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jueves, 27 de febrero de 2025

Los Zigarros. 22 de febrero. Movistar Arena

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Foto: Roberto Cimiano. Facebook Los Zigarros

Unas dos horas y media antes del concierto, hablando con Natxo Tamarit en el Meet & Greet con la banda ofrecido por Rock FM a los ganadores de su concurso, nos decía, a la pregunta de sobre si había cambios en el repertorio habitual, que lo único que podía contarnos es que la cosa iba a quedar muy guapa y que estaban ilusionados. No lo entrecomillo por no ser literal en palabras, pero sí en esencia. Claro, después de eso, el cosquilleo te llega desde la uña del dedo gordo del pie derecho hasta el último de tus canosos pero firmes cabellos. Los Zigarros, en Madrid, en el Movistar Arena, en el Wizink Center, en el Palacio de los Deportes. Da igual. Allí. En uno de los escenarios míticos de la escena musical de este país, donde tantas canastas pintadas de historia se han vivido, los hermanos Tormo, Álvaro y Ovidi, dos de los pívots más importantes de la escena rock de España, se preparan para conquistar la cancha, junto con Adrián Ribes y el mencionado Tamarit completando el cinco inicial. Sí, vale, son cuatro. Pero el quinto hombre será la grada. El público, que seguro se va a dejar la piel y la garganta para gritar a todo que sí.

El escenario impresiona. Y el recinto, vacío, todavía más. Es increíble el camino realizado hasta llegar hasta aquí. De acuerdo que telonear a The Rolling Stones es a lo máximo que puede aspirar una banda de rock, dejando de lado ser los propios Stones. Ser cabeza de cartel, tener los acompañantes que iban a tener los Tormo, Tamarit y Ribes y cerrar el invierno con un fin de gira así ha de volver del revés todas las sensaciones de tu cuerpo. Se les nota ilusionados. Y con una pizca de nervios, a pesar de todo. A pesar de haber recorrido España entera con aviones, furgonetas y petates.

Lo mejor es que casi no llegamos. Emilio, copiloto en esta aventura, casi llega tarde al tren. Diez minutos antes. Y con toda la vaina que implica quitarse cosas, dejarlas en la bandeja y volverlas a poner pues no hubo casi tiempo ni de decir adiós a Valencia sentados en los asientos de la alta velocidad. Madrid espera. Y poder compartir unos momentos con la banda y otros ganadores del concurso de Rock FM. El cierre del círculo. Yo, que forjé amistades fuertes y otras que lo parecían pero que resultaron ser más falsas que un billete de 4 euros, comencé a escuchar a Los Perros del Boogie en Rock&Gol, antecesora de la actual emisora rock episcopal. Y con Iván Guillén, el Youngie. Y ahora, estamos en la misma sala, bajo el mismo techo, para ver como ha sido el camino, para ver lo alto que han llegado. Y como lo van a seguir haciendo. Una pausa en la ruta para descansar, seguir tocando, crear, tocar el mar o cualquier otra cosa que les salga de las narices. Porque se lo han ganado.

El Arena se va llenando a falta de treinta minutos. Había más gente antes, claro. Pero, ¿qué clase de provincianos seríamos sin no poner el tacón en una de las barras del barrio y comer un par de tapas con sus cervezas locales cargadas de crema? Pues eso. Alimentar el estómago para después el espíritu. Con carajillo incluido, por supuesto. Hay muchas cabecitas en pista. Y casi todas en las gradas. Si no es lleno total, poco falta. La curiosidad me lleva a bajar por las escaleras y observar un poco en la zona de control. Veo el repertorio. Veinticuatro temas. Va a ser una gran noche. Comenzamos Emilio y yo a hacer quinielas de que canciones tocarán los invitados. Niña Coyote eta Chico Tornado, Leiva, Juancho, César Pop, Nina de Juan, Sho-Hai, Maika Makovski y Antonio García pasarán por el escenario. Leiva tocará la batería seguro al estar el bombo de Gran Cañón a un lado del escenario. Al igual que Usua, Niña Coyote, claro. Una maravilla esta alfombra roja del rock. Desde el arranque, sin ninguna música de intro y dos guitarrazos para entonar ‘Aullando en el desierto’ hasta el final con ‘¿Qué demonios hago yo aquí?’ la banda presenta un engranaje perfecto. Claro. Llevado a la perfección. Sin fisuras. Como una defensa del mejor Rafa Benitez valencianista, se van sucediendo los temas y los invitados. Después de tocar casi del tirón ‘Mis amigos’, ‘Con solo un movimiento’, ‘Cayendo por el agujero’ y ‘Odiar me gusta’, llegan los primeros invitados. Niña Coyote eta Chico Tornado ponen a prueba los decibelios del personal con ‘Acantilados’. Golazo de rock de los vascos y ovación para la dupla. ‘Malas decisiones’ y ‘Resaca’ nos advierten que puede pasar al día siguiente, con aviso del propio Ovidi que así será nuestro futuro más próximo, a pesar de los kebabs y cualquier otra grasienta comida que lo amortigüe. El palacio ruge. Esta noche se beberá y se vivirá. Y con la sexy ‘Voy a bailar encima de ti’, ruge más. Pausa, respiro breve y un “Hemos traído unos colegas que están comenzando”. Así presenta el cantante a Leiva, Juancho y César Pop que se quedan para tocar, junto al trio gospel de Ele, Lorali y Toni, ‘Rock rápido’, ‘Casarme contigo’, ‘No pain no gain’, ‘Como quisiera’ y ‘No sé lo que me pasa’, en el que en esta última se une Sho-Hai, con una mezcla de rap y rock con recuerdos viejunos a Aerosmith y Run DMC, en versión castiza y molona a tope. El palco en el que nos encontrábamos, un lugar donde pudiera dar a pensar que sería soso y carente de energía, era un torrente de saltos, cánticos y bailes. Onomatopeya de vaya pasada, le grito a la oreja a Emilio, que decide que son las cinco en alguna parte y, por tanto, toca beber. ‘Por fin’ y ‘Barcelona’, con Ovidi al piano, suenan preciosas, esta última con Nina de Juan, de Morgan, que nos regala una de las joyas de la noche. Una de mis favoritas canciones recientes de la banda, ‘100 mil bolas de cristal’ me transporta a lugares de amores frustrados de los que todavía duelen, pero me hacen saltar y reír. Curarse es esto. Lamerse heridas con mandanga de la buena. Si el rock no sirve para eso, que me digan. Turno para Maika Makovski, con cariñosa ovación a su salida, a la que la banda tiene reservada ‘Desde que ya no eres mía’.

Llega lo gordo. La traca final. ‘A todo que sí, ‘Dispárame’ y ‘Apaga la radio’ con The Who flotando en el aire. Un cachito de ‘My Generation’ y el penúltimo ejercicio de comunión entre el público y la banda, coreando a base de ‘Oh Yeah!’, casi seña identitaria de Ovidi. La guitarra de Álvaro lleva sangrando rock de manera literaria desde el primer riff del concierto, con una fuerza que cambia rotaciones. Una bestia de técnica y potencia, que se corona en este tramo final. Una de las bandas emergentes y fenómeno musical también tendrán cabida en esta gozada para los sentidos. Arde Bogotá, con uno de sus embajadores, Antonio García, su cantante, que sube al nivel más alto de todos los niveles con la loca y electrizante ‘Hablar, hablar, hablar’, con rueda, baile y posesión digna de los mejores rockstars. No es posible pedir más. Pero había más.

Gorras de policía, bellas de comisaría, ya saben. ‘Dentro de la ley’. Rápida, letal y un ejercicio anaeróbico y de resistencia a nuestras cascadas rodillas como calentamiento para el final. La de siempre. Con todos los invitados. Con la marea del público saltando haciéndose la retórica pregunta ‘¿Qué demonios hago yo aquí?’. Pues, probablemente, asistir a un gran concierto, a un gran cierre de gira y a un orgullo de ver a esta banda, vista desde sus primeros pasos, consolidarse como una de las referencias del rock de este país.

‘Por fin, por fin hay algo bueno para mí’, resuena en mi cabeza. Explotó de alegría con mi Ubuntu hasta la carcajada. Buscamos el local donde después toca brindar, abrazar y tatuarse en la retina todos y cada uno de los momentos madrileños que, en un golpe de fortuna, nos resucitaron del barro, del dolor y de la rabia. Pero claro, lo que pasó allí, es otra historia que quizá no fuese nada. Tan solo fuego eterno, la bella T. y un billete de tren. No pain no gain.

Los Zigarros. Nos conocimos entre la maleza siempre dispuestos a cortar cabezas. Y que maravilla vivirlo.

miércoles, 4 de enero de 2023

Pölvora. Loco Club. 17 diciembre

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En previas o prórrogas de cenas de empresa, el 17 de diciembre era fecha para lanzar a cara o cruz. Botas o zapatillas de estar por casa. Chupa o manta. Con una fantástica oferta en la escena de música en directo, salió cara. Y el proyecto dinamitador de Pölvora hizo mover los tacones a Loco Club para escuchar 'Fuego y ceniza' el primer disco de esta nueva formación, un poco Frankenstein, un poco grandes retales, pero de la que se esperaba lo que finalmente sucedió.

La sala presentaba un fantástico aspecto. Viva y llena de alegría y ganas de ver una, perdón, mascletà a base de guitarrazos y toques de parche. Muchas caras conocidas de la escena rock valenciana con la misma intención que servidor. Dar rienda suelta a la adrenalina y prestar el hombro de manera figurada. Siempre es un gusto ver a Pau Monteagudo, Kako Navarro o Dani González y a mucha más gente solo con la excusa de hacer aquello que cantaba Robe de salir, beber y todo lo demás.  

