martes, 28 de abril de 2015

Loquillo & Nu Niles. Código Rocker. Valencia, 24 de abril.



Vaya por delante que nunca suele decepcionar. Dirán los asistentes a cualquier diván, que muchas veces tiene forma de barra de bar, que la predisposición es fundamental para afrontar con positividad cualquier envite. Pero, en este caso, no se podía afrontar de ninguna otra forma el paso por Valencia de Loquillo y su gira de "Código Rocker", el nuevo disco sacado de la manga con Nu Niles. Rockabilly puro, con vuelta a los orígenes, si se quiere decir así, pero que fue la excusa perfecta para reunir en una mesa a amigos de los de verdad, de los de más de veinte años, para los que el señor de El Clot ha creado, involuntariamente, muchos pasajes dentro de la banda sonora de nuestras vidas. Y con eso en el imaginario, con anécdotas del pasado y brindis por el futuro, nos metemos en la sala para vivir una noche de vaquero apretado, chasquidos de dedos y tacones de mujer.

La sala Fussion, en Massanassa, está llena. Casi hasta los topes. Mucho ambientillo, que dirían los clásicos, con algunas rocker girls que provocan más de un codazo a mis costillas por parte de mis acompañantes para que no pierda detalle. Mientras espero al inicio del concierto puedo abrazar a los hermanos Tormo, Álvaro y Ovidi, que siguen girando y marcando etapas con Los Zigarros. Siempre es un placer hablar con ellos porque en cada momento que compartes con ellos aprendes algo y transmiten pasión de verdad, no como algunos niñatos con pose y poco más.

Digamos que el concierto empezó a su hora, que fue la justa para saludar y tomar algo frío antes que sonaran los primeros acordes de "Hawaii 5.0", - la música de la serie llegué a escuchar por ahí- justo antes de la aparición del Loco, tras sonora ovación. El dress code del jefe, con una chaqueta negra con detalles en rojo, nos presagiaba una gran noche de himnos, rocanrol sin aditivos y movimientos de cadera, que era para lo que habíamos venido, con el arranque de "Eres un rocker". Una de sus grandes virtudes es, entre otras, que sabe rodearse de los mejores. Y lo ha vuelto a hacer. Mario Cobo, Blas Picón, Jorge Rebenaque, Alfonso Alcalá y Josu García son una garantía para sentir el orgullo de la familia.

Poco a poco fueron cayendo las canciones esperadas, presentando "Chanel, cocaína y Dom Perignon" su seria candidatura a himno de la gira, por lo menos para un servidor, cosa que les importaría más bien poco a las dos mozas víctimas de la moda de los selfies que, en ese mismo momento, usaron el baño de señoras para inmortalizarse su momento post-tocador. Fui involuntario espectador de la escena al decidir que ese sería el lugar donde ver las evoluciones del concierto, habida cuenta que la edad y las ganas de uno para abrirse paso a codazos entre la multitud menguan como un increíble hombre cualquiera.

Loquillo demuestra que se siente a gusto con esta gira. No quiero decir que no lo estuviese en las otras, pero en esta desprende más cercanía, más tranquilidad. Slow food lo llaman los gastrónomos a este movimiento aplicado en la cocina. Y con el taburete, el cigarrillo y la parte más jazz de la velada, nos permitió a todos bajar las pulsaciones y ser testigos de algunos pasos de baile entre románticos rockeros, que los hay.
Tuvo un momento para la charla cuando se permitió la licencia de hablar de "El crujir de tus rodillas", que la recibió hace unos cuantos años (¿veinte?) y que ahora puede, o quiere, tocar con los creadores, Nu Niles, que se ha convertido en una de mis bandas de cabecera en el rockabilly, junto con todo lo que nos dejó Nick Curran.
Sonaron todas las que tenían que sonar porque treinta y pico años dan para muchas clases de conciertos. Este, en concreto, tuvo momentos de mesas con whisky, cartas y cigarreras taconeando con piernas largas y falda corta, tuvo instantes de canalla, enfundado de negro Cash y mueca seductora, pasos de baile dignos de un showman, con chaqueta de lentejuelas que no desmerecerían a cualquier noche en el Bellagio, y el camino final con la calle, mangas al aire, como un Rebelde de Coppola, luchando contra la ley y la ley ganó. Pero él es la ley. Y sigue estando en forma, manteniendo el nivel, como pude comentar con dos grandes de la prensa, Eduardo Guillot y Liberto Peiró, eminencias de la cultura del rock en la ciudad y espejo donde mirarse en esto de contar y cantar cosas.

Cuando se hizo la luz, de la sala, y nuestras caras reflejaban el fragor de la batalla, con algún exceso anestesiante de por medio, no había que mostrar mucha resistencia para disfrutar de la velada allá donde nos conocen por nuestro nombre, el Nueve Tragos, parada, fonda y presencia obligada para recordar lo vivido en esta noche y en muchas otras, iguales pero distintas. Aquellas de cuando reímos y cuando lloramos, cuando fuimos los mejores y cuando modelábamos banderas. Y allí, donde Andrés es el jefe y Rosa y los demás perfectos tripulantes del barco pirata, no nos hizo falta más que seguir la charla donde la habíamos dejado después de la cena para conseguir nuestro bonito final.

2 comentarios:

  1. Anónimo19:17

    Una vez más chapeau. No hay color. Aveces las cosas grandes tienen comienzos pequeños. Orgulloso de ser tu amigo y compartir estas veladas contigo. Un bes. Pepe Martí.

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  2. Anónimo20:10

    No hace falta añadir nada mas....... perfecte!

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