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jueves, 27 de febrero de 2025

Los Zigarros. 22 de febrero. Movistar Arena

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Foto: Roberto Cimiano. Facebook Los Zigarros

Unas dos horas y media antes del concierto, hablando con Natxo Tamarit en el Meet & Greet con la banda ofrecido por Rock FM a los ganadores de su concurso, nos decía, a la pregunta de sobre si había cambios en el repertorio habitual, que lo único que podía contarnos es que la cosa iba a quedar muy guapa y que estaban ilusionados. No lo entrecomillo por no ser literal en palabras, pero sí en esencia. Claro, después de eso, el cosquilleo te llega desde la uña del dedo gordo del pie derecho hasta el último de tus canosos pero firmes cabellos. Los Zigarros, en Madrid, en el Movistar Arena, en el Wizink Center, en el Palacio de los Deportes. Da igual. Allí. En uno de los escenarios míticos de la escena musical de este país, donde tantas canastas pintadas de historia se han vivido, los hermanos Tormo, Álvaro y Ovidi, dos de los pívots más importantes de la escena rock de España, se preparan para conquistar la cancha, junto con Adrián Ribes y el mencionado Tamarit completando el cinco inicial. Sí, vale, son cuatro. Pero el quinto hombre será la grada. El público, que seguro se va a dejar la piel y la garganta para gritar a todo que sí.

El escenario impresiona. Y el recinto, vacío, todavía más. Es increíble el camino realizado hasta llegar hasta aquí. De acuerdo que telonear a The Rolling Stones es a lo máximo que puede aspirar una banda de rock, dejando de lado ser los propios Stones. Ser cabeza de cartel, tener los acompañantes que iban a tener los Tormo, Tamarit y Ribes y cerrar el invierno con un fin de gira así ha de volver del revés todas las sensaciones de tu cuerpo. Se les nota ilusionados. Y con una pizca de nervios, a pesar de todo. A pesar de haber recorrido España entera con aviones, furgonetas y petates.

Lo mejor es que casi no llegamos. Emilio, copiloto en esta aventura, casi llega tarde al tren. Diez minutos antes. Y con toda la vaina que implica quitarse cosas, dejarlas en la bandeja y volverlas a poner pues no hubo casi tiempo ni de decir adiós a Valencia sentados en los asientos de la alta velocidad. Madrid espera. Y poder compartir unos momentos con la banda y otros ganadores del concurso de Rock FM. El cierre del círculo. Yo, que forjé amistades fuertes y otras que lo parecían pero que resultaron ser más falsas que un billete de 4 euros, comencé a escuchar a Los Perros del Boogie en Rock&Gol, antecesora de la actual emisora rock episcopal. Y con Iván Guillén, el Youngie. Y ahora, estamos en la misma sala, bajo el mismo techo, para ver como ha sido el camino, para ver lo alto que han llegado. Y como lo van a seguir haciendo. Una pausa en la ruta para descansar, seguir tocando, crear, tocar el mar o cualquier otra cosa que les salga de las narices. Porque se lo han ganado.