Avisando a navegantes, la introducción no dejaba lugar a dudas por si se había colado algún seminarista despistado de lo que iba a suceder. Fragmentos de 'Civil War' de Guns n'Roses y Aerosmith daban la entradilla al escenario a José, Izzra, Alex, Rubén y Lane Lazy. Este último, a la voz, era uno de los incentivos por sentir en directo como sonaba su garganta en castellano encima de un escenario. Ninguna sorpresa. Lo esperado tras escuchar los doce temas de 'Fuego y ceniza'. Solvencia absoluta y actitud. Como siempre. 

Uno a uno fueron cayendo los temas del disco, con la consecuente comunión con el público. Los temas de Pölvora nos resultan familiares. Como un viejo amigo de los de verdad. Son los que hemos escuchado, en esencia, otras veces. En otras manos, con otras letras e, incluso, con otras notas parecidas. Somos nosotros en otro mundo, viviendo en Los Angeles en la segunda parte de los años ochenta, bajando de un autobús con apenas nada. Sobreviviendo a antros, a licores baratos y a desengaños amorosos que no queremos mostrar. Pero, a pesar de querer vivir siempre en un videoclip de aquella MTV que era una cadena musical, nos ha tocado despertar el instinto en momentos puntuales como este. Y ellos son nuestra banda sonora. Y es más que suficiente. Pasar el rato sin pensar en todo lo que nos enerva, que no es poco. Y es verdaderamente saludable que nunca flaquee la escena musical. En realidad, vale cualquier escena. Por eso, lo conseguido por la banda es de sombrerazo. Y por eso, que diablos, volvimos a brindar mientras el público comenzaba a entrar en catarsis, tarareando esa canción de la banda de cuyo nombre no quiero acordarme. Quizá por otras reflexiones. Pero catarsis al fin y al cabo. 

Mientras el quinteto nos envuelve en su contundencia, con Alex nuevamente mutado en Billy Duffy, un breve y afectuoso saludo a Mon, tras la barra del Loco, colaborador de 'Abierto a mediodía', el programa de radio de Ramón Palomar con quien hubo brindis por salas así de llenas y oyentes predispuestos. Es de recibo destacar la calidad del sonido de la banda, perfectamente engrasada. Parecía que estuviesen cerrando una gira de cincuenta conciertos por todo el territorio en lugar de estar estrenando la formación en casa. Bárbara la energía de Alex, la fluidez de Izzra y la contudencia de Jose y Rubén en el desarrollo de los temas, que contó con versiones de algunos clásicos de Uzzhuaïa como 'Baja California' y reverencias a AC/DC con 'Rock n'Roll Damnation' y, por supuesto The Cult, cerrando el concierto con 'Love Removal Machine'.

Final en todo lo alto, con la satisfacción de una noche de buena música y profesionalidad a la que se sumó ese genial y casi olvidado tercer tiempo donde las charlas sin sentido, los abrazos etílicos, las reflexiones lapidarias sobre las bandas de un solo éxito y el overbooking en los baños, no es una buena juerga si no hay llenazo en los baños con todos parloteando, nos dejó ese buen sabor de boca que estos pequeños momentos nos hacen sentir. Porque, en definitiva, no queremos vivir una vida sin más.

martes, 11 de julio de 2017

Ya no somos los que olemos a Teen Spirit.

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Movemos agua y limpiamos estantes. Lo que hoy era molón ahora es cool. O peor. Ahora mola caño. Somos víctimas de nuestra adultez mal entendida y de nuestra mentirosa patología del síndrome de Peter Pan. Creemos que por ir a conciertos o abrazar barras para mover el culo y pedir gintonics una y otra vez, nos vamos a convertir en eternos adolescentes como aquel hit de Nirvana. Sí niña, Nirvana fue un grupo antes que las marcas mainstream lo convirtieran en un print de camiseta. Como Ramones. O Kiss. O AC/DC. O muchos más que no me vienen al caso ni a la cabeza. Ni putas ganas.

«Porque ahora es ahora. El presente es lo que cuenta. Vivimos en la época del ya y del todo es ahora. Y mañana ya vendrá. Nos da igual abrazarnos al calor de los brindis un jueves por la tarde que un domingo por la mañana. Por el mero hecho de ser lo que somos. Los que queremos cambiar el mundo. Los que no somos burgueses, ni notarios, ni funcionarios. Queremos ver mundo, besar a todos y a todas. Con y sin lengua. Comer dulce y salado. Y picante. Hasta el extremo. Nos da igual. Deseamos vivir intensamente. Con la misma fuerza de quien muerde una sandia en una tarde de agosto. Y eso somos. Sin más. Sin tiempo para leer cosas de más de siete páginas. Porque somos cultura del chasquido. De lo inmediato. Lo queremos todo ya, menos el orgasmo. Menos eso, todo. Y lo de antes, varias veces, si puede ser. Porque no queremos otra cosa que no sea eso. Hedonismo puro y duro. Aquello que queríais vosotros y que pocos pudisteis conseguir. Cuatro estrellas del rock que hoy están llenas de arrugas y poco más. Y que ahora lloráis, porque la arena se os escapa de entre los dedos. Y vuestros ídolos de botella vienen destilados por los nuestros. Porque el alcohol y los bajos fondos siempre atraen a las almas, sean buenas o malas. También a mí. También a los míos.»

Eso piensan ellos cuando coincidimos por los bares. Cuando invitamos a chupitos al más alto o a la más dotada, con oscuros intereses. Por aquello de maquillar el que dirán. Por aquello de seguir siendo un poco Peter Pan. Aunque las arrugas nos delaten. Aunque la arena se escape de entre los dedos.

jueves, 18 de mayo de 2017

Solo nos queda Eddie.

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Siempre han vivido en el filo. Lo que para nosotros era alcohol y algo de sexo furtivo, para ellos era un camino salvaje por el lado de la vida. Nosotros éramos estrellas del rock a tiempo parcial, fichando nuestra entrada en viernes hasta el domingo. Ellos, toda la semana. Y cuando nos hemos hecho a un lado de la carretera para formar familia, tener un trabajo más o menos decente y que nuestros suegros no nos miren (tan) mal, ellos han seguido haciendo de las suyas. Quemando camerinos, bebiendo y formando familias para que las cuiden otras personas.

Son parte de nuestra juventud, con nuestros estilismos y decoraciones de entonces que son los recuerdos de ahora. Pantalones cortos, camisas de franela y gorras con la visera detrás. Pelos largos y, a veces, sucios. Sí, lo sé. Una guarrada. Pero éramos jóvenes, insolentes y nos gustaba que nos miraran alerta los guardias de seguridad de los aeropuertos. Era nuestro pequeño triunfo. Sí, éramos un poco gilipollas. Pero de eso se trata un poco cuando eres joven. Crees que todo te queda bien. Las resacas no existen más allá que el ligero dolor de cabeza y una pota sanadora si el estómago no soportaba esa mañana el cóctel de bebidas en forma de chupito de la noche anterior.
Lucíamos las camisetas con orgullo mucho antes que las grandes marcas de moda las adoptasen como suyas para nuestros sobrinos mayores o para las profesoras de infancia de nuestros hijos. Nosotros sí sabemos que es Nirvana. O Ramones. Hasta AC/DC, fíjate tú. Llevar esas camisetas era una forma de vida. De vida juvenil, se entiende. Lo de estrellas del rock de fin de semana. Ahora es una parte más del engranaje. Una postura en Instagram. Un vídeo de YouTube. Un recuerdo efímero en Snapchat.

Kurt se pegó un tiro. Con una escopeta. A lo bruto. Sin posibilidad del error. Jugando con el éxito. O saturado de él, se marcó un Hemingway, con dos cojones. Layne se dejó llevar por el opio en vena -heroína y coca, un speedball de manual-, que vale igual para reventarse la tapa de los sesos. Los dos fueron antes de que Internet cambiase el mundo para siempre. Chris, dicen, ha sido de repente. Nos faltan datos, que vendrán. Muertes de repente en el mundo del rock no hay. Ni en el del pop, maldita sea. Facturas de la vida, supongo. Nosotros, nativos digitales de verdad, que queremos contrastar las noticias que nos importan antes de rebotarlas sin mirar, esta mañana, al primer clic del inmenso mundo que está ahí fuera a golpe de ratón, hemos querido que sea un bulo. Hoax, se llama ahora a la vulgar mentira de antes, creada solo por el placer de crear y ver hasta dónde llega. Como el estúpido juego de machitos de ver quien mea más lejos.

Lo bien cierto es que los chicos de Seattle, los que llevaron la bandera del grunge, junto con Sonic Youth o Sub Pop se están convirtiendo en eternos en sentido real. De los cantantes de las cuatro bandas punteras, Nirvana, Alice In Chains, Soundgarden y Pearl Jam, solo nos queda Eddie. Y ya no queremos más despertares amargos. Porque cuando ellos, los de los posters en nuestra habitación, los que cantaban cuando besamos por primera vez a la madre de nuestros hijos en el asiento de atrás del primer coche que tuvimos, se mueren, somos menos jóvenes. Aunque los cuarenta estén pasados o nos amenacen a la vuelta de la esquina.

Kurt, Layne y Chris ya se han largado de este mundo. Solo nos queda Eddie. Y nuestras viejas cintas de cassette.

miércoles, 10 de mayo de 2017

Cinco años de Montgorock.

