miércoles, 4 de septiembre de 2013

Fútbol de la gente. Fútbol regional.




Vivimos en la era del consumo futbolero sin medida. Ese consumo que permite vender periódicos en la época de chiringuito y orilla de mar, con fichajes que son más el lobo del cuento de Pedro que otra cosa y que, al final, por insistencia y dinero, ya se sabe que ambas cosas son para las ocasiones, se acaban concretando casi en el tiempo de descuento. Hace ya mucho tiempo que lo mejor de la prensa del sector es la foto de la última hoja del AS, y cuando Manuel Jabois escribe de fútbol, aunque sea del Madrid.

Y si alguien opina lo contrario, soy todo oídos.

Entonces claro, los que necesitamos de nuestra dosis de balón tenemos que mirar con resignación los derroches de aquellos dos, lloramos ligeramente la marcha de los que llevaron el escudo del nuestro equipo de, ahora más que nunca, clase media y buscamos alivio en otros pastos, con menos glamour, carentes de canapés y con más verdad, o menos, según se mire.
Necesitamos nuevos héroes, alejados de las grandes portadas, de las microminiroturas fibrilares y tristezas, más bien contractuales que de espíritu, de la estrella inmigrante, que jura amor eterno mientras besa el escudo con el tintineo alegre de su cuenta corriente subiendo como la espuma.
Y estos héroes están en el cuarto o quinto escalón del balón, el que corresponde al fútbol de tercera o categoría regional, con entrenamientos de tarde-noche, después de las horas de curro de verdad, tras llevar a la hija al cole, aguantar reproches de jefes malencarados y otras cuitas del mismo color que cualquiera de nuestros trajes.

Y no es fácil ser ahora de los nuestros. Venimos de años de pelotazo regional al sol caliente de la burbuja inmobiliaria, aquellos que propiciaron grandes sueldos en estas categorías, amparados por la alegría de constructores sin escrúpulos con avaricias de las que rompen sacos, jaleados por políticos de dudosa moralidad que tan bien relata Chirbes en su 'Crematorio'. No fue todo malo en aquella época, los campos pasaron del marrón de tierra al verde artificial. La vida era Woodstock y el mundo San Francisco en los 60.
Pero eso acabó y la selección natural hizo seguir su ley. Gigantes con pies de barro crecidos a base de suculentas subvenciones, pequeños históricos entonando cantos de cisne a punto de dejar huérfanos de sonido el campo del pueblo, escuadras apátridas crecidas como champiñones al agua de la bonanza en B. Cambiemos estas causas por millonarios farsantes, pelotazos inmobiliarios, ayudas de gobiernos locales o autonómicos y tendremos los mismos efectos con diferentes causas. El hermano pequeño imita al mayor. Y no hubo otra canción que reinventarse, llegar hasta el fondo para salir a flote de nuevo. Volver a latir.

Es por eso que, desde ya y en la distancia, seguimos las andanzas de la U.D. Ceares, solo porque tiene un molón certamen literario y un aroma rock entre sus gentes. Buscamos la patria chica en nuestro equipo de pueblo que, en mi caso, no es otro que Catarroja, que vibra con más fuerza que nunca ahora por obra y gracia de los matrimonios de conveniencia bien avenidos, con la alcurnia que le dan los hijos del barrio de la Boca.

Y quizá, solo quizá, por estos azares del destino, por la literatura unos y por la locura de otros que, por sus hechos, parece que hicieron de aquí su casa para quedarse, dejando en involuntaria evidencia a los parroquianos del lugar con grandes palabras y escasos movimientos, podemos tener deporte a la hora de la merienda del sábado, o a la mañana dominical. Ese deporte importado por los ingleses, que ellos llamabán foot-ball y que adoptamos románticamente con el nombre de balompié.

Y que se joda Roures y sus horarios.
Viva el fútbol regional.

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