viernes, 16 de febrero de 2018

La semana fantástica.

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Foto: www.valenciacf.com

Hemos asistido esta semana a un fenómeno extraordinario. El favor arbitral de algo tan lejano como el partido de la semana pasada nos ha permitido un trasvase de altas y bajas por parte de los repartidores de sentiment y reprimendas por encima del hombro de la flora y fauna de Valenciastán. Próceres, lo más fino que he leído en estos días. Monóculo en ojo, supongo, mientras declaman aquello de 'Espejito, espejito...'. Esta semana me ha recordado casi a una experiencia religiosa, que cantaba el hijo de Julio, que no Hulio. He visualizado a los parroquianos de las redes sociales en sus casas, con su batín a la altura de la cintura y descalzos, flagelando su propia espalda por ganar un partido sin, según la corriente populista, apenas merecerlo.

Porque sí, querido lector. En esta ley no escrita, en el momento que una equivocada decisión arbitral de gran calado sucede, se abre un partido paralelo. Y no cuenta ni el antes ni, evidentemente, el hipotético después. El empujón de Gabriel a Gayá abre una dimensión que convierte el 1-2 en un resultado inamovible, donde no pueden suceder cosas como faltas discutidas, expulsiones o, llámenme loco, más goles.

Y siento decirlo, pero así es como actúan los que ustedes ya saben. Esos argumentos que si el Levante no había llegado con peligro al área de Neto son los mismos que crean y manipulan los ronceros, pedreroles, juanmas y manolos varios. Servidor, en Café Mestalla argumentaba esto mismo. Los méritos no eran muy grandes en ese momento. Y con posterioridad, tampoco. Pero son sus armas. Apostar al recogimiento defensivo y a la efectividad máxima si hay oportunidad. Como cuando el Valencia compite contra equipos más grandes que él. Es lo lógico. Lo ilógico es ser Paco Jémez. Pero tranquilos, que no cunda el pánico que, como casi siempre, el embajador en el exilio, Don Mario Alberto Kempes, nos puso a todos en nuestro sitio, llamando a las cosas por su nombre. No pasa absolutamente nada por reconocer el error arbitral. No pasa nada por darle una palmadita a la espalda a ese levantinista de bien al que usted conoce y aprecia, haberlos haylos como mi amigo David Ribes, y sentirlo. Tienen coartada. Los árbitros de este país son malos. Mucho. Lo son tanto que esa normativa en la que se indica que, ante la duda no se ha de pitar, esa duda baja de nivel si el perjudicado es uno de los dos grandes. ¿Por qué? Fácil, están amparados por la patronal, por su presidente con sueldo y cláusula de futbolista y por las medidas disciplinarias que pueden sufrir, sin contar el escarnio mediático de los voceros y voceras de bufanda y corbata. Y ese rasero va bajando según enfrentamientos. Lo del pez grandote que se come al grande y el grande que se come al chico. Que, dicho sea de paso, la mayoría de Valenciastán se comportó como eso, mamporreros de la voz y descalificadores ante las palabras del mayor diez, y once, de la historia del valencianismo, junto con Fernando Gómez. La ignorancia, que es atrevida y retrata al que no tiene trellat.

Y por si esto fuera poco, nos faltaba la demostración a todo el mundo, entiéndase mundo al ombligo mediático del Floper Team, de las lagunas de Emery como entrenador. Que ya ves tú que derroche de talento, que ya ves tú que cambio más raro, que ya ves tú quejándose del árbitro con los millones que tiene. Todas aquellas cosas que no entendían los que solo pisan nuestra tierra para comer paella de gañote o hacer el gamberro por Cullera, Gandia o Benidorm. Por Sevilla andan algunos igual que nosotros, llenos de razón, a pesar que ellos tuvieron más suerte al bailar y beber tres Europa League.

No crean que no ha sido divertida la cosa para no tener partido. A veces, casi cunde más que cuando rueda el balón. Que por cierto, a ver si rueda ya en tierra santa y nos quitamos este polvo de tontería que se nos ha quedado. O igual es caspa.

jueves, 8 de febrero de 2018

La madre de todas las previas.

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Foto: www.valenciacf.com

Probablemente hoy, usted se haya levantado dando un salto mortal y no haya peleado con el despertador como de costumbre. Quizá incluso, si no tiene la suerte de llevar uniforme en su lugar de trabajo, se haya esmerado más en la búsqueda de su vestuario. Le habrá pedido algún dulce extra al camarero de su bar de confianza con el café o se habrá arreado una tostada de más a tope de mantequilla y azúcar en casa, mientras escucha la radio, por aquello de estar informado de las otras cosas de la vida, porque de las cosas del querer lo sabe todo, salvo La Duda. Habrá salido casi de noche, si es de los de madrugar mucho, y el cielo le habrá parecido caoba y bonito. Y el frío le habrá parecido frescoreta. Y quizá cuando haya llegado al trabajo, más de uno se habrá extrañado con envidia de su cara sonriente, pensando que igual usted había hecho arroz, como en aquel anuncio.