El Arena se va llenando a falta de treinta minutos. Había más gente antes, claro. Pero, ¿qué clase de provincianos seríamos sin no poner el tacón en una de las barras del barrio y comer un par de tapas con sus cervezas locales cargadas de crema? Pues eso. Alimentar el estómago para después el espíritu. Con carajillo incluido, por supuesto. Hay muchas cabecitas en pista. Y casi todas en las gradas. Si no es lleno total, poco falta. La curiosidad me lleva a bajar por las escaleras y observar un poco en la zona de control. Veo el repertorio. Veinticuatro temas. Va a ser una gran noche. Comenzamos Emilio y yo a hacer quinielas de que canciones tocarán los invitados. Niña Coyote eta Chico Tornado, Leiva, Juancho, César Pop, Nina de Juan, Sho-Hai, Maika Makovski y Antonio García pasarán por el escenario. Leiva tocará la batería seguro al estar el bombo de Gran Cañón a un lado del escenario. Al igual que Usua, Niña Coyote, claro. Una maravilla esta alfombra roja del rock. Desde el arranque, sin ninguna música de intro y dos guitarrazos para entonar ‘Aullando en el desierto’ hasta el final con ‘¿Qué demonios hago yo aquí?’ la banda presenta un engranaje perfecto. Claro. Llevado a la perfección. Sin fisuras. Como una defensa del mejor Rafa Benitez valencianista, se van sucediendo los temas y los invitados. Después de tocar casi del tirón ‘Mis amigos’, ‘Con solo un movimiento’, ‘Cayendo por el agujero’ y ‘Odiar me gusta’, llegan los primeros invitados. Niña Coyote eta Chico Tornado ponen a prueba los decibelios del personal con ‘Acantilados’. Golazo de rock de los vascos y ovación para la dupla. ‘Malas decisiones’ y ‘Resaca’ nos advierten que puede pasar al día siguiente, con aviso del propio Ovidi que así será nuestro futuro más próximo, a pesar de los kebabs y cualquier otra grasienta comida que lo amortigüe. El palacio ruge. Esta noche se beberá y se vivirá. Y con la sexy ‘Voy a bailar encima de ti’, ruge más. Pausa, respiro breve y un “Hemos traído unos colegas que están comenzando”. Así presenta el cantante a Leiva, Juancho y César Pop que se quedan para tocar, junto al trio gospel de Ele, Lorali y Toni, ‘Rock rápido’, ‘Casarme contigo’, ‘No pain no gain’, ‘Como quisiera’ y ‘No sé lo que me pasa’, en el que en esta última se une Sho-Hai, con una mezcla de rap y rock con recuerdos viejunos a Aerosmith y Run DMC, en versión castiza y molona a tope. El palco en el que nos encontrábamos, un lugar donde pudiera dar a pensar que sería soso y carente de energía, era un torrente de saltos, cánticos y bailes. Onomatopeya de vaya pasada, le grito a la oreja a Emilio, que decide que son las cinco en alguna parte y, por tanto, toca beber. ‘Por fin’ y ‘Barcelona’, con Ovidi al piano, suenan preciosas, esta última con Nina de Juan, de Morgan, que nos regala una de las joyas de la noche. Una de mis favoritas canciones recientes de la banda, ‘100 mil bolas de cristal’ me transporta a lugares de amores frustrados de los que todavía duelen, pero me hacen saltar y reír. Curarse es esto. Lamerse heridas con mandanga de la buena. Si el rock no sirve para eso, que me digan. Turno para Maika Makovski, con cariñosa ovación a su salida, a la que la banda tiene reservada ‘Desde que ya no eres mía’.

Llega lo gordo. La traca final. ‘A todo que sí, ‘Dispárame’ y ‘Apaga la radio’ con The Who flotando en el aire. Un cachito de ‘My Generation’ y el penúltimo ejercicio de comunión entre el público y la banda, coreando a base de ‘Oh Yeah!’, casi seña identitaria de Ovidi. La guitarra de Álvaro lleva sangrando rock de manera literaria desde el primer riff del concierto, con una fuerza que cambia rotaciones. Una bestia de técnica y potencia, que se corona en este tramo final. Una de las bandas emergentes y fenómeno musical también tendrán cabida en esta gozada para los sentidos. Arde Bogotá, con uno de sus embajadores, Antonio García, su cantante, que sube al nivel más alto de todos los niveles con la loca y electrizante ‘Hablar, hablar, hablar’, con rueda, baile y posesión digna de los mejores rockstars. No es posible pedir más. Pero había más.

Gorras de policía, bellas de comisaría, ya saben. ‘Dentro de la ley’. Rápida, letal y un ejercicio anaeróbico y de resistencia a nuestras cascadas rodillas como calentamiento para el final. La de siempre. Con todos los invitados. Con la marea del público saltando haciéndose la retórica pregunta ‘¿Qué demonios hago yo aquí?’. Pues, probablemente, asistir a un gran concierto, a un gran cierre de gira y a un orgullo de ver a esta banda, vista desde sus primeros pasos, consolidarse como una de las referencias del rock de este país.

