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lunes, 13 de marzo de 2017

Cosas que no hay que hacer en Fallas. Revisión.

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Pues ya no hay vuelta atrás. Lunes, 13 de marzo de 2017, y en Valencia muchos deben tener todavía en sus cuerpos los restos de una resaca dominguera propiciada por cenas de bocadillo, cacao del collaret y carajillo, rebajados con gintonics en vaso de plástico y moviendo el cucu a base de reggaeton y otras malas yerbas musicales. Los menos afortunados tendrán que convivir con el deseo de enfundarse las ropas típicas de estos días de carpa y calle con sus quehaceres laborales y habrán otros que podrán estar tranquilamente en capilla, contando las horas desde cualquier atalaya casera con tranquilidad, karma y dolce fare niente.

Pero, ¿ha cambiado la cosa de las fallas desde hace tres años a hoy? Si lees la intro del anterior análisis, dos cosas han cambiado. Rita ya no está entre nosotros, físicamente, y Ramos ya no es motivo de mofa porque anda demostrando a casi todas horas que sabe usar fantásticamente la cabeza de cráneo para afuera. Y conviene añadir que la fiesta fallera, me encantan esas palabras cuando van de la mano, por eufemísticas, es Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO. Así que, si no eres de los que picas suela al olor de la pólvora, sigue leyendo.

Como vestirnos.

Quien pensara que con esta movida de la UNESCO iban a cambiar los ropajes de calle, va listo. Y quien pensase, como servidor, que el blusón clásico iba a cambiar de rol y ser nuevamente protagonista, más listo todavía. No solo no se ha recuperado esa prenda tradicional, sobria y típica. Es que la gama de colores ha ido en aumento, incluso en aquellos que se supone han de guardar las formas, con piezas ¿verdes? para la foto de rigor. Por no hablar de los multicolores, que siguen con su aparición e innovación, sin freno, sin control, sin gusto, sin estilo. Aunque esto es como pedir peras al olmo. Una fiesta barroca no puede ser sobria en su vestimenta. ¿O sí?

Pero si que ha habido evolución. A peor. De aquellos forros polares hemos pasados a estas parkas o chaquetones ligeramente impermeables. Piezas de invierno, de abrigo, con multitud de bolsillos, con o sin capucha, con el escudo de la falla militante bordado o serigrafiado en el lado derecho. O detrás, en grande, acompañado del nombre, como un jugador de fútbol de la liga italiana. Barrocamente escandaloso. Con colores corporativos, elegidos por diferenciarse a los de otros entornos, léase fallas colindantes del barrio, categoría o pueblo. Y que son atemporales. Puedes verlas como las lucen desde diciembre y no dejan de hacerlo hasta el cuarenta de mayo. No pasa nada, son Fallas.

Por suerte, el pañuelo fallero sigue siendo prenda imprescindible. Aunque ya asomen telas al cuello multicolores.

Como comportarse.

Muchos esperan estos cuatro días -contemos las fallas desde que están los monumentos completamente plantados, aunque los que las sufren saben que duran varias semanas más-, como agua de mayo para marcarse su propio carnaval y hacer cosas que durante los 361 días restantes no hacen. Pero ahora todo Dios tiene un teléfono con cámara, vídeo e infinidad de redes sociales donde cargarse la buena reputación de uno con un simple click. Y sí, los colores de los fuegos artificiales, las luces de Ruzafa y la euforia de la calle puede llegar a contagiar, pero conviene contar hasta diez antes de cortar el cable equivocado de esta bomba de emociones para que no salte todo por los aires. Así que, al lío:

El bebercio. Poco ha cambiado la cosa desde la última vez. Salvo que tienes tres años más y se supone que has madurado y que no eres el que pide con vehemencia y con los ojos desorbitados otra ronda de chupitos. Aunque, ahora que nombramos los chupitos, si hay una cosa que ha cambiado. Se ha democratizado hasta límites peligrosamente etílicos el anís seco, conocido en la terreta como cazalla. Y esos chupitos sí los carga el diablo. Se permite, o recomienda desde este humilde blog, tomarse un chupito. Preferiblemente inmediatamente después de cenar, si ha sido copiosa, como un digestivo infalible, tal y como me enseñó la maravillosa mujer de pelo rojo, de nombre Maika. El tomar una segunda de estas ya es cosa a tu elección. Aunque ya sabes lo delgada que es la línea. Y lo gorda que puede ser la resaca del día después. Ah, y no mees en la calle. Es una guarrada.

La manduca. Existe cierto debate sobre lo de comer en la calle o no hacerlo. Maticemos, el debate está en la permisibilidad de los puestos en la calle con respecto a los locales que están todo el año. Impuestos, tasas, mercado negro y todas esas cosas. Servidor es partidario del local, donde se supone que hay un control, una experiencia y un saber estar que no lo hay en esos puestos ambulantes. Pero con los camiones de comida hemos topado. Unas cosas muy cuquis y muy modernas que parece que han venido para quedarse al lado de la parada de buñuelos y chocolate. Sigo pensando lo mismo. Comer sin horarios y sin dietas. Arriesga y come paella de madrugada. Para que nadie te lo cuente. Aunque la operación bikini esté a la vuelta de la esquina. Pero no descartes el disfrutar de un día de Fallas de mesa y mantel como toca. El contraste es fantástico y maravilloso.

La orquesta. Aquí si no hay cambios sustanciales. El nivel de respeto es el mismo que se pedía hace tres años. No eres el DJ, no eres el dueño y, sobre todo, no tienes ni puta idea de tocar ningún instrumento, más allá del timbre de las conserjerías de hoteles. Porque si sabes tocar alguno, no se te ocurre ciscarte en el repertorio de los compañeros que están arriba del escenario y que llevan meses ensayando, o preparando la sesión, para pedirle este-temazo-que-sabes-que-la-gente-lo-va-a-gozar. Mansplaining musical, no.