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Resulta prácticamente imposible no comenzar con el topicazo de la correlación entre mayo, Xàbia y el rock en esta primera frase. Como aquello de las perlas de tus dientes. Sirva para pedir disculpas por adelantado ante el uso de trasnochado símil, pero se supone, si el cambio climático no dice lo contrario, que las tormentas primaverales pasan a ser un recuerdo y La Marina recibirá a los primeros turistas de la temporada a golpe de decibelio roquero y buena temperatura.
Porque para servidor, cuando mayo mayea de verdad es a partir de la segunda quincena. Se huele la cercanía de aquel cuarenta de refrán para mandar a paseo el sayo y las primeras cervezas y vinos asoman en terrazas de nueva adquisición, patrocinadas por la marca de moda. Y sí, se cambia de armario. Con todo lo que eso conlleva. Por no herir ninguna sensibilidad, digamos que, entre otras cosas, maldices tu escasa afición al ejercicio, abrazado al dolce far niente de barras, y mientes diciéndote que el año que viene no te pasa. Y ríes por dentro. Porque sabes que pasará.
Y queridos amigos, no hay nada mejor para dar la bienvenida a la primavera de verdad que ir a un festival. Y si ese festival huele a salitre, a pulpo seco y está cerca de donde Dacosta y Miquel con su Baret, tú has de ir al Montgorock Xàbia Festival.

Después del rotundo éxito del año pasado, el festival parece haber adoptado la cómoda velocidad de crucero que todos los que mostramos respeto a las profesiones que rodean a la música deseamos, para que la sonrisa sea la cara que más brille en todos. Lejos parecen quedar los problemas irrecuperables y el, todavía reciente, espaldarazo de la edición de 2016 provoca unas ganas de bailar, brincar y comer en el recinto de La Fontana, mientras el agradable sol te prepara para lo que va a venir.

El cartel no deja lugar a dudas que va a ser un fin de semana intensamente divertido. Solo repiten cartel con respecto al año pasado Los Zigarros, Gran Quivira y los putos Sexy Zebras por lo que monótono para los montgorockers no va a ser. Y también demuestra a las claras que se sigue buscando por parte de la organización el proporcionar nuevas experiencias musicales a los que se gasten la pasta, para no caer en la repetición que si impera en otros carteles. M-Clan, Leiva, La Fuga y Sidecars podrán ser los más conocidos para el gran público. Y principal reclamo, todo sea dicho. Pero si lees más abajo te encuentras con trallazos como los de Whisky Caravan, Aurora and The Bertrayers, Santero y los Muchachos, Geografies, Badlands (que banda, Dios mío) y el primer grande de Corazones Eléctricos, el nuevo proyecto de Pau Monteagudo, cantante de Uzzhuaia, Kako y Víctor, otra nueva buena banda en la ciudad de Valencia. Hay más, por supuesto, pero no pretenderás que te lo de todo mascadito y te fastidie la maravillosa sensación de descubrir una por una a todas las bandas que van a darlo todo en el festival de Xàbia, ¿no?

Y por si fuera poco el menú musical, dormir será de cobardes, ya que este año se introduce la novedad de los conciertos matinales en las dos mañanas del sábado y domingo. Gratuitos y en la playa de El Arenal, la organización propone rock para armonizar el aperitivo y volver a la ruleta rusa de brindis, baile y música. Y bueno, para que el solecito ilumine vuestras caras y así no parecer crápulas de serie B.

No hay motivo para la queja. Incluso aquello de masticar el polvo será un recuerdo por obra y gracia del césped artificial, otra de las novedades de esta edición. Podrán decir los puristas y los jóvenes de espíritu que un festival sin polvo no es un festival, pero es, en principio, un acierto, incluso para poder adoptar diversas posturas dignas del mejor Woodstock. Y creo que es una idea fantástica para poder disfrutar de otra de las novedades, el escenario JamStage, un homenaje velado a Chuck Berry capitaneado por Lovehunters Blues Band donde los artistas del cartel subirán para marcarse sus favoritas perversiones entre concierto y concierto de los escenarios principales.

Pero si hay un concepto que me fascina de este festival es la vertebración en diferentes áreas que van más allá de los chopocientos mil culos moviéndose sin parar. La conciencia con el entorno natural -aún está reciente el incendio del Montgó como para no estarlo-, con actuaciones en materia de medio ambiente a favor del Cap de Sant Antoni, la solidaridad con la Asociación de Personas con Autismo de Xàbia y con el Aula específica de Comunicación y Lenguaje del Colegio Público El Arenal de Xàbia, con una importante Fila 0 que estaría bien llenarla de cifras son solo algunas de las actuaciones satélites que beneficiarán a la comunidad xabienca, más allá de la música prácticamente sin parar en La Fontana, incluyendo la opción de tocar en el festival a los ganadores de los concursos de bandas emergentes, Happy Freuds y Indian Hawk.

En definitiva, el Montgorock Xàbia Festival está en la parrilla de salida. Y no se me ocurre otro lugar donde poder pasar un fin de semana con la familia, menores de 12 años, entrada gratis acompañados de un adulto. O para iniciar el camino de poder formar una, canallas.

PD: Sí sigues con dudas, el año pasado fue así.

lunes, 3 de abril de 2017

AFS Festival. Loco Club. 25 de marzo.

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Hay veces que, en tus fases vitales, conviene tomar distancia de las cosas que una vez fueron casi cotidianas para luego, si se retoman, poderlas saborear con más entusiasmo. El primer helado o el primer baño de la temporada estival supongo que tienen la gracia de la estacionalidad y de aquello de 'cada cosa a su tiempo'. Aunque con esto de la atemporalidad estacional, uno ya no sabe a qué atenerse.

Valencia es tierra que huele siempre, mínimo, a primavera. A salitre, a fuego. Y a música. Huele a música. Si las nubes huelen, o se preguntan a que huelen, nuestra tierra, huele y suena a música. Y pasada la guerra de las Fallas, sin bajas a lamentar en las trincheras, tocaba salir a buscar los champiñones musicales de la primavera. Y nada mejor que hacerlo con una, otra más, de las fantásticas ideas de Tono Márquez y sus socios. Montar un festival que nos transporte mecidos de la tarde a la noche donde se presentan en sociedad una panda de rockeros de toda la vida con sus inquietudes, ritmos y actitudes, un guitarrista legendario de la escena madrileña con una carrera en solitario más que solvente y el All-Star-Game en banda de rock, merecía muy mucho la pena. La cita, el AFS Festival. El lugar, Loco Club. Con una carta que promete armonizar rock y barra. A saber, Voltaje, Star Mafia Boy y Capitan Booster. Y para desempalagar tamaño menú, dos sibaritas de los platos. Platos musicales, se entiende. Pol Kraken, que es como Mendieta tirando penales, infalible, y uno de los jugones organizadores, Carlos Ibáñez.

Con aquello de las novedades horarias -las 19.30 no es, para mí, hora habitual para conciertos, dime clásico-, y haciendo una previsión de larga noche de rocanrol, me meriendo a la hora que Burning sintonizan a los Stones dos bocadillos de embutido de mi charcutería favorita, con un par de copitas de Mala Vida. Después de contar esta estúpida frivolidad gastronómica, darle candela a las orejas con decibelios era el próximo paso.

Desde la puerta oigo a Voltaje. Me presento con ligero retraso, pero el justo para poder comprobar que ha sido todo un acierto el venir hasta aquí. La banda suena de maravilla. Son rock, actitud y una muestra más que esta ciudad está llena de talento. Son otra conjunción astral. Lo comento con Pol Kraken y asiente. Esas ideas que probablemente surgen en un bar a las tantas, mientras suena cualquier clásico de Led Zeppelin y se pide la penúltima. Suzuki hace levitar sus dedos por las teclas del Hammond de la misma manera que un amante dibuja mapas en la espalda. Con contundencia y sensualidad. No me extrañaría nada que quemara su instrumento y saliera raptando a la más joven del lugar, como un Jerry Lee cualquiera. No hay fuga. Ni falta que le hace. Francis, el cantante, exprime su garganta a pesar de la gripe. Pues los bichitos le sientan bien, habida cuenta del mojo que desprende cada uno de sus temas y sus piruetas con el pie de micro, cruzando servidor los dedos para que no haga un desconchado en el techo en un subidón a ritmo de los riffs de Eloy. Wally y Carlos son los sicarios perfectos si liquidar a gente fuese a base de ritmo y cadencia. Brutal el solo marcado por el dueño de las baquetas. Solventes, profesionales y conocedores de este maldito negocio donde no queda otra que tocar y mover el culo como si mañana fuese el día del juicio final. Tienen bien merecido el Primer premio C. Montgomery Burns en el campo de la excelencia, aunque se lo roben a Homer. La audiencia los despidió con una atronadora ovación, a pesar de ser horas bajas en eso de la exaltación de la amistad y con los depósitos etílicos a medio rellenar. Lo que quiere decir que tenemos Voltaje para rato. O por lo menos, hasta cuando ellos quieran.

En algún momento de la euforia, entre los guitarrazos de Eloy y mis cervezas de dos euros, Pol, ese buen árbol del rock donde arrimarse a aprender, desaparece de mi lado para preparar la ocupación de su espacio reservado en la cabina. Me ha confesado que tiene preparadísima la sesión, tal y como hace siempre en su casa, dejándose llevar. Una garantía más que suficiente. He tenido tiempo de observar con el rabillo del ojo que una buena representación de las bandas locales andan por debajo del escenario, disfrutando del voltaje de la banda y diseñando estrategias para acercarse a los cuellos de las chicas rockeras. Así, a primer golpe, Corazones Eléctricos, con Pau y Kako, Jolly Joker, Dani de Babylon Rockets, Monty, de Gran Quivira y Femme Fractal, Jose Cebrián y el gran Emilio, que solo por el hecho de escribir para Jot Down es para mí una puta estrella del rocanrol. Alguno más habría que seguro que mi despiste continuo no me permite retener ni recordar.

