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martes, 14 de abril de 2015

Vive el momento.

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No voy a descubrir el poder de la pólvora.
Ni lo pretendo. Y menos en esta vuelta al rincón, que anda desatendido por sacar a pasear la tecla en otros lares.
Pero es menester decirlo, otra vez.
Vive el momento.
Cualquiera que sea. Bueno, malo o regular.
No te suicides, pero no te pierdas ninguna. No esperes a San Juan o a otra patochada como excusa.
Vive como cuando te comes una sandia a dos carrillos, chorreando por los lados y riendo por ello.
Concédete un empacho. O dos. Visita a algún maestro de la mesa y vívelo con los cinco sentidos para no olvidarlo jamás.
Recorre con los dedos la espalda de la mujer que amas hasta que rocen de memoria cada lunar.
Corre, pero de pensamiento.
Aprende de los que saben, que suelen ser más mayores que tú, porque no tienen la insolencia de la juventud.
Huye de las personas que sean tóxicas, de las que tienen mala aura, que dicen los de los chakras.
No te fíes de los que dicen blanco hoy y mañana negro. Pero no les dejes de sonreír para que se instalen en su locura.
Hazte un traje a medida.
Besa y abraza a quien quieres de verdad.
Juega con tus hijos, biológicos o no. Su sonrisa es la mejor de las luces.
Ten alguna resaca.
Baila, aunque seas un patán.
Trabaja como si fueras a quedarte toda la vida allí, aunque sepas que no.
"Vive deprisa, muere joven y tendrás un bonito cadáver" es la mentira más grande del mundo y coartada para aquellos que se pasaron de la raya. Llega a viejo, con arrugas que cuentan historias y dietarios con hojas amarillas que despierten envidias.
Ten artistas cerca. Tienen una visión privilegiada de las cosas.
Escucha más que habla.

¡Va por ti, amigo de la varita!

miércoles, 19 de noviembre de 2014

Un hombre puede llorar. La mujer de su lado, no.

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Hay mandanga. Y de la buena. Como diría el clásico, aquellos polvos trajeron estos lodos. Y echarle la culpa a ellos va a ser lo más fácil. ¡Que demonios, es la razón! Nos habéis alentado, con vuestros hechos y vuestras hirientes palabras parapetadas en poltronas de plasma, a convertirnos en mezquinos y vamos pisando cabezas creyendo salir impunes. Pero llegará el día del juicio final, o Juicio Final con mayúsculas si crees, y tocará pagar la cuenta de esta jarana. Nosotros, que venimos de aquella España de espadachines, donde uno se jugaba la vida por la soldada o por el honor, donde descubrirse a la entrada de un lugar techado era obligación, con vuestras guerras nos habéis empujado a casi olvidar de donde venimos. Y ahora podemos ir con la testa cubierta para darle al gañote y vilipendiar con la panza llena sin que nos metan un sablazo -literal- entre las costillas. Nos comportamos como animales. Malinterpretamos la pirámide de la socialización y esta miopía nos hace vivir en una caverna continua.

Nos habéis creado un país en el que alguien, escondido tras una mesa y un medio cargo, ejerza de francotirador usando como arma un pinganillo sin más motivo que seguir comulgando con ruedas de molino al servicio de la propaganda y pueda acribillar a una periodista con tanto dolor e impotencia que no pueda seguir con la normalidad y rompa a llorar sin disimulo posible

Nos habéis marcado un territorio en el que sea gratuito mearse, o cagarse, elija la escatología preferida, en el trabajo duro y sufrido que es la cocina, buscando no otra cosa que notoriedad y números para mantener el chiringuito de comer y beber por la gorra, en este caso por el sombrero, sin otro pecado para el escarnio que llegar a la meta del éxito por caminos más enrevesados.

Y nos habéis dejado el solar tan lleno de mierda que cualquier jefecito (perdón Mascherano) de medio pelo, cualquier mala copia de Tony Montana con ceros de más en su cuenta corriente, solo porque firma las nóminas se cree con el poder de mal exigir, mal mandar y peor ejecutar, echando la culpa al empedrado y provocando cuadros de ansiedad y llanto silencioso porque solo le interesa que el mono baile.

