lunes, 21 de marzo de 2011

A la memoria de Vicente Ahumada

Los coches ahora son de plástico y algunos ya, y eso está bien, funcionan sin gasolina. Las naranjas de supermercado son lustrosas y brillantes, pero insípidas al paladar. Incluso los senos perfectos de bisturí nos atraen más que los que caen por la gravedad y por el don de ser madre. Vivimos rodeados de cosas falsas y artificiales, en un mundo diseñado desde Suecia con amor. Vamos a la deriva de personalidades propias, nos cortan a todos del mismo patrón y nuestra máxima aspiración es no tener ninguna aspiración. La música ahora son notas secundarias, adelantadas por carnívoros vestidos, ruidosas declaraciones de sexualidad y metidas de pata en las redes. Se pierde la esencia, lo puro, el espíritu callejero. Por no tener, no tenemos ni el humo en una noche de blues o flamenco. Y esta desazón gris llegó a las ondas de la radio. Ya no hacen falta narices encima de los micros, con un gran disco duro y una renderización de temas consecutivos es más que suficiente. Cuarenta y cinco, o sesenta o cien minutos sin interrupción, lo llaman ahora. Nadie busca, nadie investiga, nadie se especializa. El penúltimo aliento puede ser que fuese el que dio Rafael Revert, allá por el 92 cuando trasvasó su idea de radiofórmula sesenta números más allá, pero con un toque diferente, con profesionales de trinchera del medio, como Rafael Escalada, Carlos Finally, El Pirata, Abellán, y algunos más que, perdón Rafa por no tener tu memoria, no consigo recordar. Y Vicente. Vicente Ahumada.

De la vieja escuela, Vicente Ahumada destilaba música por todos los poros de su piel. Música de la buena. Y tuvimos la suerte de que la evolución lógica del que tiene inquietudes musicales, le llevara a tirar del hilo hasta llegar al final del ovillo. A Elvis. Y tiró tanto de él, hasta ser una verdadera eminencia en la vida, obra y milagros de El Rey. Sí, de acuerdo, hubo música antes del chico de Tupelo, pero la industria comenzó con él. Y nos abrió la ventana a todos sus registros. Aún recuerdo esa voz peculiar, profunda y esa reciente imagen de espaldas en las imágenes de los locutores de la antigua y añorada Rock&Gol. Lo recuerdo los sábados, o los miércoles, mis noches hacen dudar a mi memoria, con esas joyas que es repetitivo nombrar y que debes de investigar y crear tu propia lista de éxitos. Sus ojos habrán visto los lugares y rincones donde se gestó la leyenda y seguro que habrá podido disfrutar de los olores de la cuna del rocanrol, por el mero placer de hacerlo y, después, poder contarlo en antena para sus incondicionales del Club Elvis, uno de los programas más longevos, con 16 años de emisión, y latente en Internet por siempre jamás.
Me gusta imaginarlo con gafas de sol, su Marlboro humeante entre los dedos y una copa de brebaje de Tennesse, mientras suena cualquiera de los temas de King Creole. Suena a tópico, lo sé, pero la memoria selectiva tiene esas cosas y, como si de una antigua novia se tratase, idealizas, mitificas y seleccionas los recuerdos de esas personas que ya no están cerca de ti en cuerpo, pero sí en espíritu. Y seguro que era uno de esos excelentes conversadores, con su peculiar visión de la vida. O tal vez no. Igual era un tipo introvertido, un corazón solitario de los que llevaban en sus hombros la melancolía. Me da igual. Nunca tuve el gusto de conocerlo en primera persona, pero las gentes que han tenido esa suerte lo veneran, desde Pamplona a Alameda de Osuna, pasando por Las Rozas, todos hablaban antes de ahora maravillas de él.
Se nos ha ido después de pelear duro, resurgir y volver a caer. Supe de su pelea a través de una conversación humeante y callejera la penúltima vez que visité Madrid, recién estrenada la ley antitabaco, y ese fin de semana las charlas sobre El Rey me conquistaron por segunda vez con la mesa y mantel de los años cincuenta como testigos. En estos casos, para consolarnos, tenemos la estúpida y católica creencia que en el Cielo todos se encuentran con el mejor aspecto de su vida y que la eternidad allí es una fiesta. Seamos estúpidos y católicos y pensemos en el abrazo que se darán allí arriba Elvis y Vicente, mientras aquí abajo continúen creciendo locutores inquietos, viajeros y apasionados como Iván Guillén, y proyectos anónimos con latidos y alma de rock, mientras nosotros seguiremos adorando el metal del Renault 4L, robaremos naranjas de los campos y besaremos lo que podamos que provoquen canales de pasión.
Larga vida a Vicente Ahumada, nunca caminarás solo.

8 comentarios:

  1. Auro15:10

    Grande Peris, precioso homenaje!
    Un besazo

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  2. touché en lo más profundo de todos, peris, touché.

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  3. Anónimo18:37

    Mi más sincera enhorabuena. Gracias de corazón, mi niño. Has sabido expresar perfectamente con palabras lo que ha sido y será Vicente Ahumada para todos los que nos hemos quitamos el sombrero durante muchos años con el mejor programa que habrá en la radio: Club Elvis.
    You'll never walk alone, maestro! Marta

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  4. Anónimo19:36

    Las escarpias como pelos,o como se diga eso star.mr.prog

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  5. Carmen20:57

    En paz descanse, un bonito homenaje Peris

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  6. Anónimo21:53

    Grande. Ahumada Rock In Peace. You are always on my mind.

    Chemi

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  7. Muchas gracias, a Vicente le habría gustado.
    Un saludo,

    Senn

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  8. Anónimo19:56

    unas muy buenas palabras, para el Elvis español que todos los sabados por la mañana me hacia viajar por las ondas de su programa y su voz tan especifica, graciass VICENTE AHUMADA, y hasta siempre

    migue(villena) alicante

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