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miércoles, 29 de septiembre de 2021

Casi se me olvida a lo que venía al Montgorock

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Cuando uno tira de carretera y manta calculando como un piloto de carreras, es mal asunto. No por la velocidad, Ayrton Senna que estás en los cielos. Por los neumáticos y las posibles cuestiones que ocasiona llegar al destino y no saber si vas a tener lluvia en los zapatos. Con esa borrasca de conocimiento, sesenta minutos de carretera para llegar a El Dorado. Que no está en el lejano oeste peliculero. Ni siquiera en Almería. El Dorado es el Montgorock donde, un año y cinco meses después, volvió a sonar la música. Agradable sorpresa ver que ni lluvia ni barro. Josan y su equipo manejan el tiempo como si fuese dioses del Olimpo. A su antojo, con huevos en ofrenda y dedos cruzados, como mínimo. Y funcionó. Estamos casi listos para recibir tres golpes de gancho en forma de conciertos. Esos tres que tienes marcados. Pero que sabes que no estás seguro que sean solo tres. Siempre se escapa algún uppercut inesperado. Pero nada. Sonreímos en el momento pusimos la nariz en La Fontana, nos ponemos la pulsera y arrancamos escuchando a The Niftys y Carmen Boza con el primer refresco que nos llevamos al gaznate y preparar nuestros cuerpos para The Backseats, el Dream Team del hard rock y heavy metal del terreno.

 
The Backseats es uno de los innumerables proyectos que lleva entre manos Monty Peiró, a la que imagino con un gran mural en casa lleno de hilos, como si de una sesuda investigación se tratase, para cuadrar todas sus agendas, sus proyectos, sus gatos y sus cervezas con limón portuguesas. Y con esto, se planta en escena bien de poder, de lipstick y eyeliner para cantarnos versiones de Judas Priest, Iron Maiden, Runaways y lía a colegas como Pau Monteagudo, voz de Uzzuhaïa y Corazones Eléctricos, para meternos una congoja de nostalgia con The Cult. Son la tempestad que precede a la tormenta final con los dos platos fuertes de la noche de viernes.

En el intervalo de bajada y subida, es menester comer. No se descubre la pólvora. Es clave para subsistir a este tipo de eventos, en los que la edad puede comenzar a dar señales. Y es importante poder elegir que comer. Quizá no al nivel de que ver y escuchar, pero sí a un nivel importante. Y, de paso, te permite observar desde una perspectiva más perimetral todo. Como por ejemplo el montaje, con una profesionalidad envidiable. De esas que evolucionan ante las necesidades de última hora. Una buena muestra que el sector serio merece más cariño del que, en principio, las circunstancias y decisiones ponen encima de la mesa. El comer, decía. Para eso varias opciones, con grasa, sin ella, con picante, sin picante, con carne, sin carne. Las foodtrucks nos permiten respirar y darle algo sólido a nuestros cuerpos que comienzan a tener dificultades para disimular el cansancio que parece que vendrá. Con los últimos bocados, Depedro arrancan y presentan un concierto maravilloso, con la calidez que aporta Jairo Zavala, con una audiencia totalmente entregada y el regalo de una maravillosa versión de Días de fiesta, de Serrat. De refilón, vemos a unas chicas que antes nos habían dicho que no, pero que sí son de Depedro. Y nos pareció bien, claro. Porque Depedro mola y hace latir.
El hasta luego del viernes fue cosa de Sexy Zebras, veteranos del festival. Primer gancho directo al mentón. La energía que desprenden el trío es brutal. Se generan problemas a los gritos del jaleo, jaleo, con el personal de control haciendo horas extras para mantenernos a todos con el culo pegado en la silla. Algunas veces lo consiguen. Otras también, con un poco más de insistencia. El montgorocker es gente de bien que sabe que lo mejor es hacer caso y que bailar sentados es bailar. Ya llegará el día en que el roce, el pogo y todo aquello vuelva. Incluso las ronchas de sudor del que ve el agua de lejos y no piensa intimar con ella en breve. El respiro final, con varios moratones en el alma, tuvo el abrazo sincero con Pol y el recuerdo del Kraken, tal como éramos. En otras terrazas, en otros bares pero con la guitarra de Fer y su sonrisa amenizando. Muriendo matando, embriagados de amistad, cerramos para cargar y ser héroes del sábado.

