martes, 26 de julio de 2016
Rafa Escalada.
lunes, 4 de junio de 2012
Diez mil razones para apostar por el rocanrol
miércoles, 27 de julio de 2011
The King Story. Elvis y nosotros.
Se estrenaba en Valencia la obra El Rey del Rock (The King Story), un recorrido a través de la vida de Elvis Presley con sus canciones como nexo de unión y con el complemento de audiovisuales con imágenes y archivos de sonido inéditos de la vida de El Rey. Y los estrenos tienen eso, nervios, ilusión y ganas de hacerlo bien por parte de todos, hasta del público. Cuando en el coso de la calle Játiva estaban a punto realizar el paseillo de las siete, con don Juan El Creador entre el público, aplacamos nuestras ganas de merienda con gastronomía del norte y palillo, intentando escapar a las ventas gitanas de romero. Arte con arcilla, broches con cariño y hoyuelos en las mejillas, complementos perfectos al txacolí con un maridaje de historias increíbles, un bolso en el que cabe de todo y un estúpido apellido con forma de nobleza, pero que no llegará ni a reina de su escalera.
El Teatro Olympia desprende magia. No así la franquicia de las cafeterías que está cercana a su entrada, donde a través de sus cristales había, como no, una persona conectada con su portátil. Un lugar con casi cien años, los cumplirá, según las hemerotecas, en 2015, que con el solo hecho de ponerse debajo de su marquesina de hierro te hace sentir bien. Su arquitectura interior, sus vidrieras y su calidad de programación lo convierten en lugar marcado en los smartphones de ahora, antiguas agendas y notas de antes para una visita. No se me ocurre mejor sitio para ver a Greg Miller recuperar la esencia de Elvis, Las Vegas está fuera de concurso, y, tras inmortalizar los momentos, cruzamos las cortinas que nos llevan a nuestras butacas del pasado. Y vaya que viaje, con las primeras notas de Also sprach Zarazhustra y See see rider las emociones estaban a flor de piel. Dejemos a un lado los pequeños inconvenientes técnicos o, mejor, alabémoslos, ya que nos permitió comprobar, estabamos en la fila nueve, el timbre natural de voz del señor Miller, cantando casi a capella Shake rattle roll. Cayeron todos los temas imprescindibles y conocidos, más abajo tienes todo el listado por orden, mientras asistíamos a la historia de aquel chico de Tupelo que iba para gemelo y que se convirtió en la leyenda más grande que ha dado la música en el mundo y que nunca dará. Y nos permitió conocer a la persona a través de los ojos de Greg, que son de los pocos fiables que nos quedan, y descubrir la humildad de un hombre con un fuerte vínculo con su madre, tímido, solidario, comprometido con su trabajo anteponiéndolo a su propia salud y capaz de resurgir de sus cenizas para vivir, cantar y ser Las Vegas, enfundado en su traje de lentejuelas con cortes de karate. Seguir el viaje con la emotiva voz de Greg, narrando en primera persona su descubrimiento de la figura de Elvis, mientras las casualidades le hacen vivir una vida prácticamente paralela a la de El Rey y sentir como poco a poco se va acercando sin remedio. Su primer contacto con el mito, su absoluto respeto hacía el artista y cariño a la persona y, sobre todo, el pálpito días antes de su muerte crean el climax de la obra, con un especial número de danza aérea con lonas blancas en el que oigo como respiras, siento como sufres y noto como saltas, por la plasticidad y preciosidad del número de Orietta de la Peña, la primera bailarina, con la metáfora de las alas del ángel del artista que se va a las estrellas, a los acordes de My way, y el emotivo número de gospel de después.
Todos los adjetivos son pocos. Emocionante, ilusionante, intenso, divertido, triste. Todos nos caben, todos nos sirven para definir este montaje. Imprescindible vivir la historia de los 42 años de Elvis, condensados en poco más de lo que duró la final del Mundial. Ponerte los zapatos de gamuza azul, alojarse en el hotel de los corazones rotos, bailar el rock de la cárcel, viajar a Hawai, ahora o nunca, gritar viva Las Vegas, cantarle a un perro, amores ardientes, Suspicious minds. Escuchar a Greg Miller decir que solo intenta ser un transmisor de lo que hizo Elvis, y emocionarse al oírlo, porque sus cuerdas vocales están repletas de exhausta sinceridad y respeto. Y escuchar la voz original de Elvis Presley. Y seguir en el pasado tomando hamburguesas en los años cincuenta, hacer sonar la rueda del teléfono analógico, deseando que los minutos fuesen horas y el mañana fuese un día rojo, de aperitivo a las doce. Y escuchar a Janis vestida de Merche que, aunque sea otra historia, es una historia muy grande. Acordarme de Vicente. Que pasen dos horas de las doce y Cenicienta siga siendo princesa de cuento. Y darle la razón al genio de Calamaro en aquello de que Elvis está vivo.
