viernes, 3 de enero de 2014

Tortillas, cigarros y rocanrol sagrado. Los Vicentes.


 
 Las noches en las que la hoja de ruta no está establecida son las más caóticas. Y divertidas, claro. Y bueno, que venga Cenicienta Vicenta a recogerte en su carroza para una noche de tacón y punta, pues como que es para decirle al ama de llaves que tenga localizadas las idem, por si acaso.

Y con una parada técnica para recoger al resto de la banda, -¿Pa qué? ¿Pa qué va a ser? Pa hacer una matanza-, con un buen pincho de tortilla y bota de vino blanco nos disponemos a marcar la última muesca en nuestro revólver para decir adiós a este 2013, que la Nochevieja nunca me supo levantar.

Toca ver a Los Vicentes, la banda/secta de Roberto El Gato, un tío que se mueve por el escenario como el felino del que toma su mote y que, yendo a ciegas prácticamente, las referencias me pintaban una buena noche de rocanrol y mujeres bonitas. Y de tabaco, condición imprescindible para un poco de rock sudoroso y divertido, que era lo que nos ocupaba. Que para fastos tranquilos ya está el Concierto de Año Nuevo o los saltos de esquí de Garmish. O vivir con tu marido, que cojones.

La banda se hace esperar, según la hora del concierto, cosa que no importa a la parroquia que se mete con celeridad en el gaznate líquidos elementos y las primeras risas acerca del magnético suelo de El Loco. Luego no nos importará mover las caderas y los culos cuando, entre canciones de juniors y salmos, nos den caña con las novias de la CIA, dependientas de la calle Colón y demás himnos.

Pasaron por el escenario amigos y amigas de la banda, que dieron a la noche un punto de reunión de colegas sin ningún otro fin que el de divertirse sin más pretensión que hacer currar a nuestros culos y las caderas de las camareras al ritmo de nuestras peticiones, de música y de licor. Y la banda en sí, es una gran banda. Suena como un cañón y, sin estridencias ni postureos postizos, te meten el ritmo en el cuerpo, como si fueramos personajes de Bitelchus.

Y fumamos. Vaya si fumamos. Hasta olorcito rico nos llegó al sonar los primeros acordes de su hit 'Aquí se fuma'. Nunca vi tan maña coordinación de la gente en un concierto, sacando la pitillera del bolso, el bolsillo o pidiendo un beso y un cigarro a la morena cañón de al lado, aprovechando para soltar el '¿vienes mucho por aquí?' con resultado no desvelable, por caballerosidad.

Y así fue la cosa, más o menos. Rock fresco, con letras divertidas, guitarreos molones y olor a tabaco. No me llames Dolores, llámame Vicente.

Coda: Esta, aunque corta, es una crónica iniciada a finales de 2013 y finalizada a principios de 2014. La culpa la tiene el no saber volver a casa. ¡Salud, vino y espaldas de mujer!

1 comentario:

  1. Me encata, no es novedad pero siempre las leo como si fuera la primera o la ultima vez. Love noches de tortilla,tabaco y rockand roll.

    ResponderEliminar