Pues tened en cuenta, queridos míos, que María, Begoña o cualquier nombre que se os ocurra, cuando llegan a casa, lloran. Quizá no con lágrimas, pero sí con rabia, desesperación y con ganas de tirarlo todo por la borda, aunque sea solo por un segundo. Y en la cama, a su lado, cuando la noche es oscura y el pensamiento es de uno, hay un tío a su lado que piensa que ya está bien. Que su chica es periodista, cocinera o frutera de corazón y no merece eso. Que a él le gusta verla sonreír, porque es su motor, sus alas, su vida. Lo necesita. Y que si no lucha por eso, maldita sea, no le quedará nada por luchar.

Y hay algunas Marías por aquí. Y bastantes Begoñas. Y muchas más con cualquier nombre. Y otros a su lado. Y el día que ellos digan hasta aquí, vamos a pasarlo bien. Porque saldrá el espadachín de nuestros ancestros. O el pirata mediterráneo, que será peor. Y no os va a hacer falta sombrero, pinganillo, ni farlopa.

Y no me jodas, lector o lectora. Que esto no es cuestión de sexo, ni machismo. Es del débil contra el abuso del fuerte. No les des la razón a ellos en aquello que creen que somos tontos.

Lastima no volver a la España de los Austrias y darle a la espada. Porque Alatriste estaría de nuestro lado y os íbamos a dar matarile.

Cabrones.

lunes, 14 de octubre de 2013

Nuestros héroes eternos.

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Es en tardes así cuando pasa. Que no tienen nada de especial y diferente, pero pasa. Te encuentras sentado en tu zona de lectura, las pantuflas ya han salido de la caja y acarician tus pies. Sostienes el libro que, en otras ocasiones, devoras con ansia, leyendo un párrafo cualquiera y, de repente, te das cuenta que no has retenido nada. Desandas lo leído. La inercia de la lectura, piensas. Vuelves a leer. Pero nada. Da igual que sea el párrafo del libro en el que por fin hay tetas y coños. Tu cabeza está a otra cosa. Siempre he creído, en algo hay que creer, que el cuerpo humano es sabio y te avisa del cansancio. Las agujetas en el deporte o la ínfima descarga de semen tras el cuarto polvo no son otra cosa que señales de tu cuerpo. Cansancio, cerca del límite, dicen.

Quizá fue algo que alguien dijo. Que no le diste importancia, pero que quedó allí, en un rincón de tu cabeza. O igual fue un surfeo de ideas que, separadas no tienen conexión, pero una te lleva a la otra, asociadas entre si. Los 'seis grados de separación' de los cojones dentro de tu cerebro.
Igual fue que pensaste que, a esas horas, deberías estar en la conferencia que organizaba aquella rubia periodista, amiga de la morena camarera fotógrafa. Esa que comparte página los viernes con otra rubia que sale en la tele y que tiene un libro con una chica de blanco en la portada. Y que en ese libro, leíste una vez algo que te llegó más que el resto del libro.

Y recordar aquello te hace pensar que ya no quedan de esa clase. De los del sudor en la frente, de los de diez o doce horas de trabajo. En ese momento ya sabes que no vas a leer más y cierras el libro justo cuando el tipo iba a bajarle las bragas a la morena. De ahí no pasará hasta que tú lo digas. Y vuelves a ellos, a los de las diez o doce horas de trabajo. A los que no tenían sopa boba del paro y les tocaba levantarse al canto del gallo para el pan, las legumbres y los pucheros. Te levantas y ves por la ventana a los niños jugar, columpio arriba, tobogán abajo. Pronto acortará el día y la vida, piensas, y hay que disfrutar el momento. Te tocas el pelo con tus manos y piensas en las suyas. Las de las diez o doce horas. Duras, trabajadas. Trabajo y orgullo bien entendido. Y en el rostro que tenían, o tienen los que aún están. Curtido, con una historia en cada arruga, en cada mueca.

Eran, o son, los que no creían en los duros a cuatro pesetas. No existe el dinero fácil. Humildes pero honrados, con valores universales. Y caballeros. De los de rosas en aniversarios. Y alguna joya, joder, que no todo ha de ser pan duro.