Si todo eran nubarrones de dudas, el sábado se desperezó con una buena dosis de sol de otoño. La gastronomía local, con el pulpo a la brasa como invitado estrella, nos preparó para la segunda jornada del festival, que arrancó con Hermano Salvaje, sonando el tridente de Ontinyent muy calurosos y con un surco que dejó huella para siempre a los que regatearon a la siesta buscando clandestinidad de héroes. Al igual que Rufus T. Firefly, que nos mecen con su estilo, estrenando nuevos temas que hacían las delicias de la gente que les presenciaba en las mesas habilitadas para comer y beber, más concurridas que el viernes pero igual de repletas de ese buen rollo que desprende el aire del Montgó. Comento con los chicos de la simpática caravana de pizzas que en breve vibraremos con Los Zigarros. Tienen ganas, se han perdido la prueba de sonido pero los esperan con voracidad, comentamos mientras cambio mi elección de diavola por barbacoa. La pizza, claro.

Niña Coyote eta Chico Tornado fue el segundo gancho de los tres que esperamos nos arreen en el festival. Con una actitud muy punk, con ese rosado de uniforme con el que se presentan en el escenario, los donostiarras, que nos recuerdan a aquellos The White Stripes pero con más txacolí, hicieron temblar los cimientos del escenario xabienc, acojonando a los pocos nubarrones rebeldes que, con el doping de algún trueno lejano, osaban a intentar fastidiar el broche final. Para nada. Una actitud y una muesca para siempre, de esas que te hace buscar, cuando vuelves a casa, donde volver a verlos y morder otra vez a golpe seco de guitarra y batería.

Haciendo una pausa, mención especial para Ángel Vera, el quinto Zigarro, que junto con Pol Kraken, en sesiones de DJ, han amenizado los momentos de cambios de escenario del festival con clases de armónica. Ángel consiguió hacer soplar a la gente hacía afuera más que el servicio de barra hacia adentro. Y eso es meritorio, a la vez que divertido. Lo de la armónica. En su última aparición, Pau Monteagudo se puso a la vera de Vera, perdón, para vestirse de bluesman y rematar las nociones básicas del sople mientras Ariel Rot calentaba gargantas y dedos para hacernos vibrar con todos sus clásicos de su etapa en solitario. Es preciso ver a artistas con este bagaje, que lo hacen casi sin pestañear. Incluso peleando contra la humedad. Y el bueno de Ariel nos regaló la sorpresa perfecta llamando a Ovidi Tormo, de Los Zigarros, para saltarse todas las tradiciones de las capillas de los músicos y cantar y tocar Me estás atrapando otra vez y Mucho mejor. Que bien pensado lo hacía. El incendio estaba a punto de llegar. Y unos niños jugaban al fútbol a la luz de la luna con una botella como balón, ajenos a lo que venía.

No quiero ni imaginar lo que significa tocar en casa. Sabiendo que los tuyos están ahí abajo. O esperándote en camerinos. Después de noches de hoteles sin alma más allá de las que dan las cervezas frías y las conversaciones de madrugada. Tocando la cama propia. Revolverte en ella, combatiendo a la adrenalina después de bajar del escenario. Eso deben sentir Los Zigarros al tocar en Xàbia. Tercer gancho. Donde tienen todo el calor. Donde incluso reconocen a los que están en las primeras filas. Donde hablar, hablar y hablar para no decir nada tiene menos sentido que nunca porque quieres decirlo todo. Donde esas mismas palabras son coreadas hasta la afonía. Buscando a aquellos chicos malos que bebían sin parar, que corrían sin parar. Y la entrega de arriba, se trasladó abajo, a la platea perfectamente organizada que fue forzada a cada bofetón de Adri a los parches, a cada pulgada de Natxo y a cada paseo de dedos de Álvaro y Ovidi para que, por momentos, se forzasen al máximo las costuras de la zona de conciertos. Incluso con advertencias del propio Ovidi a mantener el orden que se ha de mantener. Las costuras resistieron, respondiendo a lo que hacemos aquí, en el Montgorock. La cosa es que nos queremos pasear como pavos por todo el escenario. Y si hace falta, bajar en chandal a pasear. Ha sido un año jodido. Y la gente del Montgorock nos ha dicho, ven conmigo. Y es mucho más fácil. Sin duda.

martes, 21 de septiembre de 2021

Montgorock otoñal

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Hay un anuncio de una empresa de telefonía que tiene a un entrenador de verbo fácil y ex alopécico en el que habla que vuelven las cosas pero que la vuelta de verdad es el fútbol. Claro, no vende la publicidad en cuestión el poder llamar a tu gente, sino el poder ver los partidos desde casa, con la nevera cerca y con las pantuflas bien puestas. Pues sin promociones de por medio, es para celebrar y salir a la calle, como cuando acabó la II Guerra Mundial, la vuelta de los conciertos y los festivales en general. En particular, para celebrar y salir a la calle la vuelta del Montgorock.

