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lunes, 9 de mayo de 2016

El verano comienza en mayo con el Montgorock.

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No recuerdo donde, leí que los jóvenes de hoy en día no quieren el calor del funcionariado como profesión para cambiar su tiempo por dinero. Que prefieren emprender. Que visto como está el percal, es casi lo mismo que echarle un par de huevos. Es de admirar esta cuestión ya que, aunque uno no deja de ser un romántico con respecto a la condición humana, hay mucho cobarde repartido a discreción. Pero no cobarde en el sentido de temeroso. Cobarde en el sentido de no ir de frente y buscarte las vueltas, haciendo todo el daño posible, si cabe. El problema de esto es que no los ves venir. Igual te aparecen con la piel de cordero en forma de zapatos de Prada de hace cuatro temporadas y chaqueta lustrosa del excesivo uso y, ante la primera sensación de pena, esta se transforma inmediatamente en asco por la calidad del personaje.
En el mundo de la música hay muchos chaquetillas de este estilo. Gente que se aprovecha del sudor ajeno para el beneficio propio sin emplear una gota de sus poros. Pero, afortunadamente, existen también otros, mayoría, que nos hacen abrazar al ser humano como aspecto genérico con la mayor de las ternuras. Porque con sus pequeñas hazañas, nos convierten un poco mejor a todos.
Supongo que esto sería lo que llevó hace cuatro años a Maricruz y Josan a sacarse de la chistera el Montgorock, un festival sin otra pretensión de sentir la vibración de la música en directo en su pueblo. Y en esas cosas, que ahora los autodenominados "nuevos políticos" denominan participación y autogestión, empezaron a mover hilos y a tener continuos dolores de cabeza para «construir una plataforma de lanzamiento que mole para la música en directo», como dice Maricruz, uno de los miembros de la organización del festival. No conozco ningún proyecto realizado desde la sinceridad del corazón que no despierte una sonrisa en quienes lo disfrutan y lo gestionan. El Nueve Tragos de Andrés Albert o el Kraken Bar de gran Pablo son solo dos ejemplos de lo que quiero decir. Y en ambos me he sentido como en casa. Porque consiguen eso, que sea tu casa.
Y la verdad, con tantos palos en las ruedas, es de agradecer que, en este mayo recién comenzado, todo aquel que se desplace a Xàbia pueda disfrutar de un cartel de lo más apetecible dentro del panorama del rock español. Este Duo Dinámico del rock ha sufrido apagones por las bravas por el conocido método del tirón de cable en la discoteca donde contrataron una de las ediciones o la vanidad política, con palabras barrocas de continente y vacuas de contenido, que les obligaron a suspender la edición del año pasado que se iba a realizar en Dènia, sin tiempo para la reacción, con el consiguiente aluvión de críticas de todo aquel que ve los toros desde la barrera y se permite el lujo de apretar muy fuerte los botones de su smartphone para mostrar su indignación, dando de manera altruista recomendaciones paternalistas adquiridas en su Master de Cuñadismo Gilipollas, con sobresaliente Cum Laude.
Sigo particularmente la evolución de este festival desde que vio la luz. Tengo un vínculo con la zona muy fuerte que me acompañará hasta el fin de los días y cada vez que me viene a la cara el salitre de El Arenal, recuerdo aquellas noches sirviendo copas y debatiendo con holandeses sobre fútbol, cervezas y mujeres a finales de los noventa. Y el nombre me parece acertadísimo. El Montgó, la roca, siempre presente en aquella zona, testigo mudo de nuestros llantos y nuestras sonrisas, de nuestras confesiones y nuestros miedos, de nuestros amores y deseos. Testigo de nuestra vida, en definitiva.
«Solo buscamos que nos gusten y que lleven todos una misma línea. Grupos de alta calidad en directo, tanto consagrados como emergentes», nos responde Maricruz cuando este impertinente hurga sobre la confección de los carteles. Y la verdad es que este año han acertado, más, de pleno. Loquillo, Quique González y Los Zigarros tienen nuevo disco recién estrenado. La M.O.D.A., Arizona Baby, L.A., Rubén Pozo y Muchachito no necesitan presentación. Los Perros del Boogie andan cocinando su próximo bombazo y el Montgó será seguro un gran banco de pruebas. Gran Quivira es uno de esos proyectos fantásticos que salen de la mente de Monty Peiró, rodeada de fantásticos virtuosos y que divide al mundo en quienes han vivido la experiencia de verles y quienes no. Y el movimiento divertido del resto de integrantes del cartel, con Miss Octubre, los alemanes Itchy Poopzkid, La Pulquería, Romero y los bestias de los Sexy Zebras nos aseguran, a priori, un fin de semana de diversión y guitarras al once. Y la apuesta por el rock patrio está fuera de toda duda. Cosa que es de agradecer en estos tiempos que nos toca vivir.
No exento de dificultades, en las que no quieren entrar en detalles, los organizadores hablan de amistades que nunca se perdieron en este camino. ¿Y dinero? La respuesta es obvia. Muchos de los asistentes a la edición de este año son invitados por la organización para compensar el agravio del año anterior, por lo que nutre de más valor cada instante que disfrutarán los asistentes al festival, con dos tipos de entradas, una general y otra buscando más la relajación, si se puede usar esta palabra en un festival de rock, supongo que dirigida a jóvenes de espíritu pero viejos de carnet, como servidor.