‘Por fin, por fin hay algo bueno para mí’, resuena en mi cabeza. Explotó de alegría con mi Ubuntu hasta la carcajada. Buscamos el local donde después toca brindar, abrazar y tatuarse en la retina todos y cada uno de los momentos madrileños que, en un golpe de fortuna, nos resucitaron del barro, del dolor y de la rabia. Pero claro, lo que pasó allí, es otra historia que quizá no fuese nada. Tan solo fuego eterno, la bella T. y un billete de tren. No pain no gain.

Los Zigarros. Nos conocimos entre la maleza siempre dispuestos a cortar cabezas. Y que maravilla vivirlo.

miércoles, 10 de mayo de 2017

Cinco años de Montgorock.

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Resulta prácticamente imposible no comenzar con el topicazo de la correlación entre mayo, Xàbia y el rock en esta primera frase. Como aquello de las perlas de tus dientes. Sirva para pedir disculpas por adelantado ante el uso de trasnochado símil, pero se supone, si el cambio climático no dice lo contrario, que las tormentas primaverales pasan a ser un recuerdo y La Marina recibirá a los primeros turistas de la temporada a golpe de decibelio roquero y buena temperatura.
Porque para servidor, cuando mayo mayea de verdad es a partir de la segunda quincena. Se huele la cercanía de aquel cuarenta de refrán para mandar a paseo el sayo y las primeras cervezas y vinos asoman en terrazas de nueva adquisición, patrocinadas por la marca de moda. Y sí, se cambia de armario. Con todo lo que eso conlleva. Por no herir ninguna sensibilidad, digamos que, entre otras cosas, maldices tu escasa afición al ejercicio, abrazado al dolce far niente de barras, y mientes diciéndote que el año que viene no te pasa. Y ríes por dentro. Porque sabes que pasará.
Y queridos amigos, no hay nada mejor para dar la bienvenida a la primavera de verdad que ir a un festival. Y si ese festival huele a salitre, a pulpo seco y está cerca de donde Dacosta y Miquel con su Baret, tú has de ir al Montgorock Xàbia Festival.

Después del rotundo éxito del año pasado, el festival parece haber adoptado la cómoda velocidad de crucero que todos los que mostramos respeto a las profesiones que rodean a la música deseamos, para que la sonrisa sea la cara que más brille en todos. Lejos parecen quedar los problemas irrecuperables y el, todavía reciente, espaldarazo de la edición de 2016 provoca unas ganas de bailar, brincar y comer en el recinto de La Fontana, mientras el agradable sol te prepara para lo que va a venir.

El cartel no deja lugar a dudas que va a ser un fin de semana intensamente divertido. Solo repiten cartel con respecto al año pasado Los Zigarros, Gran Quivira y los putos Sexy Zebras por lo que monótono para los montgorockers no va a ser. Y también demuestra a las claras que se sigue buscando por parte de la organización el proporcionar nuevas experiencias musicales a los que se gasten la pasta, para no caer en la repetición que si impera en otros carteles. M-Clan, Leiva, La Fuga y Sidecars podrán ser los más conocidos para el gran público. Y principal reclamo, todo sea dicho. Pero si lees más abajo te encuentras con trallazos como los de Whisky Caravan, Aurora and The Bertrayers, Santero y los Muchachos, Geografies, Badlands (que banda, Dios mío) y el primer grande de Corazones Eléctricos, el nuevo proyecto de Pau Monteagudo, cantante de Uzzhuaia, Kako y Víctor, otra nueva buena banda en la ciudad de Valencia. Hay más, por supuesto, pero no pretenderás que te lo de todo mascadito y te fastidie la maravillosa sensación de descubrir una por una a todas las bandas que van a darlo todo en el festival de Xàbia, ¿no?

Y por si fuera poco el menú musical, dormir será de cobardes, ya que este año se introduce la novedad de los conciertos matinales en las dos mañanas del sábado y domingo. Gratuitos y en la playa de El Arenal, la organización propone rock para armonizar el aperitivo y volver a la ruleta rusa de brindis, baile y música. Y bueno, para que el solecito ilumine vuestras caras y así no parecer crápulas de serie B.

