domingo, 29 de mayo de 2011

Maxitweets. Un domingo casi cualquiera

No le eran muy populares los domingos. No llegaban a ser tan apestados como los lunes de carnaval laboral, pero la sensación que se le acababa el recreo, salpimentado por el cobro de algún tipo de exceso de gato, le generaban la angustia del novio con el nudo de la corbata, cuando no está del todo seguro de decir el monosílabo correcto que le marca el alma. Recordaba, residualmente, algunos domingos divertidos, sobre todo aquellos que eran prolongación del sábado, salvo por el cambio de la Luna por el Sol, o los que venían con retozar de sábanas caducas y un desayuno rápido para evitar preguntas incomodas, y este pasado, con el cierre de una puerta para siempre y el indulto de aquella camiseta que alguna vez lucieron unos hombros equivocados de mujer. Unas páginas de los dominicales de la prensa, el aperitivo madrileño y, con suerte, alguna cara bonita en la que poder inspirarse para contar mentiras, ahora que iba despacio. La invasión de su barra por parte de comensales temporales de comuniones, con faldas cortas carentes de estilo y pendientes de falsos brillantes donde antes había pecas, le malhumoró un poco. Se hace mayor, musitó mientras sorbía un trago de cerveza helada. Se acordó de una sonrisa, angelical, baturra y cercana, a la vez que lejana. Pensó en llamar, incluso en mandarle un mensaje para bailar bajo la lluvia el día que aparezca, pero la sensatez le recomendó seguir con la lectura y volver a casa con el botín que había ido a buscar en su barra: unas notas en servilletas para un texto, una brisa de Sol y un poco más de popularidad para estos domingos. Mañana será un lunes menos.

