viernes, 1 de mayo de 2020

El guiri español

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España, como país, concepto o casa de citas, sabe enterrar a la gente. Cuando alguien pilla la barca de Caronte todo son buenas palabras. Aunque no sean verdad. La cancelación de los pecados podríamos decir. Muy católica esta movida nuestra. Se supone que el dolor de la pérdida borra todo. Uno puede ser un defraudador a Hacienda que en el sepelio siempre se hablará de como ayudaba a cruzar la calle a las personas ancianas. Raras excepciones pueden haber. Bueno, en el ámbito privado y anónimo seguro que sí. Pero en el público, muy pocas. Y Michael Robinson ha sido una de las grandes excepciones.

Se marchó el tipo de la sonrisa perfecta en el descanso de este partido que nos estamos jugando con la vida. Robinson y Sammy Lee. Todavía los recuerdo en los cromos. Osasuna fichaba ingleses para perforar aquellas porterías de El Sadar con esa comba tan característica que hacía la red colgada del larguero. No era nada habitual por estas tierras el fichar guiris, en el más amplio sentido de la palabra. Sudámericanos a patadas, pero hijos de la Gran Bretaña, pocos veías. La historia, ya la saben. La rodilla que dice basta. La retirada forzosa. Con cierto tufo a putada médica. La aparición en televisión comentando partidos de Italia 90, que servidor no recuerda. El tango maradoniano del subcampeón, supongo. Pero siempre entrará en nuestra memoria como el comentarista de los partidos del Plus. Ese Plus cruel para los no abonandos, con esas previas, que ya eran fantásticas, que nos permitían verlo todo hasta el pitido inicial. Imborrable ese Valencia-Atlético de Madrid, primera retransmisión de aquel canal codificado.

Y de la llave del Plus, todo para arriba. El Día Después, primero en codificado y después en abierto. Con varias parejas de baile. Nacho Lewin, Lobo Carrasco, Ramos Marco, Josep Pedrerol, Raúl Ruiz y alguno más que seguro se quedan entre las teclas. Y ese Atocha de maqueta para explicarnos el fútbol. Y lo que el ojo no ve. Y las mejores jugadas de la jornada. "Made in Valencia" cuando entraba alguna combinada del equipo de Hiddink, en plena voragine de la fiebre holandesa traída por Johan.

Caló a la afición en Mestalla en su entrevista en el Chester de Risto Mejide. Cuando jugaba, les decía a los compañeros que era importante aguantar la primera media hora sin encajar. Se iban a encontrar el campo lleno. Siempre. Daba igual que fuese bien o mal el Valencia CF.  Una vez pasado ese tramo, Mestalla se iba a cagar en alguien. Podría ser el equipo rival, el árbitro o el propio equipo local, pero en media hora, movida.

Que injusto que el último partido comentado por Michael fuese una derrota de su Liverpool. Justo cuando tenía la victoria casi en el bolsillo. Pero también tuvo la suerte de narrar dos Copas de Europa reds. La de Benítez y la última de Klopp. Nos deja infinidad de documentos, reportajes, esa manera de hablar tapándose la boca y su Informe Robinson. Todos, sin excepción. Pero, ciñiéndonos al fútbol, aquel reportaje de España en Sudáfrica.

Quedamos un poco huérfanos a los que amamos comunicar de alguna de las maneras y, sobre todo, a los que consumimos deporte más allá de bufandas y cavernas. Y no dejo de pensar en aquel periodista madridista, Miguel Ángel Díaz, de Defensa Central, demostrando en aquel Chester, lo generosa que es la profesión de periodista que permite ejercer a mezquinos incapaces de sustentar cara a cara una verdad, su verdad. Pero sobre todo, no dejo de pensar en Carlos Martínez, que no ha dicho esta boca es mía por la afonía del dolor de la marcha de su amigo inglés.

Se tienen dudas sobre si el fútbol va a ser diferente o no. Yo tengo la respuesta. Que no les quepa duda que el fútbol y el deporte en general va a ser diferente a partir de ahora. Porque ya no va a estar Robinson para contarlo.

domingo, 5 de abril de 2020

Cualquier tiempo pasado

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Sí, lo sé. No es normal asomar por aquí en domingo. Pero en estos tiempos donde nada es normal, una licencia no viene mal del todo. Y así pueden usar esta entrada para que sus ojos caigan poco a poco en la siesta tonta y placentera del domingo, después de darle a la mandíbula con lo que hayan tenido en la mesa. O quizá en esas horas bobas, antes del aplauso de las 8, sin nada que hacer más que mirar la parte de dentro de la nevera o la ventana que, a veces, parecen lo mismo.

Siguen los medios cubriendo la ausencia de deporte en directo con gestas del pasado. De todos los pelajes, de todas las disciplinas. En una matinal de domingo puedes revivir la goleada a San Marino con camiseta del Real Madrid. Y pegados a la tele sin rechistar. Matinal de domingo, ojo. Ese horario del demonio de Tebas. Pero claro, no es lo mismo estar en casa por narices que poder salir a tomar el sol en cualquier terraza y que las nanas correteen por los parques. Nada que ver, Javier. No te flipes.

En esta vida futbolera que nos toca vivir, el Valencia CF sigue en Champions. Sigue sonando el himno. Siguen moviendo la lona los recogepelotas y Cañizares sigue saliendo en la tele, pero con guantes y pelo oxigenado. Y Gerard también sale. De corto. Quizá un poco más fino. Y nos vuelve a despertar la pasión. Aquellos tres contra la Lazio, que era un equipazo a base de talonario. Galácticos antes de la apropiación indebida por parte de Floper. Con Salas pidiendo casi perdón al marcar. Que pena no haberlo tenido en el bando. Pero Gerard dejó sin garganta al valencianismo. O por lo menos a servidor. Cuando las décimas de fiebre no eran sospechosas de nada más, allí estaba, gritando gol. Castigando la garganta. Gritando desde la distancia a mi hermano el nombre del jugador, una, dos, tres veces. Y el muy cabrón, en lugar de subirse a la ola de la euforia, se marcó un Ayala en Sevilla pidiéndome calma y que pensará en la garganta. Nos ha jodido mayo. Si no se grita ese gol, no merece gritarse ninguno.

Siempre fui de Gerard. Carlos Bosch, en Superdeporte, cuenta la historia de su fichaje por parte de Paco Roig al más puro estilo Lendoiro, de madrugada. Y, en su día, imaginé como sería ese Valencia CF de Gerard, con Valdano en el banquillo y Romario en el ataque. No salió mal del todo la cosa, aun sin Romario ni Valdano. Y el jugador demostró ser inteligente. Viniendo de Barcelona, se adaptó al medio y a la lengua, valencianizándose hasta alcanzar una perfección con el 'apitxat' que ya quisieran muchos.

Pero los sueños, sueños son. Aunque sean malos como este. El problema, volviendo al presente, es que los actuales del Valencia CF tienen un marrón. Y gordo. El aficionado se ha vuelto sibarita del esfuerzo y la garra. Y va a exigir, más si cabe, eso mismo cuando los Gayà, Parejo, Soler y companía se vuelvan a calzar los borceguíes. Espero que en el grupo de WhatsApp de los jugadores, después de comentar los TikTok de Garay, -bien por esa diversión sana, con ajo y agua para los amargados- comenten el nivel al que han de llegar para poder vivir otras tardes, otras noches, siendo ellos protagonistas. Con Mestalla vibrando y riendo. Gritando hasta romper la voz. Por usted. Por nosotros. Y por ellos. Para que cuando pasen veinte años, que no es nada, la piel se les vuelva a erizar.