Y piensas que quizá ellos sabrían como manejar todas nuestras pelotas de malabares llenas de fuego. Y te viene John Wayne, Humphrey Bogart y Clint Eastwood a la mente. Porque si. O por otra razón, que igual no importa demasiado.

Y sonríes, mientras miras por el cristal como se apaga el día.

Esos son nuestros héroes. Y la rubia del libro con una chica de blanco en la portada tiene el suyo. Como lo tengo yo. O lo tiene mi amigo. O la hermana de mi amigo. O la morena con nacionalidad pilarica. O tú. O ella.

Héroes. Eternos, aunque no estén.

Espero que Pepe, el penúltimo de nuestros héroes eternos, os salude a todos de mi parte.

miércoles, 28 de agosto de 2013

De francachela con Vincent Cassel (que anda jodido el pobre).

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Amigo, lo siento. He leído lo tuyo con Monica en LA Internet y luego habéis sido portada de los corrillos catódicos del colorín, esos que endulzan la previa de las hostias de las noticias de la vida real. Supongo que andarás pelín jodido, porque tu señora es eso, una Señora con mayúsculas. Pero míralo por el lado positivo. Tu legado está a salvo en este mundo, y has sido capaz de tenerla catorce años a tu vera y tener el lujazo de verla despertar cada mañana con la cara lavá, que dice la copla. Que si, que se levantaba con un humor de perros y hasta que no se tomaba su café no te decía 'Bonjour Vin', pero, chico, eso pasa en casi todas las alcobas del planeta, así que no me seas tiquismiquis.
Ahora igual tendrás que aguantar un poco el babeo, y alguna faltada, del personal, pero es algo normal. No te has separado de Rosie O'Donnell, que si, muy maja y todo eso, pero ni punto de comparación. Tú sabes perfectamente a lo que me refiero. Pero nada, tú, oídos sordos, que esos mendas no te llegan a la suela del zapato, y sí, aunque hay cosas sinceras por ahí, eres the real madafaca.

Algo no iría bien en vuestro nidito porque, según me cuentan, las separaciones por trabajo eran cada vez más largas. Pero bueno, luego los reencuentros son más molones, con más pasión, en plan gel To Play y tal. También es cierto que las hipotéticas canitas al aire y los filtreos hayan podido ser más frecuentes por tu parte y, aunque se que eres un caballero, hay momentos en que no dejamos de ser primates ligeramente evolucionados. Y jugando un pelín a Celestina, igual eso a ella le haya podido mosquear un poco. Tú por ahí rodando y ella en la casa de Roma - la casa se la queda ella, ¿no? - con la pata quebrada, tomando capuccinos hasta el hartazgo y Fontana di Trevi arriba, Piazza de Spagna abajo. Que oye, caminar es bonito, pero lo mucho cansa.

Te decía que vas a tener que aguantar correa con esta movida. Y tus colegas fijo que sueltan su retranca. Seguro que alguna chufla por parte del cabrón de Matt ya te ha llegado vía WhatsApp Golden Premiumm, esa aplicación que solo tenéis unos cuantos elegidos, con los muñequitos en color dorado en vez de verde, donde el double check SI significa que el destinatario ha leído el mensaje. No seas muy borde con el pobre Matt, necesita un poco de cariño después de rodar el truño de 'Elysium' y ha ido hecho unos zorros jugando a los marines modernos, con una especie de calculadora en el pecho o algo así y rapadito al uno. Rollo Waterworld y eso, no te digo más.

Con quienes si has de tener cuidado es con Daniel y con George. Sobre todo con George. Anda un poquito ocioso con sus movidas, y ahora ha soltado el bulo que es un tío con muchas inseguridades y todas esas gaitas poniendo cara de cordero degollado, para que todas que se le acerquen, (Rosie, tú no) suelten un suspiro y un mohín como cuando ven gatetes en Instagram o cachorritos de cerdo vietnamita y les salga el rollo madre para luego ser Electras en potencia. Daniel va de Bond todo el rato, como con cara de reflexivo después de montar un mueble de Ikea con la luz apagada y sin mirar el plano. No te fíes del gatito de Chesire, pero tampoco le hagas tampoco mucho caso si te dice que ha quedado con una morenaza en el Palazzo Manfredi, - porque decías que se quedaba al final en Roma, ¿verdad? - que seguramente será su Rachel, que en fondo, está muy calzonazos, con emoticonos con corazoncitos en los ojos, por su mujer.