Pilla a paso cambiado el abrazo con Xàbia y su tierra. Si de normal el calendario invitaba a telonear al verano, en esta edición de 2021, madurada desde 2020, se telonea a este otoño marrón y melancólico del que tanto han vivido los poetas malditos y díscolos, en constante tristeza y tono gris. Y bendito sea el otoño que nos permite aquellos primeros fríos y lluvias a las que cantaba Raimon "Al meu país la pluja no sap ploure", de la que esperamos no sea protagonista en este festival del que se arde con ganas desde dentro hacia afuera, como si de una ronda métrica de chupitos picantes se tratara.
 
Es el Montgorock un festival de los raros. Habrá quien diga que son casi siempre los mismos cabezas de cartel con variaciones en las zonas bajas. Bueno, como un entrenador recién llegado a un club, a veces es mejor no tocar lo que funciona. Aunque también la organización, comandada por Mari Cruz Gisbert y Josan Serrano, ha dado la opción de conocerse ante las masas a bandas que las hubiesen tenidos negras para arrancar, organizando concursos en algunas ediciones para que los que vienen por detrás se muestren y tomen el testigo de esto de aporrear cuerdas con actitud. Pero lo bien cierto es que parece que el producto y el estilo de la gente que se sube arriba de los escenarios está bien definido. El sueño de una pareja que dejaron atrás la supuesta zona de confort en la que vivían para lanzarse a tratar con músicos, managers, proveedores y, porque no decirlo, entusiastas exacerbados por todos los excesos habidos y por haber.
Festival de los raros, les decía. De los que se creen que hay rock sin género. Donde la presencia de las mujeres en el cartel es más que una simple cuota o anécdota. Repasando los carteles de las anteriores ediciones deja a las claras que no ha sido una cuestión de calor a la moda, si se puede frivolizar así ante una cosa tan seria. Siempre hubo rockeras encima del escenario. Otra cosa es que no se vieran lo que merecían por intereses fácticos y fálicos. Escuchen a Monty Peiró en la sección Pioneres de Territori Sonor en la radio de A Punt Mèdia y lo verán. No me hagan caso a mí. Háganselo a Rafa Rodríguez y su Verlanga, que lo cuenta con todo lujo de detalles. Y eso siempre ha de ser lo que toca. Aunque no todos en este país se lo crean y corran en el mes de marzo a contratar músicas.
 
Montgorockers en hibernación se quitan las legañas, buscando sus mejores galas, o las peores, para volver o estrenarse en el festival xabienc. Solo falta que el tiempo acompañe y merezca un brindis. Como todos los festivales, como todas las salas. Por el esfuerzo, por la espera. Y sobre todo, por poder contarlo. Se asemeja a esa normalidad que hace tiempo parece que buscamos, mientras la tierra ruge, como avisando que hay que vivir como se pueda sin pensar mucho en el mañana. Quien sabe, puede que sea el último festival al que asistan y a la vuelta abracen sin disimulo los partidos de fútbol desde casa, con la nevera cerca y las pantuflas bien puestas.

miércoles, 10 de mayo de 2017

Cinco años de Montgorock.

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Resulta prácticamente imposible no comenzar con el topicazo de la correlación entre mayo, Xàbia y el rock en esta primera frase. Como aquello de las perlas de tus dientes. Sirva para pedir disculpas por adelantado ante el uso de trasnochado símil, pero se supone, si el cambio climático no dice lo contrario, que las tormentas primaverales pasan a ser un recuerdo y La Marina recibirá a los primeros turistas de la temporada a golpe de decibelio roquero y buena temperatura.
Porque para servidor, cuando mayo mayea de verdad es a partir de la segunda quincena. Se huele la cercanía de aquel cuarenta de refrán para mandar a paseo el sayo y las primeras cervezas y vinos asoman en terrazas de nueva adquisición, patrocinadas por la marca de moda. Y sí, se cambia de armario. Con todo lo que eso conlleva. Por no herir ninguna sensibilidad, digamos que, entre otras cosas, maldices tu escasa afición al ejercicio, abrazado al dolce far niente de barras, y mientes diciéndote que el año que viene no te pasa. Y ríes por dentro. Porque sabes que pasará.
Y queridos amigos, no hay nada mejor para dar la bienvenida a la primavera de verdad que ir a un festival. Y si ese festival huele a salitre, a pulpo seco y está cerca de donde Dacosta y Miquel con su Baret, tú has de ir al Montgorock Xàbia Festival.

