miércoles, 12 de enero de 2011

JUNTALETRAS. CAPÍTULO IV

La verdad es que no sabía que decir. Tapado con una especie de manta brillante y bebiendo té caliente que alguien le dio, intentaba recordar algo antes del momento en el que se cruzó por su camino, mientras los reflejos de las luces de las sirenas se mezclaban con las estrellas. Ahora tendrá que responder a muchas preguntas, de las que no tiene, o no recuerda, las respuestas. Porque después de aquel cruce de caminos, ya nada volverá a ser igual. Hasta los colores tenían tonalidades que nunca creyó apreciar. Culpa de la química, pensó. O de su física. O de la química aplicada a su física. A su físico. Lo bien cierto es que se encontraba como recién salido de un sueño. Como si hubiera vivido cien vidas en una sola. O una vida vivida cien veces. Con momentos pasados a cámara rápida y otros momentos ralentizados eternamente. Con Josele cantando de fondo. Iba a tardar mucho en encontrarse a sí mismo. Mientras recordaba como había llegado hasta allí, maldecía al efecto mariposa. Con no haber ido a esa exposición, se hubiera salvado de la quema. Y se salvó. De milagro. Para una vez que se anima a ir a esos sitios, casi le cuesta la vida. Una visita rápida, compras unos catálogos y a casa, recuerda que pensó mientras se ajustaba el nudo de la corbata frente al espejo. Mucho de todo en la galería de arte. Diseñadores de moda, actores, modelos, pintores. Gentes de mal vivir, con un buen departamento de relaciones públicas para estar por encima del bien y del mal. Le pareció ver a un deportista que estuvo metido en un lío de sexo con menores, del que al final fue absuelto. Recuerda que ojeaba el catálogo en versión japonesa. Una solemne tontería porque no sabe nada de japonés. Incluso detesta el shushi. Pero así alargaba un poco estar allí, y poder tomar otro moêt. Nadie le esperaba en casa. Desde que N se fue, el momento álgido de cada noche era elegir la cena y decidir cuantas cervezas tomar, así que se podía permitir un poco de descontrol. Aunque fuera miércoles. Y aunque fuera un inspector territorial de la Agencia Tributaría. El más joven de España. Con la nota más alta en veinte años de exámenes. Mientras veía el catálogo, miraba como se movían los tacones que sujetaban unos tobillos que, sin duda, eran los más estilizados del lugar. Como un director de cine con su cámara, fue subiendo el plano de su visión a través de un vestido de raso verde por unas rodillas, una cadera y una cintura con cinturón, hasta llegar a un escote asimétrico que dejaba al aire un precioso hombro. Tuvo la tentación de no pasar de ahí, pero se acaloró al darse cuenta que los tacones que movían el resto del traje, habían parado de taconear y estaban a menos de tres taconazos del catálogo y la copa de champán, con la punta de los zapatos, unos manolos, señalándole a él sin ninguna duda. No tenía elección. Así que completó su plano. Enigmática. Esa sería la palabra que la definiría, si tuviera que hablar de la cara de la chica del traje de raso verde. Con todo en su justa medida. Ojos verdes, que color si no, cejas, labios, maquillaje sobrio pero elegante y joyas discretas de oro blanco, a primer golpe de vista. Me gusta más la versión francesa, le dijo ella cuando se quedó a dos pasos de él. Aunque lo importante son las fotos, te las imaginas con otro ritmo ronroneando en francés los títulos al pie. Es curioso que recuerde el inicio de la conversación, y solo tenga breves fragmentos del resto. Aquello de la cámara rápida y los momentos ralentizados. Eso sí, ella se reía mucho, pero no recuerda de qué. En cada sonrisa, sentía un impulso que no experimentaba hacía mucho tiempo. Pero no sabía como se encontraba en la cuneta rodeado de los cuerpos de seguridad y la asistencia en carretera. La sangre ya no le hierve, cuando pensaba en su buena suerte.

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