Mientras Pol perfecciona su savoir faire con los discos, decido que es el momento perfecto para beber con pausa, tomar notas de lo que va a ser este relato y hacer recuento de la parroquia. Los temas made in Kraken se suceden y son perfectos para que Adri RockRunner demuestre su alma de James Brown con sus pasos de baile.

¿Recuerdas aquel párrafo del principio? ¿El de disfrute de las novedades? Pues me presentaron una. Con sabor a canela y en golpes pequeños. Locos de la canela todos. Con alcohol, claro. Thunder Bitch se llama el invento, llamado a competir con ese licor con cabeza de ciervo. Igual de peligroso. Exteriorizo mi sorpresa ante la novedad etílica mientras paso el rato con la excelente mente musical de Pol y su sabiduría a base de temazos de ayer, hoy y anteayer, con el gran Chuck Berry siempre presente. ¿Me estaré haciendo viejo para el rocanrol?

Turno para Star Mafia Boy. que con el primer tema ya sabemos que no va a dejar indiferente a nadie. Con una banda de tres demuestra los años que lleva encima del escenario, con una actitud insultante para el que no esté gozando como él arriba del escenario. Pero bueno, nos lleva años de ventaja. Hacemos lo que podemos, porque nos queda noche todavía. Pero nos conquista al traspasar la cuarta pared y marcarse un riff en el suelo de la sala y subirse después a la barra, como aquellas chicas del Bar Coyote, con Emilio ajeno al show, de espaldas al guitarrista, cerveza en mano y riendo como Bon Scott en la portada del Highway to Hell al vernos, supongo, las caras de estupefacción. Respeto eterno a este madrileño que vino a volarnos la cabeza. Y que sí, tenía algo guardado para nosotros.

Llegamos a la fase final del festival con Tono demostrando alegría en su cara. La maldita canela alcohólica se ha quedado en mi garganta y parece que la guerra con el Jägermeister está más que servida. Pero no seré yo el que hoy ofrezca su cuerpo como campo de batalla. Capitan Booster vienen, después de conquistar Barcelona, a no hacer prisioneros. Y brilla el sol con sus primeros acordes, aunque sean más de las diez de la noche. Están rodados. Sincronizados y con un repertorio que pasa por todas sus influencias y sus seis puñaladas propias, que son una manera de matarnos suavemente. O, más bien. de manera salvaje. Cada vez me gusta más Galway City Tales y bien podría ser la canción despertador para un lunes de los que no quieres que lo sean. Es una suerte que de grandes bandas surjan proyectos de otras grandes bandas porque todos ganamos. Viva la división celular en las bandas de rock porque nos hacen hervir la sangre a base de bien.

El concierto finaliza, ahora sí, con una exaltación de la amistad. Los dos bises sirven para eso, para disfrutar, ovacionar y hacer subir al escenario a amigos y colegas de cartel y corear el clásico Nice boys de Rose Tattoo, que es una manera perfecta de poner el punto final a una tarde noche de reencuentro de sensaciones, de taburetes y de blocs de notas que dejan sus huellas marcadas, esperando otras salas y otros escenarios donde dejar garabatos.

Chicos malos, en definitiva. Porque los nice boys don’t play rock & roll.

lunes, 13 de marzo de 2017

Cosas que no hay que hacer en Fallas. Revisión.

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Pues ya no hay vuelta atrás. Lunes, 13 de marzo de 2017, y en Valencia muchos deben tener todavía en sus cuerpos los restos de una resaca dominguera propiciada por cenas de bocadillo, cacao del collaret y carajillo, rebajados con gintonics en vaso de plástico y moviendo el cucu a base de reggaeton y otras malas yerbas musicales. Los menos afortunados tendrán que convivir con el deseo de enfundarse las ropas típicas de estos días de carpa y calle con sus quehaceres laborales y habrán otros que podrán estar tranquilamente en capilla, contando las horas desde cualquier atalaya casera con tranquilidad, karma y dolce fare niente.

Pero, ¿ha cambiado la cosa de las fallas desde hace tres años a hoy? Si lees la intro del anterior análisis, dos cosas han cambiado. Rita ya no está entre nosotros, físicamente, y Ramos ya no es motivo de mofa porque anda demostrando a casi todas horas que sabe usar fantásticamente la cabeza de cráneo para afuera. Y conviene añadir que la fiesta fallera, me encantan esas palabras cuando van de la mano, por eufemísticas, es Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO. Así que, si no eres de los que picas suela al olor de la pólvora, sigue leyendo.

Como vestirnos.

Quien pensara que con esta movida de la UNESCO iban a cambiar los ropajes de calle, va listo. Y quien pensase, como servidor, que el blusón clásico iba a cambiar de rol y ser nuevamente protagonista, más listo todavía. No solo no se ha recuperado esa prenda tradicional, sobria y típica. Es que la gama de colores ha ido en aumento, incluso en aquellos que se supone han de guardar las formas, con piezas ¿verdes? para la foto de rigor. Por no hablar de los multicolores, que siguen con su aparición e innovación, sin freno, sin control, sin gusto, sin estilo. Aunque esto es como pedir peras al olmo. Una fiesta barroca no puede ser sobria en su vestimenta. ¿O sí?

Pero si que ha habido evolución. A peor. De aquellos forros polares hemos pasados a estas parkas o chaquetones ligeramente impermeables. Piezas de invierno, de abrigo, con multitud de bolsillos, con o sin capucha, con el escudo de la falla militante bordado o serigrafiado en el lado derecho. O detrás, en grande, acompañado del nombre, como un jugador de fútbol de la liga italiana. Barrocamente escandaloso. Con colores corporativos, elegidos por diferenciarse a los de otros entornos, léase fallas colindantes del barrio, categoría o pueblo. Y que son atemporales. Puedes verlas como las lucen desde diciembre y no dejan de hacerlo hasta el cuarenta de mayo. No pasa nada, son Fallas.

Por suerte, el pañuelo fallero sigue siendo prenda imprescindible. Aunque ya asomen telas al cuello multicolores.

Como comportarse.

Muchos esperan estos cuatro días -contemos las fallas desde que están los monumentos completamente plantados, aunque los que las sufren saben que duran varias semanas más-, como agua de mayo para marcarse su propio carnaval y hacer cosas que durante los 361 días restantes no hacen. Pero ahora todo Dios tiene un teléfono con cámara, vídeo e infinidad de redes sociales donde cargarse la buena reputación de uno con un simple click. Y sí, los colores de los fuegos artificiales, las luces de Ruzafa y la euforia de la calle puede llegar a contagiar, pero conviene contar hasta diez antes de cortar el cable equivocado de esta bomba de emociones para que no salte todo por los aires. Así que, al lío:

El bebercio. Poco ha cambiado la cosa desde la última vez. Salvo que tienes tres años más y se supone que has madurado y que no eres el que pide con vehemencia y con los ojos desorbitados otra ronda de chupitos. Aunque, ahora que nombramos los chupitos, si hay una cosa que ha cambiado. Se ha democratizado hasta límites peligrosamente etílicos el anís seco, conocido en la terreta como cazalla. Y esos chupitos sí los carga el diablo. Se permite, o recomienda desde este humilde blog, tomarse un chupito. Preferiblemente inmediatamente después de cenar, si ha sido copiosa, como un digestivo infalible, tal y como me enseñó la maravillosa mujer de pelo rojo, de nombre Maika. El tomar una segunda de estas ya es cosa a tu elección. Aunque ya sabes lo delgada que es la línea. Y lo gorda que puede ser la resaca del día después. Ah, y no mees en la calle. Es una guarrada.

La manduca. Existe cierto debate sobre lo de comer en la calle o no hacerlo. Maticemos, el debate está en la permisibilidad de los puestos en la calle con respecto a los locales que están todo el año. Impuestos, tasas, mercado negro y todas esas cosas. Servidor es partidario del local, donde se supone que hay un control, una experiencia y un saber estar que no lo hay en esos puestos ambulantes. Pero con los camiones de comida hemos topado. Unas cosas muy cuquis y muy modernas que parece que han venido para quedarse al lado de la parada de buñuelos y chocolate. Sigo pensando lo mismo. Comer sin horarios y sin dietas. Arriesga y come paella de madrugada. Para que nadie te lo cuente. Aunque la operación bikini esté a la vuelta de la esquina. Pero no descartes el disfrutar de un día de Fallas de mesa y mantel como toca. El contraste es fantástico y maravilloso.

La orquesta. Aquí si no hay cambios sustanciales. El nivel de respeto es el mismo que se pedía hace tres años. No eres el DJ, no eres el dueño y, sobre todo, no tienes ni puta idea de tocar ningún instrumento, más allá del timbre de las conserjerías de hoteles. Porque si sabes tocar alguno, no se te ocurre ciscarte en el repertorio de los compañeros que están arriba del escenario y que llevan meses ensayando, o preparando la sesión, para pedirle este-temazo-que-sabes-que-la-gente-lo-va-a-gozar. Mansplaining musical, no.

La resaca. En teoría, estamos en esas edades donde controlamos la lección. No debería aparecer por ningún lado porque ya hemos aprendido a decir no a ese tercer chupito de cazalla y ya sabemos comer algo antes de dormir cuando la noche se alarga. Pero si nos hemos tirado el mundo por montera y hemos disfrutado sin medida de la noche como si no fuera a amanecer nunca más, ni así hay que dormir más allá de las diez y media. Honor, gallardía y medicamentos. Los chicos de Sidecars y Leiva han hecho una oda a la amistad al Espidifen, que viene al pelo por si la cosa se complica. Y si con eso no es suficiente, miente al cuerpo y bebe cerveza o un Bloody Mary. No quita la resaca, pero permite pasarla mejor al retornar al estado de achispado. Y ya llegará la Cremà y descansaremos en paz.

