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martes, 29 de enero de 2013

Sesenta kilos. Ramón Palomar.

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Sesenta kilos. Casualidades de la vida, y de la genética. Es justo lo que pesa este juntador de letras que suscribe. Y sin correr. Ni vestirme con leggins, -sí, esas mallitas de colores son leggins, leotardos de tía- y correr arriba y abajo mientras en el mp3 suena el último pelotazo del grupo pre-mainstream que dejará de serlo cuando vaya al Arenal, al Primavera o al Su Puta Madre Sound Festival.

Sesenta kilos, decía. De cocaína. Tranquilos, que no avise nadie a la Policía a través de twitter, que hablamos de una novela. La primera, y espero que no sea la última, de Ramón Palomar.

Overbooking en el hall del Astoria. El antiguo hotel de los toreros presenta una bulla considerable en la puerta de los ascensores. Todos con destino a la novena planta, donde está el salón Tapices, con unas vistas de la ciudad que merecen mucho la pena, emplazamiento del sarao molón de la semana. Observo, de refilón mientras espero mi turno en el ascensor, el Lounge Bar. Parece, digo, parece, un buen lugar para un gintonic. Pero me sobra el pincha con los platos. Cuando ponga jazz o rock suave, volveré.

Es lo que tiene llegar a última hora. Llenazo y con la charla-espectáculo empezada. Uno siempre disfruta de la presentación de estos eventos, sin encorsetar, prácticamente sin guión del Russafa Rat-Pack. Sainete, radio en directo, y a deshoras, de 'Abierto a mediodía' los viernes a la una, en esa previa al arroz con los colegas donde Modesto, Diego y Paco desbarran con sus cosas, sus historietas narradas y la radio se hace magia. Ha sonado muy Disney esto último. Lo siento. No lo haré más.

Modesto ejerce de conductor del acto. Habla del mítico garito Brillante, de Ramón y su don de barman que presta el oído al bebedor solitario. Suelta pullas, devueltas con gracia, y con la complicidad de MacDiego, que sigue preguntándose que pinta siendo amigo de Palomar. El tipo de los dos Goya, nueva estrella del grupo, descubre los hilos, fijando este trabajo como el más autobiográfico de su colega, por encima de columnas o dietarios.

La cordura en la mesa, ya sabes 'poli bueno-poli malo', la aporta Santiago Posteguillo, uno de los primeros lectores del borrador inicial, y padrino en estas nuevas lides novelescas del autor, que cita y compara, casi nada, a tipos como Tarantino, Ritchie o Dostoievski, así como para no ponerle presión al xic d'Alberic, y que la ve como una potencial película, haciendo esas palabras convertir las niñas de los ojos de Ramón en símbolos del euro.
Desfilan por la charla John Ford, Peckimpah, Billy Wilder, la sesión de tarde de los sábados del VHF y los amigos que tienen un amigo que conocen a un tipo que sabe no-se-qué, como partes de este puzzle con forma de novela negra, donde los malos parecen, o son, los buenos y, de los que parecen buenos, solo hay uno.

Y Amapola. Que parece que existe de veras y, por lo que dicen, mola un montón.

Ovación a la mesa, cola casi interminable de firmas. Jamón, vino y trío rockabilly con música de tacón y punta a cargo de Cat Club.

Mientras espero el turno de firma, dos cosas. El libro está tatuado. Las letras del título tienen relieve. Tatuaje rugoso, de los de cárcel, nada que ver con los de Benji o Abel Alcoy. Otro personaje del libro, su propia tapa. Una invitación más a la lectura. La invitación definitiva es el prólogo. Unas pocas páginas con un fiambre, navajas y sopletes para descongelar. Me tiro de cabeza a las páginas, seguro.

Oiga, ¿y no habla de damas? Taconazos entre el público, sí. Y de buen nivel, además. Señoras que no cumplirán los sesenta, dichoso número, también. Rock, política, cultura, la noche y La Edad de Oro asistieron a la puesta de largo de Ramón Palomar como novelista. Un tipo que, a sus treinta y quince primaveras ha tenido su baile donde se ha hecho mayor en esto de las letras.

Que Dios te bendiga, Ramón.

viernes, 23 de septiembre de 2011

Thursday night fever with Madame Blues.