Así que, igual lo mejor es que le pidas a George el llavero de Playboy que abre su casa del lago Como para que estés allí unos días o, mejor, te pires para Croacia y sus playas azules y modelos eslavas.
Tú tranquilo, que una mancha de mora con otra se quita. ¿Estos billetes de avión para Roma dices? No hagas caso, es que nos vamos Nada Importa y yo a ver si nos compramos unas Lambrettas vintage, que nos hemos hecho ultra hipsters.

Cuidate Vincent, eres sangre de mi sangre, hermano.

Paz y amor.

lunes, 26 de agosto de 2013

La cocina de los helados. Año VII.

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Hay cosas de las que uno se muestra agradecido. Que te roben un beso, que te provoquen un orgasmo, que te aconsejen no ver 'Elysium' o que no le entres a la morenaca del final de la barra del after en Jávea que te hace ojitos porque es más bien morenaco, merecen el respeto y el aprecio de las personas que te han proporcionado esos placeres o evitado aquellos dolores.
El que le abran las puertas a uno de la casa donde viven, lloran y aman los moradores de la misma y darle cobijo, alimentos y charlas bien regadas, es para ofrecer la más sincera de las reverencias desde el fondo de nuestros adentros. Esta claro que toda regla tiene su excepción en esto de la hospitalidad, pero, si esto pasa, es tan fácil como arrojar un 'gracias por todo' y poner arena de por medio.
La casa de uno, les decía. Pues bien, imaginen a un cocinero y su casa, que no es más que su cocina, y todo aquello de la hospitalidad honesta. Y a un bulto sospechoso en ella, como si de un 18th Man de America's Cup se tratara. Pues eso mismo fue lo que pasó en aquel lejano, largo y cálido verano de hace un par de semanas.

Presentaban las gentes de La Matandeta, maravilloso lugar y buenos arroces, sus Jornadas Gastronómicas de la Cocina de los Helados, un loco invento que ya va por la séptima edición, donde el helado deja de ser el rush finale en el postre para mutar en un complemento y acompañamiento perfecto de carnes, verduras y pescados. Y con esas nos plantamos en el Balneario de Chulillacon su albornoz molón, vacile piscinero y mesa puesta a cargo de Toni Fernández, jefe de cocina del balneario y Rosalía su mujer, excelentes anfitriones de una previa al gran estreno, con la ginebra como perfecto conductor de la francachela veraniega de sobremesa nocturna a la luz del candil de su terraza.
Se notaban los nervios de Rubén Ruiz, jefe de cocina de La Matandeta ante el estreno. Si Loquillo necesita su innegociable calma antes de salir a escena, la propuesta atrevida de este maridaje con los helados del maestro Llinares, no iba a ser menos. Y mal andamos si no hay cosquilleo en el estómago, compañero. Menos mal que de subalterno tenía el lujazo de Toni y su equipo, generando una tranquilidad budista que permitía el chascarrillo entre montajes de los platos, cerca de cincuenta comensales esperaban, y un casi seguro tiro hecho por lo innovador y divertido de los platos. Así que, aunque tenía mandil con mi nombre en cocina, me dispuse a zorrear - por el bien de ustedes, no se crean -, un poco entre los comensales y sentarme a la mesa como el que se sienta a ver un monólogo de Raquel Sastre, esperando la diversión y la sorpresa.

Y muy bien, oiga. Vericuetos de la Ciudad de las Artes, por un lado, interesantes notas de los vinos a cargo de Toni Arraez, anécdotas afrancesadas divertidas de Maria Dolores, la mamma del clan Matanda y mucho Instagram, Twitter y momentos compartidos por los comensales. Y vino. Mucho vino. Arraez mola, arriesga y divierte con la Verdil que da gusto.