THE KING STORY. Elvis… y yo.
1ª Parte
ALSO SPRACH ZARAZHUSTRA / SEE SEE RIDER
SHAKE RATTLE ROLL
BLUE MOON
HEARTBREAK HOTEL
BLUE SUEDE SHOES
DON’T BE CRUEL
HOUND DOG
JAILHOUSE ROCK
NÚMERO DE CLAQUÉ
G.I. BLUES
IT’S NOW OR NEVER
RETURN TO SENDER
VOLERE
LOVE ME TENDER / WITCHCRAFT
FEVER
BLUE HAWAII
CAN’T HELP FALLING IN LOVE
TROUBLE / MEDLEY 66
2ª Parte
VIVA LAS VEGAS
SUSPICIOUS MINDS
IN THE GUETTO
BURNING LOVE
A BIG HUNK O’ LOVE
MY WAY
AMAZING GRACE / AMERICAN TRILOGY
ARE YOU LONESOME TONIGHT / IF I CAN DREAM
MEDLEY SALUDOS
jueves, 7 de abril de 2011
Madrid, Caballo Ganador
Empezar un mes en viernes, ya desprende buena onda. Si lo aliñas con un viaje donde sabes que el destino final va a ser noches de rocanrol, buena comida y chicas bonitas, abril te tiene que caer bien hasta tal punto que te apetece compartir el tuyo con Sabina, huérfano de él porque alguien se lo ha robado. Así que, con estas expectativas, monto en el Caballo Ganador sin una buena GQ que llevarme a los ojos, mala señal para mí, pero buena para Fruela y su equipo. El primer traqueteo al arrancar el tren me transporta a imaginarme las caras, los gestos y los abrazos de los que esperan la llegada. Intermitentes fundidos en negro, mezclados con paisajes rápidos me hacen pensar que, a la hora del café, Madrid estará bajo mis botas hechas para caminar.
De inmediato estoy en terrazas con tapas al Sol y cerveza del lugar. Y con los primeros autorretratos inmortalizando momentos. Corpore sano con los alimentos. El alquiler de nuestro volante americano para dar gas a nuestras noches y derrapar en vuestros corazones, nos da la libertad para romper los grilletes del eficaz submundo de tuberías de números y colores. Visitamos a un grande de la radio, norma no escrita, pero de obligado cumplimiento, para preparar el primer sudor rockero. Sala que piensa en verde. Mucho botellón de calimocho en las colas locales. Melenas negras, camisetas negras, algún cuero ajustado en ellas. Bien, bien. Para adentro. El trozo de pan en mallorquín, pero con faltas de ortografía. Yeska. Ni atención les presto. Lo siento. Vengo a ver a los sevillanos que hacen poesía con guitarras, Gritando en Silencio. Lo disfruto con el afónico que más vocea, mi hermano de la roqueta, en la primera fila, a base de codazos y empujones. Canciones nuevas, coplas viejas. Me gustaban en la roca, me gustaban en mi casa y me gustan aquí, dando botes, reventando tímpanos junto al resto de la gente, incluidas las ceñidas de cuero de la puerta, desmelenadas por las notas, los versos y, quizá, por el alcohol. Y es una banda que tiene un par de narices, por no decir huevos, al ser outliners de la industria, con compromiso de libertad para las creaciones, copias y comercio justo en su mercadotecnia, de la que hacemos buena cuenta para disfrute personal y regalos varios. Aún atronaban las estrofas de ‘Mírame desnudo’ cuando, después de ser echados por los hijos del Este de manera marcial de la sala verde, recuperamos fuerzas, viendo más carne de la que queremos por parte de un cantinflas que nos corta la digestión con su momento bizarro-hucha, y nuestro GPS roquero nos llevó al lugar del crimen, como buenos asesinos que somos. El Refugio, un garito entrañable, llevado con estilo, rock anglosajón y la gente justa. Copas, fotos, bailes, saludos a la isla, medias quemadas, más copas y a retirarse, que mañana será día grande. Ya es mañana. Perreo, cita, Alcorcón, concentración de motos y moda de los cincuenta. Migas. Rock con sonido de Harley Davidson. El coche de Christine. Princesas con tupés que no se deshacen aunque se haga el pino mientras pasa un huracán. Pin-up y acompañantes Presumidas. Bonita ropa. Irene y Fer. Beba Stone y sus papás. Elvis, como no. Pase. Caras rancias que despiertan bostezos. Jamones que despiertan el hambre. Contoneos que provocan aullidos. Fotos con moteros, fotos