La resaca. En teoría, estamos en esas edades donde controlamos la lección. No debería aparecer por ningún lado porque ya hemos aprendido a decir no a ese tercer chupito de cazalla y ya sabemos comer algo antes de dormir cuando la noche se alarga. Pero si nos hemos tirado el mundo por montera y hemos disfrutado sin medida de la noche como si no fuera a amanecer nunca más, ni así hay que dormir más allá de las diez y media. Honor, gallardía y medicamentos. Los chicos de Sidecars y Leiva han hecho una oda a la amistad al Espidifen, que viene al pelo por si la cosa se complica. Y si con eso no es suficiente, miente al cuerpo y bebe cerveza o un Bloody Mary. No quita la resaca, pero permite pasarla mejor al retornar al estado de achispado. Y ya llegará la Cremà y descansaremos en paz.

El sexo. Es posible, claro. Si coges a la parienta y te la llevas al monte de ruta enoturística huyendo de pólvoras, buñuelos, verbenas y paellas de dudosa realización que raspan el aprobado. Y aún así, será si ella quiere. Y si no tienes parienta y quieres lanzar las flechas del amor pasajero, adelante. Siempre hay un roto para un descosido y quien sabe si la diosa fortuna te sonríe en esa noche que se juntan las Fallas y el Día de San Patricio. Suerte. Pero mejor los otros días del año.

miércoles, 4 de enero de 2017

Año nuevo de calendario.

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Como el anuncio de la tele, parece que sea necesario decir lo del año nuevo, lucir palmito la noche del 31 y levantarse a la mañana siguiente con ese dolor de cabeza que se desprende de la belleza de una noche de alcohol, que canta Loquillo. Pero hace tiempo que la cuestión es comenzar el año en septiembre, cuando el ciclo vital realmente comienza. Y para mí, las noches locas es acostarse en el sofá, con la tele escupiendo cualquier cosa y acariciar tu ombligo por debajo de la manta, mientras apuramos cualquier Priorat a tragos exagerados.

Pero siempre, por aquello del folclore de las campanadas, no está mal pensar en el año nuevo como un apetitoso Roscón de Reyes. Para escupir con rabia el haba de los malos cuerpos, de los dolores de espalda que atraviesan como una patata brava de Rausell sin bocado dulce. Para saborear las cremas de un futuro mejor, más coloreado, menos gris y monótono. Para valorar más las cosas verdaderamente importantes, porque las otras solo nos dan disgustos sin sentido. Ya ves, todo eso al son de las campanadas, cuando realmente se puede hacer cada mañana, cada tarde y cada noche.

Iniciando el año con un paseo en la playa sin resaca a champán que para eso están el resto de los días del año. Para beber y para las resacas, que cada vez son menos y más menos siempre serán. Y contando con la mente las cosas por hacer, entre las que no está pisar ninguna sala de muscular los biceps, si acaso las salas de Pol, el Kraken, y de Andrés, el Nueve, tan descuidados que van a olvidar mi nombre y mis gustos. Y las montañas, siempre las montañas. Esa cuenta pendiente, solapada a comer más con cuchara. Y marcar cruces en los 55 mejores restaurantes de la Comunidad Valenciana, esa maravilla supervisada por el jefe Cruz Sierra, donde hacemos senda. Y reír más. Y llorar menos. Aunque sé, intuyo, que al volver aquí 365 días después, alguien me faltará. Ojalá me equivoque.

Aunque en realidad, nada cambiará más cerca de septiembre. Los Perros del Boogie, Los VicentesCapitán Booster y Corazones Eléctricos nos podrán la piel de gallina a cada golpe de riff, brindaremos por la memoria de Rockonut y Verlanga una y mil veces, el Valencia nos llenará de muchos disgustos y pocas alegrías, nos enfadaremos por cosas sin importancia y tendremos más plazos 'lo quiero para ayer'.

Ya ves, nada nuevo bajo el sol de invierno.

¿Qué esperabas si el año nuevo empieza en septiembre?

miércoles, 9 de marzo de 2016

Ella.

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Ella apareció en la penumbra del amanecer, en un cruce de caminos cualquiera de un miércoles cualquiera. Ante una pared cualquiera pintada de un color cualquiera. Pero desde ese entonces dejó de ser una cualquiera para mí. Es imposible que no te deje huella en alguna de las facetas en la que te la puedas encontrar a lo largo de tu vida: como amiga, como paciente, como empleada, como hija, como madre o como hermana. Y, por supuesto, como amante te deja una muesca en el revolver de la que no sabes si algún día la vas a poder remontar.

Fue como una película de los noventa. De la generación X, que sonaba a grunge y vestía pantalones rotos como desordorante marginal. Crudo, salvaje y no necesariamente con final feliz, como así fue. Ya nadie compra el "...y comieron perdices.", pero nunca hay que dejar cerrada la puerta del todo. Quien sabe, quizá la hambruna obligue a los protagonistas de nuestro biopic a cambiar el 'Never, never, never' por aquel canturreado 'Quizás, quizás, quizás'. Pero hoy es tan poco probable como que el invierno se congele. Eso era lo que decía Don Henley de The Eagles cuando les preguntaban por la ruptura de la banda y catorce años después sacaron un disco llamado así, llenándose los dedos de billetes. Cosas peores se han visto, mira los Guns...

Nuestra banda sonora fue una copla desgarrada, un quejío de flamenco, un dolor en diferido provocado por el que se lanza sin medida a pesar de saber que la resaca va a hacerle daño. Pero eso sería mañana. En aquel hoy nos lanzamos a morder la manzana a plena mandíbula, con tal fuerza que chorrea el jugo por la comisura de los labios y tenemos que sacar la lengua con indisimulada lujuria para que no nos caiga ninguna de las gotas por la cara. Y vivir la vida como hay que vivirla, fuerte. Fuerte al reír, fuerte al llorar, fuerte al gritar, fuerte al comer, (muy) fuerte al beber y fuerte al follar.

Nuestra historia se escribió a trazos, como los mapas que esbozábamos con el dedo pasando por cada una de las pecas de nuestros cuerpos, sabiendo a ciegas la ruta que nos hacía llegar al jugoso puerto. Y usar su espalda de pupitre para esas escrituras sin lápiz, solo con el recuerdo de las palabras filtradas, esas que se hacen fuertes en la memoria y que no las arrancan ni la más potente de las drogas.

En una guerra no hay bando ganador, siempre pierden los dos. Las bajas se amontonan en ambos lados de la trinchera y la vida nunca vuelve a ser igual para quien vuelve del frente. Una herida que se ve desde fuera, un dolor que te consume por dentro. Un terremoto silencioso, sufrido de entrañas hacía adentro, del que no quieres mostrar ni la más mínima arista de ello.