Después del rotundo éxito del año pasado, el festival parece haber adoptado la cómoda velocidad de crucero que todos los que mostramos respeto a las profesiones que rodean a la música deseamos, para que la sonrisa sea la cara que más brille en todos. Lejos parecen quedar los problemas irrecuperables y el, todavía reciente, espaldarazo de la edición de 2016 provoca unas ganas de bailar, brincar y comer en el recinto de La Fontana, mientras el agradable sol te prepara para lo que va a venir.

El cartel no deja lugar a dudas que va a ser un fin de semana intensamente divertido. Solo repiten cartel con respecto al año pasado Los Zigarros, Gran Quivira y los putos Sexy Zebras por lo que monótono para los montgorockers no va a ser. Y también demuestra a las claras que se sigue buscando por parte de la organización el proporcionar nuevas experiencias musicales a los que se gasten la pasta, para no caer en la repetición que si impera en otros carteles. M-Clan, Leiva, La Fuga y Sidecars podrán ser los más conocidos para el gran público. Y principal reclamo, todo sea dicho. Pero si lees más abajo te encuentras con trallazos como los de Whisky Caravan, Aurora and The Bertrayers, Santero y los Muchachos, Geografies, Badlands (que banda, Dios mío) y el primer grande de Corazones Eléctricos, el nuevo proyecto de Pau Monteagudo, cantante de Uzzhuaia, Kako y Víctor, otra nueva buena banda en la ciudad de Valencia. Hay más, por supuesto, pero no pretenderás que te lo de todo mascadito y te fastidie la maravillosa sensación de descubrir una por una a todas las bandas que van a darlo todo en el festival de Xàbia, ¿no?

Y por si fuera poco el menú musical, dormir será de cobardes, ya que este año se introduce la novedad de los conciertos matinales en las dos mañanas del sábado y domingo. Gratuitos y en la playa de El Arenal, la organización propone rock para armonizar el aperitivo y volver a la ruleta rusa de brindis, baile y música. Y bueno, para que el solecito ilumine vuestras caras y así no parecer crápulas de serie B.

No hay motivo para la queja. Incluso aquello de masticar el polvo será un recuerdo por obra y gracia del césped artificial, otra de las novedades de esta edición. Podrán decir los puristas y los jóvenes de espíritu que un festival sin polvo no es un festival, pero es, en principio, un acierto, incluso para poder adoptar diversas posturas dignas del mejor Woodstock. Y creo que es una idea fantástica para poder disfrutar de otra de las novedades, el escenario JamStage, un homenaje velado a Chuck Berry capitaneado por Lovehunters Blues Band donde los artistas del cartel subirán para marcarse sus favoritas perversiones entre concierto y concierto de los escenarios principales.

Pero si hay un concepto que me fascina de este festival es la vertebración en diferentes áreas que van más allá de los chopocientos mil culos moviéndose sin parar. La conciencia con el entorno natural -aún está reciente el incendio del Montgó como para no estarlo-, con actuaciones en materia de medio ambiente a favor del Cap de Sant Antoni, la solidaridad con la Asociación de Personas con Autismo de Xàbia y con el Aula específica de Comunicación y Lenguaje del Colegio Público El Arenal de Xàbia, con una importante Fila 0 que estaría bien llenarla de cifras son solo algunas de las actuaciones satélites que beneficiarán a la comunidad xabienca, más allá de la música prácticamente sin parar en La Fontana, incluyendo la opción de tocar en el festival a los ganadores de los concursos de bandas emergentes, Happy Freuds y Indian Hawk.

En definitiva, el Montgorock Xàbia Festival está en la parrilla de salida. Y no se me ocurre otro lugar donde poder pasar un fin de semana con la familia, menores de 12 años, entrada gratis acompañados de un adulto. O para iniciar el camino de poder formar una, canallas.