con abuelos, fotos con niños, fotos con coches. Ha nacido una estrella. Bravo. El rock nos espera después de saborear la fama local. Previa. Cervezas, abrazos. La chica del país de las maravillas. Pilarica Power. Leo en alguna parte ‘Ten en cuenta que muerdo’ y me quedo con la boca abierta. Los Perros del Boggie y Burning nos esperan. Iván, en la puerta, todo tensión. Pausa, abrazo sentido. Se merece toda la suerte del mundo este tipo. La gente se desmelena. Ya conocemos el camino para paliar la sed. Y los escotes de las chicas. Es solo rocanrol, pero me gusta la camiseta. Compro. Barriga de parto cervecero con Chemi. ¿Os dije que es un gran tipo? Entrada de los chicos. Gran bolo, sin versiones, con un par. Arantxa, eterna sonrisa. Cara de póquer de Cortés Montero. Preocupa el sonido, pero triunfan. Se los ve contentos en escena. Y después también. Turno de Burning. Rock de La Elipa de toda la vida, sin alardes, pero con estilo de la calle. Del mamado por Los Rebeldes, Loquillo, Rubén, Leiva, Tarque y mucha más gente. Nos vamos arriba. Mucho mejor sonido y menos gente. Hola Rafa. Abrazos con Laura C. Aitana perfecta, niña buena. Sonrío por ello. Estribillos de toda una vida, canciones de varias generaciones, no hace falta más. Fiesta privada después del concierto. Caras relajadas, Iván ya sonríe, ya bebe, ya abraza, ya disfruta. Es el ganador de la noche. Éxito. Brindamos por ello. Salud y pesetas. Raúl Cimas. Volvemos al 2010, con humo en el local. Destrozamos el baile del rocanrol, aunque las piruetas son meritorias y mantenemos el tipo. Ernesto, la leyenda, mi amigo. Noche eterna. Bebiendo como si mañana el Sol se tomará una excedencia. Prórroga, con pasta italiana para beber. Ya es el segundo mañana. El Hombre Lluvia hace su aparición. Motos de Jerez. Pizza a la carta. Alcalá. Tapas. Risas, como siempre. Volvemos al lugar del rabo un cazo. Maca. Preciosa la calle Mayor alcalaína. Tirones de orejas a María Efe. Veintialgo, creo. Soy de letras y personas, no de números. Chin-chin y retirada. La salud nos pone a prueba. Previa de la vuelta a casa. Camino a Alameda, a mostrar los respetos. Tapas en Chamberí. Callos, como no. Un precioso ángel negro pasa por mi cabeza y me hace reír. Brindis. Planes de futuro breve que suenan a mar, arroz y pausa. Estos lunes son mejores que los míos en la tierra de las flores, las luces y el amor. Todo tiene su fin, y el nuestro es una hora antes de los toros. Amenazamos con volver. Sabes que te quiero, aunque te abrace poquito, número seis. Tren. Para el traqueteo. Una azafata me toca suavemente el brazo:
- Señor, despierte. Hemos llegado a Madrid.
lunes, 21 de marzo de 2011
A la memoria de Vicente Ahumada
De la vieja escuela, Vicente Ahumada destilaba música por todos los poros de su piel. Música de la buena. Y tuvimos la suerte de que la evolución lógica del que tiene inquietudes musicales, le llevara a tirar del hilo hasta llegar al final del ovillo. A Elvis. Y tiró tanto de él, hasta ser una verdadera eminencia en la vida, obra y milagros de El Rey. Sí, de acuerdo, hubo música antes del chico de Tupelo, pero la industria comenzó con él. Y nos abrió la ventana a todos sus registros. Aún recuerdo esa voz peculiar, profunda y esa reciente imagen de espaldas en las imágenes de los locutores de la antigua y añorada Rock&Gol. Lo recuerdo los sábados, o los miércoles, mis noches hacen dudar a mi memoria, con esas joyas que es repetitivo nombrar y que debes de investigar y crear tu propia lista de éxitos. Sus ojos habrán visto los lugares y rincones donde se gestó la leyenda y seguro que habrá podido disfrutar de los olores de la cuna del rocanrol, por el mero placer de hacerlo y, después, poder contarlo en antena para sus incondicionales del Club Elvis, uno de los programas más longevos, con 16 años de emisión, y latente en Internet por siempre jamás.
