jueves, 8 de febrero de 2018

La madre de todas las previas.

blogger widgets
Foto: www.valenciacf.com

Probablemente hoy, usted se haya levantado dando un salto mortal y no haya peleado con el despertador como de costumbre. Quizá incluso, si no tiene la suerte de llevar uniforme en su lugar de trabajo, se haya esmerado más en la búsqueda de su vestuario. Le habrá pedido algún dulce extra al camarero de su bar de confianza con el café o se habrá arreado una tostada de más a tope de mantequilla y azúcar en casa, mientras escucha la radio, por aquello de estar informado de las otras cosas de la vida, porque de las cosas del querer lo sabe todo, salvo La Duda. Habrá salido casi de noche, si es de los de madrugar mucho, y el cielo le habrá parecido caoba y bonito. Y el frío le habrá parecido frescoreta. Y quizá cuando haya llegado al trabajo, más de uno se habrá extrañado con envidia de su cara sonriente, pensando que igual usted había hecho arroz, como en aquel anuncio.

Y todo esto es porque esta noche el Valencia, su Valencia, el Valencia de sus antepasados, se juega el provocar un éxodo blanquinegro allá donde digan los gerifaltes del fútbol. Madrid probablemente. Y anoche estuvo viendo como la gozaron en Sevilla, que es rival pero hermano. Y le gustaría que la final de la Copa fuera un homenaje a Los Otros 18. Sin equipos que monopolizan la información futbolística en este país a tal nivel que provocan hastío. ¿El Sevilla hermano? Empresarialmente, sí. Cuanto más poderosos sean los dos de arriba, mayor brecha se tendrá con el resto. Y aunque el pique, sano, y la burla que roza lo políticamente incorrecto estén a la orden del día en estos tiempos de clic y tuit, la unión verdadera de los dieciocho equipos restantes contra los dos de siempre y la patronal sería el mayor beneficio para los aficionados de aquí, los de butaca y abono.

Y en ese espejo nos toca mirar, mal que nos pese. Ese sevillismo que llenó su estadio. Que cantó hasta retorcer las cuerdas vocales. Que empujó desde el primer pitido del árbitro. Y que alenta, conmueve y excita a cualquier futbolista que juega de local en este campo y con ese ambiente. Eso es exactamente lo que toca hacer esta noche. Recibir al equipo. Darle calor. Hacerles sentir que están a un paso de poder generar una ilusión que va camino de diez años que no se siente. Y aquella vez se andaba más por la supervivencia que por la celebración del campeonato de copa. Marcelino ya habrá dado las pautas. Y seguro que incluso habrá tocado la fibra de los jugadores. Pero cantar, recibir bufandas en alto y alentar sin descanso antes y durante el envite, si no tienes sangre de horchata, motiva a cualquiera.

No será fácil, puede pensar usted durante su jornada laboral. Y se tratará de autoconvencer procrastinando un poco y viendo alguno de los vídeos de You Tube de las gestas valencianistas. O quizá se ponga algo de esa maravilla de banco de imágenes que tiene La Guarida del Valencia. Basilea, Barcelona en 2008 o Sevilla en Europa League antes de lo de M'bia. Todo vale para la sugestión propia. Pensará en conjeturas, como si Piqué va a jugar de verdad o solo juegan al despiste porque una enlongación fue lo que dejó a Paulista ko casi dos semanas. Y buscará respuestas a La Duda que servidor citaba en el primer párrafo. Porque con Guedes, nuestro Cid Campeador, todo será menos complicado. Y se imagina al portugués vestido de Claudio, con el mismo siete, rompiendo por velocidad y exprimiendo al máximo las cinturas de los rivales hasta casi el quebrado. Y le da igual que Gonçalo lleve tres partidos que ni la huele. Está forzando para estar. Y está, estará a todas.

Y perdonará a Jaume por todo lo anterior. Porque no es más que un chaval que está viviendo su sueño, jugar en el mayor equipo de su tierra. Y plantarse en una final. Ahí es nada. Y si puede haber alguno que explique claramente en el vestuario lo que esto significa para el valencianista desde el norte de Castellón hasta el sur de Alicante es el de Almenara. Con su ascenso a la élite de manera tardía. Con su posición sin ganarse nada. Si alguien puede explicarle a ese italiano que sonríe cada vez que un compañero marca gol, es Jaume. Si alguien puede rodear cariñosamente del cuello a Soler, Gaya o Lato, mirarles a los ojos y decirles 'Por partidos como estos vale la pena las horas en Paterna, los lloros por las noches de soledad y los sacrificios de nuestra infancia. Nos podrán ganar, pero nunca sin dejarlo todo en el campo', ese es Jaume. Y llevará el uno. Con sus manos como última frontera del castillo.

Y volverá a pensar, mientras se acerca la hora del partido, que Parejo es la clave. Que a su temple y medición de riesgos ha de añadirle lo mismo que los canteranos. Pensar que juega para los niños. Para las niñas. Esos que aprenden los números con los jugadores del Valencia. Como el pequeño Dani Parejo junior. Esa chiquillería que sale a Mestalla a acompañarlos y que sus ojos destilan admiración. Para ellos juegan. Para que los muchos Oriol que hay por nuestra tierra puedan mañana llevar la camiseta blanquinegra al colegio y lucirla con orgullo. Como alguna vez hizo usted. Como alguna vez hice yo.