Un amor decimonónico, con artistas involuntarios de este vodevil, casi muerto al llegar y que solo podría subsistir en un mundo de teléfonos fijos y charlas en los bares como ejemplo de sociabilidad. Una pieza de technicolor dentro de un argumento en blanco y negro, donde antes del rótulo de 'FIN' se congela la imagen de ella, medio girada de espaldas, sonriendo porque le has dicho algo tan simple como «Odio cuando te marchas, pero me encanta ver como te vas».

Y se va. A otro calor, a otro leña. Y te quedas con eso. Con las letras, con las copas y con todo lo que mereció la pena. Que, a pesar de todo, fue eso.

Todo.

martes, 12 de enero de 2016

Todas las "y" del mundo para este nuevo año.

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Puede que acabases 2015 subido en una nube de alcohol y lisérgicos, saludando a todos como la fallera mayor o la reina del carnaval creyéndote el lobo de Wall Street. O puede que te dedicases a comer lentejas, de bote, y vino tinto, sin más compañía que tu batín de invierno y tus pantuflas, mientras atronaban, moderadamente, las canciones que escupía 'Cachitos' en La 2. Cualquiera de las dos opciones es igual de válida para cambiar de año, que no es más que una excusa para realizar propósitos, deseos y purgas varias que van a la basura no más tarde de la hoguera de San Antón.

Pero en esas estamos, en no repetir clichés, en dejar de fumar y desempolvar las zapatillas de deporte que alguien te regaló porque te vio fondón. En no tener a tu camello de guardia en las teclas de marcado rápido, que es tan de los noventa que merecerías estar muerto. En todas esas cosas que te arrepelienten -sí arrepelienten, de arrepentir y repeler-, pero que forman parte de ti sin querer que sean tu marca.

Y aunque no merezca la pena intentarlo porque estás de bajona (in)directa con la muerte de Lemmy y Bowie, piensa que no se mueren nunca porque están en el aire, como el amor en aquella canción. O en la rabia de Monty en el escenario, tan tímida ella cuando escribe enseña a regañadientes, o en el maniquí de casa Pol, el hombre al que hay que abrazar siempre por el antes y por el después de cada una de sus noches en su casa que es, un poco, la nuestra. 

La vida es tan amarga que abre a diario las ganas de comer, dijo Jardiel Poncela. Pues eso. Cómete la vida.
Y compra cosas bebibles.
Y descorcha sin medida.
Y huele sin rubor.
Y prueba sin permiso.
Y brinda con pasión.
Y disfruta con alegría.
Y engorda con amor.
Y luego corre. Corre. Corre más.
Y al final, rebaja peso.
Y vuelve a empezar.

Celebra. Compra. Descorcha. Huele...

martes, 14 de abril de 2015

Vive el momento.

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No voy a descubrir el poder de la pólvora.
Ni lo pretendo. Y menos en esta vuelta al rincón, que anda desatendido por sacar a pasear la tecla en otros lares.
Pero es menester decirlo, otra vez.
Vive el momento.
Cualquiera que sea. Bueno, malo o regular.
No te suicides, pero no te pierdas ninguna. No esperes a San Juan o a otra patochada como excusa.
Vive como cuando te comes una sandia a dos carrillos, chorreando por los lados y riendo por ello.
Concédete un empacho. O dos. Visita a algún maestro de la mesa y vívelo con los cinco sentidos para no olvidarlo jamás.
Recorre con los dedos la espalda de la mujer que amas hasta que rocen de memoria cada lunar.
Corre, pero de pensamiento.
Aprende de los que saben, que suelen ser más mayores que tú, porque no tienen la insolencia de la juventud.
Huye de las personas que sean tóxicas, de las que tienen mala aura, que dicen los de los chakras.
No te fíes de los que dicen blanco hoy y mañana negro. Pero no les dejes de sonreír para que se instalen en su locura.
Hazte un traje a medida.
Besa y abraza a quien quieres de verdad.
Juega con tus hijos, biológicos o no. Su sonrisa es la mejor de las luces.
Ten alguna resaca.
Baila, aunque seas un patán.
Trabaja como si fueras a quedarte toda la vida allí, aunque sepas que no.
"Vive deprisa, muere joven y tendrás un bonito cadáver" es la mentira más grande del mundo y coartada para aquellos que se pasaron de la raya. Llega a viejo, con arrugas que cuentan historias y dietarios con hojas amarillas que despierten envidias.
Ten artistas cerca. Tienen una visión privilegiada de las cosas.
Escucha más que habla.

¡Va por ti, amigo de la varita!

lunes, 2 de febrero de 2015

Restaurante Tapería Aliaga. Donde me robaron el corazón.

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Anunciaban los creativos de la cuenta de la ONCE, en una de sus maravillosas campañas, que ser amigo se hace con el día a día, con un saludo por la mañana, con los comentarios de las noticias del periódico y cosas así. Ese mismo argumento de venta para vender los premios de su cupón, nos puede servir para todas las pequeñas cosas de la vida, si nos ponemos en plan plasta/Mr. Wonderful o para reírnos de la vida a la cara y bailar antes de estar muertos, si nos ponemos chulos por pelotas. Y de reírse de la vida, con largos tragos y sin mesura, con la delicadeza de un tango bien ejecutado, nos sirve los platos Raúl Aliaga, en el Restaurante Tapería Aliaga.

Pero antes, y siendo justos con todos, hay que contar una historia.

Siempre es importante llegar a los sitios de dos maneras, por instinto o por recomendación. Y no todas las veces los resultados son satisfactorios. El instinto, en este caso el hambre, es mal compañero de viaje y nos pueden cegar los olores más que las visiones. Y las recomendaciones, dependen mucho del emisor de la recomendación. Servidor ha llegado a oír sandeces vestidas de recomendación acerca de la lucha de clases entre bocadillos y comidas de mesa y mantel, comparándolas como iguales cuando son, de todo punto, diferentes.