jueves, 12 de mayo de 2011

Rock, castizos y buenos alimentos

La enésima excursión a la capital del Reino se vislumbraba como una de las más intensas, en teoría al menos. Poco más de cuarenta y ocho horas para asistir al concierto presentación del proyecto musical de La Casa + Grande, con una Liga Musical para grupos noveles, en la localidad de Rivas Vaciamadrid, a sabiendas que la vuelta vendría acompañada de bongos en la cabeza, provocados por los excesos, merece subirse a la grupa del Caballo Ganador. Y, una vez de vuelta, todas las opciones que se marcaron en la hoja de ruta fueron dignas conquistas de pequeñas batallas. La rutina del viaje se la conocen de memoria las suelas de mis zapatos, así que volvemos a pasar por alto que no tenemos GQ en el kiosko de Joaquín Sorolla, empiezo a sospechar que es un sabotaje, y levitamos a la capital.
Es preciso hablar de la cultura de tapeo y aperitivo de Madrid. Ya lo dice Sabina ‘hay más bares en Antón Martín que en toda Noruega’. No me quejo de lo mal que vivimos a la orilla del Mediterráneo, porque sería mentir, pero la cuadratura del círculo se completaría con la adopción de esta sana y castiza costumbre. Es religión que profeso apenas sin falta con mi maestro y amigo Pepe Cortés, y suelo ser practicante cada vez que piso las calles de Pepe Risi. Buen aterrizaje. La Mahou Classic, a falta de vino y por pereza a maridar, nos permiten el dejar palillos y hambre por las zonas cercanas al Palacio de Deportes y Ventas, siendo buenos chicos y recogiendo a princesas de sus castillos de ropa gallega para estar frescos, puestos y dispuestos al acontecimiento por el que hemos venido y hemos sido invitados.
Merece la pena detenerse en Rivas. Ciudad crecida desde el trabajo y con las ideas bien claras en cultura, con excelentes instalaciones, como los auditorios Miguel Rios y Pilar Bardem, un bullicioso centro cultural, el Federico Garcia Lorca y una casa muy grande, de hecho es La Casa + Grande, centro social juvenil y de encuentro para los amantes de la cultura y la música. Si a eso le añadimos que algunas de las calles están dedicadas a personalidades del arte, me viene a la mente la calle Silvia Munt, por poner un ejemplo, uno se siente bien. El aire de Rivas desprende un aroma agradable y la sonrisa de las gentes parece ser síntoma de ello. Por todo ello, no deja de ser poco bonito que la gran iniciativa de Proyectia Rivas, no encontrase el respaldo por parte de las autoridades locales, supongo que centradas en otros menesteres que no permitieron la difusión merecida por la localidad. Menos mal que la comunicación de Ana Laballo y, sobre todo, el buen hacer de Pepe, que se mueve con maestría en estos campos, llenó la sala con la presencia de Carlos Pina, de Radio 3, como maestro de ceremonias, Sara Kitakutikula, diseñadora del cartel promocional, el objetivo fotográfico sexy de Bittersweet, los chicos del portal Metalsymphony, e Iván Guillén, cuya portal radiofónico y de noticias, Rockrockradio, es emisora oficial de la Liga Musical. Bueno, todos estos y cuatro locos y estómagos agradecidos, entre los que me incluyo, para sorber con ahínco el vino del catering y hacer comentarios estúpidos con la boca llena de las excelentes viandas preparadas por los colaboradores y patrocinadores.
El concierto, con cartel conocido. Vintage y Los Perros del Boogie. Es película que ya sé el final. Vintage, locales, de Madrid, buenos músicos, pero presas, quizá, del sonido poco envolvente y la casi nula conexión con el poco público, pero que consiguieron al final, a fuerza de pasión y corazón de rock and roll, que lo tienen. Les llegará su momento de gloria, porque tienen buenos temas, actitud y un buen guitarrista, como aprobaba don Chemi Sánchez con sus movimientos afirmativos de su cabeza. Mucha suerte.
Y la madre del cordero. Los Perros del Boogie. Una familia que enarbola la bandera de una actitud podría ser la imagen de la banda. Cuando uno ha compartido momentos, noches, tardes, barras, comidas y confesiones, parece imposible que te sorprenda la banda. Llegas al momento en el que te sabes el repertorio de espaldas y juegas a ser vidente rockero, adivinando cual va a ser la mueca diabólica que van a poner Ovidi y Alvaro o el electrocutamiento al sentir la música subir por los riñones de La Leyenda mientras suena el bajo. O el saber hacer de David Lobo, sobrio, grande y elegante, la potencia del gran Beto a los parches o la virtuosidad de Gabrielle con los marfiles de los teclados. Querido Gabrielle, has de decir al mundo femenino que todo lo tocas igual y ganarte tu cuota de mercado. Aunque, si no la quieres, te daré mi número para hacerme yo mismo cargo del asunto. Podría hablaros del concierto, hora y media de rock, sin más, con las canciones que nos sabemos todos de memoria. Pero creo que, a estas alturas, aunque tocaran los grandes éxitos de Barrio Sesamo a ritmo, no seré ya nunca más objetivo con estos chicos, la noche estrecha lazos, así que buscad las crónicas por la red, o enlazad con esta de Metalsymphony, que es perfecta y virgen de rabia perrera. El final, ya se sabe. Rocanrol y fiebre van de la mano los dos. Y con calenturas varias y brindis a los malteados escoceses, esperamos al Sol para que nos acompañara en nuestra vuelta a casa, con la sensación de ser lo que somos porque nos lo hemos buscado y sintiéndonos cómodos por ello. Somos vividores, somos bohemios, somos maños adoptados, somos raros, somos nosotros. Y solo necesitamos unas buenas tapas en Casa Emilio y sexo furtivo para arrancar y volver a gritar en nuestro oscuro callejón que esta volvió a ser una de esas noches que no le contaré a mi chica.