PD: Sí sigues con dudas, el año pasado fue así.

viernes, 27 de mayo de 2016

Buenos tiempos para el Montgorock.

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Foto: Luis Crown

Resulta difícil cronicar -verbo inventado- un festival cuando hay momentos en los que la música es casi lo de menos. E incluso resulta difícil justificar la frase anterior cuando las más de 7.000 personas que pasaron por el recinto del Montgorock tenían como principal aliciente ver el fabuloso cartel que se anunciaba para el evento con más repercusión de la Marina Alta del pasado fin de semana. O casi del verano. Pero es que a veces es lo de menos. Estos festivales, donde la música se mimetiza con tu respiración y tus latidos, donde el poro se llena de notas y polvo a partes iguales y donde es imposible no perder matices de los conciertos sin sacrificar todas tus necesidades fisiológicas, es vivir con mayúsculas. Es ser salvaje y venirnos arriba con fuego y gasolina. Es llegar solo y despistado a mitad del festival y encontrar el amor fugaz cuando el sol se mezcla con la luna. No fue mi caso, pero sí el de una rubia con pinta en la mano e ídem de guiri, que se abrazó a un zagal que esa semana no merece jugar a la lotería, por si acaso.
Aunque bien pensado, yo tampoco debería jugar. Porque gracias a mi Ángel de la Guarda motorizado, una especie de Adri Rock Runner pero más femenina y sexy, pude plantarme en la casilla de salida de los autobuses camino de la costa. Brindaré con ella este fin de semana y le susurarré al oído todas las cosas bonitas que recuerdo del Montgorock.
Como por ejemplo, que los festivales con sol, cerveza y relaciones forjadas a base de sudores de rock y confesiones de barra, donde casi no es importante el cuando, sino el porqué, nos reconcilian. Y que el Montgorock es un poco el Kraken, es un poco aquellas noches lejanas en Zaragoza o Madrid, donde se forjan esos abrazos sinceros que te crujen las costillas y estas fotos grupales en las que ves a todos sonreír.
Es un poco ir a verlas venir sabiendo que no vas a caer en el desamparo. A pesar de la habitación para uno. Es recibir el primer abrazo del fin de semana por parte de Ernesto, leyenda activa de la música -eso tú, lector habitual, ya lo sabes-, mientras arriba del escenario Gran Quivira lo da todo a base de sudor, sol de frente y primeros pasos de la sarta de conciertos que íbamos a vivir en dos días. ¿Hay algo más molón que hacer rock con gafas oscuras? Si encuentras las fotos, probablemente tendrás la misma respuesta en la boca que yo en la cabeza. Sonaron de puta madre, por usar algún tecnicismo y, como siempre, Monty alentó a las masas con bofetadas contra el postureo, mientras Marcos Bañó disparaba ráfagas que se quedarán para siempre y el Dave Grohl particular de la Rabia Rubia, conocido en otros lares como Rafa, vibraba como solo saben hacerlo los molones, sin apenas inmutarse. Todos somos exactamente igual que todos los demás que no quieren ser igual. Maldita sea.
Queriendo todos adoptar el dress code de La M.O.D.A., como unos aprendices del salvaje Marlon Brando, rendimos cuenta de algunas cervezas cortesía de la pulsera naranja del acreditado por obra y Gracias de la generosidad del equipo, con caras de Maricruz y Josan Serrano, unos señores con mayúsculas que se merecen una ovación por su valentía y pasión por sentirse vivos en el andén, mostrándonos a todos esa sensación de no haber perdido nuestro tren, aunque nos crujan las rodillas, queriendo quedarnos a vivir en ese instante en que la montaña rusa llega arriba. Y con esas, con esa voz de David que nos vuelve locos, comenzamos a languidecer casi con la noche y nuestra vida se transforma en una comuna de camerinos y más saludos. Mientras comienzan a sonar los alemanes de Itchy Poopzkid, la gente cena o bebe. Algunos ambas cosas. Y nosotros, en ese aura del backstage, donde se cuece el pasillo final, comenzamos a hablar del viento, del sol, de zapatos, de brillos de labios y de cuidados de la barba. Llega el Guaje Igor, gutarrista de Loquillo. Abrazos y vaciles, algunos futboleros, sin pagar el vino pero sí hablando del Sporting, como si estuviéramos en aquella bahía inestable.