Por eso, y por otras cosas, Maika es un buen motor de búsqueda. Su sapiencia, sus incontables horas de vuelo, su lucha nata contra la vida, a la que va ganando por goleada, a pesar de tener a su lado un patán de lastre como el menda, y sus mil vidas vividas en una sola, -fue it-girl antes que todas vosotras, imagen de portadas y superviviente de chiringuitos financieros-, la hacen infalible en cualquiera de las suerte arriba comentadas. El instinto, por la condensación de su vida y la recomendación, por haber sido agraciada con un paladar para distinguir los matices de los sabores digno de la mejor crítica de cocina del mundo. Bien harían los Señores de la Cocina, así en mayúsculas, en ficharla ya para cualquiera de sus salas.

Y a Aliaga entré por recomendación, que es igual de confortable que unas pantuflas en los pies una tarde de invierno valenciano. Y el lugar, pasó a formar parte de mi pequeño e inexperto corazón gastronómico. Ahora que está tan de moda los locales con alma, ahora que somos todos expertos en texturas, en espumas y en trampantojos, se agradece la cocina de verdad. La de un buen pescado, la de un solomillo en su punto de sal -gorda, por favor- y abrazar cualquiera de los vinos que en la sala les puedan recomendar, según su estado de ánimo, para que la experiencia sea completa.

Imposible quedarse con algún plato sin caer en la injusticia del destierro. Calamar de playa, una tabla de quesos con su manual de instrucciones, con el brie en la cúspide, o su magnífica tarta de zanahoria son solo algunos ejemplos a vuelatecla que les puedo sugerir. Aunque siempre la gracia es sentarse y esperar a que Raúl les aconseje de su despensa fresca y de mercado para poder vivir la vida un poco más a través del paladar.

Aprovechen la generosidad del amistoso chivatazo. Quítense el corsé de los barrios gastro, con bistros de segunda, imitando al maestro, y vengan a la periferia de la gran ciudad. Visiten Aliaga, en Catarroja y ya me dirán.

Y quizá, si les gusta, podamos hablar de pastelerías secretas otro día.

jueves, 18 de septiembre de 2014

El allipebre y la cocina de nuestras abuelas.

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Foto: Ajuntament de Catarroja
El verdadero placer de los sentidos, o al menos el más mundano, consiste en recuperar sensaciones. Se puede viajar al pasado por los olores recibidos o por los sabores degustados nuevamente. Retomar el aroma a los guisos de aquellos domingos que te despertaban junto al canto tardío de algún gallo despistado, no hacen más que volver a nuestros años de pantalón corto, pellejos en las rodillas y canicas en los bolsillos, con imágenes de color sepia y voces que se fueron para siempre.
Somos de mediterráneo, latinos, y nuestra cultura en los fogones es cosa del matriarcado. En todas las casas hay veneración por los guisos de la abuela, por las recetas heredadas y por el ritual dominguero de reunión ante un buen puchero o arroz en cualquiera de las variedades. Pero en los pueblos bañados por el lago de L’Albufera de Valencia aún se recuerda, y se sobrevive, de la pesca de agua dulce y se disfruta del plato por excelencia de la anguila, el allipebre, comida llena de leyenda cuyo modus cocinandi no admite lugar a la discusión, si obviamos aquello de poner almendra y ciertas herejías perpetradas con harina.
Ajo, guindilla, patata, aceite, sal, pimentón colorado dulce y anguila cocinado en cazuela de hierro colado y a leña, preferiblemente. Buena compañía, buen vino y tiempo para una larga sobremesa es lo que hace falta para poder vivir con todos los sentidos una receta que algunos dicen inmemorial, pero que pueden consultar en la web de Anguilas El Galet, realeza del gremio, si les surge la curiosidad y el atrevimiento.
Dicen que la cuna está en Catarroja y en esa tierra, todos los años desde hace cuarenta y cuatro, residentes y amantes de la cocina reviven los guisos de sus abuelas, concursando por su mejor memoria y perpetuando el recetario de aquellas mañanas de domingo.
Si se acercan este sábado al Puerto de Catarroja, cuando sientan los olores, puede que vuelvan a sentirse niños con pantalones cortos.
Yo pienso hacerlo.
Porque no creo que exista otra forma mejor de decir adiós al verano.

jueves, 3 de julio de 2014

San Juan, los Stones y las buenas intenciones.

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Dicen que la noche de San Juan es mágica. Con eso de ser la más corta del año, la mística que la envuelve tiene una aureola de optimismo, de anuncio de cerveza con perfectas barbas y apetecibles ombligos. También cuentan que es aquella en la que se queman las cosas malas, se piden deseos a la resaca de las olas y, con suerte, puedes robar algún beso a la luz de las estrellas.

Vivimos en un continuo renacer, en un mundo lleno de buenas intenciones que nunca, o casi nunca, se llevan a cabo. Año Nuevo, Noche de San Jose, Noche de San Juan, septiembre o cualquier lunes del año son las fechas en las que queremos poner nuestro contador de pecados culpables a cero, de erradicar cualquier atisbo de hedonismo maligno, de proponerse una vida más espartana, con arroz blanco, verduras y running tres veces por semana.

Pues una mierda. De eso nada. Buenas intenciones, las justas. No confundamos esto a hacer el cabrón al prójimo, que son cosas distintas. Hablo de buenas intenciones en plan 'mi cuerpo es mi templo', quitarse las grasas, dejar los habanos y suicidios vitales varios. No se donde leí una de esas frases que les llega a las maripilis en los sobres de azúcar que luego se las quedan como estados místico/molones/gilipollas en Facebook que decía algo así como 'La vida no se mide por los momentos que respiras, sino por aquellos en que te quedas sin aliento'. Y es verdad. Estamos encorsetados en las costumbres provincianas del sábado sabadete con cena y el misionero de polvete. Y está bien eso de salirse del camino. Como bien nos decía un jefe de sala un miércoles cualquiera mientras descorchaba un excelente vino de Fontanars «No hay que dejar el vino solo para el fin de semana. Si lo dejamos todo para el fin de semana, no nos da tiempo a hacer todas las cosas buenas que nos gustan.» Como dejar la vajilla buena para las ocasiones especiales. O comer marisco solo en Navidad. 

Duerman menos y vivan más. O vivan durmiendo eternamente, si es lo que les gusta. Hagan el amor a deshoras y follen en cualquier lugar menos en la cama. Porque luego, queriendo contestar una WhatsApp mientras conduces o revisando ese bultito que parecía una picadura de mosquito, la Dama Negra te pide la mano para un baile y sabes que no puedes decirle que no.
Hagan como los Stones. Vivirán setenta años y varias vidas.
PD: La fotaca es de Mario Testino.

viernes, 9 de mayo de 2014

Más de cien motivos.

