martes, 11 de junio de 2013

Zenet en concierto. La Rambleta, 7 de junio de 2013.



Si hubiese vivido, sería su noventa y seis cumpleaños. Aunque soy del pensar que algunos tienen que dejarnos el recuerdo a la edad justa y necesaria para permanecer inmortales en nuestras memorias. Y con el caso de Dino, sucede así. Su mirada canalla, sus lingotazos en el escenario, combinados con un buen Chester, son la imagen que nos queda de Dean Martin. Y, caramba, pues ver a Zenet me pareció un buen homenaje y encima invitados por obra y gracia de la gente de Verlanga, por lo que mola más aún.

El Centro Cultural La Rambleta tiene una programación más que interesante. Allí huele a teatro, sea en formato Mini o en piezas convencionales, a exposiciones divertidas y reivindicativas. Incluso puedes dar cuenta de un buen bocado rodeado de ese entorno, alimentando el espíritu y el estómago.

Es una tierra poblada por irreductibles galos, que resisten ahora y siempre a la invasión de los mediocres.

Si eres nuevo en esto y no conoces mi corral, no esperes un repertorio con cuestiones técnicas ni debates sesudos sobre afinaciones vocales de los artistas. No encontraras ni tan siquiera el set-list de este genio malagueño del recitar musicado. Aquí se habla de sentimientos, de sensaciones, de versos y de copas mientras vemos a la audiencia disfrutar del Artista. Sí, con mayúscula. Porque Zenet es un ARTISTA.

Les hablaba al principio de Dino, su puesta en escena elegante y sus parrafadas entre trago y trago de lo que llevasen sus copas. Pues cambien las copas y el humo y tendrán a Zenet. Pero con una versión más cercana a lo nuestro, con aires de copla -si copla ¿qué pasa?-, tango de calle, jazz y curvas de desamor, que llegan de Sudamérica o Europa Central hasta cualquier rincón donde se respire arte.

Porque hay que tener mucho arte para vivir, y trasladar, esto: 


Pero es que tiene una banda que demuestra una solvencia y una sensación de disfrutar con lo que hacen que es contagiosa al cien por cien. Mi morena y bonita acompañante, -les dije que las entradas eran cortesía de Verlanga, ¿verdad?- expresaba sus sentimientos en forma de piel de gallina cada vez que el trompetista Manuel Machado rompía con sus labios y pulmones cada tempo, cada requiebro de las letras. Y las cuerdas de Lucho Aguilar, que jugaba de local, y de Javier Taboada, acompañaron a la perfección las caricias de Miguel Castro a la batería.

Fue imposible no recordar aquel proyecto de letras que surgió una de esas noches donde se arreglan los mundos en los que vivimos, junto a Ferrón, y que algún día será un serial en quien sabe que lugar, y preguntarme que bebida sería Zenet. ¿Vino? Demasiado obvio y es para paladares un poco más exigentes su música. ¿Gin tonic? No, demasiado popular y adulterado con macedonias y parafernalias inservibles. Quizá sería un Old Fashioned, con ese toque que sabe a todo y, a veces a casi nada. Y, por supuesto, echando el humo a la cara.

Como le dijo al Artista su padre una vez "aunque las cosas te fueran muy jodidas, había que ducharse cada mañana y colocarse el mejor traje". Ahora las cosas van jodidas, dense una ducha y colóquense el traje para disfrutar desde donde puedan de este señor. Preferiblemente en los conciertos, que son una maravillosa experiencia. E incluso, si se aprenden alguna de sus letras, podrán provocar varios silbidos Caoba, que son los más cotizados del mercado.

Con zeta de zarzamora, con zeta de Zenet.

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