No hay motivo para la queja. Incluso aquello de masticar el polvo será un recuerdo por obra y gracia del césped artificial, otra de las novedades de esta edición. Podrán decir los puristas y los jóvenes de espíritu que un festival sin polvo no es un festival, pero es, en principio, un acierto, incluso para poder adoptar diversas posturas dignas del mejor Woodstock. Y creo que es una idea fantástica para poder disfrutar de otra de las novedades, el escenario JamStage, un homenaje velado a Chuck Berry capitaneado por Lovehunters Blues Band donde los artistas del cartel subirán para marcarse sus favoritas perversiones entre concierto y concierto de los escenarios principales.

Pero si hay un concepto que me fascina de este festival es la vertebración en diferentes áreas que van más allá de los chopocientos mil culos moviéndose sin parar. La conciencia con el entorno natural -aún está reciente el incendio del Montgó como para no estarlo-, con actuaciones en materia de medio ambiente a favor del Cap de Sant Antoni, la solidaridad con la Asociación de Personas con Autismo de Xàbia y con el Aula específica de Comunicación y Lenguaje del Colegio Público El Arenal de Xàbia, con una importante Fila 0 que estaría bien llenarla de cifras son solo algunas de las actuaciones satélites que beneficiarán a la comunidad xabienca, más allá de la música prácticamente sin parar en La Fontana, incluyendo la opción de tocar en el festival a los ganadores de los concursos de bandas emergentes, Happy Freuds y Indian Hawk.

En definitiva, el Montgorock Xàbia Festival está en la parrilla de salida. Y no se me ocurre otro lugar donde poder pasar un fin de semana con la familia, menores de 12 años, entrada gratis acompañados de un adulto. O para iniciar el camino de poder formar una, canallas.

PD: Sí sigues con dudas, el año pasado fue así.

lunes, 13 de marzo de 2017

Cosas que no hay que hacer en Fallas. Revisión.

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Pues ya no hay vuelta atrás. Lunes, 13 de marzo de 2017, y en Valencia muchos deben tener todavía en sus cuerpos los restos de una resaca dominguera propiciada por cenas de bocadillo, cacao del collaret y carajillo, rebajados con gintonics en vaso de plástico y moviendo el cucu a base de reggaeton y otras malas yerbas musicales. Los menos afortunados tendrán que convivir con el deseo de enfundarse las ropas típicas de estos días de carpa y calle con sus quehaceres laborales y habrán otros que podrán estar tranquilamente en capilla, contando las horas desde cualquier atalaya casera con tranquilidad, karma y dolce fare niente.

Pero, ¿ha cambiado la cosa de las fallas desde hace tres años a hoy? Si lees la intro del anterior análisis, dos cosas han cambiado. Rita ya no está entre nosotros, físicamente, y Ramos ya no es motivo de mofa porque anda demostrando a casi todas horas que sabe usar fantásticamente la cabeza de cráneo para afuera. Y conviene añadir que la fiesta fallera, me encantan esas palabras cuando van de la mano, por eufemísticas, es Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO. Así que, si no eres de los que picas suela al olor de la pólvora, sigue leyendo.

Como vestirnos.

Quien pensara que con esta movida de la UNESCO iban a cambiar los ropajes de calle, va listo. Y quien pensase, como servidor, que el blusón clásico iba a cambiar de rol y ser nuevamente protagonista, más listo todavía. No solo no se ha recuperado esa prenda tradicional, sobria y típica. Es que la gama de colores ha ido en aumento, incluso en aquellos que se supone han de guardar las formas, con piezas ¿verdes? para la foto de rigor. Por no hablar de los multicolores, que siguen con su aparición e innovación, sin freno, sin control, sin gusto, sin estilo. Aunque esto es como pedir peras al olmo. Una fiesta barroca no puede ser sobria en su vestimenta. ¿O sí?

Pero si que ha habido evolución. A peor. De aquellos forros polares hemos pasados a estas parkas o chaquetones ligeramente impermeables. Piezas de invierno, de abrigo, con multitud de bolsillos, con o sin capucha, con el escudo de la falla militante bordado o serigrafiado en el lado derecho. O detrás, en grande, acompañado del nombre, como un jugador de fútbol de la liga italiana. Barrocamente escandaloso. Con colores corporativos, elegidos por diferenciarse a los de otros entornos, léase fallas colindantes del barrio, categoría o pueblo. Y que son atemporales. Puedes verlas como las lucen desde diciembre y no dejan de hacerlo hasta el cuarenta de mayo. No pasa nada, son Fallas.