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Joaquín Sabina recitaba cantando más de cien palabras y más de cien motivos para echarle un capote a un amigo que estaba más allá que acá en el tema de la parca por sálvese aquellas sustancias. Pero Tito Joaquín es perro viejo de callejón y el canto en tercera persona bien podría ser en primera singular, plural o incluso en yo mayestático.

Pero nunca llueve a gusto de todos. La primavera, esa estación en la que dicen que todo es color, ombligos al sol y cañas refrescantes en las terrazas, es también azote para alérgicos, pesadilla para delicados y desastre para los piratas del escaqueo de los agentes tributarios. Incluso alguna la estrella del rocanrol de este país prefería morir por estos días.

Y en este cacho de calendario que nos ocupa, este año se nos cuela la petición a conjugar el verbo votar, poniendo ruedas de molino a los seguidores de la sístole y la diástole sentimental, mientras les nos hablan de la vieja Europa. Valiente contradición esta de solicitar el acto materialista en la estación macerada para los atardeceres, el canto de los pájaros y las sobremesas eternas de sábado, con brindis al sol, programando viajes sin reloj a Formentera o a cualquier otro lugar mientras la brisa pide permiso para entrar por la ventana y refrescar con su paseo la casa para que huela a queso recien cortado.

Y sentiremos el miedo. Ese que dicen que es de cobardes, porque nos vendrán taquicardias con solo activar el pensamiento. Y nuestro sentir de hipocodríacos del corazón nos hará quinientas preguntas de las que más de cuatrocientas no tendrán respuesta todavía. Y buscaremos anestesia en el vino, sin exceso y con mesura. Y recurriremos a Jep, otra vez, porque ya está en nuestro ideario de vida, incluso con sus paseos mañaneros después de la jarana.

Y querremos eso. Aunque caiga un chaparrón.

Sin más.

Tan dificil.

Tan fácil.

martes, 22 de abril de 2014

Sexo, torrijas y cintas de vídeo.

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Semana Santa. Las primeras vacaciones del año, excepción hecha sí eres un morador de las tierras árabes del califa Rus, y primeros brindis al sol, que ya no es de invierno, sino de la alérgica bonita primavera.
Costaleros y masajes, rompidas y capirotes. Bacalao en arroz, bacalao en migas, bacalao en croquetas y golpes en el pecho, como si de un Matthew McConaughey cualquiera se tratase.
Y mientras unos se enfundan capirortes de penitencia y respeto a aquel que gritó el abandono de su padre, aquí, que somos más dados al Carnal que a la Cuaresma, buscamos nuestro Via Crucis en la ligazón de la salsa, en el boletus y los calçots, en merendarnos nuestra mona de Pascua con huevo duro, mientras enseñamos a los nuevos el 'ací me pica, ací me cou i ací t'esclafe l'ou' y en estas cosas que harán gozar a los gusanos como si fuéramos parte de la carta del Noma. 
Y por las noches haremos lo de siempre, porque nos gusta y porque nos divierte. Y usar su espalda de escritorio, otra vez. Y revisar los cannoli de 'El Padrino', otra vez, y las que hagan falta. Y darnos al dulce vino, palo cortado por ejemplo. Y emborracharnos de todo, hasta de las letras, por si los tambores o las campanas tienen la tentación de tocar por nosotros.
Y nos atreveremos a saludar a nuestras zapatillas de running moderno con sorna y burla, como hacía Travolta a Lamas en Grease tras llevarse a Sandy, mientras doramos las torrijas, pensando que no hay mejor manera de librarse de la tentación que cayendo en ella.
Tambores, desayunos en la cama y vivir en la cocina. Dime que has hecho estas cosas. Cuéntame tu pura vida.

viernes, 21 de marzo de 2014

La primavera, a secas. Sin sangre ni nada.

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El día ya alarga. Ya lo hemos quemado todo.

Y la flor del níspero asoma tímidamente. 

Y sabemos que significa eso. 

Vienen días de grandes mesas, con queso, frutas rojas y hogaza de pan. Lecturas ligeras, de rimas asonantes y consonantes. Recordar a aquel viento con sus golondrinas, que dice que nunca son las mismas. 
Y afirmar sin rubor que el mejor blanco es un tinto, aunque sea mentira. 

Y nos lanzaremos, con la luna como cómplice, a conquistar terrenos infranqueables plagados de minas que nos dejarán marca en el corazón para siempre. 
Y nos volverán a decir que no sin abrir la boca, matándonos suavemente. 

Y el luto nos durará lo que se tarda en ver el fondo de la botella, mientras pensamos en aquello de la belleza de su sonrisa, abrazando camas de contrabando y reloj, vendiendo el alma por dos rodillas separadas. 

Pero seguiremos vivos, que es lo que nos dicen los latidos, las taquicardias y las lágrimas que nos caerán para apagar el fuego de una condenada vez.

Y todas las canciones hablaran de ti. De nosotros. Pero, que diablos. No somos alemanes. Somos de pasión, de sobrevivir a la resaca con un Bloody Mary o con un whisky directamente, que la historia la escriben los valientes, que nadie dijo miedo todavía, y que, cuando no nos pasen estas cosas, siempre nos queda el comodín de saltarnos la tapa de los sesos con una escopeta, como el tito Ernesto.
Maldita primavera, aunque no me creas, te he echado bastante de menos.

martes, 4 de marzo de 2014

Cosas que no hay que hacer en Fallas.

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Amigos, marzo está bisoño. Y eso, en la tierra donde no tenemos tele propia, significa gifs y vídeos de Rita con nocturnidad, pólvora, música, arte en cartón piedra, falleras con escote, falleras sin escote y chascarrillos sobre el fornicio, con el gran Julio como artista invitado. Sí amigos. Mientras en otras partes, Madrid o Valladolid por ejemplo, marzo tiene pinta de cinco o seis en la escala de molómetro, aquí, en la terreta, andamos todos revolucionados. Los teléfonos de los chicos malos que venden al peso echan humo y los salones de belleza empiezan a promocionar sus depilados en partes intimas.
Vale, está claro que no a todo el mundo le gustan las fallas. Las aglomeraciones, el olor a fritanga de las paradas de buñuelos, los borrachos (los que beben y los que queman), y todas aquellas cosas que hacen que más de un vecino se vaya al pueblo de sus abuelos en la Alpujarra o por ahí, donde la palabra 'falla' tiene significado solo si la usas con 'Sergio Ramos', 'luna' y 'penalti' en una frase.
Pero vamos a intentar desde este rinconcito mantener un poco el orden y marcar unas pautas para poder disfrutar la jarana con el mayor de los estilos, o con el menor de los ridículos.