Y todo esto es porque esta noche el Valencia, su Valencia, el Valencia de sus antepasados, se juega el provocar un éxodo blanquinegro allá donde digan los gerifaltes del fútbol. Madrid probablemente. Y anoche estuvo viendo como la gozaron en Sevilla, que es rival pero hermano. Y le gustaría que la final de la Copa fuera un homenaje a Los Otros 18. Sin equipos que monopolizan la información futbolística en este país a tal nivel que provocan hastío. ¿El Sevilla hermano? Empresarialmente, sí. Cuanto más poderosos sean los dos de arriba, mayor brecha se tendrá con el resto. Y aunque el pique, sano, y la burla que roza lo políticamente incorrecto estén a la orden del día en estos tiempos de clic y tuit, la unión verdadera de los dieciocho equipos restantes contra los dos de siempre y la patronal sería el mayor beneficio para los aficionados de aquí, los de butaca y abono.

Y en ese espejo nos toca mirar, mal que nos pese. Ese sevillismo que llenó su estadio. Que cantó hasta retorcer las cuerdas vocales. Que empujó desde el primer pitido del árbitro. Y que alenta, conmueve y excita a cualquier futbolista que juega de local en este campo y con ese ambiente. Eso es exactamente lo que toca hacer esta noche. Recibir al equipo. Darle calor. Hacerles sentir que están a un paso de poder generar una ilusión que va camino de diez años que no se siente. Y aquella vez se andaba más por la supervivencia que por la celebración del campeonato de copa. Marcelino ya habrá dado las pautas. Y seguro que incluso habrá tocado la fibra de los jugadores. Pero cantar, recibir bufandas en alto y alentar sin descanso antes y durante el envite, si no tienes sangre de horchata, motiva a cualquiera.

No será fácil, puede pensar usted durante su jornada laboral. Y se tratará de autoconvencer procrastinando un poco y viendo alguno de los vídeos de You Tube de las gestas valencianistas. O quizá se ponga algo de esa maravilla de banco de imágenes que tiene La Guarida del Valencia. Basilea, Barcelona en 2008 o Sevilla en Europa League antes de lo de M'bia. Todo vale para la sugestión propia. Pensará en conjeturas, como si Piqué va a jugar de verdad o solo juegan al despiste porque una enlongación fue lo que dejó a Paulista ko casi dos semanas. Y buscará respuestas a La Duda que servidor citaba en el primer párrafo. Porque con Guedes, nuestro Cid Campeador, todo será menos complicado. Y se imagina al portugués vestido de Claudio, con el mismo siete, rompiendo por velocidad y exprimiendo al máximo las cinturas de los rivales hasta casi el quebrado. Y le da igual que Gonçalo lleve tres partidos que ni la huele. Está forzando para estar. Y está, estará a todas.

Y perdonará a Jaume por todo lo anterior. Porque no es más que un chaval que está viviendo su sueño, jugar en el mayor equipo de su tierra. Y plantarse en una final. Ahí es nada. Y si puede haber alguno que explique claramente en el vestuario lo que esto significa para el valencianista desde el norte de Castellón hasta el sur de Alicante es el de Almenara. Con su ascenso a la élite de manera tardía. Con su posición sin ganarse nada. Si alguien puede explicarle a ese italiano que sonríe cada vez que un compañero marca gol, es Jaume. Si alguien puede rodear cariñosamente del cuello a Soler, Gaya o Lato, mirarles a los ojos y decirles 'Por partidos como estos vale la pena las horas en Paterna, los lloros por las noches de soledad y los sacrificios de nuestra infancia. Nos podrán ganar, pero nunca sin dejarlo todo en el campo', ese es Jaume. Y llevará el uno. Con sus manos como última frontera del castillo.

Y volverá a pensar, mientras se acerca la hora del partido, que Parejo es la clave. Que a su temple y medición de riesgos ha de añadirle lo mismo que los canteranos. Pensar que juega para los niños. Para las niñas. Esos que aprenden los números con los jugadores del Valencia. Como el pequeño Dani Parejo junior. Esa chiquillería que sale a Mestalla a acompañarlos y que sus ojos destilan admiración. Para ellos juegan. Para que los muchos Oriol que hay por nuestra tierra puedan mañana llevar la camiseta blanquinegra al colegio y lucirla con orgullo. Como alguna vez hizo usted. Como alguna vez hice yo.

Y ya sentado en el sofá para ver el partido, pensará en Meriton. Y en si Peter Lim habrá mandado directamente algún mensaje a los jugadores en plan Rajoy, por la tele. Que Murthy o Alemany hayan trasladado algunas palabras en nombre del dueño no se pone en duda. Y con ese ramalazo de gestor parido por horas y gracia del PC Fútbol, musitará que una final es un espaldarazo al cambio de rumbo que, desde Meriton, han comenzado este año para seguir cosiendo los jirones de la bandera de estos dos últimos años. Y para seguir remendando los que, a día de hoy, se siguen haciendo, como la secretaría técnica, con más letras que componentes. Un error que conviene subsanar. Aunque el superagente esté del lado de la propiedad, es básico dotar de ojos y cabezas esta parcela. Vicente Rodríguez, Salva Grau y Domingo Catoira han de ser reforzados para que se siga creciendo y no se escape ningún buen jugador emergente antes que su valor ronde los veinte millones de euros.

21.30. Undiano pita el kick-off. Y recuerda, en ese momento, que la Juventus fue último equipo en eliminar en doble partido al Barça. Y viste de blanquinegro. Y esboza una sonrisa de chiquillo, antes de prepararse a disfrutar sufriendo. El resultado, mañana en Café Mestalla.