El sexo. Es posible, claro. Si coges a la parienta y te la llevas al monte de ruta enoturística huyendo de pólvoras, buñuelos, verbenas y paellas de dudosa realización que raspan el aprobado. Y aún así, será si ella quiere. Y si no tienes parienta y quieres lanzar las flechas del amor pasajero, adelante. Siempre hay un roto para un descosido y quien sabe si la diosa fortuna te sonríe en esa noche que se juntan las Fallas y el Día de San Patricio. Suerte. Pero mejor los otros días del año.

lunes, 6 de febrero de 2017

En el día del cumpleaños de Axl Rose.

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En el día del cumpleaños de Axl Rose, sus 55 me pesaban a mí más que a él. Recordé cuando mis paredes estaban llenas de pósters de la Metal Hammer o de la Heavy Rock. Recordé la humedad crecer en esas paredes, casi al mismo tiempo que mi melena. Y las camisas de franela. Y las gorras puestas del revés. Y aquellas Martens con punta de acero. Nunca me atreví con el pañuelo en la cabeza, pero sí con esa mezcla de grunge y rock perfectamente desaliñado.
Y los olores a resaca que tenían los domingos. De los de dormir a pierna suelta hasta lo que ahora es la hora del aperitivo. De contar al levantarse las monedas, en pesetas, en la mesilla de noche. Del olor a tabaco de la ropa de la noche anterior.

En el día del cumpleaños de Axl Rose recordé las batallas con sabor a futbolín, Reincidentes y Platero. Y las disertaciones con las letras de Extremoduro cuando la parte trasera del coche nos servía de barra improvisada. Y las inspiraciones etílicas donde se hilvanaban unas letras para unas canciones que, afortunadamente para el mundo, nunca vieron la luz. Porque de noche, todos los gatos son pardos y la mayor cagada puede parecer una obra de arte.

En el día del cumpleaños de Axl Rose no recordé a mujeres porque no habían. Siempre fue difícil para los melenudos aquello de ligar, en un mundo donde los clichés de vestimenta no permitían licencias amorosas a los de las tribus urbanas. Y cuando se daban, era para tener a un malote en la lista de ligues adolescentes de una noche o de dos, a lo sumo. Y eso nos hacía más mártires del amor y del sexo. Ya ves que imbecilidad.

En el día del cumpleaños de Axl Rose, él seguirá más gordo que cuando era el amo del mundo. Pero a ver quien tiene cojones de compararse veinte años atrás y salir ganando ahora. Ni esos corredores a los que llamáis runners. Porque no. Porque cada cosa tiene su momento, su lugar y sus excesos.

En el día del cumpleaños de Axl Rose, me he vuelto a poner Paradise City y me ha seguido emocionando. Y he maldecido por un momento no tener entradas para ver a los Guns 'n Roses este verano. Pero se me ha pasado rápido. Mejor vivir en la nostalgia que en la actualidad, when the grass is green and the girls are pretty.

miércoles, 4 de enero de 2017

Año nuevo de calendario.

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Como el anuncio de la tele, parece que sea necesario decir lo del año nuevo, lucir palmito la noche del 31 y levantarse a la mañana siguiente con ese dolor de cabeza que se desprende de la belleza de una noche de alcohol, que canta Loquillo. Pero hace tiempo que la cuestión es comenzar el año en septiembre, cuando el ciclo vital realmente comienza. Y para mí, las noches locas es acostarse en el sofá, con la tele escupiendo cualquier cosa y acariciar tu ombligo por debajo de la manta, mientras apuramos cualquier Priorat a tragos exagerados.

Pero siempre, por aquello del folclore de las campanadas, no está mal pensar en el año nuevo como un apetitoso Roscón de Reyes. Para escupir con rabia el haba de los malos cuerpos, de los dolores de espalda que atraviesan como una patata brava de Rausell sin bocado dulce. Para saborear las cremas de un futuro mejor, más coloreado, menos gris y monótono. Para valorar más las cosas verdaderamente importantes, porque las otras solo nos dan disgustos sin sentido. Ya ves, todo eso al son de las campanadas, cuando realmente se puede hacer cada mañana, cada tarde y cada noche.

Iniciando el año con un paseo en la playa sin resaca a champán que para eso están el resto de los días del año. Para beber y para las resacas, que cada vez son menos y más menos siempre serán. Y contando con la mente las cosas por hacer, entre las que no está pisar ninguna sala de muscular los biceps, si acaso las salas de Pol, el Kraken, y de Andrés, el Nueve, tan descuidados que van a olvidar mi nombre y mis gustos. Y las montañas, siempre las montañas. Esa cuenta pendiente, solapada a comer más con cuchara. Y marcar cruces en los 55 mejores restaurantes de la Comunidad Valenciana, esa maravilla supervisada por el jefe Cruz Sierra, donde hacemos senda. Y reír más. Y llorar menos. Aunque sé, intuyo, que al volver aquí 365 días después, alguien me faltará. Ojalá me equivoque.

Aunque en realidad, nada cambiará más cerca de septiembre. Los Perros del Boogie, Los Vicentes, Capitán Booster y Corazones Eléctricos nos podrán la piel de gallina a cada golpe de riff, brindaremos por la memoria de Rockonut y Verlanga una y mil veces, el Valencia nos llenará de muchos disgustos y pocas alegrías, nos enfadaremos por cosas sin importancia y tendremos más plazos 'lo quiero para ayer'.

Ya ves, nada nuevo bajo el sol de invierno.

¿Qué esperabas si el año nuevo empieza en septiembre?

viernes, 28 de octubre de 2016

Entrenadores de base, personas de élite. Ramón Alapont.

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Llevamos toda una semana hablando de lo mismo. 'Lo mismo' es, dentro del particular universo del balón, la falta de respeto de unos deportistas de élite, bien pagados y con la vida resuelta si no pierden la cabeza, con respecto a los aficionados del equipo contrario después de un gol en el último segundo. O, si lo ven desde el otro lado, la agresión sufrida por unos deportistas indefensos ante el lanzamiento de objetos e improperios varios solo por el hecho de marcar un gol en el último segundo.
Lo bien cierto es que los valores que desde las escuelas de fútbol base se enseña por monitores anónimos parece ser que se vayan por el sumidero conforme los ceros van sumando en las cifras de sus cuentas corrientes. Los flashes, los elogios y el conseguir sexo las cosas sin apenas esfuerzo, van enterrando aquellos valores iniciales de belleza al deporte que enseñaron en algún momento los entrenadores de base.

Como, por ejemplo, Ramón Alapont.

Ramón fue un hombre dedicado en su vida al balón, en su vertiente más modesta. Jugador de tercera categoría en sus años mozos, cuando las piernas no le daban para aplicar el fútbol que tenía en la cabeza, pasó al otro lado de la raya de cal. Aplicando el sentido común a todas las enseñanzas a cada uno de los chavales que pasaban por sus manos. Inculcando valores para la vida en el campo de entreno y de juego, donde el contrario es rival, no enemigo. Donde la deportividad debe imperar ante todas las cosas. De todos aquellos cientos, o quizá más, que pasaron por sus manos, tal vez uno o ninguno ha llegado a vivir del fútbol a pleno rendimiento. Y quizá si hubiera vivido mil años, ninguno habría llegado. No por las condiciones de los chavales. Por sus manos han pasado talentos que, a veces, han tenido la mala fortuna del camino complicado o no han tenido ese golpe de suerte, puedes llamarlo padrinos, necesario para dar el salto. No conviene poner nombres a estos casos, más que nada porque quizá tú no sepas de quienes hablo si personifico tácitamente y puede que, si lo hago, tenga papeletas para recibir algún puñetazo en la barra del bar como respuesta del que tiene el orgullo herido. Así que dejemos mis ojos y mis dientes en paz en este sentido.

Estos entrenadores, de vieja escuela, forman, sin saberlo a los hombres que serán frente a la vida. A distinguir lo justo de lo injusto. Lo bueno de lo malo. El no engañar en el campo, se traslada a la vida. Ahora, los modernos imparten clases de coaching, adaptando conocimientos deportivos para el desarrollo personal o empresarial. Cosa que, sin tantas pijadas, llevan haciendo toda la vida tipos como Ramón. Con unos ingredientes muy sencillos: enseñar y educar a todos y cada uno como si fuesen hijos propios. Tan fácil, tan difícil.

Ramón se fue con Caronte no hace mucho. Y su ausencia física se empezó a llenar con el florecimiento de sentimientos, de palabras y de movilización popular. Con el deseo que su recuerdo permaneciese para siempre, incluso para quienes no lo conocieron. Incluso para quienes no tuvieron la suerte de cruzarse con él. Y algunos de aquellos pequeños futbolistas, convertidos ahora en hombres de bien y padres de familia, comenzaron a remover conciencias para que, en su pueblo, se rindiese el homenaje merecido. Y van camino de lograrlo. Movilizándose a través de las redes sociales, recogiendo firmas casa por casa y llamando a las puertas correctas de las instituciones, están en el camino de conseguir que el paseo que conduce al viejo campo de fútbol donde tantas veces entrenaba lleve su nombre. Y conseguirán que se realice una escultura en su honor para que, entre otras cosas, cuando pase cualquier chiquillo por delante de ella camino al entrenamiento, el pequeño, al que podemos llamar Hugo o Jaime, se gire y le pregunte a su padre que es esa cosa negra y grande y quien era Ramón Alapont. "Ramón Alapont fue un entrenador que tenía el papá cuando tenía tu edad y nos enseñó a ser honrados en el fútbol y, sin saberlo, en la vida. Y tu papá es como es gracias, en parte, a él. Y esa cosa negra es una escultura a modo de homenaje.", diría el padre con la voz emocionada. Y el hijo, hinchando el pecho y mirando con admiración a su padre, comience en ese momento a admirar a ese señor que tiene una escultura.