De los platos, imposible quedarse con uno. Por diversión, me quedo con la zanahoria de la menestra, con el carpaccio y con el maravilloso codillo, por nombrar algo que raya la - muy personal - nota más alta de un fenomenal servicio de siete platos, y que recibió el aplauso de los comensales cuando los cocineros y sus ayudantes se presentaron en la sala a agradecer nuestro buche.

Para degustar este menú, tienen todo el tiempo que les permita mantener la hoja del calendario que marca Agosto, aunque, siendo justos, debería permanecer hasta el equinoccio de otoño, por aquello de respetar a la única estación que existe: el verano.

Coda: Si son de los que profesan lo de la comparativa de las imágenes y los miles de palabras, dos visiones del evento, a cargo de Arantxa Tarrero (las damas primero) y Ximo Manglano.

Coda 2: Lo de las imágenes es aquí.

viernes, 26 de julio de 2013

Missing Amy.

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No dejes que el árbol te impida ver el bosque.

Esta frase siempre me recuerda a algún chino, tipo Kung-Fu, o a profesor de yoga tántrico listillo que te quiere levantar a tu novia, hablándole de la influencia del feng-shui y de su puta madre mientras su mano baja más allá de ese ombligo, que tú crees que es coto privado, con la excusa de mejorar la respiración abdominal. Pero no se me ocurría mejor arranque para esto, que lleva corriendo por mi cabeza como si un Yves Montand en "Grand Prix" se tratara, cuando esa mujer que seguro que está detrás de algún gran hombre, llamada Fani Grande llenó mi timeline de Twitter con referencias al día que era.

Que ahora que lo pienso, Fani le tiene un aire, pero en guapa, ¿no?

Hace un par de días hizo dos años de lo de Amy.

Y como que la cosa toca, visto desde el prisma de la distancia y pasando del amarillo y de la casquería, merece recordar la voz que tenía. Pero no lo hagas, si no lo has hecho ya antes de leer esto, con el "Back to Black", que fue donde pegó el petardazo con el porrón de premios de todos los colores.
Tira un poco más atrás y escucha "Frank" que es una joya. Permítete el lujo de sacar a tu mujer de la clase de yoga, - y así de paso, dejas al del tantra con un palmo de narices -, como lo hace Richard Gere con su chica en 'Oficial y caballero' o como lo hace Homer con Marge, depende de tu estado de forma, baja todas las persianas, descorcha una botella de vino, fúmate lo que te apetezca y dejaos llevar hasta donde sea, bien sean vuestros cuerpos o tirando del hilo hasta las divas clásicas del soul.

Y como esto va de disfrutar (¡de que va a ir, si no?), te regalo una maravillosa píldora de un pedazo de actriz y animal de escenario entre el aspecto de Winehouse y la rabia de Nina Hagen, no solo porque la admiro, que también, pero es que lo borda.

Ya me cuentan como queda la cosa.

miércoles, 3 de julio de 2013

Apuesta por el rocanrol.

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La música. Melodía, ritmo y armonía, combinados. O sucesión de sonidos modulados para recrear el oído. Bajo estas definiciones, marcadas por los colegas de Pérez-Reverte y su diccionario online, caben muchas cosas. Infinitas. Y algunas de ellas, innecesarias.

Decía Igor Paskual en la presentación de su libro que el rock ha perdido toda la esencia de ser una música contestataria y que tipos como Tom Waits venden la idea de la dura vida para las clases burguesas sin ningún pudor ni vergüenza.

Esas gentes quieren salir de allí a través de sus guitarras, trompetas o rimas rítmicas. Y algunas veces, cuentan su día a día, no en plan 'mira que guay soy y como molo', sino con un triste y sincero 'menuda mierda de vida me ha tocado vivir, jugándomela contra la parca a la mínima y ojalá pueda salir de aquí para no volver'. Pues a esas gentes me da la sensación que les faltamos a la verdad, a la esencia real del invento y que no contamos con aquello del "sangre, sudor y lagrimas" para valorar el trabajo que, de manera demasiado fácil, llega a nuestras manos.