Como vestirnos.

Valencia no es Pamplona, donde no hay duda acerca de como vestirse para la fiesta. Aunque Hemingway también pasase por aquí, no tiene estatua. Aquí somos barrocos y descendientes de piratas, nos emperifollamos hasta el exceso en nuestras fiestas y no hay uniforme de fiesta como tal, pero si se dispone de accesorios que nos harán integrarnos un poco más en el bullicio en estos días de calle. A saber:

- El pañuelo fallero. Has de hacerte con un pañuelo fallero. Pero no de esos de publicidad de cerveza que te reparten las primas de aquellas de Gandia en Fitur a los pies de un trailer. Lo suyo es que te compres uno en cualquiera de las tiendas especializadas en indumentaria valenciana de la ciudad. Que sea suave al tacto de tu cuello, porque te lo has de anudar allí, como si fueras un bandolero de Sierra Morena, y una irritación en el cuello es lo último que queremos.

- El blusón. La indumentaria de trabajo del agricultor adoptada como uniforme de calle informal en Fallas es una prenda en desuso, lamentablemente, que ha pasado a un segundo plano con la irrupción de los forros polares de colores con los escudos de las comisiones. Aunque ya se veía su triste final con la aparición de los blusones multicolores, que los pioneros en adoptarlos usaban como elemento diferenciador y símbolo de rebeldía. Pero a esto le ha pasado como a las camisetas y las banderas con la foto del Che Guevara, el invento ha perdido su gracia y significado. Por lo que hay que volver al blusón negro o de un solo color.

- Los complementos. Aquí, menos es más. O sea, que mejor nada. Puede ser que veas a teenagers con petardos de fieltro, falleritas de fieltro o cualquier otra cosa de fieltro en las solapas de sus blusones o forros polares. Y puede que tengas la tentación de comprarlos porque te parecen la mar de cuquis, o sea. Hazlo, pero solo para regalar a tu sobrina, si tiene menos de ocho años, o a tu abuela. Porque a nuestras abuelas todo les queda bien, que diablos.

Como comportarse.

Dejemos clara una cosa: Valencia en Fallas no es como Las Vegas, donde (casi) todo vale. Puede ser que te confunda el olor a pólvora y los aromas a aceite refrito de los buñuelos y que incluso te declares a la luz de la luna con las Torres de Serranos de fondo bucólico fallero. Pero no. Hay cosas que no se pueden hacer. Hoja de ruta:

- El bebercio. Partamos de la base que el alcohol que te pueden servir es sospechoso hasta en los locales de Ruzafa (hola, modernos). Y no te digo nada de las verbenas en la calle y fallas de medio pelo, que son las que dan vidilla al bonito arte de callejear, no nos engañemos. Por lo que, si ya no es recomendable pasarse con las cantidades de alcohol, en estos días menos todavía, a no ser que quieras tener a todos los Mayumana entre tus orejas al día siguiente. Y claro, puede que te envalentones y le sueltes algún ripio a alguna Aldonza Lorenzo creyendo que es Dulcinea y venga su quijote y te parta la boca por hablarle así a su cari, tete.

- La manduca. Estamos en la tierra de Ricard Camarena, Quique Dacosta y toda la gente que hace del buen comer un ritual, una forma de vida. Cualquier día del año es bueno para vivir estas experiencias, pero Fallas es sinónimo de callejear, de comer por instinto, sin horas marcadas. Hay que probar los buñuelos de calabaza, mojados en chocolate caliente, pero preferiblemente que sean caseros, realizados por alguna señora con mirada maternal y que te permita ver el maravilloso ritual de hacer los agujeros en la pasta de calabaza previa a la fritura. Y entrar a las barras que te inspiren confianza y un poco alejadas del bullicio, que cada cosa tiene su tiempo y su canción.
- La orquesta. No estás en tu casa, con todos los cedés por el suelo y una copa de Teatinos en la mano, cambiando los temas a tu ebrio antojo. La gente que está arriba del escenario se merece un respeto porque se ha trabajado un repertorio y todo tiene un orden y sentido, por mucho que a ti el cuerpo te pida la última de Pablo Alborán o Extremoduro y, mientras tú pides otro tema más, después de haber hecho los bises dos veces, a esta gente aún le queda desmontar todo el tinglado y cargarlo en la furgoneta, que no tienen crew como los Rolling Stones. Y lo mismo vale para los DJ, que no dejan de ser músicos a los platos. Y no, no puedes pedir el micro para marcarte un karaoke ni aunque estés en tu casal, a no ser que pagues tú, de tu bolsillo e integramente, la jarana.

- El sexo. Cuenta la leyenda que una vez alguien tuvo sexo furtivo en los baños de un casal mientras los parroquianos del lugar aporreaban la puerta, apresurados por sus vejigas y otras premuras lisérgicas y que, una vez acabada la cópula, fueron despedidos los actuantes con una cerrada ovación. Vamos a ver, el que desprende follabilidad le da lo mismo Pascua que Ramos y las noches con los gatos pardos funcionan mejor cuando vas bien vestido que no con un forro color fluor, olor a buñuelos, cuatro cervezas y dos tapas de albóndigas de bacalao con ajoaceite. Aunque eso no te quita la emoción de poderlo intentar, usando tu poder de poseedor de barra libre para separarle las rodillas a la moza en cuestión. Pero, como en las 51 semanas restantes, habrá mandanga si ella quiere, así que, tú verás.

- La resaca. En este punto es donde se distinguen a los niños de los hombres, y no en el anterior. Puedes haber tenido una noche toledana, puedes haber sido la viva imagen de George Best, pero si adquiriste un compromiso para el día siguiente, has de mantener buena tu palabra, por mucho que la boca te sepa a cenicero y presentarte en él con la más radiante de tus sonrisas. Remedios, algunos, pero ninguno mejor que no llegar al exceso. Comer antes de acostarse suele funcionar. Y puedes probar con el Bloody Mary o con una taza de caldo de puchero, que resucita a cualquier muerto.