Por suerte, el pañuelo fallero sigue siendo prenda imprescindible. Aunque ya asomen telas al cuello multicolores.

Como comportarse.

Muchos esperan estos cuatro días -contemos las fallas desde que están los monumentos completamente plantados, aunque los que las sufren saben que duran varias semanas más-, como agua de mayo para marcarse su propio carnaval y hacer cosas que durante los 361 días restantes no hacen. Pero ahora todo Dios tiene un teléfono con cámara, vídeo e infinidad de redes sociales donde cargarse la buena reputación de uno con un simple click. Y sí, los colores de los fuegos artificiales, las luces de Ruzafa y la euforia de la calle puede llegar a contagiar, pero conviene contar hasta diez antes de cortar el cable equivocado de esta bomba de emociones para que no salte todo por los aires. Así que, al lío:

El bebercio. Poco ha cambiado la cosa desde la última vez. Salvo que tienes tres años más y se supone que has madurado y que no eres el que pide con vehemencia y con los ojos desorbitados otra ronda de chupitos. Aunque, ahora que nombramos los chupitos, si hay una cosa que ha cambiado. Se ha democratizado hasta límites peligrosamente etílicos el anís seco, conocido en la terreta como cazalla. Y esos chupitos sí los carga el diablo. Se permite, o recomienda desde este humilde blog, tomarse un chupito. Preferiblemente inmediatamente después de cenar, si ha sido copiosa, como un digestivo infalible, tal y como me enseñó la maravillosa mujer de pelo rojo, de nombre Maika. El tomar una segunda de estas ya es cosa a tu elección. Aunque ya sabes lo delgada que es la línea. Y lo gorda que puede ser la resaca del día después. Ah, y no mees en la calle. Es una guarrada.

La manduca. Existe cierto debate sobre lo de comer en la calle o no hacerlo. Maticemos, el debate está en la permisibilidad de los puestos en la calle con respecto a los locales que están todo el año. Impuestos, tasas, mercado negro y todas esas cosas. Servidor es partidario del local, donde se supone que hay un control, una experiencia y un saber estar que no lo hay en esos puestos ambulantes. Pero con los camiones de comida hemos topado. Unas cosas muy cuquis y muy modernas que parece que han venido para quedarse al lado de la parada de buñuelos y chocolate. Sigo pensando lo mismo. Comer sin horarios y sin dietas. Arriesga y come paella de madrugada. Para que nadie te lo cuente. Aunque la operación bikini esté a la vuelta de la esquina. Pero no descartes el disfrutar de un día de Fallas de mesa y mantel como toca. El contraste es fantástico y maravilloso.

La orquesta. Aquí si no hay cambios sustanciales. El nivel de respeto es el mismo que se pedía hace tres años. No eres el DJ, no eres el dueño y, sobre todo, no tienes ni puta idea de tocar ningún instrumento, más allá del timbre de las conserjerías de hoteles. Porque si sabes tocar alguno, no se te ocurre ciscarte en el repertorio de los compañeros que están arriba del escenario y que llevan meses ensayando, o preparando la sesión, para pedirle este-temazo-que-sabes-que-la-gente-lo-va-a-gozar. Mansplaining musical, no.

La resaca. En teoría, estamos en esas edades donde controlamos la lección. No debería aparecer por ningún lado porque ya hemos aprendido a decir no a ese tercer chupito de cazalla y ya sabemos comer algo antes de dormir cuando la noche se alarga. Pero si nos hemos tirado el mundo por montera y hemos disfrutado sin medida de la noche como si no fuera a amanecer nunca más, ni así hay que dormir más allá de las diez y media. Honor, gallardía y medicamentos. Los chicos de Sidecars y Leiva han hecho una oda a la amistad al Espidifen, que viene al pelo por si la cosa se complica. Y si con eso no es suficiente, miente al cuerpo y bebe cerveza o un Bloody Mary. No quita la resaca, pero permite pasarla mejor al retornar al estado de achispado. Y ya llegará la Cremà y descansaremos en paz.