Loquillo, en una entrevista que leí o escuché hace tiempo, hablaba de las cosas definitorias del rock con un ejemplo: su padre, currante en el puerto, le consiguió, con mucho esfuerzo, unas Converse All-Star cuando esas zapatillas significaban actitud. Esas mismas zapatillas fueron el capricho de los matones del barrio que, a la fuerza, se las quitaron al joven Loquillo. Con lo que su padre respondió recuperándolas a la vieja usanza, buscando a la banda y dándoles un par de cachetes bien dados.

A lo que quiero llegar es que el rock siempre ha sido rebeldía sincera, calle, lucha, protesta y mala leche. Labrando recto, aunque las cosas vengan torcidas.

Y en estas épocas en las que uno se ha de buscar las habichuelas, más aún.

Volvemos al pasado.

Como cuando tenías que patearte media ciudad para conseguir el disco de tu grupo preferido, hacerte colega de un plasta resabiado solo porque tenía el vinilo de aquella banda de la que habías oído hablar y podía grabarte una cinta. O buscar emisoras piratas que emitieran esa maldita música del demonio llamada rocanrol. Cuando no era fácil. Cuando todo tenía un precio y no era siempre en el sentido económico.
Cuando pedir una cerveza en un garito de rock era una verdadera aventura y sentarte junto a tíos con veinte años más que tú, con tatuajes de los que te marca la vida y las rejas, era una ruleta de la que es mejor callar y asentir para no tener un labio partido.

Y no todo es malo en este invento de 'consiga todo fácil' llamado Internet. Puedes leer esto, por ejemplo, puedes contactar con tus colegas del cole y puedes explotar la faceta solidaria de las personas y aglutinarlas en lo que realmente quieren y necesitan. Puedes incluso hasta follar sin pasar por eso de la barra del bar y vender la Luna.

O puedes hacer que tu grupo de música, o uno de ellos, pueda volver a grabar un disco, montar una gira o incluso tocar en el día de tu cumpleaños. Podemos volver a aquellos tiempos en los que la emoción de tocar el plástico envolvente de un disco te bombeé el corazón de manera acelerada, como el joven que toca por primera vez con sus yemas un cuerpo de mujer. Tener esa sensación de palpar algo único, tal como si acaricias el tacto cálido de la madera trabajada por el artesano tallista. Y todo con el simple hecho de participar en una colecta, aunque una vez pasado el nombre por el filtro necesario del marketing, se llame crowdfunding y no sea más que un creer en ello y un motivo más para lucir con orgullo la camiseta diseñada o hacer atronar cualquier soporte por el que salga la música.

Garaje Jack, desde Madrid, Uzzhuaïa desde aquí, y algunos más son los que han optado por esta versión clásica del rock, para seguir con las guitarras, los viajes en camioneta escuchando a los Stones o a Camarón y vivir como uno siempre ha soñado. Y es una gran alegría comprobar que el monstruo sigue vivo, que hay vida más allá de Cuarentas, Máximas, Diales y viejos canales con la M que antes eran de música. Que no han de ser malos por necesidad, aunque lo piense, pero no nos alimentan el alma.


jueves, 20 de junio de 2013

El Padrino, procesiones y piernas de mujer.

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A ver. Vamos a lavarnos la cara y limpiarnos las gafas.

Hay cosas que, dentro del zapato de uno, no caben. Puede que en otros pies y con otros dedos, sí. Pero a un servidor, no. Y esas cosas son innegociables.
No beber -de verdad- antes de las cinco, no quitarse la chaqueta en las bodas y nunca dar la mano a un pistolero zurdo son algunas de ellas.
No por capricho, ni por chovinismo con respecto a los demás, ni por un exceso de ego hedonista.

Simplemente porque creo en ello. Y ya.

También creo en la sabiduría de un sastre y en las camisas a medida. En el queso fuerte, en que el mejor vino no es siempre el más caro, en la palabra de los hombres y en los tratos que se sellan con un apretón de manos.

Y que el café ha de ser como el sexo. Caliente, fuerte y en la cocina.

Y en todo lo que sale en "El Padrino". Que es una puta obra maestra, dicho sea de paso.

