viernes, 13 de septiembre de 2019

DANA blanquinegra.

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"Recuerda la regla de oro: Quien tiene el oro hace las reglas".

Esta frase, a todas luces contundente, la descubrí en el Twitter de Carl Caesar, un tipo de esos que vale la pena cruzarte por la vida y al que admiro por muchos motivos. Y podría resumir todo lo que ha pasado en estas últimas cuarenta y ocho horas en Valenciastán. No parece que sea buen momento prescindir de un entrenador que ha sido campeón hace poco más de tres meses y con una plantilla actual rendida a sus pies, por lo menos los pesos pesados. Y teniendo en el horizonte dos bicharracos como Barça y estrenar temporada Champions contra el Chelsea. Siempre pensaré que nunca es buen momento para destituir a un entrenador. De por sí, esa decisión denota un fracaso en planificación, confianza y un cambio drástico en automatismos, costumbres adquiridas y rendimientos. Porque esto influye en el rendimiento. En un negocio tan pasional como el fútbol, pasa. Y el jugador es, de por sí, fácil de despistar.

Las dudas saltan en los otros ámbitos del club. En las dos direcciones, la general y la deportiva. Que puede que sean comunicantes. Según diversas fuentes, ya habían matices en la relación Marcelino-Mateu. Incluso alguien ha comentado ya que Alemany había advertido al entrenador sobre sus palabras contra las decisiones del club. Si el entrenador es el eslabón más débil, el pulso estaba desvirtuado más todavía en este caso. Con un presidente más ejecutor que ejecutivo de una propiedad poco flexible. Pero la peligrosidad aumentaría de manera exponencial si se pegara una patada a la mesa de la organización realizada por Alemany y Longoria. Cierto es que el segundo vino de la mano del técnico asturiano, pero también es cierto que en el nuevo discurso del club, el de reforzar a los jóvenes valores, Pablo Longoria parece encajar por su vasto conocimiento del mercado emergente.

Puede que esto dé lugar a la reflexión. A que, con el despeje de la ecuación del entrenador, problema para la propiedad, la calma vuelva. Reordenando objetivos, remozando conductas. Se debe tener la lección aprendida que acaparar poder no es bueno. La estructura deportiva y todos los elementos satélites iba de la mano del técnico asturiano. Bien por confianza profesional, bien por confianza personal. Nunca debe volver a pasar cosas como tener los servicios médicos donde el cachopo y la sidra. Puede provocar suspicacia. O insistir en un segundo entrenador del filial con el que se tiene estrecho vínculo. El entrenador de un equipo debe entrenar, no ser una ETT. Y si quiere sugerir para un puesto a determinadas personas, ya depende del club el aceptarlo o no. Porque se irá Marcelino, se irá Celades y el club permanecerá. La plenipotencia nunca es buena. Es personalista e implica cambios a marchas forzadas cuando la cabeza del engranaje se corta. En todo este tinglado, reconducir todo lo que se queda y suplir con garantías lo que se marche, clave para seguir siendo ninguneado por los medios nacionales en los méritos y recibir insultos por las redes.

No tiene más. Sí, nos han hecho campeones. Y ha sido una gozada. Pero, sin estar de acuerdo con las formas y tiempos, como decía Barricada, es el juego del gato y el ratón. Y, en esos duelos, ratones bien parados, solo conozco a Jerry, que siempre zurraba a Tom. Pero Marcelino no es Jerry. Y Meriton sí ha sido Tom.

Por último, mensaje en una botella para Singapur: con poco, esta afición es agradecida. Tocando el cielo, lo es más. Sigan confiando en el poder ejecutivo de Mateu Alemany. Fiscalicen más, si quieren. Pero no se disparen más al pie. Y si ese tiro ha sido aconsejado por algún amigo portugués, no tiene mucha pinta de ser amigo de verdad.

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