El sexo. Es posible, claro. Si coges a la parienta y te la llevas al monte de ruta enoturística huyendo de pólvoras, buñuelos, verbenas y paellas de dudosa realización que raspan el aprobado. Y aún así, será si ella quiere. Y si no tienes parienta y quieres lanzar las flechas del amor pasajero, adelante. Siempre hay un roto para un descosido y quien sabe si la diosa fortuna te sonríe en esa noche que se juntan las Fallas y el Día de San Patricio. Suerte. Pero mejor los otros días del año.

martes, 26 de julio de 2016

Rafa Escalada.

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Cuando acabe el verano, todas las cosas que ahora están cambiadas volverán a su sitio. Bueno, todas no. Habrá mínimo una que será, a todas luces, diferente. La radio. Cuando se acaben las fotos de pies en la arena y los aquí sufriendo, y uno sintonice sus diales radiofónicos de cabecera, volverá a encontrar a los Francino, Magraner, Palomar, Gómez o Montalt de turno, por nombrar algunos. Pero habrá un hueco. Alguien que ya no estará. Las noches de Rock FM ya no tendrán su voz. Uno de los tíos que más sabe de música en este país, sin duda alguna, comenzará septiembre sin la zozobra del lunes que tiene por marchamo ese mes. Podrá dedicarse a cuidar geranios, espárragos o a visitar obras. De arte. Podrá cambiar este ritmo de vida letal que nos marca los horarios de manera marcial por el jodido slow life tan deseado por muchos y soñado por todos cuando echamos la primitiva semanal. Pero las noches de la radio ya no serán las mismas. Porque ya no sonará la voz de Rafa Escalada, apodado en su última época como Oldie.

Porque el Oldie ha pasado a mejor vida. Es decir, se jubila.

Se jubila. Nadie lo diría, con esa cara de cuarentista que tira para atrás. Y con su jubilación se va una parte de nosotros. Aquella que surgió por generación espontánea. El penúltimo aliento de aquella Rock&Gol. Toda una muestra de gestión de talento a través de las redes sociales. Aquella que provocó Iván Guillén, desde aquel sótano, donde se mezclaban fiambreras de comida con The Crystals y el fin de semana comenzaba los viernes a las 12, a golpe de Ramones. Comenzando desde cero y emitiendo solo desde la web, creó legión y vertebró la península desde el norte hasta el sur, desde el este hasta el oeste. Gentes de las que no recuerdo sus nombres pero sí sus caras, gentes de las que no me quiero acordar, proyectos de hermanos que pasaron a desconocidos, desconocidos que se tornaron hermanos. Ponte tú, que lees esto, en el saco donde te encuentres más cómodo. Suena a topicazo, lo sé, pero yo estuve allí y te lo cuento como lo viví. Y no exagero ni una puta coma. Encargándose de una parilla dos personas, naciendo así el dueto Youngie&Oldie, insertando contenidos en una web que también vagaba por el cajón del olvido. Poniendo al rock en el mapa. Presentando a aquellos primeros Perros del Boogie, a The Right Ons o a Garaje Jack y haciéndonos forofos sin medida. Procrastinando por obra y gracia de los comentarios en Facebook, generando sesudos debates siempre con las guitarras de por medio, en aquel muro loco que era la fan page de Rock&Gol. Redescubriendo la pasión del serial radiofónico, donde las historias tenían reglones en forma de pentagramas guitarreros. Desempolvando el rock de nuestros armarios burgueses.

Luego alguien vio el negocio latente y convirtieron a nuestra particular Radio Encubierta en una emisora más cercana a la radiofórmula que a la labor didáctica que en sus oyentes ejercía. ¿Cómo se atrevían? Habían hecho suya esa radio que nosotros ocupamos pacíficamente y que creímos nuestra para siempre. Nunca sabremos la historia real de aquella mutación, ni falta que nos hace. Pero recordamos que no había información y sufrimos el silencio como sinónimo de malas noticias. Y Escalada, que casi dejó de ser Oldie, salía a antena con voz plana, como de secuestrado hablando por teléfono con su familia como prueba de vida. Y salió el chismorreo. El estúpido ego del ser humano convertido en soy una fuente fiable y el me han dicho, pero que no se lo diga a nadie. Mentiras, la mayoría. 