Mi discreción, y fortuna, me permitió ver algo al alcance de unos pocos. Las esperas son lazos de sangre, son la capilla previa del torero, del deportista. Ese ritual, en el que el artista, de la guitarra, raqueta o balón, necesita para interiorizar, visualizar o rezar antes de salir frente al público. Ese momento lo vi, como un chiquillo travieso que observa por la cerradura, cuando Loquillo juntó en corrillo a su banda a escasos minutos de salir. Por casualidad, tras salir de un rincón oscuro a hacer aquello de pie. Parando mis pasos ante la escena y recogiéndolos hacía atrás para ver y no romper la magia del momento, no sea cosa que el Loco me de una hostia por mocoso chismoso, salga torcido a escena y me tire la primera botella que encuentre cada vez que coincida con él en el Nueve Tragos de Andrés. Afortunadamente, no fue así y la banda se marcó un gran concierto que pudimos disfrutar todos los allí asistentes, arrancando con Salud y rocanrol, terminando con Cadillac Solitario y con las lagrimas de Merche, emigrante repatriada, entre medias. Y saludando desde lejos a la banda, cruzamos el recinto porque, casi sin descanso, la perrera comenzaba a ladrar. Gran valor y mérito de Los Perros del Boogie, lanzando sus primeros acordes casi al final de los de Loquillo, recogiendo la ola y marcándose un concierto de los más espectaculares de la noche, bautismo de fuego del crossfiter new guitar Borja Gandía, que resolvió con sobrada nota nuestras ganas de rocanrol y fiebre que, claro, van de la mano los dos.
L.A. y Sexy Zebras cerraron la primera noche con una aspiración brutal de nuestras fuerzas, sustentadas únicamente por las ganas de esculpir nuestros viejos cuerpos y no pensar en el mañana que estaba por llegar, doloroso y expectante con sus dientes afilados y sedientos.

Y al segundo día, flaqueamos. A pesar de dormir casi hasta mediodía. A pesar de oír la voz del cuerpo y la sonrisa que echábamos de menos en esa cama para uno. Nadie dijo que iba a ser fácil. Tocaba vitaminarse, mineralizarse y pedir un carruaje que nos llevara al recinto, donde Miss Octubre mostraba su potente show casi a las mismas horas de sol que el día anterior Gran Quivira y con idéntico resultado en la piel de Agnes que en la de Monty. Mientras tomábamos aire, y un poco de Mala Vida, el análisis mental de lo vivido y por vivir no dejaba otra que dejarse llevar por la alegría de Muchachito, el festival de verano convertido en música. Con diversión fantástica. Con los metales despertando a cualquier muerto, que los había. Con los niños bailando. Como los hijos de Carles "El Moro", mamando este hippismo tan sano y necesario en cualquier educación que se precie, donde saltar, sudar y jugar ha de ser necesario para ser hombres y mujeres de bien. 
Y pasó por nuestros ojos Rubén Pozo, un llanero solitario que, con pasión, sabe estar a las pequeñas duras, haciendo fuerte el cuerpo para disfrutar con más ganas cuando lleguen las grandes maduras. Siempre me ha parecido un músico excepcional, desde que meneaba su guitarra con Buenas Noches Rose y que constató con Pereza. Y es un seguro de vida, un acierto seguro para cualquiera que contrate sus servicios, obteniendo, de paso, la cuota femenina de fans que ha de tener todo festival que se precie. Por mucho polvo de tierra que haya.
Polvo del que parecen alimentarse Arizona Baby, con esas barbas, esos pelos, esas gafas y ese rock que es tan casi nuestro como de ellos y que nos maridan con cualquier licor de alta graduación, carne bien tostada y partidas de cartas. Fue, durante unos breves momentos, la banda sonora perfecta a nuestras pizzas y productos locales, servidos por las maravillosas gentes de los foodtrucks que, con una sonrisa, ejercían de buenos samaritanos por un puñado de tokens.
Con Quique González, respeto eterno y manos estrechadas, llegó la magia. Con el tempo del sol casi sincronizado, se llevó la luna debajo del brazo con todas sus melodías de tipo auténtico y comprometido, mientras llamaba a Charo, preguntando todo lo preguntable, provocando sus respuestas y los trances de los y las montgorockers, ese término del que ya no nos desprenderemos aquellos que comimos polvo del recinto de La Fontana.
El golpe final fue cosa de La Pulquería, a golpe de tequila, barcas hinchables y fiesta mariachi, cabrones. Como sabiendo que ya andábamos cortos de fuerzas, inversamente proporcionales al moreno que iba luciendo Josan, de acá para allá y teniendo el temple y la muleta para satisfacer a todos, desde la más alta estrella hasta el más modesto meritorio de la barra.
Con Kitai, teniendo su momento en el escenario Rockers Gin con su rock atronador lleno de insolencia juvenil, nos centramos en pulsar otra capilla, esta vez desde el camerino de Los Zigarros, encargados de cerrar el festival. Abrazos y besos con los Tormo, dando gracias que no se quedaran con el vino y Sinatra después de la nocturnidad de Granada. Viven un gran momento, con la gira de su segundo disco y, para los morbosos, con normalidad y brindis con los miembros de Los Perros del Boogie. Algo que servidor había detectado entre el mundillo y algunos fans, pero que ambas partes afrontan con normalidad. El negocio está así montado y, como ya dije en su día, hemos ganado dos grandes bandas en Valencia. Y punto final, con llave al mar.

