jueves, 14 de agosto de 2014

Un sábado de agosto en la ciudad.



No es que quiera hacer sombra al turista verlanguiano y a su excelente diario de verano - que ojalá sea de todo el año, o por lo menos de otoño- pero con un sábado suelto de agosto cual verso libre y tras varias alternativas que ofrecían tumbonas, sol y bien comer me decidí por esta: visitar Valencia. O una parte de ella, al menos. Puede sonar curioso para un morador del prefijo 96 en las llamadas a fijo, pero créanme si les digo que es hasta ahora, de largo, lo mejor del mes de agosto.
Maika, mi compañera en este viaje de calles, y por la que servidor bebe los vientos como un imberbe colegial, tenía bien planificada la ruta en su ordenada cabeza, haciendo real aquello de las grandes mujeres detrás de los grandes hombres, aunque en este caso el adjetivo quede holgado. Mercat Central, con su cúpula, sus paradas, sus anguilas y su todo, Lonja, callejeo canalla y Fundación Bancaja con los Stones eran los pasos a seguir para un sábado sabadete sin pulseras de todo incluido, sin paseos a la orilla de la playa y sin lorzas ajenas.
Etapa 1. Mercat Central
Llegamos a una de las puertas de la casa de la Cotorra como turistas de la ¿añorada? America’s Cup, en taxi. Suena decadente, pero no hay nada mejor que un breve trayecto en taxi y que el tipo te pare en la puerta. Estamos en agosto y, a pesar de todo, la ebullición al pasar los portones de este magnífico edificio nos llena de vida, que supera con nota a otros más modernos y menos modernistas. Ponemos cara de turistas para mezclarnos con la multitud. Es fácil, Maika es pelirroja y pasa por cualquier nacionalidad de arriba, de las que no ven casi el Sol. Vamos directos a la cúpula. Es una maravilla. Nos dejamos llevar por los olores, los sabores, los sonidos. Tomamos zumo de naranja, olemos el jamón, tocamos las anguilas vivas de El Galet, y nos enamoramos del pescado, de la fruta, de la verdura, de los encurtidos. Esto nos ha conquistado, a mí otra vez, a ella para siempre.
Buscamos acomodo en CentralBar, pensando que al ser agosto íbamos a estar nosotros solos y el equipo. Error. Hora punta. Once pasadas y a tope. Nos resignamos a nuestra suerte, con una última oportunidad. Volveremos después de nuestra próxima parada: La Lonja.
Etapa 2. La Lonja
Resulta bastante reprobable que uno no visite ciertos lugares que tiene al alcance de unos minutos. Nos henchimos e inmortalizamos momentos en Paris, Roma o cualquier otra ciudad, dándonoslas de turistas cosmopolitas, mientras pasamos con desdén por nuestros lugares que están llenos de encanto. Y La Lonja es uno de ellos. Entrando a pelo, sin guía, sin documentación, solo con los ojos bien abiertos, para disfrutar de la arquitectura, mirando hacia arriba, como viendo un castillo de fuegos artificiales, y quedarse prendado de los techos de la Sala de Contratación o de la Cámara Dorada del Consulado del Mar, respirar el aire del Patio de los Naranjos y suspirar porque cualquier tiempo pasado parece que fue mejor.
Y sacarte fotos y hacerla reír, en La Lonja o donde sea.
Etapa 3. CentralBar.
Volvemos al Mercat a quitarnos la espina del almuerzo-comida que nos queremos pegar en la barra del CentralBar. Esperamos una pizca a que unos clientes acaben su cuota de placer y, como en un submarino, hacemos aquello del ‘taburete caliente’ para darle fuerte al paladar. Tomamos jamón, - que nos entró por el ojo- recién parido por el maestro cortador, anchoas XL, cocochas y boquerones fritos que, sin ser copioso ni estridente, nos supo a recompensa. Hay que volver al Mercat, a comprar y a comer. Siempre.
Etapa 4. Callejear.
Es lo que tiene comer a hora de guiri. Que tienes desde la una hasta las tres o las cuatro para dar rienda suelta a los versos de Machado y caminar, caminar hasta, sin darte cuenta, estar pagando el billete para subir al Micalet. Y eso pasó. Doscientos cuatro escalones en espiral y la recompensa del aire fresco, que viene muy bien para recuperar el resuello tras el esfuerzo.
Las vistas son bien bonitas. Puedes ver prácticamente todos los emblemas de la ciudad. Y entró en escena Jep. Desde allá arriba se ven áticos con vistas a los monumentos con más solera de la ciudad a los que no haría ascos el gran Gambardella si decidiese, en un futuro improbable, migrar de la decadente y trasnochada Roma a la expoliada, decadente y trasnochada Valencia.
Y bajamos del cielo, para convertirnos en mundanos al calor del café helado de la Plaza Redonda. Y andamos sin rumbo fijo, como La Dama y el Vagabundo, buscando sombra cuando necesitamos sombra y sol cuando necesitamos sol. Y tomamos batidos de Starbucks, que por algo somos turistas y es algo que nunca falla. Y lamentamos que en Aquarium y en Clandestino Bar también tengan derecho al descanso y que coincida, justamente, con el nuestro.
Y nos embriagamos sin beber, porque ya llegará la noche para ello.
Etapa 5. Fundación Bancaja.
Hay una exposición de los Rolling Stones hasta noviembre. Poco más que añadir. Punto final.
PD: Hagan esto, o algo parecido. Pero sobre todo, no olviden hacerla reír.

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