Y al final, ni tan malo. Ni santos ni diablos. El rock es rentable. En cierta medida. Rock&Gol murió tal y como la conocimos y sus imágenes navegan en la profundidad de las búsquedas de Google. Con aquellos carteles reivindicativos. Con aquel logo entrañable que suena a chinchetas, al mismo nivel que las maracas de Machín. Iván montó su RockRockRadio como proyecto más personal, mientras se encargaba de dotar de molamiento a otros medios y formaba una familia. Y Rafa encontró acomodo en el mismo lugar, que comenzó a llamarse Rock FM, en una evolución lógica y una apuesta firme por el nicho de mercado, entendiendo los nuevos gestores que no podían dejar perder semejante potencial. En el horario que más le gusta, el de antes de cerrar. Como cuando las Conservas Escalada. O El Peluco. Porque él viaja a otro ritmo, fuera del tuyo y del mío. Sintiendo como deporte aquellas cosas magníficas de Rossi. Ni gol ni gaitas. Osasuna como mucho. Y porque a esa hora podía recibir visitas. De Chemi, metido en el cajón de los hermanos, muchas. De otros supongo que también.

Pero se acabó. Porque como cantaba Medina Azahara, todo tiene su fin. Y está bien que así sea. Nos quedamos con el recuerdo, con saludar a Tarque sin que él se acuerde. O a Leiva, acordándose. Con ser amigos de la primera formación del Los Perros del Boogie. Con la nostalgia de aquel primer concierto, el pistoletazo de la Triple R, desvirtualizando a los locos y las locas del muro. Que jóvenes eramos. Y con que pasión lo hicimos todo. Beber y brindar, fundamentalmente. Nunca hubo más. Nunca hubo menos.

Muchas gracias, Rafa. Por todo lo que hiciste, por todo lo que haces y por todo lo que harás. Porque has dado sentido y luz a alguna de nuestras vidas. Y no exagero un ápice.

¡Arracatapum! ¡Parampachún!

viernes, 31 de agosto de 2012

Rock metido en un maletín brillante

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Aquí se habla de rocanrol.

También de mujeres, brindis y otras gaitas que mueven el mundo.

Decía que aquí se habla de rocanrol. De ese que huele mal, según ciertos anuncios que andan por ahí. Y que es mentira, el olor, por supuesto. A decir verdad, olerá igual de mal que cualquier aglomeración de gente adulta en constante movimiento.

Rocanrol, decía.

Bares, locales, bajos o antiguas fruterías han sido los reductos de la gente que ha sabido, querido o le han inculcado el vicio de esta música, que nació al mundo con Elvis, y que sigue vivita y coleando, por mucho que al cabrón de Lenny le dé por decir lo contrario.
La mala prensa, las radiofórmulas comerciales, o vete tú a saber qué, lo han reducido a locales, llamémosle selectos, con sibaritas del ritmo, humo y mujeres de tacón y raya en el ojo.
No es fácil maridar esto si no sabes lo que llevas entre manos. Y sí no lo sientes como tuyo, peligro.
Has de saber que manejas un producto clave en la humanidad, que ha movido conciencias, reventado muros de guerra fría y que ha traído miles de niños al mundo.

Y todo eso se merece un respeto.

Por lo que todo el respeto del mundo se merece el nuevo proyecto de rocanrol en Madrid, The Music Box Concerts & Club.
Abrirán el telón un martes de septiembre, ya saben, aquello de la contracorriente, con una superbanda, Hot Legs, es decir, el talento de M-Clan, Pereza, Rubia y Josu García.
Buen principio para un proyecto ambicioso que contará con la experiencia de un gran equipo capitaneado por Pepe Cortés y que seguro que va a zarandear el mapa de la escena rockera en la capital.
O sea, que existe un motivo más para brindar, charlar y esperar al Sol en las noches de Madrid.
Seguro que Pepe Risi vuelve, otra vez, a sonreir.

lunes, 7 de mayo de 2012

Leiva. Cuando te meta un gol.