Espero, de corazón, que todos los propósitos fijados por aquellos pequeños futbolistas, hoy padres, se lleven a cabo. Y que todos los que han sido como Ramón en cualquier deporte tengan el reconocimiento merecido en todos los pueblos, en todos los campos o canchas de entrenamiento donde haya uno.

Por todos los Ramón del mundo y por el poso que han dejado para que este lugar sea un poco mejor.

miércoles, 28 de septiembre de 2016

Bon vent, Moniato.

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Internet és el que té. Des de sempre. Tens la pantalla de l’ordinador i parles, a través d’ella, amb persones que tenen les seues pors i els seus fantasmes, però tu els idealitzes de manera que crees un vincle, diguem-ne, especial. I fins i tot, sorgeix l’amor. Bé, no lo llames amor cuando quieres decir sexo, si vols. Recorde aquells hilarants Diarios de Patricia on es trobaven cara a cara persones ‘enamorades’ gràcies a Internet i on s’han vist resultats de tots els colors, des de besos apassionats com si foren els actors de De aquí a la eternidad, a fugir pel carrer del mig.

Idealitzar. Eixe perill o eixa beneïda activació neuronal que ens permet viure més feliços. Com el mite de la caverna de Plató. Però llevant la fullaraca i filtrant les persones tòxiques, els trolls i els falsos votants del PP a ritme de Gürtel, la xarxa és un bon lloc per a aprendre, per a fer relacions professionals i, sobre tot, per a entretindre’s. Internet, i totes les xarxes socials que la conformen, és un viver de talent. I igual d’important és triar amb qui vas per la senda de la vida 2.0 com per la vida de sabata, calcetí i ruixats de tardor.

I @moniato1 era un d’ells. Poca cosa sabíem els que no el coneixíem personalment. Només que darrere del compte hi havia una persona reivindicativa amb molt de sentit de l’humor, que no deixava de posar el dit en la fita, però sempre arrencant un somriure a tot aquell que llegia les seues piulades. L´idealitzàvem jove, patidor i esportiste a la força, per prescripció mèdica, i sempre serà part d’un xicotet grup on la privacitat ens permetia poder desbarrar de tots aquells que, entre altres coses, no tenen sentit de l’humor.

La vida, esta perra vida, ens ha llevat a @moniato1, Hèctor per a la família i amics de carn. I dic de carn perquè, sense haver-lo conegut, tots els que hem compartit alguna piulada o algun debat ens considerem amics del xicot. I, com si d’un Bowie de Twitter fora, la seua darrera piulada té ara, amb el context, forma d’epitafi virtual.


Bon vent, amic. Guarda’ns lloc i demana copes per a quan ens toque. 

El món és un poc més bort sense tu.


miércoles, 17 de agosto de 2016

Comer, reír y llorar en la mesa.

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La mesa.

Cuatro patas y un tablón en su forma más primitiva. Protagonista de veladas agradables y otras que no lo son tanto. Parte primordial de anuncios que hablan de ella casi sin hacerlo. Y en el cine. Una mesa sale en El Padrino, por ejemplo. La mesa traspasando la categoría de mueble para convertirse en ritual de camaradería. Un lugar donde se para el tiempo. Un espacio donde, a veces, importa más el con quien que el qué. Un sitio en el que he sido feliz muchas veces.

El sábado, sin ir más lejos.

Con unos locos totalmente cuerdos. O quizá no. Pero son (somos) nuestros locos. A esas horas donde la mayoría estaban pensando en cafés, la correa del perro o en como regatear la resaca del festival del verano de turno -el Medusa, por ejemplo-, llegaban en goteo constante los comensales, previa invitación. De diferentes lugares, donde el frenesí vital ha dejado paso al ocio relajado. Dando una patada al reloj, como un recio defensa alemán despejando la pelota.

Sin filtros de Instagram ni poses. Y con la única delicatessen gastro de los tomates de El Perelló, una verdadera maravilla. Lo demás, colesterol de embutidos y fritos, regado con vinos peleones, gaseosas burbujeantes y cebeda preparada. No hace falta más. Pellizcando el pan. Rebosando los vasos. Manchando el mantel. Sin cuerpos esculturales de gimnasio rodeando la mesa, pero curtidos en la vida, regateando bofetadas vitales y físicas, pero brindando para que las esposas no se queden viudas. Cumpliendo con los mandamientos del esmorzaret, pero sin diminutivo. Con su carajillo. Con su humo de nicotina y de hoja. Con su copa. Y porqué no, con su palillo.

Con chascarrillos. Con tintineo de copas. Con chapuzones regados con copas. De gintonic. Sin cabriolas cocteleras. Y volviendo a brindar. Una. Dos. Cien veces.

La mesa.

Porque no todo está dentro de las Estrellas Michelín para ser feliz. Y porque son compatibles.

¿Verdad?

martes, 9 de agosto de 2016

Bebemos.

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Las entradas siempre son dignas. Bien limpios, con la sonrisa propia de un amenazado vendedor a domicilio, en peligro de extinción. Con esa sensación de profesional de la materia, tomas asiento en la barra. Y con total diligencia y educación, pides al camarero, tu nuevo mejor amigo, que te aconseje con alguna copa. Pero mejor caes en la típica cerveza. Para que complicarse. Si hemos venido a lo que hemos venido.

La fauna se sucede y pasa delante de tu espalda. Lo sabes porque ves a otros animales como tú pasar en el espejo que hay delante tuyo. Cuatro mesas ves, con diferentes caras. Tres hombres y una mujer. Él y solo él, el espejo, será el impertinente del bar que te dirá, cada vez que levantes la vista del vaso, el aspecto en el que vas mutando, a pesar de creerte un Dorian Gray del alcohol.

Pero no.

Bebes a sorbos cortos, como catando. Pero solo quieres que el tiempo no pase. No mides en minutos. Mides en tragos. Y quieres que sean cortos a veces, eternos la mayoría. Y no piensas en él. Y no piensas en ella.

Suena música. No sabes bien si es para bailar o para traicionar. Debe ser para lo segundo porque nadie baila. Ni siquiera nadie tararea una canción que habla de medicarse y de mitigar el dolor. Y comentas cualquier cosa con tu nuevo compañero de taburete. Que resulta que no es compañero, es compañera. Y resulta que no es tu compañera. Es la del tipo grande que está justo detrás de ti, a la derecha de tu espejo. Y resulta que no comentas cualquier cosa. Le sueltas lo que en tu mente etílica es un piropo, pero, a oídos de la realidad, no es más que una soez concatenación de palabras. Y claro, eso es jugarse la cara para que te hagan una cruz. Y pasa. Que te la hacen. La cruz en la cara. Y no te hacen el Cristo entero porque el barman, tu nuevo mejor amigo por segunda vez, saca el genio y detiene la masacre. Y tan amigos. Y brindas. Tú invitas. Con la compañera y su compañero. Fuera cerveza. Chupitos. Un malentendido propio de la ebriedad. Atenuante de la acción. Mañana veremos, cuando la cosa se enfríe.

El rimel se ha corrido en la mesa dos. Y las gafas de la mesa tres han desaparecido. O mutado en varias copas que adornan la mesa, como setas en temporada. Y en la cuatro, risas nerviosas con olor a whisky que parece tomarse al pie de la letra la canción de la medicación, vistas las sendas al baño. Solo la mesa uno mantiene la compostura. Como la de un enterrador, impertérrito ante el dolor ajeno. Bebiendo. En silencio. Como si de una puta leyenda viva del rock español se tratase.

Pagas otra ronda. Crees. Sueltas algo de dinero en la barra, al mismo tiempo que balbuceas algo al responder a tu nuevo mejor amigo, el barman. Sigues hablando, mientras poco a poco se vuelve todo negro y tu mejilla está fría. Como la barra.

Bebemos*.

(*Interpretación libre del videoclip "Bebemos", de Igor Paskual)

martes, 26 de julio de 2016

Rafa Escalada.

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Cuando acabe el verano, todas las cosas que ahora están cambiadas volverán a su sitio. Bueno, todas no. Habrá mínimo una que será, a todas luces, diferente. La radio. Cuando se acaben las fotos de pies en la arena y los aquí sufriendo, y uno sintonice sus diales radiofónicos de cabecera, volverá a encontrar a los Francino, Magraner, Palomar, Gómez o Montalt de turno, por nombrar algunos. Pero habrá un hueco. Alguien que ya no estará. Las noches de Rock FM ya no tendrán su voz. Uno de los tíos que más sabe de música en este país, sin duda alguna, comenzará septiembre sin la zozobra del lunes que tiene por marchamo ese mes. Podrá dedicarse a cuidar geranios, espárragos o a visitar obras. De arte. Podrá cambiar este ritmo de vida letal que nos marca los horarios de manera marcial por el jodido slow life tan deseado por muchos y soñado por todos cuando echamos la primitiva semanal. Pero las noches de la radio ya no serán las mismas. Porque ya no sonará la voz de Rafa Escalada, apodado en su última época como Oldie.

Porque el Oldie ha pasado a mejor vida. Es decir, se jubila.

