viernes, 15 de noviembre de 2019

El hombre del traje gris.

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Habló Mateu Alemany. Con traje gris y su casi eterna corbata aflojada. Para decir adiós a todos. Casi sin importar el reloj. Con refrigerio para la prensa. Con turno de preguntas. Con casi todas las respuestas. Casi todas. Dijo que todavía no sabe porqué ya no trabaja en el Valencia. Pero parece que para decir "¡Con Dios!", a Lim le sobran los motivos.

Coincido plenamente con Vicent Molins que, en su columna de Plaza Deportiva de ayer jueves, dice que Alemany no es Colina ni Peris. Ese papel en la historia deberían haberlo tomado todos y cada uno que, desde el ADN de aquí, tuvieron nómina en el Valencia CF y lo usaron hasta casi el destrozo. Ese plus que el aficionado exige al futbolista autóctono, ese sentir el ferro, se quiere también de quienes gestionan el club. Por eso, cuando viene un profesional con todas las letras y hace el trabajo de manera correcta, duele la marcha y comienza el rasgado de vestiduras por el futuro soñado que nunca será. El aficionado valencianista está tan apaleado por culpa de los giros sin timón a lo loco que, en el momento ve que se busca la cordura, lanza una pizca de locura para querer más al club y lo que representa. Pasó con Marcelino, después de entrenadores con carnet pero sin hechuras y pasó con Alemany, poniendo orden en la casa. Y estos giros dramáticos no son exclusivos de Meriton. Puede que, desde Arturo Tuzón, no haya vuelto la sobriedad a la dirección administrativa del Valencia CF. 

Parece que Alemany deja su particular Sagrada Familia, versión Valenciastán. A medio hacer. Con muchas incógnitas en el camino. Si usted, o yo mismo, tenemos dudas, imaginen en las oficinas. En el campo pueden haber, claro. Pero es más cuestión que entre la pelotita y se solventen los temas satélites que puedan llegar a despistar a jugadores, como puedan ser las renovaciones pendientes. Celades, blanco de mofa por su tono pausado, parece haber conseguido establecer un vínculo correcto con la plantilla y se está vislumbrando una calma después de la tormenta que provocó la salida de García Toral y su equipo. Y ya es mucho. Y puede que con cierto fastidio por quienes estas cuestiones torpedeen su línea editorial. Pero esto va por ciclos, diales, hojas y decisiones personales de consumo.

Ahora tenemos las cuentas, leídas conforme intereses. Como los resultados electorales. Si tienes un diputado y sacas dos, evidentemente has aumentado un 100% tu presencia, pero no conviene sacar pecho de ello, por el listón bajo del que partes. Si se ha tenido que realizar ingeniería financiera para respetar las reglas del juego de La Liga y seguir haciendo rodar el molino, lícito y correcto. Si ahora parece, otra vez, que se van a tener que realizar ventas por 25 o 30 millones de euros, no hay que lanzar el grito al cielo. Ya lo dijo el propio Alemany en su día. Ya se sabe la salud económica del club y puede que ahora aquella venta no producida de Rodrigo tenga un poco más de sentido. No es tanto las ventas como las compras acertadas lo que va a mantener y hacer escalar, poco a poco a este Valencia CF. Recuerden a Gerard López, dueño y presidente del Lille y su política de entradas y salidas. Tengamos memoria larga. Seamos viscerales en la grada, en la animación, pero reflexivos en las cosas de caja. Porque no seremos nunca clubes estado o el Chelsea, que quizá es el problema mental que tiene buena parte de la masa valencianista, pensar que se iban a atar perros con longanizas. Eso mismo le pasó a Soler, Juan Bautista. Y miren.

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