De todos modos, como dijo aquel, el hombre propone y Dios dispone. Y si tu Dios es Baco o Don Carnal, poca cosa vamos a poder hacer desde aquí. En todo caso, si sucumbes, nos cuentas alguna de tus batallas en estos días y en paz, ¿no?

viernes, 3 de enero de 2014

Tortillas, cigarros y rocanrol sagrado. Los Vicentes.

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 Las noches en las que la hoja de ruta no está establecida son las más caóticas. Y divertidas, claro. Y bueno, que venga Cenicienta Vicenta a recogerte en su carroza para una noche de tacón y punta, pues como que es para decirle al ama de llaves que tenga localizadas las idem, por si acaso.

Y con una parada técnica para recoger al resto de la banda, -¿Pa qué? ¿Pa qué va a ser? Pa hacer una matanza-, con un buen pincho de tortilla y bota de vino blanco nos disponemos a marcar la última muesca en nuestro revólver para decir adiós a este 2013, que la Nochevieja nunca me supo levantar.

Toca ver a Los Vicentes, la banda/secta de Roberto El Gato, un tío que se mueve por el escenario como el felino del que toma su mote y que, yendo a ciegas prácticamente, las referencias me pintaban una buena noche de rocanrol y mujeres bonitas. Y de tabaco, condición imprescindible para un poco de rock sudoroso y divertido, que era lo que nos ocupaba. Que para fastos tranquilos ya está el Concierto de Año Nuevo o los saltos de esquí de Garmish. O vivir con tu marido, que cojones.

La banda se hace esperar, según la hora del concierto, cosa que no importa a la parroquia que se mete con celeridad en el gaznate líquidos elementos y las primeras risas acerca del magnético suelo de El Loco. Luego no nos importará mover las caderas y los culos cuando, entre canciones de juniors y salmos, nos den caña con las novias de la CIA, dependientas de la calle Colón y demás himnos.

Pasaron por el escenario amigos y amigas de la banda, que dieron a la noche un punto de reunión de colegas sin ningún otro fin que el de divertirse sin más pretensión que hacer currar a nuestros culos y las caderas de las camareras al ritmo de nuestras peticiones, de música y de licor. Y la banda en sí, es una gran banda. Suena como un cañón y, sin estridencias ni postureos postizos, te meten el ritmo en el cuerpo, como si fueramos personajes de Bitelchus.

Y fumamos. Vaya si fumamos. Hasta olorcito rico nos llegó al sonar los primeros acordes de su hit 'Aquí se fuma'. Nunca vi tan maña coordinación de la gente en un concierto, sacando la pitillera del bolso, el bolsillo o pidiendo un beso y un cigarro a la morena cañón de al lado, aprovechando para soltar el '¿vienes mucho por aquí?' con resultado no desvelable, por caballerosidad.

Y así fue la cosa, más o menos. Rock fresco, con letras divertidas, guitarreos molones y olor a tabaco. No me llames Dolores, llámame Vicente.

Coda: Esta, aunque corta, es una crónica iniciada a finales de 2013 y finalizada a principios de 2014. La culpa la tiene el no saber volver a casa. ¡Salud, vino y espaldas de mujer!

viernes, 22 de noviembre de 2013

Happy birthday, mister Wah-Wah.

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A mí me encantan los cumpleaños. 

Pero no esos en plan fiesta postiza y preparada con familia de la que no puedes hablar más de dos minutos sin citar el tiempo, ni compañeros de pupitre de los que pegan mocos y tiran de las coletas a las niñas. 

Me refiero a fiestas de cumpleaños de las de verdad, en las que no es necesaria ni una tarta, ni la manida cancioncita. Hablo de esas espontáneas donde, reunidos sin aviso previo extraordinario, alguien te suelta algo parecido a 'caballeros, a esta ronda invito yo, que es mi cumpleaños', sin ser necesariamente esas mismas palabras. Automáticamente la francachela se multiplica, el tintineo de las copas es más alegre y es el punto de salida a una buena jarana en la que no sabes bien cual va a ser el final. Normalmente siempre dicen que las mejores juergas son aquellas que no se programan, excepción hecha de las bodas gitanas, un verdadero tour de force que ríete tú de las correrías de Charlie Sheen. 

He vivido situaciones de esas a diferentes horas del día en almuerzos, comidas, meriendas, en ese maravilloso híbrido tan nuestro de las meriendas-cena, o en cenas directamente, donde la posición del Sol era lo menos importante y sí las risas, batallitas y la cantidad de peso que pudieses llevar en los bolsillos.

Y no deja de ser un bonito requiebro hablar de fiestas de verdad ahora, cuando la Navidad asoma furtivamente por las esquinas, y pensar que antes, embardunado con la canalla vitola del rock y las chicas alegres de tacón y falda, llega un cumpleaños de ese amigo que te ha dejado escuchar sus discos, te ha grabado a casette sus descubrimientos y has visto con él aquellas revistas subidas de tono para aprender un poco más de las mujeres. Nuestro amigo mayor, por su sabiduría, en forma de sala rock, donde aprendimos a imitar ser estrellas del negocio y ser más chulos que un ocho, la Wah-Wah, cumple años. Unos cuantos, doce más uno, que no es más que una cifra cojonuda, para llevar con orgullo y ser referencia de la programación cultural en esta ciudad. Lugar ineludible para conciertos, fiestas de disfraces, excesos y manchas de carmín en el cuello de nuestras camisas, donde secretos inconfesables se quedarán para siempre entre las paredes de sus baños, o en sus camerinos. 

Por eso, por las fiestas de verdad, por más conciertos, por su plantilla, por sus sospechosos habituales, por los locales de alrededor que han crecido y crecen gracias a su estela, brindo por Wah-Wah, nuestro hermano mayor, nuestro canalla JFK.
Que corra el vino y los besos.

lunes, 26 de agosto de 2013

La cocina de los helados. Año VII.