Se jubila. Nadie lo diría, con esa cara de cuarentista que tira para atrás. Y con su jubilación se va una parte de nosotros. Aquella que surgió por generación espontánea. El penúltimo aliento de aquella Rock&Gol. Toda una muestra de gestión de talento a través de las redes sociales. Aquella que provocó Iván Guillén, desde aquel sótano, donde se mezclaban fiambreras de comida con The Crystals y el fin de semana comenzaba los viernes a las 12, a golpe de Ramones. Comenzando desde cero y emitiendo solo desde la web, creó legión y vertebró la península desde el norte hasta el sur, desde el este hasta el oeste. Gentes de las que no recuerdo sus nombres pero sí sus caras, gentes de las que no me quiero acordar, proyectos de hermanos que pasaron a desconocidos, desconocidos que se tornaron hermanos. Ponte tú, que lees esto, en el saco donde te encuentres más cómodo. Suena a topicazo, lo sé, pero yo estuve allí y te lo cuento como lo viví. Y no exagero ni una puta coma. Encargándose de una parilla dos personas, naciendo así el dueto Youngie&Oldie, insertando contenidos en una web que también vagaba por el cajón del olvido. Poniendo al rock en el mapa. Presentando a aquellos primeros Perros del Boogie, a The Right Ons o a Garaje Jack y haciéndonos forofos sin medida. Procrastinando por obra y gracia de los comentarios en Facebook, generando sesudos debates siempre con las guitarras de por medio, en aquel muro loco que era la fan page de Rock&Gol. Redescubriendo la pasión del serial radiofónico, donde las historias tenían reglones en forma de pentagramas guitarreros. Desempolvando el rock de nuestros armarios burgueses.

Luego alguien vio el negocio latente y convirtieron a nuestra particular Radio Encubierta en una emisora más cercana a la radiofórmula que a la labor didáctica que en sus oyentes ejercía. ¿Cómo se atrevían? Habían hecho suya esa radio que nosotros ocupamos pacíficamente y que creímos nuestra para siempre. Nunca sabremos la historia real de aquella mutación, ni falta que nos hace. Pero recordamos que no había información y sufrimos el silencio como sinónimo de malas noticias. Y Escalada, que casi dejó de ser Oldie, salía a antena con voz plana, como de secuestrado hablando por teléfono con su familia como prueba de vida. Y salió el chismorreo. El estúpido ego del ser humano convertido en soy una fuente fiable y el me han dicho, pero que no se lo diga a nadie. Mentiras, la mayoría. 

Y al final, ni tan malo. Ni santos ni diablos. El rock es rentable. En cierta medida. Rock&Gol murió tal y como la conocimos y sus imágenes navegan en la profundidad de las búsquedas de Google. Con aquellos carteles reivindicativos. Con aquel logo entrañable que suena a chinchetas, al mismo nivel que las maracas de Machín. Iván montó su RockRockRadio como proyecto más personal, mientras se encargaba de dotar de molamiento a otros medios y formaba una familia. Y Rafa encontró acomodo en el mismo lugar, que comenzó a llamarse Rock FM, en una evolución lógica y una apuesta firme por el nicho de mercado, entendiendo los nuevos gestores que no podían dejar perder semejante potencial. En el horario que más le gusta, el de antes de cerrar. Como cuando las Conservas Escalada. O El Peluco. Porque él viaja a otro ritmo, fuera del tuyo y del mío. Sintiendo como deporte aquellas cosas magníficas de Rossi. Ni gol ni gaitas. Osasuna como mucho. Y porque a esa hora podía recibir visitas. De Chemi, metido en el cajón de los hermanos, muchas. De otros supongo que también.

Pero se acabó. Porque como cantaba Medina Azahara, todo tiene su fin. Y está bien que así sea. Nos quedamos con el recuerdo, con saludar a Tarque sin que él se acuerde. O a Leiva, acordándose. Con ser amigos de la primera formación del Los Perros del Boogie. Con la nostalgia de aquel primer concierto, el pistoletazo de la Triple R, desvirtualizando a los locos y las locas del muro. Que jóvenes eramos. Y con que pasión lo hicimos todo. Beber y brindar, fundamentalmente. Nunca hubo más. Nunca hubo menos.

Muchas gracias, Rafa. Por todo lo que hiciste, por todo lo que haces y por todo lo que harás. Porque has dado sentido y luz a alguna de nuestras vidas. Y no exagero un ápice.

¡Arracatapum! ¡Parampachún!

miércoles, 22 de junio de 2016

Tan joven y tan viejo.

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Me hago viejo. Es empírico. Tan solo hace falta echar un vistazo al DNI o narrar las molestias articulares que adornan mi cuerpo. Las victorias del Madrid -no por ellas, sino por las mamadas que reciben cuando lo hacen-, ya no me dan dolor, simplemente no las veo y me dan igual, mientras abro otra botella de Mas de l'Alba y mi pelo huele a ti. Y lo atuso, que todavía es pelazo y -espero- por mucho tiempo. Y pienso en dejar crecer la barba o no, dilemas del primer mundo que huele a hipster. Cuando solo es que somos unos vagos. 

La crisis de los cuarenta dicen que llega de diferentes formas. ¿Crisis de los cuarenta? Lo que pasa es que sois somos unas nenazas. Nuestros padres no tuvieron esa tontería y si alguna vez tuvieron dudas, las sesgaron con silencio siciliano, discreción, trabajar y callar.

Y con tomarse un refresco de gaseosa con jarabe de fresa iban listos. Nada de after-work. Ni caña en el bar entre semana. En el balcón, de cuatro metros, cuando el calor apretaba hasta de noche. Ni terraza con vistas ni hostias. Refresco y punto. Quizá tocado. Un chorrito de coñac. O ginebra. Larios. La duda ofende. Y miraban a sus mujeres como mujeres, mientras nosotros las mirábamos como diosas, que para algo eran nuestras madres. Y el valor de la radio o la tele, pagada a tocateja no sea que vengan mal dadas. Y la prensa de papel. Con los dedos manchados. Y ese olor. A tinta.

Y aquí andamos nosotros. Con nuestros dramas, nuestras chorradas de adultescentes, millennials o lo que narices seamos ahora. Con nuestras fotos tomadas setenta veces para subir la sesenta y ocho a Instagram. Rebuscando cuales son los reductos para permanecer eternamente jóvenes y ser aceptados socialmente. Como toda la vida desde la puta guardería. Primero fueron los tebeos, rebautizados de mil maneras para no parecer infantiles, luego los videojuegos en consola y ahora las redes efímeras, esas que intuimos causan furor entre los adolescentes de primeros besos con lengua e imperceptibles resacas de botellón. Y tuiteamos fuerte desde nuestro sofá. Indignación caduca en 140 caracteres. Mirando hacía otro lado cuando no queremos ver. O tapándonos la boca cuando no queremos hablar. O los oídos al no querer escuchar. Como los tres monos. Ya ves, justo ahora que más hay que ver, más hay que oír y menos hay que callar.

Crisis de los cuarenta, dicen. Consumidores por naturaleza. De los de pagar a plazos hasta un teléfono de última generación del que solo usamos un porcentaje mínimo de él. Curioso, como de nuestro cerebro. Pero andamos felices. Con nuestra pirámide de necesidades cubierta, viviendo más cerca de la inopia que de otra cosa. Con nuestros selfies y sus palos. Con nuestros dedos haciendo la uve. Che, como adolescentes. Nos tienen tan calados que ese gesto, la uve con los dedos, es la marca de los adultescentes millennials que se presentan a las elecciones. Buscando cierta identificación, supongo.

Puta vida, tete. Que Johnny Deep pase de los cincuenta y que siga viviendo como con treinta. Esa es la crisis de la edad. Ver retirarse a Valerón, a Xavi o a Pirlo. Pensar que ya nos queda poco de Navarro, Pau o Nadal, que ya no son tan indestructibles. Esa es la crisis de la edad. Porque vives su sudor en tu sofá. Porque son de tu generación. Le 'hablabas' de tú a tú. Y desde ya, quienes ocuparán tu rinconcito de deportistas admirados nacieron después del Cobi, del arco y la flecha y de Epi llevando la antorcha. Niñatos más altos, más guapos y más fuertes que tú. Que te podrían levantar a tu chica sin apenas esfuerzo.

Tan joven y tan viejo. Like a Rolling Stone.

viernes, 27 de mayo de 2016

Buenos tiempos para el Montgorock.

