viernes, 11 de octubre de 2013

Chemi Sánchez. Al amparo de la oscuridad.



Al amparo de la oscuridad apuro unas últimas caladas antes de irme a acostar. No recuerdo quién ni cuándo me arrebató la cualidad de la ebriedad, o si alguna vez la tuve. La capacidad de hacer el tonto la tengo sin beber, pero independientemente del número de consumiciones soy capaz de mantenerme lúcido en todo momento. De verdad. Y esa lucidez me mata. Me mata porque me priva de placeres tales como la desconexión temporal de neuronas necesaria de vez en cuando, tener los cojones para acercarme a hablar con ella, llevarme un par de guantazos por torpe, bailar con las farolas...
Al amparo de la oscuridad observo sin ser visto, pues el sol es mal compañero. Los observo a ellos, príncipes y princesas de la noche, que sólo lo serán hasta dentro de un rato. Consumidos por el deseo, el hambre y el sueño, aunque aún no lo sepan. Al amparo de la oscuridad las miro a ellas, reinas de la noche -o quizás de la mañana-, diosas de la Montera al abrigo de las rejas de ventilación, a la espera de un negocio que cerrar. Al amparo de la oscuridad veo como todo lo que está muriendo ya vuelve a nacer como de la nada.
Necesito compañía. La puta más barata que encuentro a estas horas es rubia, se llama Carla (o Carslberg, no recuerdo) y me cobra un pavo por quedarse a mi lado sólo un rato. Me niego a guardarme un momento así para mí solo. Al amparo de la oscuridad todo toma otro sentido, y ahora duele menos mirar que cerrar los ojos. Ahora sí.
Me siento superior, poderoso, invencible… Pero siempre al amparo de la oscuridad. Huyo. En unos minutos la Puerta dejará de nuevo de estar huérfana de su Sol. 
Y yo volveré a ser el cobarde de siempre.
Salud.

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