lunes, 2 de mayo de 2011

JUNTALETRAS. CAPÍTULO VI

5.43 pm. Seguía con el estúpido juego de la pelotita. Sentado en el suelo, la lanzaba contra la pared con la derecha y la recogía con la izquierda. Lo hacía siempre. Desde pequeño. Cuando necesitaba pensar. Y ahora lo necesitaba, y mucho. No podía demorar más entregar el trabajo. Había sido el mejor. Respetado. Querido y odiado a partes iguales. Da igual que hablen bien o mal de uno, lo importante es que hablen, recuerda que filosofaba su editor, mientras le ponía un billete en el escote a una chica en una barra americana. Habían convertido aquel lugar en su pequeño descompresor de tensiones. Pero no como hacían los clientes habituales. Tenía fieles lectoras en muchas de las chicas que allí trabajaban. Ellas se veían identificadas en sus textos. Gente viviendo al límite, con ninguna otra salida que ser bailarina. O algo peor. Ganadoras que, por las circunstancias, se convirtieron en perdedoras. Con sueños, con aspiraciones, con deseos. Pero muchas veces no pasaban de eso. Entraban en la espiral y ya no salían. Se olvidaban de sus inicios, de su inocencia. De que la primera vez no pararon de llorar. Eran buenas chicas. Y por ser buenas chicas, ellos las ayudaban siempre que podían. Nunca les pusieron una mano encima. A ninguna. Y no por falta de ofrecimientos. Pero eran sus niñas. Y sus lectoras. Pero ahora se sentía tentado de tener un poco de calor humano. Eran las 5.50 pm, seguía con la pelota, la pared y ninguna idea. Y estaba solo. Ella se había ido. Convención de profesionales del derecho. Toda una semana en Barcelona. Le habría pedido que se quedara. Tendría que haber compartido con ella sus miedos. La página en blanco. No le pasaba desde que era un chaval y entró como becario en prácticas en una agencia de publicidad. Ella era del gabinete jurídico. Dos años mayor que él. Con ganas de comerse el mundo. Y se lo comieron. A bocados. Algunos amargos. Como aquel juicio acusados de apología del suicidio en la campaña de aquella marca de ropa. Éxito mediático, pero con indemnización millonaria por parte de su firma. Le obligaron a tomarse unas vacaciones. Indefinidas, pero nunca inferiores a tres meses. Tú decides el tiempo, le dijo el director general, un visionario del mundo de la publicidad, que creó escuela y confió en él cuando era un chaval. Y seguía confiando, pero sabía que tenía que ver las cosas desde otra perspectiva. Dar tres pasos atrás para ampliar el angular. Los tres meses se convirtieron en un año. Escribía y escribía. Y bebía. Vino después de las doce. Escocés, y algunas veces vodka, por la tarde. Y lo consiguió otra vez. No volvió a la agencia. Promoción del libro, entrevistas en los medios. Se convirtió en un producto de los que antes él se encargaba de vender. Narrativa cortante. Directa al hígado. Rock en estado puro. Eso decían de su libro. Ahora pensaba en que igual no fue una buena idea. Eran las 6.05 pm y seguía con la pelota y la pared. Y ella en Barcelona. En la ciudad de Luz de Gas. Donde te ponen una copa a cualquier hora de cualquier día. Y la cama fría. Desecha. Cambió la pelota por una comba y se puso a saltar. Siempre que estaba atascado, el ejercicio le venía bien. Había veces que la colaboración mensual que hacía para una revista de tendencias le generaba muchos problemas para salir. Era una manera de ganar tiempo y dinero mientras peleaba el siguiente libro. Muchos borradores tirados a la papelera. Muchos personajes que no daban para más de dos páginas y que solo le servían para tener cubierta su literatura mensual. Estaba jodido y atascado. La necesitaba a ella. No para follar. Si le hiciera falta follar, con ir a la barra y decírselo a Kelly, o a Sandra, asunto resuelto. Pero quería otra cosa. Sentimientos a flor de piel. Estar al límite. Caricias de verdad. Besar su ombligo perforado. Susurrarle canciones al oído. Excitarse con el olor de su pelo. Explorar todos y cada uno de los poros de su cuello. Crear una ruta con sus labios por sus senos, su cintura y su cadera hasta llegar a la cara interna de sus muslos y morderlos suavemente. Que ella le arañe la espalda y gima. Que le suplique no parar. Que a él no se le pase por la cabeza hacerlo. Besarse como si fuera el beso del fin del mundo. Explorar su sexo con delicadeza, como se trata a una obra de arte incunable. Hacer el amor cara a cara, con besos, caricias. Respirar. Agitados. Pulsaciones. Latidos. Gritos. Risas. Soplar. Besar. Querer. Amar. Eso necesitaba. Y se encontraba solo, con una pelota, un reloj que marcaba las 6.20 pm y un polvo que no sabía si lo viviría alguna vez. Se levantó del suelo, encendió el ultimo cigarrillo que le quedaba y comenzó a escribir: “Cinco y cuarenta y tres de la tarde. Seguía con el estúpido juego de la pelotita…”