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La noche tenía un buen traje. Asistir a un concierto, en los tiempos que corren, siempre es una bendición y motivo de fiesta y, en este caso, no iba a ser menos la cosa. Presentaba Miguel Conejo en Valencia su proyecto en solitario. Quizá este nombre no te suene mucho, así a bote pronto, pero te pongo sobre la pista diciendo que es uno de los músicos con más talento del país, reclamado por los mejores de los mejores, con más de diez años en escena y, como un hombre del Renacimiento, tocando todos los instrumentos, produciendo y pariendo todas las canciones de su proyecto en solitario, llamado Diciembre y que supone un paréntesis de giras, brindis y aplausos con su compadre Rubén Pozo. Tras comprobar con agrado y eterno agradecimiento que estamos en lista, buscamos el lugar correcto cercano a la mesa de sonido y a la barra y dejamos pasar el tiempo para disfrutar de Leiva y su banda reclutada para esta gira, bautizada como Leiband.
Llego pronto, lo que me permite poder detectar el ambiente que se respira antes de que el artista pise el escenario. He visto en los exteriores de la sala a niñas devorando sus bocadillos para entrar con tiempo y poder corear, suspirar y emocionarse con las letras de este trovador moderno, reclamado por grandes como Sabina y respetado por los profesionales de este país, muy por encima de que sus temas suenen en radiofórmulas y etiquetas molestas preconcebidas. De hecho, el que estén personas entre el público como el gran Carlos Tarque, con su económizada melena, y el entrenador de fútbol Jose Molina, dicen mucho de este artista. 
La cosa se hace esperar un poco, solo lo justo. En el escenario, todo listo, con el micro del cantante vestido con pañuelos al estilo del que usa Steven Tyler. Pienso en cómo estará el artista en estos momentos, ya que en más de una ocasión ha dicho que los nervios previos le hacen subirse por las paredes y ganas de salir corriendo muy lejos. Pregunto en la mesa de sonido la hora prevista y poco más tarde de las diez y media comienza a salir la banda, cerrando el desfile Leiva, vestido con una casaca que bien podía ser el botín de un asalto nocturno al museo del Sargento Pepper. Suenan las notas de Nunca Nadie y las chicas que agolpan las primeras pilas le hacen los coros a la perfección, consiguiendo la mueca canalla del cantante. Le sigue el requiebro futbolero-amoroso de Penalties, y la cosa no decaerá hasta el final del concierto. Está respaldado por un elenco de grandes músicos, y me gusta ver sección de vientos en los conciertos de rock. Ya me pareció un acierto en la gira de Para no ver el final de M-Clan y me sigue pareciéndolo esta noche.
El cantante nos da las gracias por el esfuerzo de sacar una entrada en estos tiempos que corren, lo que arranca los aplausos de la peña, mientras van cayendo los temas del disco en solitario, con algunos de Pereza, como si fuéramos unos animales, que en cualquier parte con un plástico nos vale. No va a ser cosa de destripar el repertorio canción por canción, sería como decirte que al final el asesino es el mayordomo, así que solo te cuento que los momentos altos son muchos, Como lo tienes tú maridada con Hey Jude, por poner un ejemplo, o el rescate de la versión del gran Joaquín, el Bob Dylan español según palabras de Leiva, de El caso de la rubia platino, mientras el Vis a Vis retoma el humedecimiento de aquellas partes que alguna vez fueron, o esperan ser, besadas con cariño. Cesar Pop toma las riendas con Ya no tengo Problemas, aparece como invitada la estrella de los tejados, lo más rocanrol de por aquí, ya sabes, de la que estábamos colgados y la sala se viene abajo. Es un verdadero himno, que me recuerda a muchas gentes del Foro, como no podría ser de otra forma. La banda se retira para solicitar los aplausos para los bises, que arrancan con algunos de la banda, como el bajista, con el torso desnudo desde hace tiempo a lo Red Hot Chilli Peppers, viviendo y gozando los últimos instantes. Despedida con conga rockera al son de Stay with me y sensación que la banda es una banda, pero sobre todo un grupo de amigos que disfrutan cada segundo que pasan en el escenario, cada momento vivido arriba, cada charla con el público, con los susurros a ellas, con los guiños cómplices a ellos. Y nosotros que nos alegramos por estos momentos. Que los vientos si nos traigan estos nudos en la garganta.