No era normal que un joven, con la mayoría de edad recién estrenada, se presentase para abonarse a un canal de pago. EL CANAL DE PAGO. El que verdaderamente abrió la ventana de la modernidad a este país, a imagen y semejanza de los franceses. Ay, los franceses, cuanto les debemos. Hubo antes otros que fracasaron, como aquel Canal 10 por satélite, cuando las antenas parabólicas medían como una paella de veinte, con Jose Luis Balbín y el Moreno como caras más conocidas. Pero el Plus era otra cosa. Era películas que las podías ver en casa apenas siete meses después de estar en el cine, sin anuncios y a la hora acordada, no diez, quince o veinte minutos después. Era fútbol en domingo. El fútbol nació para ser visto el domingo en el campo y a las cinco de la tarde, pero el poder ver tu partido extra, a parte del emitido el sábado por la noche, te hacía ver el final del fin de semana con otros ojos. Se acabaron las visitas a casa de amigos, o más bien conocidos, para ver los partidos del Valencia, sin poder soltar cualquier improperio cuando a Quique le ganen las espalda y el Madrid nos marque en el último minuto. Si eso volvía a suceder en el partido del Plus, podría ciscarme en todo el santoral del jugador, para después de la descarga impulsiva de adrenalina, empatizar con el Faraonito y entender que él siente el hierro y que solo fue un error impregnado de exceso de confianza. Y con los míos a mi lado. Con mi padre diciendo "Che, che, che..." a modo de desaprobación y mi hermano sacando la vena de rabia, esa que roza la lagrima.
Y las noches de baloncesto, huérfanas sin Trecet en TVE. La NBA. Los All Star. Aquella canasta de Jordan en el último segundo. Cuando Andrés Montes era de culto y Daimiel era Daimiel, pero más jóven. Habían otros deportes pero no despertaron mi interés más allá de la efímera curiosidad. Y «Lo + plus», con Fernando Schwartz, Siñeriz y un pequeño y gracioso oriental dando consejos de casi todo. Y Pradera. Máximo. Por el que no tenía miedo a caer en una isla desierta gracias a sus clásicos, recopilados para nosotros. Y Friends. Y Sexo en Nueva York, que ahora es lo más normal del mundo, pero antes no. Y el porno, como no decirlo. Sin miradas ni contrabandos en VHS.