Y ya sentado en el sofá para ver el partido, pensará en Meriton. Y en si Peter Lim habrá mandado directamente algún mensaje a los jugadores en plan Rajoy, por la tele. Que Murthy o Alemany hayan trasladado algunas palabras en nombre del dueño no se pone en duda. Y con ese ramalazo de gestor parido por horas y gracia del PC Fútbol, musitará que una final es un espaldarazo al cambio de rumbo que, desde Meriton, han comenzado este año para seguir cosiendo los jirones de la bandera de estos dos últimos años. Y para seguir remendando los que, a día de hoy, se siguen haciendo, como la secretaría técnica, con más letras que componentes. Un error que conviene subsanar. Aunque el superagente esté del lado de la propiedad, es básico dotar de ojos y cabezas esta parcela. Vicente Rodríguez, Salva Grau y Domingo Catoira han de ser reforzados para que se siga creciendo y no se escape ningún buen jugador emergente antes que su valor ronde los veinte millones de euros.

21.30. Undiano pita el kick-off. Y recuerda, en ese momento, que la Juventus fue último equipo en eliminar en doble partido al Barça. Y viste de blanquinegro. Y esboza una sonrisa de chiquillo, antes de prepararse a disfrutar sufriendo. El resultado, mañana en Café Mestalla.

viernes, 2 de febrero de 2018

Un artículo en dos partes.

blogger widgets
foto: www.valenciacf.com

Jueves, 1 de febrero. 17.42.

Odio escribir así. Bueno, en realidad no odio escribir. Me encanta escribir en general, para ser más exactos. Pero esto de escribir de la actualidad valencianista un jueves por la tarde cuando a la noche hay partido es un joda, que diría un argentino. Recuerdo comentarlo en las primeras veces que tomé café con Vicent Molins cuando los dos compartíamos espacio en Plaza Deportiva aquellos viernes con partidos en jueves. Puedes estar toda la semana preparando el tema, escuchando radios, leyendo prensa escrita o incluso bucear en hemerotecas que la actualidad del resultado del partido de turno te va a atropellar. Y es que no hay nada que pueda superar a la ilusión. Nada mejor que un remate seco a la cepa del palo, sacándole un sonido contundente y hermoso, como un verso de desamor. O la épica tras luchar contra los elementos, siendo los elementos un rival duro, un árbitro mosqueante o un tiempo de perros. Por eso es complicado ahora, en este momento, darle a la tecla, porque imaginas a Parejo convertido en Baraja o a Zaza callando a todo el campo sin gesticular después de dejar sentado a Cillessen, mientras en un gallinero en las alturas, unos valientes vestidos de blanco y negro celebran y reparten besos y abrazos.

Ya ven, la ilusión mueve montañas. Y eso no hay Tebas que pueda con ello. Porque díganme ustedes como califican que alguien se pegue el pechazo de tres horas largas en autobús para sufrir durante hora y media y volverse a casa con otras tres horas largas, probablemente con el lomo caliente. Pues eso, ilusión.

Y nos da igual la melancolía en la que está sumida el Valencia. Y las bajas. Y los que estarán delante de azulgrana. En este mundo tan mecanizado, tan de Moneyball y con tanta brecha salarial, estas pequeñas cosas son las que nos hacen sentir vivos. Aunque nos cuesten canas. Aunque nos vayamos sin cenar. No lo hagan, cenen antes, si pueden. No les prometo que la digestión sea placentera, pero lo que va davant, va davant.

Doy gracias que no estudio a tiempo completo. Si tuviera que hacerlo, me sería difícil concentrarme. Estaría jugando con el bolígrafo, rayando los apuntes, generando alineaciones e incluso tácticas. Cogería mi libreta y mi pizarra blanca donde hay un campo dibujado, tengo una de mis tiempos de entrenador, y marcaría las jugadas. Y la llenaría de flechas con los movimientos para anular a Messi. Y me corroboraría a mi mismo que la mejor manera de parar al astro argentino y a su socio uruguayo es cortocircuitar a Busquets, el principio de todo. Y me inventaría arengas. Y recordaría a Aragonés y sus charlas motivacionales. Y también a Pacino. O a cualquiera de esos entrenadores de película. O a Aimar, tan reciente su marcha y que bien nos vendría esta noche. Ya ven, que cosas. Si solo es una semifinal de Copa.

Me asomo a la ventana. Y no veo a la chica de ayer. Pero sí veo que está lloviendo. Huele bien. Huele a fresco. Miro el móvil. Allí, en Barcelona, me dice que también. Huele a épica. Seguiré cuando acabe. Acabe como acabe. Espero.

Viernes, 2 de febrero. 00.31

Acabo de escribir la crónica para Café Mestalla. Me siento un poco LoboVCF, porque el nervio lo tengo dentro como una solitaria adelgazante en la corte francesa del Rey Sol. Es lo que les decía allí arriba, escrito por la tarde. Cualquier cosa de la que hables va a quedar empañada por las tarjetas que no se mostraron, por las paradas de Jaume, por el achique excesivo de Gayá en el gol de Suárez o por las mil y una opciones que tenía Mina en esa ocasión de pregol, que diría Lillo, acabando el partido. 

Lo bien cierto es que el equipo salió vivo del primer asalto copero. Y que quizá la vuelta sea ese partido en el que todos estamos pensando, que todos estamos imaginando pero que nadie decimos en voz alta en nuestros círculos por aquello de no gafarlo. Porque lees las declaraciones de los jugadores después del partido y comienzas a creer en ello. Ya ves. Tú, que hablas siempre de lo vacíos de contenidos y lo llenos de clichés que están las palabras de los futbolistas. Pero en este caso no te vale. Te cargas tus principios. Claro que sí. Porque esto, bien puede valer una final. Con el balón del Mundial, la madre de todas las competiciones de quedarse o irse, el Valencia se puso a noventa minutos de acierto para provocar un éxodo para una final. Casi diez años después. Es viernes, pero que sea ya domingo. Porque así estará más cerca el jueves.