Con Los Zigarros si se dio todo. Era el final, el último rayo. La última opción de aquel joven en decirle a la chica del final de la penúltima fila aquello de "baila conmigo". Incluso podría decirlo en playback, Ovidi le prestaba su voz sin problema. Y luego, quien sabe, podría prenderle fuego a su pantalón. Y el público saltaba, como si de barras bravas se tratase, a ritmo de Telecaster. Y con expectación entre los compañeros de cartel por ver a estos valencianos que, está claro, ya se ha corrido la voz acerca de lo que son capaces de hacer. Y se encuentran en un excelente estado de forma. Dominando la escena, la gente, la pose, nada impostada y plenamente natural, marcando un cierre de concierto y de festival en lo arriba del todo. Aunque durante un momento me pregunté, como ellos, que demonios hago yo aquí si solo quiero estar junto a ti, lejos de tanta locura.

Esto fue, a grandes rasgos, el Montgorock. O, al menos, mi visión. Por si no te gusta, los chicos de La Gramola de Keith tienen la suya y es muy recomendable. Un evento lleno de transversalidad, (¡toma palabro!) que puso a Jávea en el mapa de la música. Actuando globalmente pero también localmente, fomentando a las bandas locales, potenciando la gestión de jóvenes voluntarios y la unión de diferentes sinergias desde el ámbito público hasta las entidades privadas. Nos guardaremos para el final la parte menos glamurosa, el trabajo previo, las acciones, el fomento del festival en Fitur, el sacar a la luz del sol el rock con la matinal sabatina de Romero, que no siempre está en garitos oscuros de, dicen, dudosa reputación. 

Llego a casa y me deshago de mis pulseras y acreditaciones. Cansado, sonriendo como un viejo, ya no puedo disimular.
No obstante lo cual, me sigue gustando el cabaret. Me sigue gustando el Montgorock.

lunes, 9 de mayo de 2016

El verano comienza en mayo con el Montgorock.