En última instancia, le pregunto a Maricruz si las experiencias vividas les han hecho aprender de los errores. «Es un error del que no se puede aprender puesto que entonces dejaríamos de creer en las personas», me sentencia con total aplomo.

Y no se queda nada más. Creer en las personas. Como Maricruz. Como Josan. Que con sus arrestos, nos hacen ver este mundo con una escala de colores más allá del gris y el negro. Y nos adelantan el verano a mayo, que no es el mes de la flores. Es el mes del Montgorock Xàbia Festival.

viernes, 13 de agosto de 2010

Mi anuncio de cerveza

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Y lo viví. Por fin. Desde hace un par de años, los que no necesitamos dormir para soñar y somos tan estúpidamente románticos que pensamos que, solo con no ser malas personas, al final la vida nos dará una recompensa, cuando llegan los primeros calores del verano queremos escapar a tierras de aquí al lado porque nos han puesto delante de los ojos un paraíso cercano. Lugares con aguas transparentes, días eternos de sol con preciosos finales, brisas suaves, coche histórico como medio de transporte, amores de verano… Demasiado idílico para ser verdad, pensaba, mientras sonreía de camino a casa después de desprenderme metafóricamente de mi corbata de trabajo. Seguro que solo es una perfecta campaña publicitaria bien preparada, seguía con mi soliloquio mental, en el momento en que facturaban mi maleta. Desconectaré, sin dejar que penetre en mí piel nada más que los rayos del sol, me argumentaba a mi mismo, mientras volábamos intentando, de manera inútil, alcanzar al horizonte. Y en esas estaba, convencido de todo, de la estancia, de los planes, de los deseos, cuando la primera brisa de la isla me tumbó los argumentos como cuando te abren la puerta de la habitación donde estás construyendo un castillo de naipes. Lo que en un principio iba a ser menos de seis días, se convirtió en una larga, sobre el papel, estancia de más de diez, con setecientos kilómetros, marcados en el cuentakilómetros de nuestro viejo pero fiable Renault 4, de subidas y bajadas, de búsqueda de calas sin acento teutón, de gastronomía típica y muy rica en emociones, lugares, sabores, olores y pequeños momentos que permanecerán para siempre en mi mochila. Eso sería la versión corta de los hechos, pero los matices, las intrahistorias son las que hacen la aventura especial.


Tener la suerte de contar con unos anfitriones con el corazón más grande que el Estadio Azteca, que se ponen a tu entera disposición y que han sido unos guías perfectos, tanto de playa como de ciudad, es un lujo que no está al alcance de todos. Y si, además, están bendecidos con una niña que es toda luz y simpatía, el placer se multiplica. Poder poner voz a caras familiares que son a la vez personas desconocidas y que te permitan compartir sus pequeños secretos gastronómicos del pa amb oli y sus baños a la luz de la luna insular es toda una bendición. Compartir la preparación, e incluso colaborar, en la preparación del trampó, con sus rebanadas de pan tostado y ese toque justo de ajo es un placer gustativo. Disfrutar de una agradable sobremesa, enlazada con la merienda, con un joven de setenta años cumplidos, con temas tan variados como la albañilería, el pescado, las redes sociales y la gastronomía en un entorno casi virgen del ruido de los tour operadores, y descalzarte porque te sientes como en tu propia casa. Lanzarse desde embarcaderos hacía aguas que reflejan hasta tus más puros pensamientos, una descarga de adrenalina. Vivir uno de los mejores conciertos del verano incluso desde tres días antes y notar entre medias el sudor del rasgueo de un guitarrista sin nombre en los grandes carteles, mientras suenan las notas de los clásicos del rock como noche telonera, un sol en clave de. Pasar de puntillas por los excesos de la luna, reír hasta llorar con el caganer veraniego, versión original en francés sin subtítulos, experimentar con la moda ibicenca, el Guitar Hero, charlar con Jairo Muchachito sin importar el tiempo, tontear y ofrecer la luna a la primera sonrisa correspondida, Valldemossa y su tranquilidad controlada por gatos negros, Santanyi y su paleta de colores azules y marrones, los caracoles con alioli, el número seis, ese invento mallorquín. Y Laia. Su sonrisa, su primera papilla de verduras y su foto-foto-foto.

Todas estas cosas, todos estos sabores, matices, aromas, caricias, besos, abrazos, todo esto me lo llevo de vuelta en mi maleta, rebosante hasta los topes. Tanto, que incluso me costó cerrarla. Podría seguir narrando las historias de estos cortos doce días. Iba para seis, y ahora ya estoy pensando en Cabrera, las Cuevas del Drach, en el titulito, en graparme las cangrejeras a los pies, en saldar pellizcos pendientes, en la Ruta Martiana, en la cámara sumergible. En vosotros. Y en los rizos que seguro le saldrán a Laia y las risas que nos echaremos al conversar con ella.


Igual, sin saberlo, haya vuelto a mis orígenes treinta y pico años después de la llegada de unos humildes recién casados de un pueblecito valenciano en su viaje posterior al ‘si quiero para siempre’, y por eso recibo toda esta energía. Idílica verdad marcada a fuego. Y, sorprendentemente, no he echado de menos estar tras las cortinas de un cine de verano. Gracis.