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Foto: Luis Crown

Resulta difícil cronicar -verbo inventado- un festival cuando hay momentos en los que la música es casi lo de menos. E incluso resulta difícil justificar la frase anterior cuando las más de 7.000 personas que pasaron por el recinto del Montgorock tenían como principal aliciente ver el fabuloso cartel que se anunciaba para el evento con más repercusión de la Marina Alta del pasado fin de semana. O casi del verano. Pero es que a veces es lo de menos. Estos festivales, donde la música se mimetiza con tu respiración y tus latidos, donde el poro se llena de notas y polvo a partes iguales y donde es imposible no perder matices de los conciertos sin sacrificar todas tus necesidades fisiológicas, es vivir con mayúsculas. Es ser salvaje y venirnos arriba con fuego y gasolina. Es llegar solo y despistado a mitad del festival y encontrar el amor fugaz cuando el sol se mezcla con la luna. No fue mi caso, pero sí el de una rubia con pinta en la mano e ídem de guiri, que se abrazó a un zagal que esa semana no merece jugar a la lotería, por si acaso.
Aunque bien pensado, yo tampoco debería jugar. Porque gracias a mi Ángel de la Guarda motorizado, una especie de Adri Rock Runner pero más femenina y sexy, pude plantarme en la casilla de salida de los autobuses camino de la costa. Brindaré con ella este fin de semana y le susurarré al oído todas las cosas bonitas que recuerdo del Montgorock.
Como por ejemplo, que los festivales con sol, cerveza y relaciones forjadas a base de sudores de rock y confesiones de barra, donde casi no es importante el cuando, sino el porqué, nos reconcilian. Y que el Montgorock es un poco el Kraken, es un poco aquellas noches lejanas en Zaragoza o Madrid, donde se forjan esos abrazos sinceros que te crujen las costillas y estas fotos grupales en las que ves a todos sonreír.
Es un poco ir a verlas venir sabiendo que no vas a caer en el desamparo. A pesar de la habitación para uno. Es recibir el primer abrazo del fin de semana por parte de Ernesto, leyenda activa de la música -eso tú, lector habitual, ya lo sabes-, mientras arriba del escenario Gran Quivira lo da todo a base de sudor, sol de frente y primeros pasos de la sarta de conciertos que íbamos a vivir en dos días. ¿Hay algo más molón que hacer rock con gafas oscuras? Si encuentras las fotos, probablemente tendrás la misma respuesta en la boca que yo en la cabeza. Sonaron de puta madre, por usar algún tecnicismo y, como siempre, Monty alentó a las masas con bofetadas contra el postureo, mientras Marcos Bañó disparaba ráfagas que se quedarán para siempre y el Dave Grohl particular de la Rabia Rubia, conocido en otros lares como Rafa, vibraba como solo saben hacerlo los molones, sin apenas inmutarse. Todos somos exactamente igual que todos los demás que no quieren ser igual. Maldita sea.
Queriendo todos adoptar el dress code de La M.O.D.A., como unos aprendices del salvaje Marlon Brando, rendimos cuenta de algunas cervezas cortesía de la pulsera naranja del acreditado por obra y Gracias de la generosidad del equipo, con caras de Maricruz y Josan Serrano, unos señores con mayúsculas que se merecen una ovación por su valentía y pasión por sentirse vivos en el andén, mostrándonos a todos esa sensación de no haber perdido nuestro tren, aunque nos crujan las rodillas, queriendo quedarnos a vivir en ese instante en que la montaña rusa llega arriba. Y con esas, con esa voz de David que nos vuelve locos, comenzamos a languidecer casi con la noche y nuestra vida se transforma en una comuna de camerinos y más saludos. Mientras comienzan a sonar los alemanes de Itchy Poopzkid, la gente cena o bebe. Algunos ambas cosas. Y nosotros, en ese aura del backstage, donde se cuece el pasillo final, comenzamos a hablar del viento, del sol, de zapatos, de brillos de labios y de cuidados de la barba. Llega el Guaje Igor, gutarrista de Loquillo. Abrazos y vaciles, algunos futboleros, sin pagar el vino pero sí hablando del Sporting, como si estuviéramos en aquella bahía inestable.

Mi discreción, y fortuna, me permitió ver algo al alcance de unos pocos. Las esperas son lazos de sangre, son la capilla previa del torero, del deportista. Ese ritual, en el que el artista, de la guitarra, raqueta o balón, necesita para interiorizar, visualizar o rezar antes de salir frente al público. Ese momento lo vi, como un chiquillo travieso que observa por la cerradura, cuando Loquillo juntó en corrillo a su banda a escasos minutos de salir. Por casualidad, tras salir de un rincón oscuro a hacer aquello de pie. Parando mis pasos ante la escena y recogiéndolos hacía atrás para ver y no romper la magia del momento, no sea cosa que el Loco me de una hostia por mocoso chismoso, salga torcido a escena y me tire la primera botella que encuentre cada vez que coincida con él en el Nueve Tragos de Andrés. Afortunadamente, no fue así y la banda se marcó un gran concierto que pudimos disfrutar todos los allí asistentes, arrancando con Salud y rocanrol, terminando con Cadillac Solitario y con las lagrimas de Merche, emigrante repatriada, entre medias. Y saludando desde lejos a la banda, cruzamos el recinto porque, casi sin descanso, la perrera comenzaba a ladrar. Gran valor y mérito de Los Perros del Boogie, lanzando sus primeros acordes casi al final de los de Loquillo, recogiendo la ola y marcándose un concierto de los más espectaculares de la noche, bautismo de fuego del crossfiter new guitar Borja Gandía, que resolvió con sobrada nota nuestras ganas de rocanrol y fiebre que, claro, van de la mano los dos.
L.A. y Sexy Zebras cerraron la primera noche con una aspiración brutal de nuestras fuerzas, sustentadas únicamente por las ganas de esculpir nuestros viejos cuerpos y no pensar en el mañana que estaba por llegar, doloroso y expectante con sus dientes afilados y sedientos.

Y al segundo día, flaqueamos. A pesar de dormir casi hasta mediodía. A pesar de oír la voz del cuerpo y la sonrisa que echábamos de menos en esa cama para uno. Nadie dijo que iba a ser fácil. Tocaba vitaminarse, mineralizarse y pedir un carruaje que nos llevara al recinto, donde Miss Octubre mostraba su potente show casi a las mismas horas de sol que el día anterior Gran Quivira y con idéntico resultado en la piel de Agnes que en la de Monty. Mientras tomábamos aire, y un poco de Mala Vida, el análisis mental de lo vivido y por vivir no dejaba otra que dejarse llevar por la alegría de Muchachito, el festival de verano convertido en música. Con diversión fantástica. Con los metales despertando a cualquier muerto, que los había. Con los niños bailando. Como los hijos de Carles "El Moro", mamando este hippismo tan sano y necesario en cualquier educación que se precie, donde saltar, sudar y jugar ha de ser necesario para ser hombres y mujeres de bien. 
Y pasó por nuestros ojos Rubén Pozo, un llanero solitario que, con pasión, sabe estar a las pequeñas duras, haciendo fuerte el cuerpo para disfrutar con más ganas cuando lleguen las grandes maduras. Siempre me ha parecido un músico excepcional, desde que meneaba su guitarra con Buenas Noches Rose y que constató con Pereza. Y es un seguro de vida, un acierto seguro para cualquiera que contrate sus servicios, obteniendo, de paso, la cuota femenina de fans que ha de tener todo festival que se precie. Por mucho polvo de tierra que haya.
Polvo del que parecen alimentarse Arizona Baby, con esas barbas, esos pelos, esas gafas y ese rock que es tan casi nuestro como de ellos y que nos maridan con cualquier licor de alta graduación, carne bien tostada y partidas de cartas. Fue, durante unos breves momentos, la banda sonora perfecta a nuestras pizzas y productos locales, servidos por las maravillosas gentes de los foodtrucks que, con una sonrisa, ejercían de buenos samaritanos por un puñado de tokens.
Con Quique González, respeto eterno y manos estrechadas, llegó la magia. Con el tempo del sol casi sincronizado, se llevó la luna debajo del brazo con todas sus melodías de tipo auténtico y comprometido, mientras llamaba a Charo, preguntando todo lo preguntable, provocando sus respuestas y los trances de los y las montgorockers, ese término del que ya no nos desprenderemos aquellos que comimos polvo del recinto de La Fontana.
El golpe final fue cosa de La Pulquería, a golpe de tequila, barcas hinchables y fiesta mariachi, cabrones. Como sabiendo que ya andábamos cortos de fuerzas, inversamente proporcionales al moreno que iba luciendo Josan, de acá para allá y teniendo el temple y la muleta para satisfacer a todos, desde la más alta estrella hasta el más modesto meritorio de la barra.
Con Kitai, teniendo su momento en el escenario Rockers Gin con su rock atronador lleno de insolencia juvenil, nos centramos en pulsar otra capilla, esta vez desde el camerino de Los Zigarros, encargados de cerrar el festival. Abrazos y besos con los Tormo, dando gracias que no se quedaran con el vino y Sinatra después de la nocturnidad de Granada. Viven un gran momento, con la gira de su segundo disco y, para los morbosos, con normalidad y brindis con los miembros de Los Perros del Boogie. Algo que servidor había detectado entre el mundillo y algunos fans, pero que ambas partes afrontan con normalidad. El negocio está así montado y, como ya dije en su día, hemos ganado dos grandes bandas en Valencia. Y punto final, con llave al mar.

Con Los Zigarros si se dio todo. Era el final, el último rayo. La última opción de aquel joven en decirle a la chica del final de la penúltima fila aquello de "baila conmigo". Incluso podría decirlo en playback, Ovidi le prestaba su voz sin problema. Y luego, quien sabe, podría prenderle fuego a su pantalón. Y el público saltaba, como si de barras bravas se tratase, a ritmo de Telecaster. Y con expectación entre los compañeros de cartel por ver a estos valencianos que, está claro, ya se ha corrido la voz acerca de lo que son capaces de hacer. Y se encuentran en un excelente estado de forma. Dominando la escena, la gente, la pose, nada impostada y plenamente natural, marcando un cierre de concierto y de festival en lo arriba del todo. Aunque durante un momento me pregunté, como ellos, que demonios hago yo aquí si solo quiero estar junto a ti, lejos de tanta locura.

Esto fue, a grandes rasgos, el Montgorock. O, al menos, mi visión. Por si no te gusta, los chicos de La Gramola de Keith tienen la suya y es muy recomendable. Un evento lleno de transversalidad, (¡toma palabro!) que puso a Jávea en el mapa de la música. Actuando globalmente pero también localmente, fomentando a las bandas locales, potenciando la gestión de jóvenes voluntarios y la unión de diferentes sinergias desde el ámbito público hasta las entidades privadas. Nos guardaremos para el final la parte menos glamurosa, el trabajo previo, las acciones, el fomento del festival en Fitur, el sacar a la luz del sol el rock con la matinal sabatina de Romero, que no siempre está en garitos oscuros de, dicen, dudosa reputación. 

Llego a casa y me deshago de mis pulseras y acreditaciones. Cansado, sonriendo como un viejo, ya no puedo disimular.
No obstante lo cual, me sigue gustando el cabaret. Me sigue gustando el Montgorock.