Sobra decir que en la saga el concepto "respeto" está latente en cada fotograma y en cada palabra del guión. A la familia, a la mamma, a la sangre, a la iglesia, a los cannoli y a las albóndigas como pelotas de tenis en los espaguetis con tomate. Quizá no se respete mucho a la mujer de uno, con lo de las amantes y tal, pero es la madre de tus hijos y, como va la cosa, lo tiene clara todo dios. La madre de tus hijos es la madre de tus hijos y las amantes son solo eso, un pasatiempo. Preguntadle al cuñado de Santino, el tal Carlo Rizzi, que se atrevió a irse con la amante y, encima, le puso la mano encima a Connie, su mujer. Ojo, espera un momento, me ha parecido leer 'respeto a la iglesia', ¿es cierto?. Sí, eso he dicho. A la clásica, de bautizos en latín, mantillas negras en los duelos, sufrimiento en silencio y faldas por debajo de la rodilla. 

Y eso que aquí nos gustan las piernas, los tacones, los escotes y los pelos enmarañados entre las sábanas.

Pero cada cosa tiene su lugar.

Usar las procesiones y cualquier acto religioso solemne para lucir palmito y saludar al vecino es algo que debería estar penado con algo infame y que bordeara los tratados internacionales. Con esas combinaciones de colores, con esos vestuarios más dignos de comunión provinciana que otra cosa, que sirven igual, según el pensar, tanto para poner caliente al primo medio tonto, como para honrar al patrón. Y por ahí no.

Porque para zorrear están las tarimas. Y para saludar, los balcones y las carrozas.

Y vale que aquí andamos a favor -mucho- de todo aquello que nos alegre la vista y alimente el espíritu. Pero también nos gusta comprobar que existe diferencia de vestuario, semblante y actitud entre una procesión y cualquier sesión del XL, más allá de llevar un cirio y caminar entre calles adoquinadas.

Al pan, pan y al vino, vino, señoras. Si pretenden serlo, claro.

lunes, 3 de junio de 2013

El arte del afeitado a navaja.

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"Porque cuando visitas a tu barbero dejas de ser un chico y empiezas a ser un hombre."  LORD JACK KNIFE

Ahora que andamos jodidos y que algunos se empeñan en fastidiarnos la denominada zona de confort en la que nos instalamos cuando tenemos aseguradas las tres o cinco comidas al día, ahora que tenemos más días grises, negros y de otros colores más tristes, ahora que comenzamos a apreciar los pequeños detalles a los que nos agarramos para cambiar la paleta de colores, es de agradecer las iniciativas que nos permiten alzar la copa y brindar por aquellas pequeñas cosas que te hacen olvidar la mediocridad de quienes aprietan nuestras tuercas.

Y la gente de The Barber Shop consiguen todo eso con un simple afeitado.

Perdón, con un afeitado a la vieja usanza.

La iniciativa de Salva, aka Lord Jack Knife, es bien sencilla: un apasionado de la cultura americana más rockera crecida a la sombra de la Ruta 66 y sus locales con barra libre de café, unos cánones de señorio y gentleman style de los que ya no quedan, o quedan pocos, un club del hedonismo y buen trato alrededor del afeitado a navaja, con preparación previa, pausada y sin prisas, como ese característico sonido que emana desde los tubos de escape de las Harley Davidson y una modernización de una profesión tan clásica como es la de barbero.

Barbero, no estilista, ni peluquero. Toallas calientes, brocha, jabón y navaja. Bien. Muy bien. Y sin mariconadas, por Dios.

Y con iniciativas molonas, de las que te hacen levantar el culo de la silla, como la ruleta de la barba con el fin de recaudar fondos por los damnificados del tornado de Oklahoma, en la que dejabas al azar el aspecto con el que salías de allí, bien con una barba a lo Moriarty o con un bigotillo digno de Muddy Waters. Y bueno, si no te gustaba, siempre podías ahogar las penas con unos chupitos de ese licor de botella verde que destila el diablo.

Merece mucho la pena ponerse en las manos de Salva y su gente y ser parte de ese club, casi clandestino, donde parece que el tiempo pasa un poco más despacio y los brindis te hacen ser uno más de la familia.

Afeitado perfecto y zapatos limpios. Creo que necesito un limpiabotas para sentirme bien.

The Barber Shop, amigos. Un pequeño secreto de nuestra ciudad para el mundo.

No todo está perdido. Be a 59er, gentleman!