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No recuerdo donde, leí que los jóvenes de hoy en día no quieren el calor del funcionariado como profesión para cambiar su tiempo por dinero. Que prefieren emprender. Que visto como está el percal, es casi lo mismo que echarle un par de huevos. Es de admirar esta cuestión ya que, aunque uno no deja de ser un romántico con respecto a la condición humana, hay mucho cobarde repartido a discreción. Pero no cobarde en el sentido de temeroso. Cobarde en el sentido de no ir de frente y buscarte las vueltas, haciendo todo el daño posible, si cabe. El problema de esto es que no los ves venir. Igual te aparecen con la piel de cordero en forma de zapatos de Prada de hace cuatro temporadas y chaqueta lustrosa del excesivo uso y, ante la primera sensación de pena, esta se transforma inmediatamente en asco por la calidad del personaje.
En el mundo de la música hay muchos chaquetillas de este estilo. Gente que se aprovecha del sudor ajeno para el beneficio propio sin emplear una gota de sus poros. Pero, afortunadamente, existen también otros, mayoría, que nos hacen abrazar al ser humano como aspecto genérico con la mayor de las ternuras. Porque con sus pequeñas hazañas, nos convierten un poco mejor a todos.
Supongo que esto sería lo que llevó hace cuatro años a Maricruz y Josan a sacarse de la chistera el Montgorock, un festival sin otra pretensión de sentir la vibración de la música en directo en su pueblo. Y en esas cosas, que ahora los autodenominados "nuevos políticos" denominan participación y autogestión, empezaron a mover hilos y a tener continuos dolores de cabeza para «construir una plataforma de lanzamiento que mole para la música en directo», como dice Maricruz, uno de los miembros de la organización del festival. No conozco ningún proyecto realizado desde la sinceridad del corazón que no despierte una sonrisa en quienes lo disfrutan y lo gestionan. El Nueve Tragos de Andrés Albert o el Kraken Bar de gran Pablo son solo dos ejemplos de lo que quiero decir. Y en ambos me he sentido como en casa. Porque consiguen eso, que sea tu casa.
Y la verdad, con tantos palos en las ruedas, es de agradecer que, en este mayo recién comenzado, todo aquel que se desplace a Xàbia pueda disfrutar de un cartel de lo más apetecible dentro del panorama del rock español. Este Duo Dinámico del rock ha sufrido apagones por las bravas por el conocido método del tirón de cable en la discoteca donde contrataron una de las ediciones o la vanidad política, con palabras barrocas de continente y vacuas de contenido, que les obligaron a suspender la edición del año pasado que se iba a realizar en Dènia, sin tiempo para la reacción, con el consiguiente aluvión de críticas de todo aquel que ve los toros desde la barrera y se permite el lujo de apretar muy fuerte los botones de su smartphone para mostrar su indignación, dando de manera altruista recomendaciones paternalistas adquiridas en su Master de Cuñadismo Gilipollas, con sobresaliente Cum Laude.
Sigo particularmente la evolución de este festival desde que vio la luz. Tengo un vínculo con la zona muy fuerte que me acompañará hasta el fin de los días y cada vez que me viene a la cara el salitre de El Arenal, recuerdo aquellas noches sirviendo copas y debatiendo con holandeses sobre fútbol, cervezas y mujeres a finales de los noventa. Y el nombre me parece acertadísimo. El Montgó, la roca, siempre presente en aquella zona, testigo mudo de nuestros llantos y nuestras sonrisas, de nuestras confesiones y nuestros miedos, de nuestros amores y deseos. Testigo de nuestra vida, en definitiva.
«Solo buscamos que nos gusten y que lleven todos una misma línea. Grupos de alta calidad en directo, tanto consagrados como emergentes», nos responde Maricruz cuando este impertinente hurga sobre la confección de los carteles. Y la verdad es que este año han acertado, más, de pleno. Loquillo, Quique González y Los Zigarros tienen nuevo disco recién estrenado. La M.O.D.A., Arizona Baby, L.A., Rubén Pozo y Muchachito no necesitan presentación. Los Perros del Boogie andan cocinando su próximo bombazo y el Montgó será seguro un gran banco de pruebas. Gran Quivira es uno de esos proyectos fantásticos que salen de la mente de Monty Peiró, rodeada de fantásticos virtuosos y que divide al mundo en quienes han vivido la experiencia de verles y quienes no. Y el movimiento divertido del resto de integrantes del cartel, con Miss Octubre, los alemanes Itchy Poopzkid, La Pulquería, Romero y los bestias de los Sexy Zebras nos aseguran, a priori, un fin de semana de diversión y guitarras al once. Y la apuesta por el rock patrio está fuera de toda duda. Cosa que es de agradecer en estos tiempos que nos toca vivir.
No exento de dificultades, en las que no quieren entrar en detalles, los organizadores hablan de amistades que nunca se perdieron en este camino. ¿Y dinero? La respuesta es obvia. Muchos de los asistentes a la edición de este año son invitados por la organización para compensar el agravio del año anterior, por lo que nutre de más valor cada instante que disfrutarán los asistentes al festival, con dos tipos de entradas, una general y otra buscando más la relajación, si se puede usar esta palabra en un festival de rock, supongo que dirigida a jóvenes de espíritu pero viejos de carnet, como servidor.

En última instancia, le pregunto a Maricruz si las experiencias vividas les han hecho aprender de los errores. «Es un error del que no se puede aprender puesto que entonces dejaríamos de creer en las personas», me sentencia con total aplomo.

Y no se queda nada más. Creer en las personas. Como Maricruz. Como Josan. Que con sus arrestos, nos hacen ver este mundo con una escala de colores más allá del gris y el negro. Y nos adelantan el verano a mayo, que no es el mes de la flores. Es el mes del Montgorock Xàbia Festival.