Me gusta imaginarlo con gafas de sol, su Marlboro humeante entre los dedos y una copa de brebaje de Tennesse, mientras suena cualquiera de los temas de King Creole. Suena a tópico, lo sé, pero la memoria selectiva tiene esas cosas y, como si de una antigua novia se tratase, idealizas, mitificas y seleccionas los recuerdos de esas personas que ya no están cerca de ti en cuerpo, pero sí en espíritu. Y seguro que era uno de esos excelentes conversadores, con su peculiar visión de la vida. O tal vez no. Igual era un tipo introvertido, un corazón solitario de los que llevaban en sus hombros la melancolía. Me da igual. Nunca tuve el gusto de conocerlo en primera persona, pero las gentes que han tenido esa suerte lo veneran, desde Pamplona a Alameda de Osuna, pasando por Las Rozas, todos hablaban antes de ahora maravillas de él.
Se nos ha ido después de pelear duro, resurgir y volver a caer. Supe de su pelea a través de una conversación humeante y callejera la penúltima vez que visité Madrid, recién estrenada la ley antitabaco, y ese fin de semana las charlas sobre El Rey me conquistaron por segunda vez con la mesa y mantel de los años cincuenta como testigos. En estos casos, para consolarnos, tenemos la estúpida y católica creencia que en el Cielo todos se encuentran con el mejor aspecto de su vida y que la eternidad allí es una fiesta. Seamos estúpidos y católicos y pensemos en el abrazo que se darán allí arriba Elvis y Vicente, mientras aquí abajo continúen creciendo locutores inquietos, viajeros y apasionados como Iván Guillén, y proyectos anónimos con latidos y alma de rock, mientras nosotros seguiremos adorando el metal del Renault 4L, robaremos naranjas de los campos y besaremos lo que podamos que provoquen canales de pasión.
Larga vida a Vicente Ahumada, nunca caminarás solo.
jueves, 14 de octubre de 2010
ROCK N' ROLL Y FIEBRE
Viernes. 18.45 h. El billete de tren no sale de la maquina expendedora a cinco minutos de cerrar las puertas. No puede ser que esto me esté pasando a mí. Si al final tendrá razón mi madre y seré un dateprisas desordenado y falto de disciplina. Pero mi coartada era perfecta. No hay tiempo mejor aprovechado que el necesario para tranquilizar a un amigo. Aunque eso le cueste la salud a uno, el aumento de pulsaciones, el imaginar la cara de su hermano mallorquín al no llegar y la rabia de saber que te pierdes algo histórico, todo esto mientras corres con tu petate de alto diseño, botín de guerra de una batalla con una mala mujer de las de verdad. Pero, como dice mi amigo Bernabé en sus sermones de domingo, Dios aprieta pero no ahoga y las puertas al cielo madrileño me las abre la sonrisa de Lourdes tranquilizándome e indicándome donde puedo rebajar las pulsaciones durante las tres horas y pico que dura mi trayecto ferroviario.
Para mí, Madrid siempre había estado relacionada con el balón. Allí viví la final más larga y mojada de la historia y el último toque de chapa hasta el momento. Hasta hoy. Ahora tiene una muesca más en forma de rock. En risas, siluetas increíbles, instrumentos imaginarios, regalos sorpresa y amistades, unas más fingidas que otras, pero amistades, al fin y al cabo. Al menos en la versión oficial. Y el cambio de registro de recuerdos viene con un culpable con nombres y apellidos. Más bien con varios nombres y la perfecta combinación de conjunción astral. Iván, Laura, Aitana y la Triple erre, Rock Rock Radio. La misma rabia contenida de aquella ya lejana primavera, se transformaba en una alegría desbordada en la estación menos alegre de todas al tener la posibilidad de poder disfrutar del concierto presentación del proyecto de un tío maltratado por los números realizados por otros, pero que tiene guitarras en las venas y lo transmite allá donde le dan la oportunidad de ponerse un micro debajo de su nariz. Pero bueno, seamos justos y ordenados con los minutos vividos. Porque todo tuvo su inicio con una buena ración de tapas y cerveza y presentaciones de nuevos y grandes pistoleros nocturnos, de esos que quieres tener a tu lado si la guerra empezará en la barra de un bar y, en vez de balas, se utilizará como munición la modesta sabiduría musical. Alguien comentó nuestro desembarco por la capital como una invasión y, con tal catálogo, fuimos con nuestro jefe del campo de batalla, el gran Chemi, al local donde íbamos a saciar nuestro sudor con licores de alta graduación, on the rocks, por supuesto. No tardamos en encontrar los mejores rincones, de aprender a negociar con vendedores de ilusiones ambulantes teñidas de rosa y blanco y con roqueros frustrados con ínfulas de estrellas e incluso a dar rienda suelta a nuestro lado de espectador más felliniano. También tuvimos tiempo de, ayudados por las nuevas tecnologías, acordarnos de los que no pudieron cruzar el charquito y recordarles que los echábamos de menos. Así que, con un buen puñado de risas y la certeza que, aunque bebimos lo suficiente, al día siguiente íbamos a tener mucha sed de agua, cerca del saludo de Lorenzo a Catalina decidimos concluir nuestro ocho de diez.
