viernes, 11 de mayo de 2018

Calculadoras y serpientes de verano en mayo.

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Foto: www.valenciacf.es

Pues se ha acabado la liga. Sí, ya se que todavía quedan dos jornadas. Pero ustedes y yo saben que son irrelevantes. De hecho, lo único que merece la pena es que, por capricho del calendario, cierras la liga en Mestalla y los jugadores que intuyen que no seguirán la temporada que viene podrán despedirse de la parroquia de manera correcta y señorial. No creo que lleguemos al nivel de Alemania, con respeto absoluto, pero algo es algo.

Y, en estos momentos, la cosa se centra en el desagradable tema de la pasta. El pago a los bancos, los hipotéticos ingresos por entrar en Champions, el market pool de la tele o el valor de la parcela de Mestalla, por enumerar los más sonados. Ahora todo es calculadora y sacar balances económicos, apuntes y cuentas de la vieja. Porque claro, de una cosa depende la otra. El tener pastita fresca, o la previsión de tenerla, va a ser fundamental a la hora de reforzar la plantilla para el año que viene, que toca viajar por Europa mínimo por seis partidos. Bueno, en realidad juegas tres partidos por Europa, pero ustedes ya me entienden.

Y ahí ya entra que si se vende a Rodrigo por el efecto Griezmann, que si Aspas no ha rendido más allá de Vigo, que Zaza puede que vuelva a Italia previo pago de más de veinte kilos, que quizá por Neto pagan el doble de lo que costó este verano (Por cierto, ¿alguien se acuerda de Diego Alves?). Incluso durante esta semana Alcácer ha estado en el disparadero, por una supuesta llamada de Marcelino. En el Twitter de Café Mestalla, donde pueden leer mis crónicas de los partidos y algún que otro artículo extra, se hizo una encuesta sobre la vuelta de Paco a Mestalla. Y el personal tiene claro que no quieren que vuelva, porque ha quedado en la retina del aficionado que se marchó cuando iba camino de ser referencia y referente de un Valencia que necesitaba todos sus activos y un plus de sentiment por parte de los que pisan el campo. Aunque también les digo que, si volviese, con una declaración expiatoria y tres o cuatro buenas actuaciones, algarabía general. Es la magia del fútbol. Lo bonito de ello. Todo se purga cuando el jugador lleva tu escudo. Será un canallita. Pero, ojo, es TU canallita. 

Luego ya tenemos, en versiones más o menos espacias, lo que se denomina 'el dramita nuestro de cada día'. Abres las redes y siempre hay algún problema y bandos de ofendidos y meninfots. A saber, el rendimiento de Parejo, donde hay titulados en periodismo que, si algún día el bueno de Dani se gira de repente tendrá clavada la cara de estos en su trasero, el baño del presidente Murthy tras la clasificación para Champions (¿Recuerdan cuando Llorente celebró un empate en el Bernabeú? ¿O era el Nou Camp?) o el largarse al Golfo Pérsico por un puñado, gordo, de dolares y participar en una patochada de partido que era lo menos importante de todo. Que sí, que a mí me gustaría que el Valencia fuera un referente en valores, que se posicionara del lado del débil o desfavorecido, pero el club de fútbol tiene detrás unas siglas que son igual de importantes o más que CF o FC: SAD, Sociedad Anónima Deportiva. Y estas tres siglas entienden de números, de balances contables y ingresos atípicos. Y precisamente eso, atípico, es ir a disputar un partido de 60 minutos a Arabia para homenajear a un jugador local que recibe un beso de su madre tapada hasta los pies y que se para para rezar, como manda la tradición de la zona. Pero es medio kilo, tetes. Y todo ingreso es bien recibido. Ya nos pondremos estupendos cuando no debamos nada a nadie y podamos abanderar causas justas. Aunque también podemos abanderar esas causas desde ya mismo. Pero olviden lo de jugar Champions y tener a Guedes y Kondogbia. A día de hoy hay que ceder por alguno de los flancos. Y si toca tragar, como hacemos usted, yo y mi prima, con unas exigencias leoninas en nuestros trabajos, se traga y punto. Con independencia económica es más fácil ser independiente.

Ahora, lo que servidor no hará nunca es avergonzarse de su club por este tipo de decisiones, tomadas por gestores temporales. Si les ha tocado estar ahí, es por los motivos que todos conocemos. Se puede sentir vergüenza ajena por los dirigentes, por los entrenadores que no lo son o por los jugadores que se arrastran en el campo. Pero avergonzarse del club y agachar la cabeza, nunca. ¿No creen?

viernes, 4 de mayo de 2018

Porqué no somos del Madrí.

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El que avisa no es traidor. Todo esto que van a leer probablemente ya lo sepan. No van a encontrar la cura contra el cáncer, ojalá, ni el banal secreto de la fórmula de la Coca-Cola. Lo que viene a continuación es una narración de hechos, una visión desde la su periferia sobre aquello que parece camino de convertirse en verdad por repetitivo: el reventarles la cabeza cuando observan, leen o escuchan que el resto de España no es del Madrid y la manera zangolotina de atufarse al descubrirlo.

