminar solo por aquello de los viajes de Caronte. Viajar, abrazar, conocer y amar platónicamente esta perra vida.

Pero es el precio que tenemos que pagar en esta Valencia plagada de talento. Me recuerda a aquellas lecturas que narraban la efervescencia de bandas en Los Angeles en los 80. Bandas que nacen, que mueren, que se transforman, pero que no dejan de sonar. No permiten el silencio. Que se rockea como si la noche del domingo no existiese. Que se pelea por dignificar el ser músico sin reventar cachés. Que sí, que hay un nivel local y que puede que no haga falta más para compartir unas cervezas, cuatro risas y algún canuto, si todavía se usan esas cosas.

Pero eso tan simple hace feliz. Y duele más cualquier separación de estas que el divorcio de tu primo de Cuenca. Porque Los Perros del Boogie te han hecho feliz. Como lo hicieron otros. Busca tú los nombres, que seguro que los tienes en tu imaginario. Y las copas después de estos conciertos saben mejor. Y si estás lejos de casa, mejor aún. Y sí, hay talento. Pero nadie apuesta por el rocanrol a las bravas. Y la selección natural es así de cabrona. Pocos llegan a vivir de ello. Pero pasa igual en el fútbol y en el pop, así que no nos rasguemos las vestiduras. Es solo felicidad. Instantes. Sentirse vivo. Que no es poco.

En su presentación al mundo con su primer disco se presentaban como los hijos bastardos de una antigua melodía de blues y que estaban solos ante el rocanrol. Ahora, con la disolución, o paro indefinido, de la marca LPDB, a pesar de repetirnos hasta la saciedad que son buenos tiempos para el rocanrol en esa maravilla que dejan como último legado llamada 'Salvaje', dudaremos un poquito de ello, mientras ausentes de talento lucen palmito probablemente apadrinados por alguna cuna o vete tú a saber que mierdas.

¿Motivos? Que más da, no importan. Al menos para mí. Lo que si importa es que el hueco se llenará rápido, sabiendo lo inquietos que son todos los que compusieron la última formación. Porque esto es una maldita adicción. Y que seguiremos buscando noches cualquieras, de dos calaveras, para no contárselas a nuestras chicas. Y nos vendremos arriba con todo lo que se pueda quemar, porque nos creemos ser Johnny Cadillac o una leyenda jugándonos hasta la camisa porque nos pierde una canción, nos pierde el rocanrol. Y nos decimos a nosotros mismos que no queremos vivir sin miedo.

Adiós y buena suerte, Perros.