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O fiebre del jueves noche, en román paladino. Esta claro que la vida empieza a ser más agradable cuando el jueves asoma por nuestro calendario. Ya bulle la mensajería o llamadas telefónicas entre los sospechosos habituales, los locales se aprovisionan de víveres sólidos y/o líquidos, según especialidad de la casa y al día siguiente es mejor la cara cuanto menos malo y noctámbulo has sido. Está claro que en otros lares toman como bueno aquello que ‘el miércoles es el nuevo jueves’, pero bueno, eso es para cuatro privilegiados vividores de la capital del Reino. En fin, las cosas aquí van suaves y con la agenda preparada y milimetrada, el jueves noche me ofrecía cultura y rock. Pinta tostada por la garganta y al lío.
Con unas vistas de la ciudad, que prometo enseñar a quien venga a degustar un buen arroz en Duna o Marrasquino, presentaba Paco Roca, vestido con un recién estrenado traje de noche, en la terraza del Hotel Astoria, “Memorias de un hombre en pijama”, el recopilatorio de sus viñetas que, semanalmente, durante un año y medio, ha aparecido en Las Provincias todos los domingos. La mesa prometía, con la tropa que los viernes desparrama en “Abierto a Mediodía” el magacine dirigido por Ramón Palomar en LP Punto Radio (92.0 Valencia), a saber, el homenajeado Roca, Modesto Granados, Mac Diego, el propio Ramón y el toque de Ismael Quintanilla, introducidos por Pablo Salazar. Y bueno, esperaba una cosa, y la encontré. Una píldora de chascarrillos, chistes explícitos y demostraciones circenses aderezaron el acto público, apoyando al amigo que presentaba. Y estos cuatro son el Rat Pack valenciano, quizá sin el bello glamour de aquellos, pero con más mérito por haber llegado a altas cotas en sus respectivos trabajos. Mucho más admirable. Feos, fuertes y formales, como canta Loquillo. Estos chicos transmiten buen rollo y son capaces de convocar en el mismo acto trajes con corbata, camisetas de Nick Curran y leyendas del rock valenciano. Y sí, mujeres. Bastantes, he de añadir. Confieso que los pañuelos fucsia de las azafatas y sus simétricas e interminables piernas me despistaron más de una vez, pero alguna mirada furtiva vi desde la mesa, así que el pecado, al ser compartido, es menor. Y también entre el público, ninguna sola para mi pesar, cosa que llena de valor aquello del mérito. En esta sociedad, notas que has triunfado si tienes palmeros alrededor y mujeres dispuestas. Y el Russafa Rat Pack va por buen camino. Glosas al trabajo, tebeos, tebeos, historias increíbles a pesar de ser reales, atención a los medios y firma de ejemplares por parte del autor, completaron una perfecta tarde noche con la que prepararse para el colofón rockero en uno de los locales míticos de la ciudad. Aprovisionamiento ligero y mis botas me llevan al Black Note para el último vals de ella. O mejor dicho, el último rock de Madame Blues con la banda residente del local. Primero se fue Mata, y ahora ella. La City será su destino, para buscarse la vida y volver en fechas señaladas, que prometerán gloria y derrame de licores, provocadores de la consiguiente resaca. Lo dejó todo en la escena. Por su garganta pasaron Janis, siempre Janis, Aretha, Tina, The Black Crowes y Robert Plant, con mejor aspecto y más sexy cuando el ‘Whole lotta love’ sale de sus ovarios. Y seguro que algunos más, pero la atención se me desvió a una pin-up con un precioso vestido azul y sus contoneos al ritmo de la música. Con las emociones a flor de piel, que no se mitigaron con nada, nos presentó a quien ocupará su lugar, que con una voz rota a lo Joe Cocker, también me dejó buenas sensaciones. Pero yo soy de Janis, de Madame Blues, de la rockera, la artista, la colega, la prima. De esa que, en un futuro no muy lejano, cuando esté en el lugar que le toque por justicia, que será arriba del todo, podré decir ‘yo la recuerdo cuando cantaba como un jodido coro de ángeles las versiones de la Joplin, que lamentaba, desde donde estuviese, no poder hacer un dueto con ella’. Good luck, baby, la ciudad será un poco más triste, digna de un blues, Madame!