viernes, 17 de octubre de 2014

Las golondrinas de la Kraken Roll Band.


«Volverán las oscuras golondrinas
en tu balcón sus nidos a colgar,
y otra vez con el ala a sus cristales
jugando llamarán.
Pero aquellas que el vuelo refrenaban
tu hermosura y mi dicha a contemplar,
aquellas que aprendieron nuestros nombres...
ésas... ¡no volverán!» 
Gustavo A. Becquer

Como aquellos famosos pájaros que citaba el poeta de perilla mosquetera, pero cambiando la edulcorada -para gustos, colores- rima por rasgeos de guitarra y voces atronadoras, y tras una espera larga, más de lo normal, es momento de disfrutar de la banda entre las bandas, la Kraken Roll Band.

Ojo, que he dicho banda, que no conjunto, ni grupo.

Banda.

Porque la Kraken Roll Band es eso mismo, una banda. Un grupo de gente armada. O una pandilla juvenil con tendencia al comportamiento agresivo. E incluso son el lado de algunas cosas. Concretamente, el lado salvaje. Y con todas estas definiciones están dentro de lo políticamente correcto marcado por la RAE porque son definiciones de la palabra en cuestión que se ajustan como un guante a lo que es esta criatura viviente y latente.
Puede sonar un poco contradictorio, pero si no has estado nunca viendo un concierto de la KRB, es difícil explicarlo, si servidor no se marca un John Fogerty y se plagia a sí mismo (gracias Monty por el dato). Aún así, lo vamos a intentar.
Se reúne el talento con más alcurnia de la escena del rock de la ciudad y villas colindantes, dirigidos por la argamasa que es ese señor llamado Pablo, alma mater del Kraken, garito de la Plaza Honduras y primera segunda casa de muchos y lugar donde se gestan amores, odios, paellas, brindis y debates tipográficos con guitarras al once, licores y algún despistado zumo natural.
Pero la subida al escenario lleva consigo detrás una organización de agendas de cincuenta músicos, con toda la dispersión que engloba la palabra 'músico', de ensayos pagados con sudor para buscar la fama y muchas algunas horas de repeticiones monótonas de escalas, voces, coros y producciones caseras. Pero también tiene, o eso supongo yo, sus momentos de diversión, de brindis rubio y de camaradería en plan campamento rock de los Rolling Stones. Es decir, nadie dijo que fuera fácil, pero cuando suene la música introductoria del Así hablo Zaratustra como si un gran Elvis se tratase, o cualquiera de las ideas que le rueden por la cabeza al gran Pol, nos dejaremos atronar por los vatios que salgan de la mesa del Wah-Wah, berrearemos como ciervos en celo y cuando todo llegue a su fin, brindaremos por las nuevas amistades y por los adioses que no son más que un hasta luego.

«Volverán del amor en tus oídos
las palabras ardientes a sonar;
tu corazón de su profundo sueño
tal vez despertará.»

Amor al rock. Y a todo lo que significa la Kraken Roll Band.

PD: Una introducción a lo Johnny Cash no estaría nada mal, Pol.

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