Nueve de diez. Agua. Eso fue lo que oímos primero y vimos caer después al abrir nuestras ventanas alquiladas al mundo. Invitada que, no por esperada, no dejaba de sorprender su presencia. ¿Cómo se atrevía a aparecer? Luego pensé que no le iría mal a este ombligo de ciudad un poco de refresco. Igual que a mí, porque tenía los mejores solos de Mike Portnoy, Lars Ulrich, Matt Sorum y John Bonham, donde quiera que esté, entre las orejas. Entonces, la inteligencia emocional y la amenaza de una batucada por parte de los cuatro jinetes, me obligo a descansar mientras las putas, los camareros y el humo de las letras de Sabina hacían de tranquilizante, esperando solos menos estridentes y ruidosos y pasarelas a castillos de papel. Porque con el fin de la sesión de drums y la caída de la tarde vino la emotividad. Pareja feliz, padres con la L, pero cómplices en todo. Besos, abrazos y un castillo de regalos para la princesa, que no del pueblo, sino del rock, con nombre de montaña latina, culpable y acicate de desvelos, trabajos interminables y muchas horas de corazón y alma. Ya conocía al locutor, pero se me permitió conocer a la persona y a la gran mujer que está detrás de este gran hombre. Una delicadeza, detalles de futuro padrazo, conversación amena, pillería y emoción por lo que íbamos a vivir en varias horas fueron nuestros aliños en la mesa. Nos despojamos de nuestros pechitos y chupetes y, con nuestras chaquetas de cuero y miradas canallas, al compás de la salida de los gatos pardos al callejón, tuvimos de nuevo ese déjà vu de poner voces y olores a las caras de las pantallas junto al sabor de una buena cerveza de calentamiento para un gran trago de rock sin destilar. Y, con las primeras notas, desde Madrid, al cielo. Guitarras. Barras de bar. Besos. Fotos. Abrazos. Saca la lengua. Piernas. Riffs. Suspiros. Poses. De nada sirve hacerse mayor. Tarque. Leiva. Escalada. Roxy girl. A que hora acabas. Señor Cortés, don Pepe. Ramones. El Refugio. Barman. Otra más. Escaleras. Colas en el baño. Toma. Chupa. Lame. Enrollado. Billetes. Like a Rolling Stone. Compadres. Rock del bueno. Licor del bueno. Dio. Marilyn. Elvis. Mahou. Paradise City. Duerme. Alameda. Nueve de diez. Tarde. Diez de diez. Sobresaliente.
En circunstancias normales, este sería el final, pero cuando la suerte te coloca en el entorno más próximo a la verdadera pasión por la música en forma de persona, aceptas sin rechistar un viaje en carretera para volver a respirar acordes, sentimiento y letras que enamoran. Se produce lo inevitable, vuelves a caer, aunque las horas vividas sean más que las dormidas y necesites la cama más que un diabético la insulina. Y a por el santo Nicasio y sus fiestas en Leganés llevamos nuestros cuerpos, algunos más enteros que otros, para escuchar a un genio andaluz cantarle a su pisito, a los perdedores que se sientan en sillas de plástico, a los botellines, al arte andaluz, al tapeo, a su barrio, a la lluvia, a la primavera, a los porros, a ella y a los capitanes que abandonan primero el barco. Y Albertucho nos volvió a reconciliar con la música, después de haberla querido asesinar en defensa propia gracias a una rubia autora de ponzoñosas canciones, mientras tapeabamos y brindabamos, otra vez, con Catalina de testigo. Un excelente epílogo a una gran historia, con oscuros pasajes y pocos rayos de Sol, por culpa de la lluvia y la Luna, que en estos días, me sabe a poco.

