lunes, 11 de abril de 2011

Gritando en Silencio, o los cuatro jinetes anti-SGAE. Madrid, 1 de abril 2011

Nueve meses. Un parto. Esa ha sido la espera. Muchas hojas del calendario caídas y cuatro estaciones en la mochila han sido necesarias para escuchar los primeros llantos de la criatura. Aunque no sea en el mejor de los paritorios, ni en lujosas Clínicas Mayo, viene fuerte y con ganas de dar guerra. Recuerdo los inicios, los filtreos, esa entrega al sexo furtivo, del que en un principio no importa y crees controlar, pero calando poco a poco como la fina lluvia del norte, metiéndote su veneno por las arterias y haciendo latir de emoción al escuchar cada palabra, cada desgarro, cada invitación a la vida, al día, a los excesos, a la noche. Pero llegados al sol mallorquín de agosto, el control era con des, la pasión se ahorraba en disimulos y solo esperaba oír, sentir, tocar y disfrutar egoístamente. Y conmigo, el tipo culpable que hoy este así, ciego creyente e infinitamente agradecido por ello. Esta es mi manera, con un humilde e imperfecto homenaje metafórico, de intentar pintar el descubrimiento de Gritando en Silencio y mi primer concierto de ellos.

Porque estos tíos son especiales. Porque son colegas, de los de toda la vida. Porque se saltaban las clases juntos para componer, pensar y latir rocanrol con mensaje, con poesía. Porque se curran ellos mismos todas las fases del montaje, sufrimiento, gestión y parto, otra vez, de lo que es un disco, un concierto, un modo de vida. Porque los contratiempos que no los matan, los hacen más fuertes. Porque lo hacen desde fuera de los circuitos, románticos y quizá un poco locos por ello, pero algo tendrá el agua cuando la bendicen con más de ochocientas personas un viernes en Madrid a la hora de las cañas, por esa recaudatoria moda de usar discotecas como salas de conciertos, con todo lo negativo, incluido el sonido y la visión. Resumiendo, porque tienen un par. Así que, como dicen ellos, arrancamos.

Sala que piensa en verde. Viernes tarde. Hay cola, buena señal. Y como ya pasan de las cinco, la gente, con más o menos disimulo, bebe en vasos grandes de plástico mezclas indescriptibles, algunas de ellas dulzonas. Accedemos al interior de la sala. Tocan los teloneros, Yeska, locales. No lo hacen mal. Los estudiaremos. Poco a poco se acerca la hora. Los sevillanos tienen un maestro de ceremonias para iniciar su concierto, el cantante de Amenoskuarto me chivan, que se dirige a la audiencia con el corazón en la garganta y un poco de demagogia reivindicativa para cumplir su cometido, que no es otro que calentar a la peña para que cuando salga el cuarteto la cosa esté álgida. Y lo consigue. En el momento en que pisa el escenario Miguel Ángel Santos, el guitarra, se producen los primero gritos. Hago un visionado de ciento ochenta grados. Destacable número de mujeres. Es buena señal. Eso es que llegan. Los otros tres miembros salen a escena. Aldo Jaenes, bajista y stripper en macrofestivales y Jorge Correa, el baterista, con el torso descubierto, como a porta gayola. Seguro que, entre bambalinas, está elQuinto, Carlos Roldán. Sin tener el disco físicamente disponible, Marcos Molina, trovador y poeta, les dedica el concierto a las cuatrocientas personas que hicieron la compra anticipada. Vítores y brindis para ellos. Empiezan a mostrar las canciones de su segundo disco, Maldito, coreadas por el público, gracias a las benditas descargas libres. Cerveza. No creo que, como dice su letra de Hijos de la madrugada, que haya muerto el rock&roll, que ya no está de moda. No lo parece, y si agoniza, el canto del cisne suena a orgasmo. Larga vida. Primer pelotazo. Para otro grupo normal, Vértigo sería el primer single de su nuevo trabajo. Para ellos, solo es su primera conexión fuerte con el público. Empujones, gritos a la oreja y olor a sudor de los de verdad. Antes con el humo se disimulaba, ahora toca aguantar. Soy mayor para esto así que, aprendiendo de los maestros, me retiro de la primera línea de fuego e intento ponerme cerca de la mesa de sonido que, casualmente está cerca de la barra. Perfecto. Todos contentos. ¿Había comentado ya la presencia numerosa de mujeres? Es algo lógico si te paras a escuchar sus letras. Son verdaderos poemas, algunos de ellos sin fundamento de canción y carentes de estribillo, solo sentimientos volcados ensuciando papeles: ‘he prometido no hacerlo, no escribir siempre tan triste, pero recuerdo cada una de las hostias que me diste’. Rock callejero. O como dijo uno que sabe, rock estatal.

Deduzco, en un ataque de superficial simpleza, que debe ser casi el final, si atendemos a la duración imparable que lleva el concierto. Ahora es el momento de las canciones de su complicado, por las dificultades vividas para que saliera a la luz, Contratiempo. Nunca un nombre fue tan acertado para un disco. Las dos partes de Rutina en las venas, con caja flamenca y taburetes entre ambas, provocan las raíces y el desgarro de la gente, con sentimiento, pasión cofrade y fe sin cortapisas. Comento con el que sabe que aún faltan buenos temas del primero, que no puede ser el final. Y no lo es. Poco a poco caen casi todos los temas de su primer trabajo. Saxo. Que no sexo, aunque no me importaría con la chica de los pantalones ajustados y melena caoba del fondo de la barra, con la que brindo desde la distancia, aprovechando que el novio está en el baño. Repito, saxo. Solo puede ser turno de Metido en un blues. Que buen rollo desprende esta canción. Se nota como besas que no dices que no a nada. Habrá que bajar a Sevilla a encontrar esa musa y probar sus labios. Me corroe la envidia, ni sana ni hostias. Envidia pura hacía Marcos. Es un poeta. Heredero de León y Quiroga. Si Sabina escribe en prensa y edita libros, en cuanto peguen el petardazo o alguien se quite la venda editorial en este país, este tío podrá hacer lo mismo. La protesta viene con la demoledora Cuentos de desgarro, que enlazan con otra con trasfondo, Miedo. Dos temas más, Dos copas de más y el homónimo del grupo, para telonear el trío de coplas final. He venido para esto. Para escuchar y ver al diablo pasar jocoso y ladino, leer en mi ataúd que la droga, el rocanrol y el sexo solo es actitud porque somos animales y no estamos hechos para las ciudades.

Miro la hora. Dos horas, más o menos. Varias cervezas y algún escocés en el cuerpo y con la pausa que implica y obliga la transformación de sala de conciertos a discoteca desconcertante, hacen que me reivindique en querer libertad y que un amigo me vuelva la sonrisa, atrapado como un full contra un repoquer y no pudiendo aliviarme ni al talento de un escote. Y me di cuenta, Gritando en Silencio, que perdí la voz cantando, juro que no gritando, y que nada será igual que antes.

1 comentario:

  1. ENORME!!!!!! que gran relato, a la altura del gran conciertazo y de la peazo de noche que vivimos!!!! espero que la próxima este cerca y en la isla ;)

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