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Hay cosas de las que uno se muestra agradecido. Que te roben un beso, que te provoquen un orgasmo, que te aconsejen no ver 'Elysium' o que no le entres a la morenaca del final de la barra del after en Jávea que te hace ojitos porque es más bien morenaco, merecen el respeto y el aprecio de las personas que te han proporcionado esos placeres o evitado aquellos dolores.
El que le abran las puertas a uno de la casa donde viven, lloran y aman los moradores de la misma y darle cobijo, alimentos y charlas bien regadas, es para ofrecer la más sincera de las reverencias desde el fondo de nuestros adentros. Esta claro que toda regla tiene su excepción en esto de la hospitalidad, pero, si esto pasa, es tan fácil como arrojar un 'gracias por todo' y poner arena de por medio.
La casa de uno, les decía. Pues bien, imaginen a un cocinero y su casa, que no es más que su cocina, y todo aquello de la hospitalidad honesta. Y a un bulto sospechoso en ella, como si de un 18th Man de America's Cup se tratara. Pues eso mismo fue lo que pasó en aquel lejano, largo y cálido verano de hace un par de semanas.

Presentaban las gentes de La Matandeta, maravilloso lugar y buenos arroces, sus Jornadas Gastronómicas de la Cocina de los Helados, un loco invento que ya va por la séptima edición, donde el helado deja de ser el rush finale en el postre para mutar en un complemento y acompañamiento perfecto de carnes, verduras y pescados. Y con esas nos plantamos en el Balneario de Chulillacon su albornoz molón, vacile piscinero y mesa puesta a cargo de Toni Fernández, jefe de cocina del balneario y Rosalía su mujer, excelentes anfitriones de una previa al gran estreno, con la ginebra como perfecto conductor de la francachela veraniega de sobremesa nocturna a la luz del candil de su terraza.
Se notaban los nervios de Rubén Ruiz, jefe de cocina de La Matandeta ante el estreno. Si Loquillo necesita su innegociable calma antes de salir a escena, la propuesta atrevida de este maridaje con los helados del maestro Llinares, no iba a ser menos. Y mal andamos si no hay cosquilleo en el estómago, compañero. Menos mal que de subalterno tenía el lujazo de Toni y su equipo, generando una tranquilidad budista que permitía el chascarrillo entre montajes de los platos, cerca de cincuenta comensales esperaban, y un casi seguro tiro hecho por lo innovador y divertido de los platos. Así que, aunque tenía mandil con mi nombre en cocina, me dispuse a zorrear - por el bien de ustedes, no se crean -, un poco entre los comensales y sentarme a la mesa como el que se sienta a ver un monólogo de Raquel Sastre, esperando la diversión y la sorpresa.

Y muy bien, oiga. Vericuetos de la Ciudad de las Artes, por un lado, interesantes notas de los vinos a cargo de Toni Arraez, anécdotas afrancesadas divertidas de Maria Dolores, la mamma del clan Matanda y mucho Instagram, Twitter y momentos compartidos por los comensales. Y vino. Mucho vino. Arraez mola, arriesga y divierte con la Verdil que da gusto.

De los platos, imposible quedarse con uno. Por diversión, me quedo con la zanahoria de la menestra, con el carpaccio y con el maravilloso codillo, por nombrar algo que raya la - muy personal - nota más alta de un fenomenal servicio de siete platos, y que recibió el aplauso de los comensales cuando los cocineros y sus ayudantes se presentaron en la sala a agradecer nuestro buche.

Para degustar este menú, tienen todo el tiempo que les permita mantener la hoja del calendario que marca Agosto, aunque, siendo justos, debería permanecer hasta el equinoccio de otoño, por aquello de respetar a la única estación que existe: el verano.

Coda: Si son de los que profesan lo de la comparativa de las imágenes y los miles de palabras, dos visiones del evento, a cargo de Arantxa Tarrero (las damas primero) y Ximo Manglano.

Coda 2: Lo de las imágenes es aquí.

viernes, 23 de agosto de 2013

La ley innata del viento.

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Una racha de viento nos visitó
y al árbol ni una rama se le agitó.
La canción de que el viento se parara
donde nunca pasa nada. 
(Extremoduro. La ley innata.)

Las nubes empezaban a asomarse mientras el viento soplaba intentando ser una calima africana a este lado del Mediterráneo. Sí, ya se que Elmore Leonard decía que no había que empezar una novela hablando del tiempo que hace. Pero esto no es una novela, al menos de momento, y la absurda, estúpida y típica realidad es que ese fue el comienzo.

Del fin.

Porque ambos sabíamos que no iba a ser eterno. Que las charlas arreglando el mundo al calor del vino tinto en días de pantalón viejo, mientras dejamos el reloj en la nevera, no serán lo mismo.
Ni mojarse bajo la lluvia, embriagados de gintonic. Ni corear a viva voz 'Rock & Roll Star' con tu olor a Light Blue, sin Instagram que nos asista, ni perra falta que nos hace. Que para eso ya tenemos a nuestra nariz, para lo bueno y para lo malo ilegal.

Porque nuestra nariz tiene memoria. Nuestro olfato, más bien. Que nos llevará, - en hora punta del suburbano en cualquiera de las frías mañanas que, como las golondrinas, volverán - a las tardes de ayer, con quesos y jereces, oliendo tu sonrisa.
Sonrisa de tu boca. Como nuestra boca. Que también tiene memoria. O nuestro gusto, más bien también. Que nos sirve tanto para reblancecer al más estirado de los críticos, como para comparar los besos que robaré, sin dudarlo, y que serán igual, pero distintos, a los de aquella vez.

Porque el rodar de verdad del balón, nos marca el fin del recreo, aunque nosotros seamos de jugar y besar el escudo de Nunca Jamás. Y aquellas nubes asustadizas, malditas masas de agua, nos indican que es hora de relativizar de verdad, de cumplir aquellas promesas, camufladas en nuestros brindis a la Luna, mientras viajamos a mil ciudades y bodegas solo con descorchar alguna de sus botellas, viajando al centro de sus tierras, como si fuéramos juliosverne de las viñas, laderas y puertos con mar o montaña, con sus barras de bar que nos reciben con los brazos abiertos.

Preparemos el champagne, las uvas o las tellinas. La guerra es mañana, prepárate hoy, porque suena música para traicionar.

Feliz año nuevo.

Porque el año empieza en Septiembre.