Verán, servidor ha vivido, en su infancia y preadolescencia, aquel Madrid de Zanussi en la zamarra y morado en el color. Recuerda como se fichó a un tal Lozano, sevillano en Bélgica, solo por un buen partido contra ellos en el Anderletcht. O más adelante a Congo, aquel colombiano dentista que acabó en el Levante. Y todos parecían el mirlo blanco. De hecho, la capacidad que tienen desde las redacciones castizas de redactar odas a cualquier cosa blanca, desde la presidencia hasta la utillería, daría para libro gordo como el de Petete. También es cierto que aquellas frases míticas, como el espíritu de Juanito y aquella milonga de chutar fuera en la primera jugada para que el portero contrario se acongojase al oír el contacto del balón contra la valla metálica de publicidad son eso nada más. Milongas. Milongas que usted las podría llamar otro fútbol. Y no eran más que usar todo aquello que estuviese dentro de la legalidad, rayando añadir la i prefija, para equilibrar balanzas. Ya ven, que curioso. Justo lo que ahora desdeñan de sus rivales actuales. Pero claro, en aquellas épocas posteriores al Mundial de Naranjito, la España futbolera no era asociativa ni potencia mundial. Era furia roja, con melenas canallitas y cadenas de oro al cuello, como las de Poli Rincón, más bético de carrera que nada, aunque sea comentarista blanco de cabecera. Y los buenos, los Balones de Oro, jugaban en Alemania o Italia. Y a la Quinta del Buitre, tiránica con sus cinco ligas consecutivas, le calentaban el morro cuando salían con el pasaporte a Milán, Munich o cualquier otro lugar. Pero, siempre hay un pero, con esas no se palpaba ese ambiente adoctrinador de los programas de deportes. Que no eran salsa. Eran radio y competencia. Y podría estar García entrevistando a Ablanedo II por ser simplemente el mejor portero del momento, jugando con el Sporting. Y no tirar horas y horas sobre banalidades del Madrí, por devoción, o del Barça, por satanismo. Cambien la ecuación en Cataluña, aunque el resultado sea el mismo. No entienden, como clama Arbeloa a los cuatro vientos de Twitter, que el hastío viene por la sobre exposición. Puedes adorar la tortilla de patata o la paella. Pero si la comes todos los días, acabas aborreciéndola. Y el que escribe cree que todo comenzó cuando Raúl pegó una patada en la habitación del fútbol profesional. El, por aquel entonces, chaval te entusiasmaba con su garra, con su genio y con su voluntad de jugar a tope, sin pensar en el mañana. Y te caía bien porque veías que era de verdad. No muy hábil con la palabra, reflejaba modestia cuando le ponían un micro delante. Los de siempre, pongan ustedes nombres, lo subieron a los altares con sus cirigañas. El chico tuvo su bajón, noche madrileña mediante, pero supo reconducirse, a pesar de seguir con las trompetas y clarines de allá aquellas redacciones. Y ya maduro, con aquella celebración de goles reivindicativa señalando su nombre en la espalda de la camiseta llegaba a tener cierto nivel de lastima como aquel 'Me lo merezco' de Michel con España en Italia 90. Lo dicho, con el rebautizo a Raúl por parte de ellos, llamándolo 'El siete de España' comenzó todo.

Y la cosa se fue de madre. Y Floper quiso ser Bernabeú. Y los Zidanes y Pavones. Y el pie derecho de Beckham en la Castellana. Y el izquierdo también. Y Ronaldo, rebautizado también. Y pufos a los altares, como el bichito Jesé. Y todos los del Madrí creyéndose linajudos por ser del equipo que son. Y los Homeros, como Jabois, al que sigo queriendo robarle el alma, o Diego Torres, con menos fortuna y admiración por ser soplador, teclean sin disimulo sobre ello, unos con más verdad que otros. Y los gallos impostados de Esteva ante la chilena de Ronaldo, al que todos llaman Cristiano como buscando un guiño religioso de conversión. Y si hacen el puente aéreo, pasa tres cuartos de lo mismo. El fútbol no es fútbol si no se dan veinte pases seguidos, Luis Suárez y sus guarradas, Messi, Busquets, Piqué, el guardiolismo perpetuo y, sobre todo, esa absurda manera de hablar técnicamente como supongo hablaban los apóstoles del barbudo de aquella Nazaret de la Biblia.

Aquí cada uno puede ser del equipo que le plazca. Sea el de al lado de su casa o de la otra punta. Faltaría más. Aunque no concibo serlo ni sentirlo si no lo ves en el campo, si no creas una comunión con el ambiente, con el sufrimiento, con el vecino de grada. Llámenme clásico. O viejoven, si quieren. Lo divertido, si ves ganar a tu equipo es lo extraordinario del caso. Casarse cada año debe ser lo más aburrido del mundo, supongo. Y después de ver ganar a tu equipo, lo más divertido es ver a los aficionados de Madrí y Barça discutir, con más o menos sangre en los ojos y en los huevos, sobre los méritos, sobre si las chilenas son un churro o uno de los mejores goles de la historia y ver las caras cuando una Roma sin Totti te obliga a decir "Ciao" a esa Champions que, con el mejor del mundo, ves más finales en la tele que las que juegas, andando con el orto prieto por si el sevillano con el cuatro la vuelve a levantar.

Y ojo, que por las gentes de bien de esos equipos, te alegras. Pero dejas de ver la tele o escuchar radios. Porque eso ya es parafernalia. Y en el Sálvame sale un tipo con la bufanda cuando es caballo ganador. Postureo. Por esos, me da igual. Aunque siempre, desde aquí, se bancará a cualquiera de los otros dieciocho de la Primera y a cualquiera de Segunda, como el Sporting de Rodri Faez e Igor Paskual, o el Córdoba de Agredano, o el Sevilla de Pepe Lobo, o el Villarreal de Héctor Molina, o el Oviedo de Cotrina y su hijo.

Porque, aunque les parezca extraño, no somos del Madrí.